La historia de Job

Cuando tu fe
sea probada

Cómo confiar en Dios cuando no entiendes lo que estás viviendo.

Pastor Francisco BonnetIglesia El Gran Yo Soy
12 capítulos ~60 min de lectura Job 1:21
Me probará, y saldré como oro · Job 23:10

“Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito.”

Job 1:21
Introducción

Una fe que continúa

Hay momentos en los que decir “yo tengo fe” parece sencillo.

Lo decimos cuando nuestra familia está bien. Cuando tenemos salud. Cuando el trabajo permanece estable. Cuando las puertas comienzan a abrirse. Cuando nuestras oraciones reciben la respuesta que esperábamos.

En esas temporadas resulta fácil cantar, congregarnos, agradecer y hablar de la fidelidad de Dios.

Pero existen otras temporadas.

Temporadas en las que recibimos una noticia que no esperábamos. Temporadas en las que perdemos algo que considerábamos seguro. Temporadas en las que oramos, ayunamos, creemos y esperamos, pero la situación no parece cambiar. Temporadas en las que nos acostamos con preguntas y despertamos sin respuestas.

Es allí donde nuestra fe comienza a ser probada.

Una cosa es declarar que confiamos en Dios cuando todo está funcionando. Otra muy diferente es continuar confiando cuando nuestra vida comienza a ser sacudida.

La prueba no crea automáticamente la condición de nuestro corazón. Muchas veces la revela. Nos muestra dónde habíamos colocado nuestra seguridad. Nos obliga a preguntarnos:

¿Mi fe estaba fundamentada en lo que Dios podía darme? ¿O estaba fundamentada en quién Dios es?

¿Amo a Dios solamente por sus bendiciones? ¿O reconozco que Él sigue siendo digno aun cuando no comprendo sus caminos?

Estas preguntas no son fáciles. Tampoco deben responderse apresuradamente.

Cuando una persona está sufriendo, no necesita que alguien le arroje frases religiosas desde lejos. Necesita verdad bíblica, compasión, paciencia y la presencia amorosa de quienes están dispuestos a caminar a su lado.

La Biblia nunca presenta la fe como una negación del dolor.

Los hombres y las mujeres de Dios lloraron. Se lamentaron. Tuvieron miedo. Hicieron preguntas. Experimentaron cansancio. Hubo momentos en los que no sabían qué hacer.

Sin embargo, en medio de todo aquello, regresaban una y otra vez a Dios.

La fe bíblica no consiste en fingir que nada nos afecta. Consiste en permanecer unidos a Dios incluso cuando estamos profundamente afectados.

Jesús nunca prometió que sus discípulos vivirían sin aflicciones. Él dijo:

“Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.”

Juan 16:33

Jesús no escondió la realidad del sufrimiento. Dijo con claridad: “Tendréis aflicción”.

Pero tampoco dejó a sus discípulos sin esperanza: “En mí tengáis paz”. “Confiad”. “Yo he vencido al mundo”.

La promesa del evangelio no es que nunca atravesaremos el valle. La promesa es que Cristo no nos abandonará dentro de él.

Este libro no fue escrito para ofrecer explicaciones fáciles. Tampoco pretende presentar una fórmula con la que podamos controlar todos los acontecimientos de nuestra vida.

Fue escrito para la persona que ama a Dios, pero está cansada. Para quien continúa creyendo, aunque tiene preguntas. Para quien ha llorado en secreto. Para quien ha sentido que su fe es pequeña. Para quien necesita recordar que sentirse quebrantado no significa necesariamente que ha sido abandonado.

La historia de Job nos mostrará que la verdadera fe puede llorar. Puede lamentarse. Puede preguntar. Puede sentirse confundida. Pero aun así continúa buscando a Dios.

Job no permaneció perfectamente. Permaneció herido. Permaneció llorando. Permaneció haciendo preguntas.

Pero permaneció.

Y esa puede ser también nuestra oración:

“Señor, no entiendo todo lo que estoy viviendo, pero no quiero alejarme de ti”.

Capítulo 1

La fe que nunca ha sido probada

La fe es una palabra que utilizamos con frecuencia.

Decimos que tenemos fe para recibir una respuesta. Fe para comenzar un proyecto. Fe para ver una puerta abierta. Fe para creer por sanidad. Fe para esperar provisión.

Todo eso puede formar parte de nuestra vida cristiana. Dios continúa respondiendo oraciones, proveyendo, sanando, guiando y haciendo milagros.

Sin embargo, la fe bíblica es mucho más profunda que creer que Dios hará exactamente lo que deseamos.

La fe no es una herramienta para obligar a Dios a cumplir nuestra voluntad. La fe es confianza en Dios.

Es descansar en su carácter. Es reconocer que Él es sabio cuando nosotros no entendemos. Es obedecer cuando todavía no podemos ver el resultado. Es continuar caminando cuando nuestras emociones nos dicen que nos detengamos.

Un evangelio que solamente habla de recibir, avanzar, conquistar y prosperar termina preparando creyentes para celebrar, pero no necesariamente para permanecer.

Cuando el mensaje se limita a decir: “Ven a Cristo y nunca tendrás problemas”. “Ven a Cristo y todo comenzará a funcionar”. “Ven a Cristo y nunca volverás a sufrir”. No estamos presentando todo el consejo de la Palabra.

Cristo salva. Cristo transforma. Cristo perdona. Cristo restaura. Cristo da vida eterna.

Pero el mismo Cristo también nos llama a tomar nuestra cruz, negarnos a nosotros mismos y seguirlo.

El evangelio incluye una corona, pero primero contempla una cruz. Incluye resurrección, pero también muerte. Incluye consuelo, pero reconoce el llanto. Incluye victoria, pero no niega la batalla.

La prueba no es lo mismo que la tentación

Santiago escribió:

“Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna.”

Santiago 1:2-4

Santiago no dijo que debemos llamar bueno a lo doloroso. Tampoco quiso decir que debemos disfrutar el sufrimiento.

El gozo no se encuentra necesariamente en la prueba misma, sino en saber que Dios puede utilizarla para producir perseverancia, madurez y dependencia de Él.

Más adelante, Santiago hace una distinción importante:

“Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie.”

Santiago 1:13

Dios puede permitir que nuestra fe sea probada. Pero Dios nunca nos seduce para que pequemos.

La prueba revela, fortalece y madura. La tentación intenta conducirnos hacia el pecado.

Durante una prueba podemos ser tentados a desconfiar de Dios, abandonar la obediencia, endurecer nuestro corazón o buscar caminos incorrectos. Pero esa tentación no procede del carácter santo de Dios.

Dios permanece siendo bueno.

Una fe transaccional

Existe una manera peligrosa de relacionarnos con Dios.

Podemos comenzar a pensar: “Yo te sirvo, y tú me proteges de todo dolor”. “Yo obedezco, y tú garantizas que nada malo suceda”. “Yo doy, y tú estás obligado a multiplicarme”. “Yo oro, y tú tienes que responder exactamente como quiero”.

Eso no es una relación fundamentada en la gracia. Es una transacción.

En una transacción, amamos lo que recibimos. En el evangelio, amamos a quien nos rescató.

Dios no nos debe salvación. Nosotros no la compramos mediante nuestra obediencia. La recibimos por gracia mediante la fe en Jesucristo.

Nuestra obediencia no es una moneda con la que controlamos a Dios. Es la respuesta agradecida de un corazón que ha sido alcanzado por su amor.

Cuando comprendemos esto, nuestra fe deja de depender exclusivamente de los resultados.

Seguiremos orando. Seguiremos pidiendo. Seguiremos creyendo que Dios puede intervenir.

Pero también podremos decir: “Señor, aunque no comprenda tu respuesta, tú continúas siendo mi Dios”.

Reflexión

  • ¿Continuaría buscando a Dios si la respuesta tardara más de lo esperado?
  • ¿Mi relación con Él depende de que todas mis circunstancias sean agradables?
  • ¿Estoy siguiendo a Cristo por quien Él es o solamente por lo que espero recibir?
Verdad para recordar

La fe verdadera no utiliza a Dios para obtener una vida sin problemas. La fe verdadera recibe a Dios como su mayor tesoro.

Capítulo 2

Job: un hombre íntegro en un mundo quebrantado

El libro de Job comienza presentándonos a un hombre cuya vida parecía estable.

“Hubo en tierra de Uz un varón llamado Job; y era este hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal.”

Job 1:1

La palabra “perfecto” no significa que Job nunca hubiera cometido ningún pecado. Significa que era un hombre íntegro. Su vida no estaba dividida entre una apariencia religiosa y una conducta secreta completamente diferente.

Temía a Dios. Buscaba honrarlo. Se apartaba del mal.

Esta descripción es importante porque evita que interpretemos su sufrimiento de manera equivocada.

Job no atravesó aquella prueba porque hubiera abandonado a Dios.

El libro no comienza diciendo: “Había un hombre perverso que recibió las consecuencias de su maldad”. Comienza diciendo que Job era íntegro, recto y temeroso de Dios.

Sin embargo, su vida fue sacudida.

Lo que Job no podía ver

El lector conoce algo que Job desconocía.

Job solamente veía lo que estaba sucediendo en la tierra. No conocía la conversación descrita en los primeros capítulos. No sabía que el enemigo había cuestionado la autenticidad de su fe.

La acusación era sencilla: “Job te sirve porque lo has bendecido”.

En otras palabras: “Job no te ama realmente. Ama lo que recibe de ti”.

El Señor permitió que Job fuera probado, pero estableció límites.

“Dijo Jehová a Satanás: He aquí, todo lo que tiene está en tu mano; solamente no pongas tu mano sobre él. Y salió Satanás de delante de Jehová.”

Job 1:12

Este pasaje debe tratarse con reverencia y cuidado.

El enemigo no actuó con autoridad independiente. No estaba en igualdad con Dios. No podía ir más allá del límite que Dios había establecido.

Al mismo tiempo, el texto no presenta a Dios como autor del pecado o de la maldad moral. Satanás actuó con intención destructiva. Dios, en su soberanía, permitió la prueba y finalmente mostró que su propósito era mayor que la intención del enemigo.

Job no sabía nada de esto. Él solamente comenzó a recibir noticias. Una detrás de otra.

Pérdidas económicas. Siervos muertos. Sus hijos fallecidos. Más adelante, su propio cuerpo fue herido.

En cuestión de poco tiempo, la vida que conocía desapareció.

Vivimos con conocimiento limitado

Nosotros también vivimos con conocimiento limitado.

Vemos una pequeña parte de la historia. Vemos el día presente. Vemos la puerta cerrada. Vemos la pérdida. Vemos el diagnóstico. Vemos la traición. Vemos la demora.

Pero no podemos ver todo lo que Dios ve.

Esto no significa que debamos inventar explicaciones espirituales para cada acontecimiento. No debemos decir: “Seguramente Dios permitió esto específicamente para que suceda aquello”.

Muchas veces no conocemos la razón.

La humildad bíblica reconoce nuestros límites. Podemos confiar sin afirmar que conocemos todos los detalles del plan de Dios.

Job no recibió anticipadamente una explicación. No se le informó: “Esto durará cierto tiempo”. No le mostraron cómo terminaría la historia. Tuvo que caminar sin esa información.

Nosotros leemos el libro completo y sabemos cómo termina. Job tuvo que vivirlo página por página.

Y así sucede con nuestra vida.

Quisiéramos llegar al último capítulo. Quisiéramos saber cómo se resolverá todo.

Pero Dios normalmente nos entrega gracia para el día que estamos viviendo, no explicaciones completas sobre todo lo que ocurrirá mañana.

La fidelidad no nos hace inmunes

Ser fieles a Dios no significa que nunca enfermaremos. No significa que nunca perderemos algo. No significa que nunca seremos traicionados. No significa que nuestros hijos nunca enfrentarán dificultades. No significa que todas nuestras oraciones recibirán inmediatamente la respuesta que deseamos.

Vivimos en un mundo afectado por el pecado.

La creación gime. Los cuerpos se debilitan. Las relaciones se rompen. Las personas toman decisiones dañinas. La muerte continúa siendo una realidad.

El evangelio no promete inmunidad frente a todo sufrimiento presente.

Promete algo más profundo: reconciliación con Dios, vida eterna en Cristo, la presencia del Espíritu Santo y una esperanza que ni siquiera la muerte puede destruir.

Reflexión

  • ¿He confundido la fidelidad con la inmunidad?
  • ¿Pienso que una persona que ama a Dios nunca debería sufrir?
  • ¿Puedo aceptar que existen cosas que todavía no comprendo sin acusar inmediatamente a Dios?
Verdad para recordar

No comprender lo que Dios está permitiendo no significa que Dios haya perdido el control.

Capítulo 3

Cuando el dolor llega sin explicación

Cuando comenzó la prueba, Job no perdió solamente cosas materiales.

Perdió a sus hijos.

No debemos leer esa parte de la historia con ligereza. No era simplemente un cambio financiero. No era una temporada incómoda. Era un padre recibiendo la noticia de que sus hijos habían muerto.

Hay dolores que pueden describirse. Otros parecen demasiado profundos para colocarlos en palabras.

Job estaba entrando en uno de esos dolores.

Luego su cuerpo fue afectado.

“Entonces salió Satanás de la presencia de Jehová, e hirió a Job con una sarna maligna desde la planta del pie hasta la coronilla de la cabeza. Y tomaba Job un tiesto para rascarse con él, y estaba sentado en medio de ceniza.”

Job 2:7-8

Job había perdido su estabilidad económica. Había perdido a sus hijos. Había perdido su salud. También perdió su posición social.

El hombre respetado terminó sentado en ceniza, rascando su piel con un pedazo de vasija rota.

La prueba afectó diferentes áreas de su vida al mismo tiempo. Quizás por eso su historia sigue hablando con tanta fuerza.

Hay temporadas en las que una dificultad llega sola. Pero hay otras en las que parece que todo sucede a la vez.

Un problema familiar. Luego uno financiero. Después una mala noticia. Más adelante, una decepción. Y antes de recuperarnos de una cosa, aparece la siguiente.

En esos momentos podemos sentir que ya no tenemos espacio interior para recibir otra noticia.

La pregunta que aparece

Cuando el dolor llega, una pregunta aparece con frecuencia:

“¿Por qué?”

¿Por qué ocurrió? ¿Por qué ahora? ¿Por qué a nuestra familia? ¿Por qué Dios no lo impidió? ¿Por qué permitió que llegáramos hasta aquí? ¿Por qué respondió de esta manera?

La Biblia no condena automáticamente esas preguntas.

Los salmos están llenos de creyentes que preguntaron: “¿Hasta cuándo?” “¿Por qué te escondes?” “¿Por qué está abatida mi alma?”

La diferencia no está solamente en la pregunta, sino en la dirección hacia la cual la llevamos.

Podemos utilizar nuestras preguntas para alejarnos de Dios. O podemos llevarlas delante de Él.

La lamentación bíblica no habla de Dios como si Él no estuviera presente. Habla con Dios desde el dolor.

La lamentación dice: “Señor, esto me duele”. “No comprendo”. “Me siento solo”. “Necesito que me ayudes”. “Recuérdame tu verdad”. “Hazme permanecer”.

No tenemos que fingir delante del Dios que ya conoce nuestro corazón.

No apresures el proceso de otra persona

Cuando alguien atraviesa una pérdida, muchas veces queremos ayudar ofreciendo una explicación.

Decimos: “Todo pasa por algo”. “Dios necesitaba otro ángel”. “Seguramente esto ocurrió para enseñarte una lección”. “Algo mejor vendrá”.

Algunas de esas frases pueden pronunciarse con buenas intenciones, pero no siempre son bíblicamente precisas ni pastoralmente oportunas.

Las personas no se convierten en ángeles cuando mueren. Tampoco conocemos siempre la razón específica de una tragedia. Y aunque Dios puede traer bien en medio de una situación dolorosa, eso no convierte automáticamente el acontecimiento malo en algo bueno.

La muerte sigue siendo un enemigo. La enfermedad sigue produciendo dolor. La traición sigue siendo pecado. La injusticia sigue siendo injusticia.

Dios es tan soberano que puede redimir lo que nunca debió ocurrir, sin que tengamos que llamar bueno a lo malo.

A veces el ministerio más profundo no consiste en explicar. Consiste en permanecer.

Sentarnos. Escuchar. Llorar. Orar. Ayudar con algo práctico. Recordarle a la persona que no está sola.

El silencio de los amigos

Cuando los amigos de Job lo vieron desde lejos, apenas pudieron reconocerlo.

Lloraron. Rasgaron sus mantos. Se sentaron con él durante siete días y siete noches.

Durante ese tiempo nadie le hablaba, porque veían que su dolor era muy grande.

Probablemente ese fue el mejor momento de su acompañamiento. El problema comenzó cuando sintieron la necesidad de explicarlo todo.

Hay dolores frente a los cuales debemos aprender a guardar silencio.

No un silencio indiferente. Un silencio que acompaña. Un silencio que dice: “No tengo una respuesta sencilla, pero estoy aquí”.

Reflexión

  • ¿Estoy intentando explicar procesos que Dios no me ha explicado?
  • ¿Sé acompañar a alguien sin minimizar su dolor?
  • ¿Puedo escuchar antes de hablar?
Verdad para recordar

No todas las heridas necesitan primero una explicación. Muchas necesitan una presencia fiel y compasiva.

Capítulo 4

Job lloró, pero adoró

La reacción inicial de Job es una de las escenas más impactantes de toda la Escritura.

“Entonces Job se levantó, y rasgó su manto, y rasuró su cabeza, y se postró en tierra y adoró.”

Job 1:20

Job se levantó. Rasgó su manto. Rasuró su cabeza. Se postró. Adoró.

Cada una de esas acciones nos muestra algo.

Job no negó el dolor. Rasgar el manto y rasurar la cabeza eran expresiones visibles de duelo. Job estaba profundamente afligido.

La Biblia no dice que sonrió. No dice que celebró la muerte de sus hijos. No dice que declaró que nada había sucedido.

Lloró su pérdida.

Pero en medio de su duelo hizo algo inesperado:

Adoró.

Adorar no es negar

Algunas personas han aprendido a utilizar la adoración como una manera de esconder lo que sienten. Piensan que admitir dolor sería una falta de fe. Entonces cantan, sonríen y dicen que todo está bien, mientras interiormente se están derrumbando.

Pero Job no actuó así.

Su adoración apareció junto con su duelo.

Lloró y adoró. Se quebrantó y adoró. No entendía y adoró.

Su postura no decía: “Esto no me afecta”. Decía: “Esto me afecta profundamente, pero Dios continúa siendo Dios”.

La verdadera adoración no requiere que mintamos acerca de nuestra condición.

Podemos adorar con lágrimas. Podemos orar con la voz entrecortada. Podemos congregarnos sintiéndonos débiles. Podemos levantar nuestras manos sin tener todas las respuestas.

La adoración más profunda no siempre es la más ruidosa. A veces es la oración casi silenciosa de una persona que solamente puede decir: “Señor, ayúdame”.

“Jehová dio, y Jehová quitó”

Job continuó diciendo:

“Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito.”

Job 1:21

Estas palabras no son una explicación completa de todo lo sucedido en el mundo espiritual. El lector sabe que Satanás había actuado con intención destructiva.

Sin embargo, Job reconoce la soberanía de Dios sobre su vida.

Todo lo que había tenido era un regalo. Job llegó al mundo sin posesiones. Y un día saldría de este mundo sin llevárselas.

Esto no disminuye el valor de las personas o de las bendiciones que había perdido. Tampoco significa que no debía lamentarlas.

Significa que Job comprendía que Dios no era una adición a su vida. Dios era el fundamento.

Podían quitarle muchas cosas. Pero no podían quitarle a Dios.

¿Podemos bendecir solamente cuando recibimos?

Es fácil decir: “Dios es bueno”, cuando recibimos la noticia que deseábamos.

Pero ¿qué hacemos cuando la respuesta es diferente?

¿Podemos decir que Dios es bueno cuando no comprendemos? ¿Podemos continuar adorando cuando todavía estamos esperando? ¿Podemos amar a Dios sin convertirlo en el responsable de cumplir todos nuestros planes?

La prueba reveló que la fe de Job era más profunda que sus posesiones.

Eso no quiere decir que Job permaneció siempre en este mismo estado de serenidad. Más adelante lloró, se lamentó y habló desde su angustia.

Pero su reacción inicial estableció una verdad que continuaría sosteniéndolo:

Dios seguía siendo digno.

La adoración como ancla

Una ancla no elimina la tormenta. Impide que la embarcación sea arrastrada sin control.

La adoración puede funcionar de una manera semejante.

No siempre cambia inmediatamente nuestras circunstancias. Pero vuelve a colocar nuestro corazón frente a la grandeza de Dios.

Cuando adoramos, recordamos:

Dios no ha cambiado. Su carácter continúa siendo santo. Su misericordia continúa siendo real. Cristo continúa siendo Salvador. La cruz continúa siendo suficiente. La resurrección continúa siendo nuestra esperanza. La muerte no tendrá la última palabra.

Quizás hoy no puedes cantar con la misma fuerza de antes. Quizás tu adoración solamente puede expresarse mediante lágrimas.

Dios no desprecia una adoración quebrantada.

Reflexión

  • ¿He confundido la adoración con fingir que todo está bien?
  • ¿Puedo presentar delante de Dios mi dolor real?
  • ¿Qué verdad acerca del carácter de Dios necesito recordar hoy?
Verdad para recordar

Job no adoró porque no le dolía. Adoró porque, aun en medio del dolor, Dios continuaba siendo digno.

Capítulo 5

Tener fe no significa que nunca nos quebraremos

Después de la reacción inicial de Job, el libro cambia.

El hombre que había adorado comenzó a expresar una angustia profunda.

“Después de esto abrió Job su boca, y maldijo su día. Y exclamó Job, y dijo: Perezca el día en que yo nací, y la noche en que se dijo: Varón es concebido.”

Job 3:1-3

Job no maldijo a Dios. Pero maldijo el día en que había nacido.

Estaba agotado. Su sufrimiento había llegado a un nivel que le hacía desear no haber existido.

Este pasaje puede incomodarnos porque no se parece a los testimonios cuidadosamente resumidos que solemos escuchar.

Queremos llegar rápidamente a la restauración. Queremos leer que Job adoró y luego saltar directamente al capítulo final.

Pero entre Job 1 y Job 42 hay muchos capítulos de conversaciones, lágrimas, confusión y preguntas.

La Biblia no esconde el proceso.

Una persona puede amar a Dios y estar profundamente triste

Job era un hombre de fe. Pero estaba quebrantado.

Esto nos enseña que una persona puede amar a Dios y sentirse emocionalmente agotada. Puede continuar creyendo y no tener fuerzas. Puede confiar en el Señor y al mismo tiempo necesitar ayuda. Puede llorar y seguir siendo creyente. Puede hacer preguntas sin haber abandonado necesariamente la fe.

El dolor no siempre habla correctamente. En momentos de angustia podemos decir cosas que, en condiciones diferentes, expresaríamos de otra manera.

Dios conoce nuestra fragilidad. No se sorprende cuando llegamos delante de Él sin palabras bien organizadas.

“Dios me ha mantenido”

Un amigo cercano atravesó aproximadamente un año de profunda tristeza.

Lloraba frecuentemente. Había días en los que no encontraba ánimo. No se sentía fuerte.

Sin embargo, no se apartó de Dios.

Cuando hablaba de aquella temporada, no decía: “Permanecí porque soy una persona extraordinariamente fuerte”.

Decía: “Estoy aquí porque Dios me ha mantenido”.

Esa diferencia es importante.

La perseverancia cristiana no consiste en demostrar que somos invencibles. Consiste en reconocer que dependemos de la gracia de Dios.

Hay ocasiones en las que la victoria no se ve como correr rápidamente. Se ve como levantarse una vez más.

Orar una vez más. Pedir ayuda una vez más. Congregarse una vez más. Abrir la Biblia una vez más. Decir: “Señor, no tengo fuerzas, pero aquí estoy”.

Después de atravesar aquel proceso, este amigo reconoció que su corazón se había vuelto más sensible al dolor de otras personas.

Ya no veía el sufrimiento desde lejos. Sabía lo que era levantarse sin ánimo. Sabía lo que era llorar. Sabía lo que era luchar interiormente.

El proceso no convirtió el dolor en algo bueno. Pero Dios utilizó lo vivido para desarrollar compasión.

El dolor puede ablandarnos o endurecernos

El sufrimiento no transforma automáticamente a todas las personas para bien.

Algunas se vuelven más compasivas. Otras se endurecen. Algunas se acercan a Dios. Otras comienzan a alimentar resentimiento.

Por eso necesitamos rendir nuestro dolor delante del Señor.

Podemos orar: “No permitas que esta herida me convierta en una persona insensible”. “No permitas que mi sufrimiento justifique que hiera a otros”. “Enséñame a mirar con misericordia”. “Ayúdame a acompañar a otros como hubiera necesitado que me acompañaran”.

Pablo escribió:

“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios.”

2 Corintios 1:3-4

Dios no desperdicia el consuelo que derrama sobre nosotros. Muchas veces, después de sostenernos, nos permite convertirnos en instrumentos de consuelo para alguien más.

Pedir ayuda también puede ser un acto de fe

Permanecer no significa aislarnos.

Dios utiliza su Palabra. Utiliza la oración. Utiliza la congregación. Utiliza pastores, hermanos maduros, familiares y personas preparadas para acompañarnos.

Buscar ayuda no significa que nuestra fe haya fracasado. A veces es precisamente una expresión de humildad y sabiduría.

No todo se resuelve diciendo: “Debes orar más”.

Por supuesto que debemos orar. Pero también debemos aprender a escuchar, acompañar, cuidar y reconocer cuando alguien necesita apoyo adicional.

La iglesia no fue diseñada para ser una sala llena de personas fingiendo que nunca sufren. Fue diseñada para ser un cuerpo en el que los miembros se cuidan mutuamente.

Reflexión

  • ¿Estoy escondiendo mi dolor porque temo que otros piensen que me falta fe?
  • ¿Puedo reconocer que necesito ayuda?
  • ¿Mi sufrimiento me está haciendo más compasivo o más duro?
Verdad para recordar

Tener fe no significa que nunca nos quebraremos. Significa que, aun quebrantados, continuamos regresando a Dios.

Capítulo 6

No toda prueba es consecuencia de un pecado

Los amigos de Job comenzaron bien.

Llegaron. Lloraron. Se sentaron. Guardaron silencio.

Pero después sintieron la necesidad de encontrar una explicación.

Su razonamiento parecía lógico: “Dios bendice a los justos”. “Dios castiga a los malvados”. “Job está sufriendo”. “Por lo tanto, Job debe haber cometido algún pecado secreto”.

El problema no estaba en reconocer que el pecado tiene consecuencias. Eso es bíblico.

El problema estaba en convertir una verdad general en una explicación absoluta para cada caso particular.

El peligro de las fórmulas

Los amigos de Job intentaron convertir el sufrimiento en una fórmula:

Si te ocurre algo bueno, hiciste algo bueno. Si te ocurre algo malo, hiciste algo malo.

Ese razonamiento ignora gran parte del testimonio bíblico.

José fue vendido por sus hermanos sin haber cometido una maldad que justificara aquello. David fue perseguido por Saúl. Jeremías sufrió por anunciar fielmente la Palabra. Los apóstoles fueron golpeados y encarcelados por predicar a Cristo. Jesús fue completamente santo y, sin embargo, sufrió injustamente.

No todo sufrimiento es una evidencia de pecado personal.

Jesús rechazó esa conclusión

En una ocasión, los discípulos vieron a un hombre ciego de nacimiento.

“Al pasar Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos, diciendo: Rabí, ¿quién pecó, este o sus padres, para que haya nacido ciego? Respondió Jesús: No es que pecó este, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él.”

Juan 9:1-3

Los discípulos querían encontrar al culpable. Jesús corrigió su conclusión.

Eso no significa que aquel hombre o sus padres nunca hubieran cometido pecado. Todos somos pecadores.

Significa que su ceguera no podía explicarse mediante la acusación que los discípulos estaban formulando.

Debemos ser muy cuidadosos antes de decirle a alguien:

“Esto te ocurrió porque pecaste”. “Estás enfermo porque te falta fe”. “Tu hijo está pasando por eso porque algo está mal en tu casa”. “Dios no te responde porque no has dado suficiente”.

Podemos causar heridas profundas utilizando el nombre de Dios para afirmar cosas que Dios no nos ha dicho.

Existen diferentes causas del sufrimiento

La Biblia presenta diferentes razones por las que las personas pueden sufrir.

A veces sufrimos por decisiones pecaminosas. A veces enfrentamos las consecuencias de decisiones ajenas. A veces sufrimos porque vivimos en un mundo quebrantado. A veces sufrimos persecución por causa de la justicia. A veces Dios disciplina amorosamente a sus hijos. A veces nuestra fe es probada.

Y muchas veces no sabemos con precisión por qué una situación específica está ocurriendo.

Por eso necesitamos discernimiento y humildad.

Si existe un pecado claro, debemos arrepentirnos. Pero no debemos fabricar un pecado para explicar cada dolor.

Dios corrigió a los amigos

Al final del libro, Dios habló acerca de los amigos de Job:

“Y aconteció que después que habló Jehová estas palabras a Job, Jehová dijo a Elifaz temanita: Mi ira se encendió contra ti y tus dos compañeros; porque no habéis hablado de mí lo recto, como mi siervo Job.”

Job 42:7

Los amigos creían que estaban defendiendo a Dios. Pero hablaron incorrectamente acerca de Él.

Esto debe producir temor reverente en nosotros.

No basta con utilizar lenguaje religioso. Debemos representar fielmente el carácter de Dios.

¿Cómo acompañamos correctamente?

En lugar de acusar, podemos preguntar:

“¿Cómo puedo ayudarte?” “¿Quieres hablar?” “¿Puedo orar contigo?” “¿Necesitas que te acompañe?” “¿Hay algo práctico que podamos hacer?”

Podemos recordar la verdad sin convertirla en un arma. Podemos exhortar cuando sea necesario, pero siempre con amor, paciencia y conocimiento.

No debemos utilizar la Biblia para silenciar el llanto. Debemos utilizarla para conducir el corazón herido hacia la presencia de Dios.

Reflexión

  • ¿He juzgado procesos que no conozco completamente?
  • ¿He utilizado frases religiosas que aumentaron el peso de una persona?
  • ¿Sé distinguir entre una exhortación bíblica y una acusación apresurada?
Verdad para recordar

No todo sufrimiento es consecuencia de un pecado personal, y no toda explicación religiosa representa correctamente el corazón de Dios.

Capítulo 7

Cuando Dios no responde como esperábamos

Job hizo muchas preguntas.

Quería presentar su caso. Quería entender por qué estaba ocurriendo todo aquello. Quería una audiencia con Dios.

Cuando finalmente Dios habló, no le entregó una explicación detallada de cada acontecimiento. No le contó la conversación de los primeros capítulos. No respondió una por una todas sus preguntas.

En cambio, le mostró su grandeza.

Dios llevó a Job a mirar más alto

Desde el torbellino, Dios comenzó a preguntarle acerca de la creación.

¿Dónde estaba Job cuando Dios fundaba la tierra? ¿Podía ordenar la mañana? ¿Conocía los depósitos de la nieve? ¿Podía guiar las constelaciones? ¿Alimentaba a los animales? ¿Gobernaba las profundidades del mar?

Dios no estaba burlándose del sufrimiento de Job. Estaba confrontando la limitada perspectiva desde la cual Job estaba intentando juzgar todo el gobierno divino.

Job conocía su dolor. Pero no conocía todos los misterios de la creación. No podía ver el principio y el final. No tenía la sabiduría necesaria para administrar el universo.

Dios sí.

La respuesta fue una revelación

Job respondió:

“Respondió Job a Jehová, y dijo: Yo conozco que todo lo puedes, y que no hay pensamiento que se esconda de ti. ¿Quién es el que oscurece el consejo sin entendimiento? Por tanto, yo hablaba lo que no entendía; cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía.”

Job 42:1-3

Job reconoció que había hablado acerca de cosas que sobrepasaban su conocimiento.

Esto no significa que todo su dolor fuera falso. Tampoco significa que había sufrido como castigo por un pecado secreto, como afirmaban sus amigos.

Significa que, en medio de su angustia, Job había llegado a hablar desde una perspectiva limitada acerca de asuntos que no comprendía completamente.

Luego declaró:

“De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza.”

Job 42:5-6

Job no recibió todas las explicaciones que había solicitado. Recibió una revelación más profunda de Dios.

Antes conocía cosas acerca de Él. Después del proceso, su conocimiento se volvió más personal, reverente y profundo.

Hay cosas que aprendemos en el valle

Hay verdades que aprendemos mediante una enseñanza. Otras las comprendemos de una manera diferente cuando Dios nos sostiene en una temporada difícil.

Sabíamos que Dios consolaba. Pero un día necesitamos su consuelo.

Sabíamos que Dios proveía. Pero un día no sabíamos cómo resolver una necesidad.

Sabíamos que Dios daba paz. Pero un día todo a nuestro alrededor parecía inestable.

Sabíamos que Dios era suficiente. Pero un día perdimos algo en lo que habíamos apoyado nuestra seguridad.

En el valle podemos descubrir que Dios no era solamente una doctrina que confesábamos. Era la roca que nos estaba sosteniendo.

El silencio no significa ausencia

Existen momentos en los que Dios parece guardar silencio.

Oramos y no percibimos una respuesta inmediata. Leemos la Biblia y no sentimos una emoción especial. Nos congregamos y todavía regresamos a casa con preguntas.

Pero la presencia de Dios no depende de nuestra percepción.

El sol continúa existiendo aun cuando las nubes no nos permiten verlo. Dios continúa obrando aun cuando no podemos identificar claramente lo que está haciendo.

La fe no consiste en afirmar que entendemos. Consiste en confiar en el carácter de Aquel que entiende perfectamente.

Cuando la explicación no llega

Quizás algunas preguntas serán respondidas con el tiempo. Otras posiblemente no recibirán una respuesta completa durante esta vida.

La esperanza cristiana no se encuentra en tener explicación para cada misterio. Se encuentra en conocer a Cristo.

Podemos no entender el camino y aun así conocer al Pastor. Podemos no conocer la duración del valle y aun así saber que Él camina con nosotros. Podemos no comprender el “por qué” y descansar en el “quién”.

Reflexión

  • ¿Estoy exigiendo comprender todo antes de confiar?
  • ¿Puedo reconocer humildemente los límites de mi conocimiento?
  • ¿Qué he aprendido acerca de Dios en las temporadas que no hubiera aprendido de la misma manera en la comodidad?
Verdad para recordar

Dios no siempre nos entrega una explicación detallada. A veces nos concede una revelación más profunda de quién es Él.

Capítulo 8

Cristo entró en nuestro sufrimiento

Job es un ejemplo importante de perseverancia. Pero Job no es el centro del evangelio.

El centro es Jesucristo.

Cuando hablamos del sufrimiento, no presentamos a un Dios distante que observa el dolor humano desde un lugar seguro. Presentamos al Hijo de Dios que entró en nuestra condición.

Jesús conoció el cansancio. Conoció el rechazo. Conoció la traición. Lloró frente a la tumba de Lázaro. Fue abandonado por personas cercanas. Fue acusado injustamente. Fue golpeado. Fue humillado. Fue crucificado.

Getsemaní

Antes de la cruz, Jesús entró en el huerto de Getsemaní.

Dijo a sus discípulos:

“Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo.”

Mateo 26:38

Jesús no fingió que el sufrimiento era ligero. Reconoció la profunda angustia que estaba experimentando.

Luego oró:

“Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú.”

Mateo 26:39

En esta oración encontramos una expresión perfecta de fe sometida.

Jesús pidió que la copa pasara. Pero se sometió a la voluntad del Padre.

La fe madura puede orar de la misma manera:

“Señor, sana”. “Señor, abre la puerta”. “Señor, cambia esta situación”. “Señor, líbrame”. “Pero no se haga mi voluntad por encima de la tuya”.

Someternos no significa que el dolor deje de doler. Significa que reconocemos que la sabiduría del Padre es mayor que la nuestra.

Jesús no solamente es nuestro ejemplo

Cristo no vino solamente para enseñarnos cómo sufrir.

Vino para salvarnos.

En la cruz llevó nuestros pecados. Recibió el juicio que nosotros merecíamos. Murió en nuestro lugar. Resucitó victorioso.

Gracias a su obra, quienes creen en Él son reconciliados con Dios.

Esto cambia completamente nuestra manera de atravesar el sufrimiento.

No interpretamos cada dificultad como señal de que Dios nos está condenando. Para quienes están en Cristo, la condenación fue llevada en la cruz.

Puede haber disciplina amorosa. Puede haber corrección. Puede haber consecuencias. Pero no vivimos bajo la ira condenatoria de Dios.

Cristo la llevó por nosotros.

Tenemos un Sumo Sacerdote compasivo

“Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.”

Hebreos 4:15-16

Jesús puede compadecerse. No porque haya cometido pecado, sino porque experimentó verdaderamente la debilidad, el cansancio, el rechazo, la tentación y el sufrimiento.

Por eso podemos acercarnos.

El texto no dice: “Aléjense porque están débiles”. Dice: “Acerquémonos”.

No nos acercamos a un trono de humillación. Nos acercamos al trono de la gracia.

Allí encontramos misericordia. Allí encontramos ayuda oportuna.

La cruz demuestra su amor

Durante una prueba podemos preguntarnos: “¿Dios todavía me ama?”

La respuesta final no se encuentra en nuestras circunstancias. Se encuentra en la cruz.

Las circunstancias cambian. La cruz permanece. Nuestros sentimientos fluctúan. La obra de Cristo está consumada.

El dolor puede hacernos sentir olvidados. Pero el Calvario declara que Dios no fue indiferente a nuestra condición.

El Padre entregó a su Hijo. El Hijo dio voluntariamente su vida. El Espíritu Santo aplica esa obra a nuestros corazones.

La resurrección cambia el final

Si Cristo solamente hubiera muerto, tendríamos un ejemplo de sacrificio.

Pero Cristo resucitó.

La resurrección declara que el pecado, Satanás y la muerte no tendrán la última palabra.

Esto no elimina nuestro dolor presente. Pero le coloca un límite.

El sufrimiento no será eterno. La muerte no es el final para quienes están en Cristo.

La prueba puede escribir un capítulo. No puede escribir la última página.

Reflexión

  • ¿Estoy interpretando el amor de Dios solamente mediante mis circunstancias?
  • ¿He llevado mi dolor delante de Cristo?
  • ¿Comprendo que Jesús no solamente me acompaña, sino que también me salvó mediante su muerte y resurrección?
Verdad para recordar

Nuestra mayor seguridad durante la prueba no es que todo cambiará inmediatamente, sino que Cristo murió, resucitó y permanece con nosotros.

Capítulo 9

Cómo permanecer durante la prueba

Cuando estamos sufriendo, las instrucciones demasiado complicadas pueden convertirse en una carga adicional.

Por eso necesitamos prácticas sencillas, bíblicas y constantes.

No son fórmulas para eliminar inmediatamente el dolor. Son medios que Dios utiliza para sostenernos.

Práctica 01

Habla honestamente con Dios

No necesitas organizar perfectamente tus emociones antes de orar. Dios ya conoce tu corazón.

Puedes decir: “Estoy cansado”. “Tengo miedo”. “No comprendo”. “Estoy enojado”. “Necesito ayuda”.

La honestidad no es irreverencia cuando viene acompañada de humildad. Los salmos nos enseñan a comenzar con angustia y terminar recordando la verdad.

Quizás hoy no puedes hacer una oración extensa. Puedes orar: “Señor Jesús, sosténme”. Esa oración también es valiosa.

Práctica 02

Recuerda lo que sabes, aunque no entiendas lo que ocurre

Durante una prueba existen muchas cosas que no sabemos. No sabemos cuánto durará. No sabemos exactamente cómo terminará. No sabemos por qué Dios permitió ciertos detalles.

Pero hay verdades que sí conocemos: Dios es santo. Dios es bueno. Dios no miente. Cristo murió por nosotros. Cristo resucitó. El Espíritu Santo habita en los creyentes. Dios escucha. Dios permanece. Nada puede separar a sus hijos de su amor.

Cuando la mente se llena de preguntas, debemos regresar a las verdades reveladas.

Práctica 03

No te aísles

El dolor suele empujarnos hacia el aislamiento. Pensamos: “Nadie entenderá”. “No quiero ser una carga”. “No quiero que me vean así”.

Sin embargo, Dios nos colocó en un cuerpo. “Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo” (Gálatas 6:2).

Para que otra persona ayude a llevar nuestra carga, primero debe saber que existe. No necesitas contarle todo a todo el mundo. Pero sí es sabio tener personas maduras, discretas y compasivas con quienes puedas caminar.

Práctica 04

Permite que otros te ayuden de manera práctica

En algunas temporadas necesitamos oración. En otras también necesitamos una comida, transporte, ayuda con los niños, compañía o alguien que nos acompañe a una cita.

Recibir ayuda puede ser difícil. Especialmente cuando estamos acostumbrados a ayudar a otros.

Pero permitir que la iglesia nos sirva también es una manera de experimentar la gracia de Dios.

Práctica 05

Alimenta tu corazón con la Palabra

Durante una prueba, nuestra capacidad de concentración puede disminuir.

Quizás no puedas leer muchos capítulos. Comienza con un salmo. Lee lentamente. Regresa al mismo pasaje varios días. Escucha la Biblia. Escribe una promesa.

No conviertas la lectura bíblica en una competencia. El objetivo no es completar una cantidad. Es permanecer expuesto a la verdad de Dios.

Práctica 06

No tomes decisiones permanentes desde un momento de desesperación

El dolor puede distorsionar nuestra perspectiva. Una noche difícil puede hacernos pensar que toda la vida será igual. Una decepción puede hacernos querer abandonar el llamado, la congregación, el matrimonio, el servicio o relaciones importantes.

Algunas decisiones deben tomarse. Pero no todas deben tomarse mientras estamos emocionalmente desbordados.

Busca consejo. Ora. Permite que pase el momento más intenso. No destruyas en una noche lo que Dios ha estado formando durante años.

Práctica 07

Cuida tu cuerpo

Somos seres espirituales, pero también tenemos un cuerpo. El cansancio físico puede aumentar nuestra vulnerabilidad emocional.

Elías, después de una gran victoria espiritual, cayó en un profundo agotamiento. Dios permitió que descansara y se alimentara antes de darle nuevas instrucciones.

Dormir, comer correctamente, detenernos y recibir ayuda no son necesariamente actos de poca espiritualidad. También pueden formar parte del cuidado de Dios.

Práctica 08

Continúa haciendo el bien que puedes hacer

Quizás no puedes hacer todo lo que hacías antes. Está bien reconocerlo.

Pero busca la pequeña obediencia que puedes practicar hoy. Perdonar. Orar. Llamar a alguien. Congregarte. Cumplir una responsabilidad. Dar gracias por algo específico.

La perseverancia se construye muchas veces mediante pequeñas decisiones repetidas.

Práctica 09

No midas la fidelidad de Dios por la velocidad de la respuesta

Algunas respuestas llegan rápidamente. Otras requieren tiempo. Y algunas no llegan de la manera que imaginábamos.

La demora no significa automáticamente rechazo.

Dios trabaja con una perspectiva eterna. Nosotros queremos alivio inmediato. Él también está formando nuestro carácter y conduciendo todas las cosas hacia sus propósitos.

Práctica 10

Aprende a decir: “No puedo solo”

Pablo escribió: “Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros, que estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos” (2 Corintios 4:7-9).

Somos vasos de barro. Frágiles. Limitados. Dependientes.

La gloria no está en que el barro sea invencible. Está en que el poder de Dios obra mediante personas débiles.

Quizás estás derribado. Pero en Cristo no estás abandonado.

Oración práctica para una temporada difícil

“Padre, tú conoces mi cansancio. No quiero fingir delante de ti. Hay cosas que no comprendo y emociones que no sé ordenar. Recuérdame lo que es verdadero. Rodéame de personas correctas. Dame fuerzas para obedecerte hoy. Guárdame de decisiones apresuradas. No permitas que el dolor endurezca mi corazón. Sostén mi fe, porque no puedo sostenerme solo. En el nombre de Jesús. Amén.”

Verdad para recordar

Permanecer no siempre significa avanzar rápidamente. Algunas veces significa recibir gracia para dar el siguiente paso.

Capítulo 10

Una esperanza mayor que la restauración terrenal

El libro de Job termina con restauración.

“Y quitó Jehová la aflicción de Job, cuando él hubo orado por sus amigos; y aumentó al doble todas las cosas que habían sido de Job.”

Job 42:10

Dios restauró la salud de Job. Restauró su estabilidad. Le concedió nuevamente hijos. Le permitió vivir muchos años.

Sin embargo, debemos ser cuidadosos con la forma en que presentamos este final.

La restauración de Job no es una fórmula

La enseñanza no es: “Si soportas una prueba, Dios está obligado a darte el doble de todo en esta vida”.

La Biblia no promete que cada creyente recuperará exactamente lo que perdió antes de morir.

Algunas personas son sanadas. Otras mueren confiando en Cristo. Algunos matrimonios son restaurados. Otros enfrentan las consecuencias permanentes de una traición. Algunas puertas vuelven a abrirse. Otras permanecen cerradas. Algunos reciben abundancia material. Otros sirven fielmente a Dios con recursos limitados.

Si convertimos la historia de Job en una fórmula de prosperidad, perdemos su mensaje principal.

La pregunta del libro era: “¿Puede una persona amar a Dios sin recibir continuamente prosperidad de Él?”

La vida de Job respondió:

Sí. Con lágrimas. Con preguntas. Con debilidad. Con momentos de confusión. Pero sí.

Los nuevos hijos no borraron a los anteriores

Cuando Job recibió nuevamente hijos, eso no significa que dejó de recordar a quienes había perdido.

Una nueva bendición no convierte la pérdida anterior en algo insignificante.

Dios puede traer nueva alegría sin exigirnos que actuemos como si nunca hubiéramos sufrido.

La restauración no siempre consiste en regresar a ser exactamente la persona que éramos antes. A veces significa que Dios nos enseña a caminar con una cicatriz que ya no controla nuestra vida.

Job ya miraba hacia una esperanza mayor

En medio de su sufrimiento, Job declaró:

“Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios; al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro, aunque mi corazón desfallece dentro de mí.”

Job 19:25-27

Job no tenía la revelación completa que nosotros poseemos después de la venida de Cristo. Pero expresó esperanza en un Redentor vivo y en una vindicación que superaba su condición presente.

Nosotros podemos mirar con mayor claridad.

Nuestro Redentor vive. Jesucristo resucitó. Y porque Él vive, quienes están unidos a Él también vivirán.

Nuestra esperanza no termina en esta vida

El evangelio no promete solamente mejorar nuestra situación presente. Nos conduce hacia una nueva creación.

“Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.”

Apocalipsis 21:4

Esta es nuestra esperanza final.

No una vida ligeramente más cómoda. Un mundo sin muerte. Sin llanto. Sin dolor. Sin pecado. Sin separación. La presencia plena de Dios con su pueblo.

Algunas heridas recibirán alivio en esta vida. Todas las heridas de los redimidos encontrarán su respuesta definitiva en la presencia de Cristo.

Nada puede separarnos

“¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?”

Romanos 8:35

Luego Pablo responde:

“Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.”

Romanos 8:38-39

La prueba puede quitarnos comodidad. Puede cambiar nuestros planes. Puede hacernos sentir débiles.

Pero no puede separar a un hijo de Dios del amor que está en Cristo.

Reflexión

  • ¿He convertido la restauración de Job en una promesa de prosperidad garantizada?
  • ¿Mi esperanza está limitada a que todo mejore en esta vida?
  • ¿Estoy descansando en la resurrección de Cristo y en la vida eterna?
Verdad para recordar

Nuestra esperanza no consiste solamente en recuperar lo que perdimos. Nuestra esperanza es ver a Cristo y vivir eternamente con Él.

Capítulo 11

Preguntas difíciles sobre la fe y el sufrimiento

1.¿Es pecado preguntarle a Dios por qué?

No necesariamente. La Biblia contiene muchas preguntas pronunciadas desde el dolor.

El problema aparece cuando dejamos de preguntar humildemente y comenzamos a colocarnos como jueces absolutos sobre Dios.

Podemos decir: “Señor, no entiendo”. “¿Hasta cuándo?” “¿Por qué permitiste esto?”

Pero debemos mantener un corazón dispuesto a reconocer que nuestra comprensión es limitada.

La fe no elimina todas las preguntas. Nos enseña dónde llevarlas.

2.¿Llorar significa que me falta fe?

No. Job lloró. David lloró. Jeremías lloró. Jesús lloró.

Las lágrimas forman parte de nuestra condición humana en un mundo quebrantado. Podemos llorar y confiar al mismo tiempo. Podemos sentir dolor sin haber abandonado a Dios.

La fe no se mide por la ausencia de lágrimas. Se manifiesta cuando seguimos buscando al Señor en medio de ellas.

3.¿Todo sufrimiento es una prueba enviada por Dios?

No debemos utilizar la misma explicación para cada situación.

Algunos sufrimientos son consecuencias de nuestros pecados. Otros proceden de pecados cometidos contra nosotros. Otros forman parte de vivir en un mundo caído. Otros están relacionados con persecución. Otros pueden funcionar como pruebas de nuestra fe.

Dios es soberano sobre todos, pero eso no significa que Él sea autor del pecado o que apruebe la maldad.

Necesitamos evitar afirmaciones específicas cuando la Escritura no nos permite conocer la causa exacta.

4.¿Puedo pedirle a Dios que cambie mi situación?

Sí. Jesús pidió que, si era posible, pasara de Él la copa. Pablo pidió que el aguijón fuera quitado. Los salmistas pidieron liberación.

No existe nada incorrecto en pedir sanidad, provisión, restauración, protección o una puerta abierta.

La oración sometida añade: “Señor, tú sabes lo que deseo, pero confío en tu voluntad”.

La sumisión no elimina la petición. Purifica nuestra manera de pedir.

5.¿Qué sucede cuando Dios no me libra?

Dios puede librarnos del proceso. También puede sostenernos dentro del proceso.

Los amigos de Daniel dijeron: “He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado” (Daniel 3:17-18).

Ellos sabían que Dios podía librarlos. Pero su fidelidad no dependía de que Dios actuara exactamente como esperaban.

La frase “y si no” no era falta de fe. Era una fe que se negaba a convertir la obediencia en una negociación.

6.¿Por qué Dios permitió que sucediera si podía impedirlo?

Esta es una de las preguntas más difíciles.

La Biblia afirma que Dios es soberano, bueno, santo y sabio. También reconoce que vivimos en un mundo caído donde existen pecado, sufrimiento, injusticia y muerte.

No siempre se nos revela por qué Dios permite un acontecimiento específico.

Lo que sí sabemos es que Dios no permaneció distante. Entró en nuestra historia mediante Jesucristo. Llevó nuestro pecado. Venció la muerte. Y ha prometido juzgar finalmente toda maldad y renovar todas las cosas.

Cuando no conocemos la razón particular, descansamos en el carácter de Dios revelado supremamente en Cristo.

7.¿Qué hago cuando siento que mi fe es demasiado pequeña?

No esperes sentirte fuerte para acercarte a Dios. Acércate débil.

Los discípulos pidieron: “Auméntanos la fe”. Un padre dijo a Jesús: “Creo; ayuda mi incredulidad”.

La fe pequeña colocada en un Salvador poderoso no debe despreciarse.

Puedes orar: “Señor, mi fe se siente débil. Sostenla tú”.

La seguridad final no descansa en la fuerza con la que sujetamos a Cristo. Descansa en la fuerza con la que Cristo sostiene a los suyos.

8.¿Cómo ayudo a alguien que está sufriendo?

Escucha antes de explicar. No minimices. No compitas con su dolor contando inmediatamente una historia propia. No asegures conocer la razón de lo sucedido. No utilices versículos como respuestas rápidas para terminar la conversación.

Ora. Acompaña. Ayuda de manera práctica. Recuérdale con ternura la verdad.

Y permanece disponible después de que las demás personas hayan regresado a sus rutinas.

9.¿Buscar ayuda significa que no confío en Dios?

No. Dios utiliza personas y recursos como instrumentos de su cuidado.

Buscar orientación pastoral, apoyo de creyentes maduros o ayuda profesional apropiada no significa necesariamente que hemos dejado de confiar.

La fe no se opone a recibir ayuda. Se opone al orgullo que insiste en que podemos cargarlo todo solos.

10.¿Qué hago si la prueba no termina?

Pide gracia para hoy. No intentes vivir todo el futuro en una sola noche.

Jesús enseñó que cada día trae su propio afán.

Algunas pruebas son breves. Otras se convierten en procesos largos.

La gracia de Dios no siempre llega como una reserva emocional para los próximos diez años. Muchas veces llega como el pan necesario para el día presente.

Hoy puedes orar. Hoy puedes obedecer. Hoy puedes pedir ayuda. Hoy puedes permanecer.

Mañana recibirás nueva misericordia.

Capítulo 12 · Conclusión

Aunque no entienda, permaneceré

Job permaneció.

No perfectamente. No sin lágrimas. No sin preguntas. No sin momentos de profundo cansancio. No sin decir cosas que después tuvo que reconocer que no comprendía completamente.

Pero permaneció.

Su historia nos enseña que la verdadera fe no es una actuación. No consiste en aparentar invulnerabilidad. No exige que sonriamos mientras nuestro corazón se está quebrando.

La verdadera fe puede sentarse en ceniza. Puede llorar. Puede extender la mano. Puede admitir: “No puedo solo”.

Pero se niega a soltar completamente a Dios.

Quizás hoy estás en medio de la prueba

Quizás recibiste una noticia que cambió tus planes. Quizás estás atravesando una pérdida. Quizás llevas meses orando. Quizás nadie conoce la batalla que estás enfrentando. Quizás continúas congregándote, pero interiormente estás cansado.

Dios no te pide que finjas.

Puedes llorar. Puedes lamentarte. Puedes hablar. Puedes buscar ayuda. Puedes descansar. Puedes decir que no entiendes.

Pero no conviertas tu dolor en una razón para alejarte del único que puede sostenerte.

El enemigo quiere utilizar la prueba para convencerte de que Dios te abandonó.

La cruz declara lo contrario.

Cristo entró en nuestro sufrimiento. Murió por nuestros pecados. Resucitó. Intercede por nosotros. Y ha prometido permanecer con su pueblo.

Tu fe no está fundamentada en lo que tienes

Las cosas cambian. Las personas pueden fallar. La salud puede debilitarse. Los recursos pueden disminuir. Los planes pueden romperse.

Pero Jesucristo es el mismo.

Nuestra fe no está fundamentada en que siempre tendremos todo lo que deseamos. Está fundamentada en que Cristo es suficiente, fiel y eterno.

Quizás hoy solamente puedes decir: “Señor, ayúdame a permanecer”.

Esa oración puede ser el comienzo.

No necesitas presentar una fe impresionante. Necesitas venir a un Salvador misericordioso.

Un llamado para quien se ha alejado

Tal vez el dolor endureció tu corazón. Dejaste de orar. Dejaste de congregarte. Comenzaste a pensar que Dios no quería saber nada de ti.

Hoy puedes regresar.

No porque tengas todas las respuestas. Sino porque Cristo todavía recibe a quienes vienen a Él.

Lleva tu dolor. Lleva tus preguntas. Lleva tu pecado. Lleva tu cansancio.

Pero ven.

Un llamado para quien todavía no conoce a Cristo

El sufrimiento nos recuerda que este mundo no puede ofrecernos seguridad permanente. Todo lo que poseemos es temporal. Nuestra vida misma es breve.

Por eso nuestra mayor necesidad no es solamente que nuestras circunstancias mejoren.

Necesitamos reconciliación con Dios.

El pecado nos ha separado de Él. No podemos salvarnos mediante buenas obras, religión o esfuerzo personal.

Jesucristo vivió sin pecado, murió en la cruz llevando el castigo que merecíamos y resucitó al tercer día.

El evangelio llama a arrepentirnos y creer en Él.

No se trata de añadir a Jesús a nuestros planes. Se trata de rendirle nuestra vida.

En Cristo encontramos perdón. Una nueva vida. Adopción como hijos de Dios. La presencia del Espíritu Santo. Y una esperanza que permanece aun frente a la muerte.

Oración final

“Señor, no entiendo todo lo que estoy viviendo. Hay preguntas que todavía no puedo responder. Hay pérdidas que continúan doliendo. Hay días en los que me siento fuerte y otros en los que apenas puedo continuar.

Pero hoy vengo delante de ti. No quiero fingir. No quiero esconder mi condición. Reconozco que te necesito.

Perdóname por las veces en que he medido tu fidelidad solamente mediante mis circunstancias. Perdóname si he amado más tus bendiciones que tu presencia.

Afirma mi corazón en Cristo. Recuérdame la cruz. Recuérdame que Jesús resucitó. Recuérdame que no estoy abandonado.

Dame la gracia necesaria para este día. Rodéame de personas que puedan ayudarme. Guárdame de la amargura. Hazme más compasivo. Y utiliza incluso esta temporada para acercarme más a ti.

Aunque llore, permaneceré. Aunque tenga preguntas, permaneceré. Aunque no pueda ver la salida, permaneceré.

No porque yo sea fuerte, sino porque tú eres fiel.

Mi fe no está fundamentada en lo que tengo. Mi fe está fundamentada en quién tú eres.

En el nombre de Jesucristo.”

Amén

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Pastor Francisco Bonnet Iglesia El Gran Yo Soy
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