Vivimos en una época donde muchas personas afirman amar a Dios, pero pocas entienden el peso espiritual que tienen sus palabras, acciones y actitudes sobre la vida de los demás.
"¡Ay del mundo por los tropiezos! Porque es necesario que vengan tropiezos, pero ¡ay de aquel hombre por quien viene el tropiezo!"
Estas palabras no fueron dirigidas únicamente a incrédulos o falsos maestros. Son una advertencia para todos aquellos que, consciente o inconscientemente, pueden convertirse en un obstáculo para la fe de otros.
Muchos cristianos se preocupan por evitar ciertos pecados visibles, pero rara vez se preguntan:
¿Estoy ayudando a otros a acercarse a Cristo, o mis actitudes los están alejando de Él?
La realidad es que una palabra hiriente, una actitud orgullosa, una falta de perdón o un mal testimonio pueden causar heridas profundas en quienes están comenzando su caminar con Dios.
Por eso este libro no busca señalar a otros. Busca examinarnos a nosotros mismos.