Una guía bíblica de gracia y restauración

Extiende
tu mano

Cuando la gracia de Cristo encuentra nuestras heridas, luchas y debilidades.

Pastor Francisco BonnetIglesia El Gran Yo Soy
11 capítulos ~55 min de lectura Marcos 3:5

“Entonces, mirándolos alrededor con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones, dijo al hombre: Extiende tu mano. Y él la extendió, y la mano le fue restaurada sana.”

Marcos 3:5, RVR1960

Jesús no te avergüenza por aquello que no puedes restaurar; te invita a traerlo a su presencia.

El texto bíblico ha sido tomado de la versión Reina-Valera © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina; © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso.

Introducción

La fuerza también puede convertirse en una máscara

Hay momentos en los que seguir adelante requiere valentía.

Necesitamos perseverar cuando todavía no vemos resultados. Necesitamos mantenernos firmes cuando las circunstancias parecen contradecir lo que hemos creído. Necesitamos continuar orando cuando la respuesta tarda.

Sin embargo, existe una pregunta que pocas veces nos atrevemos a formular:

¿Cómo perseveramos cuando estamos heridos, cansados o luchando internamente?

¿Qué sucede cuando la persona que anima a todos ya no tiene fuerzas?

¿Qué sucede cuando el que siempre dice que está bien comienza a sentirse vacío?

¿Qué sucede cuando alguien conoce los versículos correctos, asiste a la iglesia, sirve, sonríe y saluda, pero lleva dentro una lucha que no ha podido vencer?

Con frecuencia confundimos perseverar con aparentar.

Pensamos que mantener la fe significa nunca llorar. Nunca reconocer miedo. Nunca decir que necesitamos ayuda. Nunca admitir que algo nos duele. Nunca permitir que otros sepan que también tenemos debilidades.

Pero eso no es necesariamente fe. En ocasiones, es una forma de escondernos.

La verdadera fe no consiste en decir:

“Yo puedo con todo”.

La verdadera fe aprende a decir:

“Señor, yo no puedo con esto, pero confío en que tu gracia me sostendrá”.

Hay una diferencia entre quejarse contra Dios y abrirle el corazón a Dios. Existe una diferencia entre abandonar la fe y reconocer que estamos cansados. Existe una diferencia entre justificar el pecado y confesar que estamos luchando. Existe una diferencia entre vivir dominados por una herida y admitir que necesitamos comenzar un proceso de sanidad.

La Biblia no nos presenta como héroes independientes. Nos presenta como seres humanos necesitados de gracia.

Los grandes hombres y mujeres de la Escritura tuvieron momentos de miedo, dolor, agotamiento y confusión.

David lloró. Elías se sintió profundamente agotado. Jeremías expresó su dolor. Pablo habló de sus debilidades. Pedro tuvo que reconocer su fracaso. Tomás luchó con dudas.

La diferencia no estuvo en que nunca fueran débiles. La diferencia estuvo en que Dios no los abandonó en medio de su debilidad.

Este libro nace de las palabras que Jesús dirigió a un hombre cuya mano estaba seca:

“Levántate”. “Ponte en medio”. “Extiende tu mano”.

Jesús no le pidió que fingiera que su mano estaba bien. Tampoco ignoró su condición. No lo rechazó por su limitación.

Lo vio. Lo llamó. Y le pidió que presentara precisamente aquello que él no podía restaurar por sí mismo.

Tal vez tú también has aprendido a esconder una parte de tu vida.

Puede ser una lucha espiritual. Un pecado recurrente. Una herida familiar. Un temor. Una pérdida. Una limitación. Una decepción. Una pregunta que nunca te has atrevido a formular.

Este libro no pretende enseñarte a exhibir tu vida delante de todo el mundo. La vulnerabilidad bíblica no es un espectáculo. Tampoco significa contarles tus secretos a personas que no han demostrado madurez ni discreción.

La invitación es más profunda:

Dejar de escondernos de Dios. Caminar en la verdad. Reconocer nuestra necesidad. Arrepentirnos cuando existe pecado. Buscar ayuda cuando la necesitamos. Y responder a Cristo en el área donde nos sentimos más incapaces.

Dios no nos llama a sostener una versión falsa de nosotros mismos. Nos invita a venir a la luz para obrar en la persona que realmente somos.

Capítulo 1

Cuando la fe se confunde con aparentar

Hay personas que dominan el arte de parecer fuertes.

Saben qué responder. Saben cuándo sonreír. Saben cómo saludar. Saben cómo evitar una conversación profunda. Incluso saben utilizar expresiones cristianas para mantener a los demás a cierta distancia.

Alguien pregunta:

“¿Cómo estás?”.

Y la respuesta aparece automáticamente:

“Bendecido”.
“Todo bien”.
“En victoria”.
“Gloria a Dios”.

Puede ser verdad. Pero también puede convertirse en una muralla.

No porque las expresiones sean incorrectas, sino porque podemos usarlas para impedir que alguien vea lo que realmente está sucediendo.

En ocasiones tememos que reconocer una lucha afecte la manera en que otros nos perciben. Pensamos:

“¿Qué van a decir de mí?”.
“¿Cómo puedo admitir esto después de tantos años en la iglesia?”.
“Soy líder. Se supone que debo ser fuerte”.
“Soy quien sostiene a mi familia”.
“Si cuento lo que siento, pensarán que no tengo fe”.
“Si reconocen mi debilidad, dejarán de respetarme”.

Así vamos construyendo una versión de nosotros mismos que parece segura, pero que necesita demasiado esfuerzo para sostenerse.

El primer escondite

Después de pecar, Adán y Eva intentaron cubrirse y esconderse. La Escritura dice:

“Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú? Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí.”

Génesis 3:9-10, RVR1960

Dios sabía dónde estaba Adán. La pregunta no fue formulada porque a Dios le faltara información.

“¿Dónde estás tú?” era una invitación para que Adán reconociera su condición.

Adán había pecado. Sintió vergüenza. Tuvo miedo. Y se escondió.

Desde entonces, la humanidad ha continuado escondiéndose.

Nos escondemos detrás del orgullo. Detrás del trabajo. Detrás de una personalidad fuerte. Detrás del ministerio. Detrás de las redes sociales. Detrás de la religiosidad. Detrás del silencio. Detrás de una sonrisa.

El pecado nos hace pensar que esconderse es más seguro que acercarse. Pero mientras Adán se escondía, Dios lo estaba llamando.

Dios no desprecia al corazón quebrantado

David experimentó el peso de su pecado. Después de ser confrontado, comprendió que Dios no estaba buscando una apariencia religiosa. Escribió:

“Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios.”

Salmos 51:17, RVR1960

Un corazón contrito no es una persona que se odia a sí misma. Tampoco es alguien que permanece hundido para siempre en la culpa.

Es un corazón que ha dejado de defenderse delante de Dios.

Ya no justifica. Ya no culpa a todos los demás. Ya no intenta impresionar. Ya no dice:

“Yo no hice nada”.
“Todos lo hacen”.
“No fue tan grave”.
“Yo soy así”.

Un corazón quebrantado reconoce:

“Señor, pequé”.
“Necesito tu misericordia”.
“Necesito que me limpies”.
“Necesito que cambies mi corazón”.

Dios no rechaza a quien viene de esa manera.

El peligro de una justicia aparente

Jesús contó la historia de dos hombres que subieron al templo a orar. Uno era fariseo. El otro era publicano.

El fariseo presentó delante de Dios su lista de méritos. Se comparó con los demás. Habló de sus prácticas religiosas. Parecía seguro, pero su oración giraba alrededor de sí mismo.

El publicano, en cambio, ni siquiera quería levantar sus ojos al cielo. Su oración fue sencilla:

“Dios, sé propicio a mí, pecador.”

Lucas 18:13, RVR1960

Jesús dijo que aquel hombre regresó justificado a su casa.

No porque el pecado careciera de importancia. Sino porque dejó de esconderse detrás de su propia justicia y pidió misericordia.

La gracia no llega a quien cree que no la necesita. No porque Dios sea incapaz de alcanzarlo, sino porque su orgullo se niega a recibirla.

Fe no es negación

Existe una idea equivocada según la cual hablar de dolor significa magnificar el problema.

Por supuesto, debemos cuidar nuestras palabras. No debemos alimentar constantemente la desesperanza. No debemos permitir que las emociones gobiernen toda nuestra vida.

Pero reconocer que algo duele no significa darle más poder.

David decía: “¿Por qué te abates, oh alma mía?”. No ignoraba el abatimiento. Hablaba con su propia alma y la dirigía nuevamente hacia Dios.

La fe bíblica mira la realidad sin dejar de mirar al Señor. Puede decir:

“Esto me duele, pero Dios sigue siendo fiel”.
“Estoy cansado, pero su gracia me sostiene”.
“No comprendo lo que está sucediendo, pero no voy a alejarme de Cristo”.
“He fallado, pero voy a arrepentirme y regresar”.
“No puedo resolverlo solo, por eso voy a buscar ayuda”.

Recuerda la gracia

Dios no te pide que mientas acerca de tu condición para demostrar que tienes fe. Él te llama a caminar en la verdad y a confiar en su carácter. No necesitas mantener una imagen perfecta delante de quien ya conoce tu corazón.

Para examinar el corazón

  • ¿Qué versión de ti mismo intentas mantener delante de los demás?
  • ¿Hay algo que no reconoces porque temes perder la aprobación de alguien?
  • ¿Has confundido discreción con negación?
  • ¿Utilizas palabras espirituales para evitar hablar con honestidad?

Un paso de obediencia

Aparta un momento para orar sin expresiones aprendidas. No intentes sonar fuerte. Dile a Dios con palabras sencillas lo que realmente está sucediendo dentro de ti.

Capítulo 2

El hombre que Jesús vio

“Otra vez entró Jesús en la sinagoga; y había allí un hombre que tenía seca una mano. Y le acechaban para ver si en el día de reposo le sanaría, a fin de poder acusarle. Entonces dijo al hombre que tenía la mano seca: Levántate y ponte en medio. Y les dijo: ¿Es lícito en los días de reposo hacer bien, o hacer mal; salvar la vida, o quitarla? Pero ellos callaban. Entonces, mirándolos alrededor con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones, dijo al hombre: Extiende tu mano. Y él la extendió, y la mano le fue restaurada sana. Y salidos los fariseos, tomaron consejo con los herodianos contra él para destruirle.”

Marcos 3:1-6, RVR1960

Para comprender el pasaje, debemos mirar lo que estaba ocurriendo alrededor.

Jesús entró en una sinagoga. Era día de reposo. Allí se encontraba un hombre que tenía seca una mano.

La Biblia no nos dice cómo llegó a esa condición. No sabemos si nació así. No sabemos si fue producto de una enfermedad, un accidente o alguna otra circunstancia.

Por eso no debemos inventar una explicación. Tampoco debemos afirmar que su condición era consecuencia de un pecado personal. El texto no lo dice.

Lo que sí sabemos es que su mano tenía una limitación real.

Un hombre y dos maneras de mirarlo

Jesús vio a un hombre necesitado. Los religiosos vieron una oportunidad para acusar a Jesús.

La misma persona estaba delante de todos, pero no todos la miraban de la misma manera.

Jesús observó su necesidad. Ellos observaron la situación para utilizarla. Jesús pensó en hacer bien. Ellos pensaron en formular una acusación. Jesús vio a una persona. Ellos vieron un caso.

Esto nos obliga a examinar nuestro corazón.

Podemos conocer las Escrituras y aun así dejar de ver a las personas. Podemos defender una posición correcta de una manera completamente incorrecta. Podemos hablar de santidad sin misericordia. Podemos reconocer el error de alguien y olvidar que estamos tratando con un ser humano. Podemos convertir el sufrimiento de otra persona en un tema de conversación. Podemos utilizar la debilidad ajena para sentirnos superiores.

El día de reposo y el corazón de Dios

El capítulo anterior ya había mostrado un conflicto relacionado con el día de reposo. Jesús había declarado:

“También les dijo: El día de reposo fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del día de reposo. Por tanto, el Hijo del Hombre es Señor aun del día de reposo.”

Marcos 2:27-28, RVR1960

El día de reposo era un regalo de Dios. No fue establecido para convertir la obediencia en una carga insoportable.

Sin embargo, los religiosos habían desarrollado una manera de pensar en la que proteger sus interpretaciones se volvió más importante que mostrar misericordia.

Jesús no estaba quebrantando la ley de Dios. Estaba exponiendo la dureza de una religión que había perdido de vista el propósito de Dios.

Por eso preguntó:

“¿Es lícito en los días de reposo hacer bien, o hacer mal; salvar la vida, o quitarla?”.

Ellos callaron.

No fue un silencio humilde. Fue el silencio de quienes no querían permitir que la verdad interrumpiera su acusación.

Jesús se enojó y se entristeció

Marcos ofrece un detalle impactante: Jesús los miró con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones.

El enojo de Jesús no era egoísta. No procedía de un orgullo herido. Era una respuesta santa ante una dureza capaz de mirar el sufrimiento sin compasión.

Al mismo tiempo, estaba entristecido. Su enojo no excluía el dolor. Jesús no disfrutaba condenando a quienes estaban endurecidos. Le dolía la condición de sus corazones.

Aquí vemos la unión perfecta entre verdad y amor. Cristo confronta la dureza, pero no pierde la compasión.

Jesús vio al hombre antes de que hablara

El pasaje no registra una petición del hombre. No lo escuchamos gritar. No aparece tratando de llamar la atención.

Jesús lo vio.

Tal vez otros se habían acostumbrado a su condición. Tal vez para algunos era simplemente “el hombre de la mano seca”. Pero Jesús no lo ignoró.

Hay dolores que otros no reconocen. Hay luchas que nadie ha notado. Hay momentos en los que nos preguntamos si alguien comprende lo que estamos viviendo.

Cristo ve.

Él no conoce solamente lo que hacemos. Conoce lo que cargamos. Conoce el origen de nuestras lágrimas. Conoce nuestras preguntas. Conoce nuestras luchas. Conoce las áreas en las que nos sentimos limitados.

No conviertas el pasaje en una alegoría forzada

La mano del hombre era una condición física real. No debemos afirmar que cada dedo representa algo diferente. No debemos convertir cada detalle en un símbolo secreto. La interpretación bíblica debe respetar lo que el texto quiso comunicar.

Sin embargo, después de comprender su significado, podemos reconocer una aplicación pastoral legítima:

Jesús puede llamarnos a obedecer precisamente en el área donde nos sentimos incapaces.

El hombre no podía restaurar su propia mano. Pero podía escuchar la voz de Cristo. Podía responder. Podía extenderla.

La sanidad procedió del poder de Jesús, no del poder de su pensamiento. La gloria pertenecía a Cristo.

Recuerda la gracia

Antes de que pronuncies una palabra, Jesús ya conoce tu necesidad. No tienes que exagerar para llamar su atención. No tienes que competir con el sufrimiento de otros. No tienes que demostrar que tu dolor es suficientemente grande. Cristo ve.

Para examinar el corazón

  • ¿Miras la debilidad de otros con compasión o con curiosidad?
  • ¿Has utilizado la lucha de alguien como tema de conversación?
  • ¿Te has sentido ignorado por las personas?
  • ¿Puedes creer que Jesús ve aquello que nadie más ha notado?

Un paso de obediencia

Pídele al Señor que te permita ver a las personas como Él las ve. Esta semana, acércate con respeto a alguien que parezca estar atravesando una dificultad. No interrogues. No presiones. Solamente hazle saber que estás disponible para escuchar y orar.

Capítulo 3

Levántate y ponte en medio

Jesús le dijo al hombre:

“Levántate y ponte en medio”.

Aquella instrucción debió ser incómoda. Había personas observando. Algunas no estaban allí para celebrar una restauración. Estaban buscando una razón para acusar a Jesús.

El hombre tenía que levantarse delante de todos. Tenía que salir del lugar donde probablemente intentaba pasar desapercibido. Tenía que colocarse en medio.

No fue llamado para ser avergonzado

Es importante comprender esto:

Jesús no lo colocó en medio para burlarse de él. No lo hizo para satisfacer la curiosidad de la multitud. No pidió detalles innecesarios. No convirtió su condición en entretenimiento.

Lo colocó en medio porque su vida tenía valor.

Mientras los religiosos discutían sobre lo que podía o no podía hacerse, Jesús obligó a todos a mirar a la persona que estaba sufriendo.

Era como si dijera:

“Antes de continuar con sus argumentos, miren al hombre”.

No miren solamente la regla. No miren solamente el debate. Miren a la persona.

Su sufrimiento importa. Su necesidad importa. Hacer el bien importa.

Cuando la iglesia olvida a la persona

La iglesia debe cuidar la verdad. No puede llamar bueno a lo que Dios llama pecado. No puede sacrificar la doctrina para agradar a la cultura.

Pero tampoco puede utilizar la verdad de una manera cruel.

La verdad de Dios nunca nos da permiso para humillar.

Cuando alguien cae, la meta bíblica no es destruirlo. Es restaurarlo con espíritu de mansedumbre.

Cuando alguien confiesa una lucha, no debemos convertirnos en reporteros de su dolor. Cuando una familia atraviesa una crisis, no debemos alimentar rumores. Cuando una persona está herida, no debemos obligarla a revelar públicamente detalles que no corresponden.

Jesús colocó al hombre en medio, pero protegió su dignidad.

No relató su historia completa. No explicó cómo había sucedido. No habló de sus errores. No permitió que el momento girara alrededor de la curiosidad humana.

Todo giró alrededor de la misericordia y la autoridad de Cristo.

El temor de ser visto

A veces no queremos estar “en medio”. Preferimos permanecer cerca de la pared. No queremos que nadie se acerque demasiado. No queremos que hagan preguntas.

Hemos aprendido que mientras nadie vea la mano, nadie podrá opinar sobre ella.

Este temor puede proceder de experiencias reales.

Tal vez alguna vez confiaste en alguien y esa persona reveló lo que le contaste. Quizás alguien utilizó tu debilidad para manipularte. Tal vez fuiste juzgado cuando necesitabas acompañamiento. Quizás creciste en un ambiente donde mostrar emociones era considerado debilidad.

Puede que hayas escuchado frases como:

“Un hombre no llora”.
“Un cristiano verdadero no se siente así”.
“Si tuvieras más fe, ya lo habrías superado”.
“Eso te sucedió porque te alejaste de Dios”.

Esas palabras pueden producir heridas profundas.

Pero la mala respuesta de una persona no cambia el carácter de Jesús.

Cristo no es como quienes te expusieron. No es como quienes te manipularon. No es como quienes utilizaron la Biblia para silenciarte.

Él conoce la diferencia entre confrontar y aplastar.

Dios puede traer algo a la luz sin destruir tu dignidad

Hay momentos en los que una situación debe ser reconocida. Una conducta debe ser confrontada. Una herida debe ser atendida. Una conversación debe ocurrir. Una ayuda debe ser solicitada.

Salir de la oscuridad puede sentirse incómodo. Pero no toda incomodidad significa que Dios está humillándonos. En ocasiones, el Señor está interrumpiendo un ciclo que no puede continuar.

Levántate. Deja de negar lo que sucede.

Ponte en medio. Permite que la verdad sea reconocida.

No para que todo el mundo conozca tus detalles. Sino para que la situación deje de gobernarte desde las sombras.

La diferencia entre exposición y confesión

La exposición busca avergonzar. La confesión busca caminar en verdad.

La exposición alimenta la curiosidad. La confesión busca restauración.

La exposición le cuenta todo a todos. La confesión habla con Dios y con las personas correctas.

La exposición te deja sin protección. La confesión bíblica establece un camino hacia la ayuda, la rendición de cuentas y la sanidad.

No necesitas anunciar tu lucha en una plataforma pública. Pero tampoco debes utilizar la privacidad como excusa para vivir una doble vida.

Recuerda la gracia

Jesús no convierte nuestra necesidad en espectáculo; la coloca bajo la luz de su misericordia.

Para examinar el corazón

  • ¿Temes ser visto porque alguien quebrantó tu confianza?
  • ¿Estás utilizando una experiencia dolorosa como razón para no volver a pedir ayuda?
  • ¿Existe una situación que debe ser reconocida responsablemente?
  • ¿Has expuesto a alguien cuando debiste acompañarlo?

Un paso de obediencia

Identifica una persona madura, discreta y bíblicamente confiable. No tienes que contarle todo inmediatamente. Comienza diciendo:

“Estoy atravesando algo y necesito oración, orientación y acompañamiento”.

Capítulo 4

Extiende lo que no puedes restaurar

Después de pedirle al hombre que se levantara y se colocara en medio, Jesús le dijo:

“Extiende tu mano”.

No le pidió que extendiera la mano sana. Le pidió precisamente la mano que estaba seca.

La mano que no podía utilizar normalmente. La mano que representaba su limitación. La mano que posiblemente mantenía cerca de su cuerpo para evitar las miradas.

Jesús le pidió que hiciera algo en el área donde parecía tener menos capacidad.

El mandato de Cristo no fue una técnica

Debemos tener cuidado al leer los milagros. No podemos convertir este pasaje en una fórmula.

No significa que toda persona enferma será sanada físicamente si realiza un movimiento determinado. No significa que debemos repetir una acción para obligar a Dios a responder. No significa que la persona que no experimenta una sanidad inmediata carece de fe.

El poder estaba en Cristo.

No en la técnica. No en el ambiente. No en una frase. No en la intensidad emocional del momento.

Jesús habló con autoridad y el hombre respondió.

La gracia no elimina la respuesta humana

La restauración fue obra de Cristo. Sin embargo, Jesús llamó al hombre a responder.

La gracia de Dios no nos transforma en espectadores pasivos. No compramos la salvación con nuestra obediencia. No merecemos el poder de Dios por hacer lo correcto. Pero cuando Cristo habla, la fe responde.

No siempre podemos cambiar toda la situación. Pero podemos obedecer el siguiente paso.

Quizás no puedes resolver tu matrimonio en una noche. Pero puedes reconocer tu responsabilidad. Puedes pedir perdón. Puedes dejar de hablar con desprecio. Puedes buscar consejería.

Puede que no puedas borrar años de adicción en un instante. Pero puedes romper el secreto. Puedes eliminar el acceso. Puedes pedir acompañamiento. Puedes entrar en un proceso serio.

Tal vez no puedes hacer desaparecer el duelo. Pero puedes dejar de sufrir completamente solo. Puedes permitir que alguien camine contigo. Puedes buscar ayuda.

Quizás no puedes controlar los pensamientos que llegan a tu mente. Pero puedes decidir qué haces con ellos. Puedes llevarlos cautivos a la obediencia de Cristo. Puedes evitar alimentar aquello que te debilita. Puedes llenar tu mente con la verdad.

Hay manos que escondemos por vergüenza

Para algunos, la mano escondida es un pecado sexual. Pornografía. Lujuria. Conversaciones secretas. Una relación incorrecta.

Para otros, puede ser la ira. El resentimiento. La mentira. El orgullo. El alcohol. Una dependencia. Una doble vida.

En estos casos, extender la mano incluye arrepentimiento.

No basta con decir:

“Esta es mi debilidad”.

Debemos también decir:

“Señor, reconozco que he pecado. No quiero seguir justificándolo. Muéstrame los pasos concretos que debo dar”.

Para otros, la mano representa una herida. Abandono. Rechazo. Abuso. Traición. Duelo. Una pérdida. Una palabra que todavía duele.

Aquí, extender la mano puede significar admitir:

“Esto me afectó”.
“Necesito procesarlo”.
“Necesito aprender a perdonar sin negar lo ocurrido”.
“Necesito límites”.
“Necesito ayuda profesional”.

Para otros, la mano puede representar una limitación que no eligieron. Una enfermedad. Una condición física. Agotamiento. Una responsabilidad difícil. Una temporada de profunda fragilidad.

Extenderla puede significar dejar de sentir vergüenza por necesitar apoyo.

Lo que no puedes restaurar no está fuera del alcance de Cristo

El hombre no tenía capacidad para sanar su mano. Pero estaba delante de quien sí tenía autoridad.

Muchas veces tratamos de resolver solos aquello que solamente puede ser transformado mediante la gracia, la verdad, la obediencia y el acompañamiento.

Nos prometemos:

“Esta será la última vez”.
“Yo puedo controlarlo”.
“No necesito hablar con nadie”.
“Cuando tenga más fuerza, buscaré ayuda”.

Pero pasan las semanas. Después los meses. A veces los años.

No porque Dios sea débil. Sino porque seguimos protegiendo aquello que necesita ser expuesto a su luz.

Extender la mano no siempre significa sentirte preparado

El hombre pudo haber pensado:

“No puedo”.
“Todos me están mirando”.
“¿Qué sucederá si lo intento y nada cambia?”.

El texto no registra sus pensamientos. Pero sabemos que obedeció.

Hay decisiones que no llegan después de sentirnos completamente preparados. A veces debemos obedecer mientras todavía tenemos miedo.

Pedir perdón puede dar miedo. Confesar puede dar miedo. Llamar a un consejero puede dar miedo. Terminar una relación pecaminosa puede dar miedo. Establecer límites puede dar miedo. Regresar a la iglesia después de haber fallado puede dar miedo.

Pero el temor no siempre significa que debemos detenernos.

El siguiente paso

Tal vez estás mirando toda la distancia que queda por recorrer. Dios puede estar hablándote acerca del próximo paso.

No tienes que resolver toda tu vida hoy. Pero sí debes dejar de ignorar lo que Él ya te mostró.

El siguiente paso podría ser:

Recuerda la gracia

Extender la mano significa responder a Cristo precisamente en el área donde nos sentimos incapaces. La obediencia no compra la gracia. La obediencia responde a la gracia.

Para examinar el corazón

  • ¿Cuál es la mano que has mantenido escondida?
  • ¿Qué situación intentas resolver sin ayuda?
  • ¿Qué paso de obediencia ya conoces, pero sigues posponiendo?
  • ¿Estás esperando sentirte fuerte antes de obedecer?

Un paso de obediencia

Escribe una sola acción concreta que puedas realizar durante las próximas veinticuatro horas. No escribas una intención general como “voy a mejorar”. Escribe un paso específico.

Capítulo 5

No todo lo que duele es lo mismo

Uno de los errores más dañinos consiste en colocar todas las luchas dentro de la misma categoría.

No todo dolor es pecado. No toda debilidad es rebeldía. No toda tentación significa que ya hemos pecado. No toda enfermedad es consecuencia de una falta de fe. No toda herida fue causada por nuestras propias decisiones.

Y no todo lo que llamamos “herida” debe utilizarse para justificar una conducta pecaminosa.

Necesitamos discernimiento.

El pecado

El pecado es desobediencia a Dios. No debe ser maquillado. No debe ser llamado simplemente “un error” cuando existe una decisión consciente de rebelión.

La pornografía es pecado. El adulterio es pecado. La mentira es pecado. La lujuria alimentada voluntariamente es pecado. El odio es pecado. La manipulación es pecado. El abuso es pecado. El orgullo es pecado. La borrachera es pecado.

Cuando existe pecado, la respuesta bíblica incluye:

Proverbios declara:

“El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia.”

Proverbios 28:13, RVR1960

Observa las dos acciones: Confiesa. Y se aparta.

La gracia no consiste en llamar bueno a lo malo. La gracia nos permite reconocer el pecado sin pensar que debemos huir de Dios.

La tentación

Ser tentado no es exactamente lo mismo que ceder a la tentación. Jesús fue tentado, pero sin pecado.

Un pensamiento puede presentarse. Un deseo desordenado puede surgir. Una oportunidad puede aparecer.

La tentación se convierte en pecado cuando la abrazamos, la alimentamos y obedecemos.

Esto es importante porque algunas personas viven bajo condenación por el simple hecho de experimentar una lucha. La lucha puede indicar que existe una batalla. No necesariamente que ya te rendiste.

Sin embargo, tampoco debemos jugar con la tentación. No podemos acercarnos deliberadamente al fuego y luego sorprendernos cuando nos quema. Debemos huir, establecer límites, vigilar y pedir ayuda.

La herida

Una herida es algo que nos ha sucedido y ha dejado una marca emocional, relacional o espiritual.

Puede proceder de:

La persona herida necesita verdad. Necesita cuidado. Puede necesitar expresar lo ocurrido. Puede necesitar lamentar. Puede necesitar aprender a perdonar. Puede necesitar establecer límites. Puede necesitar acompañamiento pastoral y profesional.

No debemos decirle a alguien:

“Supéralo”.
“Eso ocurrió hace mucho tiempo”.
“Si hubieras perdonado de verdad, no te dolería”.

Perdonar es una decisión bíblica. Pero el proceso de sanar las consecuencias de una herida puede tomar tiempo.

La debilidad

Una debilidad puede ser una limitación humana. Cansancio. Fragilidad. Enfermedad. Una capacidad reducida. Una temporada en la que no podemos realizar todo lo que hacíamos antes.

La debilidad nos recuerda que somos criaturas. No somos Dios.

Necesitamos descanso. Necesitamos ayuda. Necesitamos comunidad. Necesitamos gracia.

No debemos convertir cada debilidad en una acusación.

Alguien puede estar cansado porque ha servido demasiado tiempo sin descansar. Una madre puede sentirse abrumada porque lleva muchas responsabilidades. Una persona puede experimentar agotamiento emocional después de cuidar a un familiar enfermo.

Reconocer límites no es necesariamente falta de compromiso.

La enfermedad

La Biblia muestra que vivimos en un mundo afectado por la caída. Existen enfermedades. Existe deterioro. Existe dolor físico.

En algunos casos, la Escritura relaciona ciertas consecuencias con decisiones pecaminosas. Pero no nos autoriza a afirmar que toda enfermedad se debe a un pecado específico.

En Juan 9, los discípulos preguntaron quién había pecado para que un hombre naciera ciego. Jesús rechazó la suposición simplista.

Por eso debemos evitar frases crueles como:

“Estás enfermo porque no tienes fe”.
“Si confesaras tu pecado oculto, sanarías”.
“Un cristiano verdadero no debería tomar medicamentos”.

Dios puede sanar milagrosamente. También puede obrar mediante médicos, tratamientos, descanso, terapia y procesos.

Las consecuencias de nuestras decisiones

Hay dolores que sí están relacionados con lo que decidimos.

Si una persona destruyó la confianza mediante mentiras, puede recibir perdón y aun así tener que reconstruir la confianza lentamente. Si alguien administró mal sus recursos, puede arrepentirse y todavía enfrentar deudas. Si una persona fue infiel, puede ser perdonada y aun así tener que enfrentar profundas consecuencias familiares.

El perdón de Dios es real. Pero el perdón no elimina automáticamente todas las consecuencias temporales.

La gracia nos acompaña también mientras asumimos responsabilidad.

No confundas

La gracia consuela al herido, confronta al pecador, sostiene al débil y guía al arrepentido.

No llames pecado a toda herida. No llames herida a todo pecado. No llames falta de fe a toda limitación. No llames libertad a continuar haciendo lo que te destruye.

Recuerda la gracia

Cristo conoce perfectamente lo que estás enfrentando. Su trato no es confuso. Él sabe cuándo necesitas corrección. Sabe cuándo necesitas consuelo. Sabe cuándo necesitas descanso. Sabe cuándo necesitas levantarte.

Para examinar el corazón

  • ¿Estás justificando un pecado llamándolo “una lucha”?
  • ¿Te culpas por una herida que otra persona causó?
  • ¿Estás tratando una enfermedad como si fuera una condenación espiritual?
  • ¿Te niegas a reconocer tus límites?

Un paso de obediencia

Escribe el nombre de aquello que estás enfrentando. Pregúntate honestamente:

¿Es pecado? ¿Tentación? ¿Herida? ¿Debilidad? ¿Enfermedad? ¿Consecuencia de una decisión?

La respuesta determinará el tipo de ayuda que necesitas.

Capítulo 6

Acércate al trono de la gracia

“Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.”

Hebreos 4:14-16, RVR1960

Después de reconocer nuestra condición, aparece una pregunta:

¿Hacia dónde debemos correr?

Muchas personas corren en dirección contraria. Cuando fallan, dejan de orar. Dejan de congregarse. Evitan la Biblia. Se apartan de las personas que podrían ayudarlas.

Piensan:

“Primero voy a arreglar mi vida y después regresaré a Dios”.

Pero Hebreos nos presenta una invitación diferente:

“Acerquémonos”.

Jesús, nuestro gran Sumo Sacerdote

En el Antiguo Testamento, el sumo sacerdote representaba al pueblo delante de Dios. Hebreos presenta a Jesucristo como el gran Sumo Sacerdote.

Él no es simplemente un maestro. No es solamente un ejemplo moral. Es el Hijo de Dios. Traspasó los cielos. Abrió el camino. Intercede por los suyos.

Nuestra confianza no descansa en la calidad de nuestras emociones. Descansa en quién es Cristo y en lo que Él hizo.

Puede compadecerse

Jesús no observa nuestra condición desde una distancia fría.

El Hijo de Dios se hizo hombre. Experimentó hambre. Cansancio. Dolor. Rechazo. Traición. Tentación. Sufrimiento.

No pecó. Pero conoce verdaderamente la fragilidad humana.

La compasión de Jesús no significa que aprueba nuestro pecado. Significa que nos comprende perfectamente y sabe cómo socorrernos.

No tienes que explicarle a Cristo cómo se siente ser rechazado. Él fue rechazado.

No tienes que explicarle cómo se siente ser traicionado. Uno de sus discípulos lo entregó.

No tienes que explicarle cómo se siente sufrir injustamente. Fue condenado siendo inocente.

No tienes que convencerlo de que el dolor es real. Él llevó una cruz.

El trono de la gracia

Un trono representa autoridad. Poder. Gobierno. Juicio.

Pero Hebreos lo llama:

El trono de la gracia.

Quien se sienta en el trono tiene toda autoridad. Y para quienes están en Cristo, ese trono no es un lugar de destrucción. Es el lugar donde encontramos misericordia y gracia.

Misericordia para lo que hemos hecho. Gracia para lo que no podemos hacer solos.

Misericordia para nuestro pecado confesado. Gracia para resistir la próxima tentación.

Misericordia cuando caemos arrepentidos. Gracia para levantarnos.

Misericordia cuando llegamos heridos. Gracia para continuar el proceso.

Confiadamente no significa arrogantemente

Acercarnos con confianza no significa acercarnos exigiendo.

No llegamos diciendo:

“Dios me debe”.

Llegamos confiando en la obra de Cristo.

La confianza cristiana no está centrada en nuestros méritos. Está centrada en la sangre de Jesús.

Por nosotros mismos no tendríamos derecho a entrar. Pero Cristo abrió el camino.

Convicción y condenación

El Espíritu Santo convence de pecado.

La convicción es específica. Señala aquello que debe ser reconocido. Nos dirige al arrepentimiento. Nos conduce a Cristo.

La condenación, en cambio, suele ser general, aplastante y sin esperanza. Dice:

“No solamente hiciste algo malo. Tú eres irremediable”.
“Dios está cansado de ti”.
“No tiene sentido regresar”.
“Nunca cambiarás”.

Pero la Escritura declara:

“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús.”

Romanos 8:1, RVR1960

Esto no significa que no haya corrección. Significa que el creyente no se encuentra bajo la sentencia condenatoria que Cristo ya llevó.

La convicción dice: “Esto es pecado. Arrepiéntete y vuelve”.

La condenación dice: “Escóndete. Ya no hay esperanza”.

La gracia no es permiso

Algunas personas escuchan acerca de la gracia y piensan que significa que el pecado carece de importancia. Pero la gracia que perdona también enseña a renunciar a la impiedad.

No venimos al trono para conseguir permiso para seguir destruyéndonos. Venimos para recibir misericordia y oportuno socorro.

La gracia no nos enseña a escondernos mejor. Nos da confianza para acercarnos y poder para comenzar a caminar en obediencia.

Recuerda la gracia

No tienes que arreglarte para acercarte a Cristo. Debes acercarte a Cristo para que Él comience a transformarte.

Para examinar el corazón

  • Cuando fallas, ¿te acercas o te escondes?
  • ¿Confundes la voz de condenación con la corrección del Espíritu Santo?
  • ¿Estás intentando merecer nuevamente el amor de Dios?
  • ¿Has convertido la gracia en una excusa para no cambiar?

Un paso de obediencia

Ora utilizando las palabras de Hebreos 4. Dile al Señor:

“Me acerco confiando en Jesús. Necesito misericordia. Necesito gracia. Necesito oportuno socorro”.

Capítulo 7

Lo que llevamos a la luz

David describió el peso de ocultar su pecado:

“Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de verano. Selah. Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi pecado. Selah.”

Salmos 32:3-5, RVR1960

El silencio de David no le dio paz. El secreto no desapareció porque evitara hablar de él. Aquello que ocultaba comenzó a consumirlo.

Pero cuando declaró su pecado y dejó de encubrir su iniquidad, experimentó el perdón.

Caminar en luz

Juan escribió:

“Pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado. Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.”

1 Juan 1:7-9, RVR1960

Andar en luz no significa vivir sin debilidades. Si así fuera, nadie podría andar en luz. El mismo pasaje reconoce que tenemos pecado y necesitamos confesar.

Andar en luz significa abandonar el engaño. Significa vivir delante de Dios con un corazón dispuesto a reconocer, arrepentirse y ser limpiado.

La confesión delante de Dios

Todo pecado debe ser confesado a Dios. Él es quien perdona. No necesitamos un intermediario humano que sustituya a Cristo.

La confesión bíblica no consiste en informar a Dios de algo que desconocía. Él ya lo sabe.

Confesar significa estar de acuerdo con Dios acerca de nuestra conducta. Dejar de llamarla por otro nombre.

No decir:

“Cometí adulterio porque mi matrimonio era difícil”.
“Mentí porque no tenía otra opción”.
“Exploté porque me provocaron”.
“Veo pornografía porque estoy solo”.

Las circunstancias pueden explicar parte del contexto. No eliminan nuestra responsabilidad.

¿Cuándo debemos hablar con otra persona?

No todo detalle debe ser contado públicamente. Sin embargo, existen momentos en los que necesitamos hablar con una persona madura.

Especialmente cuando:

Santiago dice:

“Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho.”

Santiago 5:16, RVR1960

El pasaje no invita al exhibicionismo. Invita a una comunidad donde existe confesión, oración y restauración.

Vulnerabilidad no significa contarle todo a todo el mundo

No todas las personas tienen la madurez para manejar información sensible. No toda persona que pregunta tiene derecho a conocer. No toda plataforma es un altar. No todo testimonio debe publicarse.

No debemos confundir transparencia con falta de límites.

Una persona segura:

Cuando alguien confiesa una lucha

La manera en que respondemos puede abrir o cerrar una puerta.

Si alguien confiesa, no pongas cara de horror. No digas:

“Jamás imaginé que tú fueras capaz”.

No prometas una confidencialidad absoluta si existe peligro de abuso, violencia, daño a un menor o riesgo de suicidio. No ofrezcas soluciones simplistas. No conviertas la conversación en una oportunidad para hablar de ti.

Escucha. Pregunta qué ayuda necesita. Ora. Ayuda a establecer pasos concretos. Acompaña.

Y cuando la situación exceda tu preparación, ayuda a buscar a una persona capacitada.

La restauración requiere mansedumbre

Gálatas enseña que quien restaura debe hacerlo con espíritu de mansedumbre y considerarse a sí mismo.

No acompañamos desde una posición de superioridad. Todos dependemos de la gracia.

No decimos: “Yo nunca haría algo así”.

Decimos: “Vamos a llevar esto delante de Cristo y a caminar en obediencia”.

Lo que prospera en secreto

Muchos pecados adquieren fuerza mediante el secreto.

El secreto permite que la mentira crezca:

“Nadie puede ayudarte”.
“Si alguien lo descubre, tu vida terminará”.
“Puedes controlarlo”.
“Esta será la última vez”.

Cuando la lucha llega a la luz de una manera bíblica, pierde parte de su capacidad de manipularnos.

No porque confesar automáticamente elimine toda tentación. Sino porque ya no peleamos completamente solos.

Recuerda la gracia

La luz de Dios no existe para avergonzarnos, sino para interrumpir el dominio de aquello que prosperaba en secreto.

Para examinar el corazón

  • ¿Qué secreto utiliza la vergüenza para mantenerte aislado?
  • ¿Hay alguien a quien necesitas pedir perdón?
  • ¿Conoces una persona madura con quien puedas hablar?
  • ¿Sabes responder con gracia cuando alguien te confía una lucha?

Un paso de obediencia

Establece una conversación específica. No digas solamente: “Algún día hablaré con alguien”. Determina con quién y cuándo.

Capítulo 8

Cuando la gracia es suficiente

No todas las oraciones reciben la respuesta que esperábamos.

Hay ocasiones en las que Dios interviene de manera inmediata. Hay procesos que toman tiempo. Y hay situaciones que no cambian, aunque hayamos orado con sinceridad.

Pablo conoció esa experiencia.

“Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera; respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí. Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.”

2 Corintios 12:7-10, RVR1960

No sabemos exactamente qué era el aguijón

Se han propuesto muchas interpretaciones. Algunos piensan en una enfermedad. Otros en persecución. Otros en una aflicción diferente.

La Biblia no lo especifica de una manera que nos permita hablar con absoluta certeza. Lo importante es lo que el pasaje sí revela.

Pablo sufría. Oró. Pidió que fuera quitado. Lo hizo más de una vez. Y la respuesta de Dios no fue eliminar inmediatamente el aguijón.

Tres veces he rogado

Pablo no fingió que no le molestaba. No dijo:

“Como soy apóstol, esto no me afecta”.

Oró para que fuera quitado. La fe no le impidió expresar su deseo.

Puedes pedir sanidad. Puedes pedir liberación. Puedes pedir que cambien las circunstancias. Puedes pedir que Dios abra una puerta. Puedes pedir que restaure una relación. Puedes pedir que termine una temporada difícil.

Pero también debes aprender a confiar cuando la respuesta no llega de la manera que imaginabas.

Bástate mi gracia

Dios no le dijo:

“Tu fuerza es suficiente”.

Le dijo:

“Mi gracia es suficiente”.

Esto cambia el centro de nuestra confianza. No se trata de descubrir una fuerza escondida dentro de nosotros. Se trata de aprender a depender de Cristo.

La gracia suficiente no es una respuesta inferior. No significa que Dios ignoró a Pablo. Significa que el poder de Cristo iba a sostenerlo en medio de aquello que no había sido removido.

Tres maneras en que Dios puede obrar

1. Dios puede intervenir de manera inmediata.

El hombre de Marcos 3 extendió su mano y fue restaurada. Jesús tiene poder. Dios continúa siendo soberano. Podemos orar esperando que intervenga.

2. Dios puede trabajar mediante un proceso.

Algunas restauraciones ocurren progresivamente. La confianza se reconstruye con el tiempo. Una adicción puede requerir acompañamiento, límites, tratamiento y perseverancia. Una herida emocional puede necesitar muchas conversaciones. Una familia puede necesitar aprender nuevas maneras de relacionarse.

El proceso no significa que Dios está ausente.

3. Dios puede sostenernos mientras una limitación permanece.

Pablo continuó con el aguijón. Pero no continuó solo. El poder de Cristo reposaba sobre él.

Algunas personas vivirán con una condición crónica. Algunas enfrentarán pérdidas irreversibles. Algunas oraciones no recibirán la respuesta completa en esta vida.

Nuestra esperanza final incluye la resurrección, cuando Dios eliminará definitivamente la enfermedad, la muerte y el dolor.

Debilidad no es inutilidad

El mundo celebra la autosuficiencia. El reino de Dios nos enseña dependencia.

Pablo no dijo que la debilidad era agradable en sí misma. Se gozaba en lo que el poder de Cristo hacía en medio de ella.

Tu limitación no significa que Dios terminó contigo. Tu dolor no cancela automáticamente tu propósito. Tu temporada difícil no prueba que Dios te abandonó.

No romantices el sufrimiento

No debemos amar el dolor por el dolor mismo. No debemos decirle a una persona herida que agradezca el abuso. No debemos presentar la enfermedad como algo bueno en sí mismo.

El sufrimiento forma parte de un mundo quebrantado. Pero Dios es capaz de obrar en medio de aquello que Él no aprueba moralmente y de aquello que nosotros nunca habríamos elegido.

Lo que otros hicieron para dañarte no se convierte en bueno. Pero tampoco tiene la autoridad final sobre tu historia.

Recuerda la gracia

Nuestra debilidad no cancela el propósito de Dios; puede convertirse en el lugar donde aprendemos a depender del poder de Cristo.

Para examinar el corazón

  • ¿Has interpretado una respuesta tardía como abandono?
  • ¿Estás avergonzado por necesitar ayuda repetidamente?
  • ¿Crees que la gracia suficiente es una respuesta inferior?
  • ¿Puedes confiar en Cristo aunque la circunstancia todavía no cambie?

Un paso de obediencia

Escribe una oración que incluya dos peticiones:

“Señor, cambia esta situación si es tu voluntad”.

“Y mientras la atravieso, enséñame a depender de tu gracia”.

Interludio

Una oración debajo de la tierra

El 5 de agosto de 2010, una sección de la mina San José, en Chile, se derrumbó.

Treinta y tres mineros quedaron atrapados aproximadamente a setecientos metros bajo el desierto de Atacama.

Durante diecisiete días, quienes se encontraban en la superficie no sabían si habían sobrevivido. Debajo de la tierra, los hombres enfrentaban oscuridad, escasez de alimentos, poca agua y una profunda incertidumbre.

Entre ellos se encontraba José Henríquez, un minero cristiano. Sus compañeros comenzaron a pedirle que dirigiera momentos de oración.

No eran hombres que podían salvarse a sí mismos. No podían abrir un camino hasta la superficie. No sabían si los encontrarían.

En aquella oscuridad, la oración se convirtió en un espacio para reconocer su necesidad y buscar misericordia.

Cuando una perforación finalmente alcanzó el refugio, el mundo supo que los treinta y tres estaban vivos. Después de sesenta y nueve días bajo tierra, todos fueron rescatados.

No utilizamos esta historia para declarar que cada tragedia terminará de la misma manera. Muchos accidentes han terminado con pérdidas dolorosas. Tampoco debemos convertir a los mineros en personajes perfectos. Eran seres humanos.

La historia nos recuerda algo sencillo:

Las crisis pueden quitar temporalmente las máscaras y mostrarnos cuánto necesitamos a Dios y cuánto necesitamos unos de otros.

Allí abajo no importaba quién parecía más fuerte. Todos compartían la misma fragilidad.

Necesitaban alimento. Necesitaban esperanza. Necesitaban organización. Necesitaban ayuda desde la superficie. Necesitaban sostenerse unos a otros.

La oscuridad no creó su necesidad. Solamente hizo imposible seguir ignorándola.

Hay momentos en los que la vida también nos obliga a reconocer:

“No puedo salvarme a mí mismo”.
“No controlo todo”.
“Necesito misericordia”.
“Necesito que alguien camine conmigo”.

La pregunta es:

¿Tenemos que esperar a que todo se derrumbe para reconocerlo?

Nota histórica: esta breve ilustración está basada en acontecimientos públicos del derrumbe y rescate de la mina San José, ocurrido en Chile en 2010. La narración fue resumida y redactada originalmente para este e-book. No reproduce diálogos, escenas ni textos de películas, libros o documentales.

Capítulo 9

No abandones el altar cuando entre la luz

Buscar a Dios en medio de la crisis es natural.

Cuando recibimos un diagnóstico, oramos. Cuando el matrimonio se encuentra en peligro, clamamos. Cuando no tenemos trabajo, pedimos provisión. Cuando un hijo se aleja, ayunamos. Cuando sentimos que todo puede perderse, dejamos de considerar la oración como una opción secundaria.

Pero existe otro peligro:

Olvidar a Dios cuando las cosas comienzan a mejorar.

La advertencia de Deuteronomio

Antes de que Israel entrara en la tierra prometida, Moisés les advirtió:

“Cuídate de no olvidarte de Jehová tu Dios, para cumplir sus mandamientos, sus decretos y sus estatutos que yo te ordeno hoy; no suceda que comas y te sacies, y edifiques buenas casas en que habites, y tus vacas y tus ovejas se aumenten, y la plata y el oro se te multipliquen, y todo lo que tuvieres se aumente; y se enorgullezca tu corazón, y te olvides de Jehová tu Dios, que te sacó de tierra de Egipto, de casa de servidumbre.”

Deuteronomio 8:11-14, RVR1960

El peligro no era únicamente la escasez. También era la abundancia.

La dificultad puede llevarnos a pensar que Dios no proveerá. La prosperidad puede llevarnos a pensar que ya no lo necesitamos.

Cuando todo mejora, podemos comenzar a atribuirnos el mérito.

“Mi esfuerzo produjo esto”.
“Mi capacidad me trajo hasta aquí”.
“Ya tengo control”.

Poco a poco, la oración se reduce. La gratitud desaparece. La congregación se convierte en algo opcional. La Palabra deja de ser una necesidad diaria.

La bendición ocupa el lugar del Dador.

Los diez leprosos

Jesús sanó a diez hombres. Todos recibieron el beneficio. Solo uno regresó.

“Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz, y se postró rostro en tierra a sus pies, dándole gracias; y este era samaritano. Respondiendo Jesús, dijo: ¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están? ¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero? Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado.”

Lucas 17:15-19, RVR1960

Los diez necesitaban a Jesús cuando estaban enfermos. Pero solamente uno regresó después de recibir la sanidad.

No permitas que la respuesta a tu oración te aleje del Dios que te respondió.

Cuando conseguimos lo que pedimos

Oramos por un trabajo. Después el trabajo consume el tiempo que antes entregábamos a Dios.

Oramos por una relación. Después la relación ocupa el lugar de Cristo.

Oramos por crecimiento en el ministerio. Después los resultados alimentan el orgullo.

Oramos por estabilidad económica. Después la comodidad apaga nuestra dependencia.

Oramos por sanidad. Después dejamos de agradecer.

La bendición no es el problema. El problema aparece cuando permitimos que se convierta en nuestro dios.

Dependencia permanente

No necesitamos vivir asustados pensando que todo puede desaparecer. Pero sí debemos vivir conscientes de que todo lo bueno procede de Dios.

La dependencia no es pesimismo. Es adoración.

Es reconocer:

“Señor, aun cuando tengo, sigo necesitándote”.
“Aunque las cosas mejoraron, no quiero alejarme”.
“No quiero utilizarte como una salida de emergencia”.
“Quiero conocerte, no solamente recibir de ti”.

Hábitos que protegen el corazón

La gratitud debe practicarse. La oración debe continuar. La Palabra debe permanecer. La congregación no debe depender solamente de cómo nos sentimos.

La generosidad nos recuerda que los recursos no son nuestros dioses. El servicio nos recuerda que la bendición también fue entregada para bendecir. El testimonio nos ayuda a no olvidar de dónde nos sacó Dios.

Recuerda la gracia

No esperes a que todo se derrumbe para volver a arrodillarte.

Para examinar el corazón

  • ¿Buscabas más a Dios cuando atravesabas una crisis?
  • ¿Alguna bendición comenzó a ocupar demasiado espacio en tu corazón?
  • ¿Has agradecido por aquello que antes pedías con lágrimas?
  • ¿Te relacionas con Dios solamente cuando necesitas una respuesta?

Un paso de obediencia

Haz una lista de tres oraciones que Dios respondió. Dedica tiempo a agradecer. Después pregúntate si alguna de esas respuestas ha comenzado a distraerte del Señor.

Capítulo 10

Cicatrices que cuentan una historia

Tomás no estaba presente cuando Jesús se apareció a los discípulos después de resucitar. Cuando le contaron que habían visto al Señor, respondió que necesitaba ver las señales de los clavos.

Ocho días después, Jesús apareció nuevamente.

“Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.”

Juan 20:27, RVR1960

Jesús había resucitado. La muerte había sido vencida. Sin embargo, las señales de los clavos todavía podían ser vistas.

Las heridas de Cristo son únicas

Debemos hablar de esto con reverencia.

Las heridas de Jesús no son simplemente una metáfora para nuestros dolores. Él fue herido por nuestras rebeliones. Llevó nuestros pecados. Murió en nuestro lugar. Resucitó victorioso.

Sus marcas cuentan la historia de nuestra redención.

No somos salvos porque aprendimos a ser vulnerables. Somos salvos porque Cristo murió y resucitó. La cruz es el centro.

Una cicatriz no significa que nunca hubo dolor

Una cicatriz existe porque hubo una herida.

No debemos glorificar lo que causó el daño.

Si alguien fue abusado, el abuso continúa siendo malo. Si alguien fue traicionado, la traición no se vuelve buena porque Dios haya obrado después. Si alguien perdió a un ser querido, no debemos minimizar su dolor con frases apresuradas.

La redención no significa llamar bueno a lo malo. Significa que lo malo no tendrá la última palabra.

Heridas abiertas y cicatrices

Una herida abierta necesita cuidado. No debe ser golpeada continuamente. No debe ser exhibida para que todos la toquen.

En el proceso espiritual sucede algo parecido.

Hay testimonios que todavía no estamos listos para contar públicamente. Hay experiencias que necesitan ser procesadas. Hay detalles que no pertenecen a todos.

Existe una presión dentro de algunos ambientes cristianos para convertir rápidamente cada experiencia dolorosa en una enseñanza pública. Pero no toda persona tiene que subir a una plataforma.

Dios puede estar obrando aunque tu historia permanezca en un círculo privado.

El testimonio no es una deuda

No le debes al público todos los detalles de tu vida.

Puedes contar lo que Dios hizo sin identificar a otras personas. Puedes proteger a tus hijos. Puedes evitar detalles que despierten recuerdos destructivos.

Puedes decir: “Dios me sostuvo durante una temporada difícil”, sin relatar cada acontecimiento.

La sabiduría también honra a Dios.

Cuando una cicatriz se convierte en servicio

Algunas personas que atravesaron un duelo pueden acompañar con especial sensibilidad a quienes están de luto. Quienes vencieron una adicción pueden comprender la batalla de otros. Una persona restaurada después de un fracaso puede hablar de la gracia sin superioridad. Alguien que fue acompañado durante una crisis puede convertirse en un acompañante compasivo.

No porque el dolor nos convierta automáticamente en expertos. Sino porque la gracia recibida puede enseñarnos a ofrecer gracia.

No construyas tu identidad alrededor de la herida

Tu historia incluye lo que te sucedió. Pero no termina allí.

En Cristo no eres solamente “la persona que fue abandonada”. No eres únicamente “el que cayó”. No eres solamente “la mujer que fue traicionada”. No eres únicamente “el que estuvo enfermo”.

Tu identidad principal se encuentra en Jesucristo.

Has sido llamado por su nombre. Has recibido perdón. Has sido adoptado. Eres parte de su pueblo.

La herida puede explicar parte de tu camino. No tiene derecho a definir toda tu identidad.

Recuerda la gracia

La herida habla de lo que sufriste; la cicatriz puede hablar de la gracia que te sostuvo y de lo que Dios te ayudó a superar.

Para examinar el corazón

  • ¿Sientes presión para contar algo que todavía no estás listo para compartir?
  • ¿Has construido tu identidad alrededor de lo que te hicieron?
  • ¿Puedes reconocer alguna manera en que Dios te sostuvo?
  • ¿Cómo podrías acompañar a alguien sin convertirte en su salvador?

Un paso de obediencia

Escribe tu testimonio en tres partes:

1. Lo que ocurrió.
2. Cómo te encontró la gracia de Dios.
3. Cómo estás aprendiendo a caminar hoy.

No necesitas publicarlo. Este ejercicio es primero entre tú y Dios.

Capítulo 11

Una vulnerabilidad sabia

Ser vulnerable no significa vivir sin límites. La honestidad necesita sabiduría.

No todas las personas deben ocupar el mismo lugar en nuestra vida. Jesús amaba a todos, pero no les confiaba lo mismo a todos.

Tu historia merece ser tratada con cuidado.

Cuándo buscar ayuda pastoral

La ayuda pastoral puede ser especialmente importante cuando existe:

Un pastor bíblico no reemplaza a Cristo. Tampoco controla la conciencia de las personas. Su responsabilidad es enseñar la Palabra, cuidar, exhortar, orar y acompañar.

Cuándo buscar ayuda profesional

Hay situaciones que requieren preparación especializada. Buscar ayuda profesional no significa que no tienes fe.

Puede ser necesario cuando existe:

Dios puede obrar mediante médicos. Consejeros. Psicólogos. Tratamientos. Medicamentos utilizados responsablemente. Grupos de recuperación. Recursos de protección.

La oración y la atención profesional no son enemigos.

Cuando existe peligro

Si existe abuso, violencia, peligro para un menor o riesgo inmediato de daño, la respuesta no puede limitarse a:

“Voy a orar por ti”.

La oración es indispensable. Pero también deben tomarse medidas de protección. Puede ser necesario contactar a las autoridades, servicios de emergencia o profesionales capacitados.

La confidencialidad nunca debe utilizarse para proteger a un abusador ni para mantener a una víctima en peligro.

El perdón cristiano no obliga a permanecer en un lugar inseguro. La reconciliación no puede imponerse mientras no exista arrepentimiento, verdad y protección.

Cómo reconocer a una persona segura

Una persona segura no es una persona perfecta. Pero debe mostrar ciertas características.

Escucha. No interrumpe constantemente. No intenta resolver toda tu vida en cinco minutos.

Es discreta. No comparte tu historia como petición de oración sin tu autorización.

Habla con verdad. No llama bueno al pecado. No alimenta decisiones destructivas.

Muestra gracia. No te trata como si tu fracaso fuera toda tu identidad.

Respeta límites. No exige información que no necesita. No desarrolla una dependencia emocional incorrecta contigo.

Reconoce sus limitaciones. Puede decir: “No estoy preparado para atender esto, pero voy a ayudarte a encontrar a alguien”.

Te dirige hacia Cristo. No busca convertirse en el centro de tu vida.

Señales de una relación de ayuda poco saludable

Ten cuidado cuando una persona:

El liderazgo bíblico no teme la transparencia ni la rendición de cuentas.

Cómo comenzar la conversación

No necesitas preparar un discurso perfecto. Puedes decir:

“Estoy luchando con algo y no quiero continuar solo”.
“Necesito contarle a alguien lo que está sucediendo”.
“No sé cómo explicar todo, pero necesito ayuda”.
“Tengo miedo de ser juzgado”.
“Creo que estoy en peligro”.
“Volví a caer y necesito establecer medidas serias”.
“He estado muy triste y no logro funcionar normalmente”.

Una conversación honesta puede ser el principio de un camino.

Acompañar no significa cargar con todo

Cuando ayudamos a alguien, debemos recordar que no somos su salvador.

Podemos escuchar. Orar. Orientar. Acompañar. Pero no podemos controlar cada decisión. Tampoco debemos destruir nuestra propia salud intentando hacer aquello para lo cual no estamos preparados.

Jesús es el Salvador. La iglesia es un cuerpo. El cuidado no debe depender completamente de una sola persona.

Recuerda la gracia

La vulnerabilidad bíblica no es exposición indiscriminada; es honestidad acompañada de sabiduría, verdad y comunidad.

Para examinar el corazón

  • ¿A quién has dado acceso a tu vida?
  • ¿Esa persona ha demostrado madurez y discreción?
  • ¿Necesitas ayuda profesional además de ayuda pastoral?
  • ¿Estás intentando salvar a alguien por tus propias fuerzas?

Un paso de obediencia

Escribe tres nombres:

1. Una persona con quien puedes orar.
2. Un líder maduro a quien puedes pedir orientación.
3. Un profesional o recurso al que acudirías si la situación lo requiere.

Preguntas honestas

Preguntas honestas, respuestas bíblicas

1.¿Ser vulnerable significa contarles mis problemas a todos?

No. La Biblia enseña confesión, comunidad y acompañamiento, pero también sabiduría. No todas las personas deben conocer los mismos detalles. Vulnerabilidad significa dejar de vivir en mentira y hablar con Dios y con las personas apropiadas. Jesús mismo no confiaba de la misma manera en todos. Busca personas maduras, discretas y responsables.

2.¿Toda debilidad es pecado?

No. Una enfermedad no es necesariamente pecado. El cansancio no siempre es pecado. Una limitación física no es pecado. Sentir dolor no es pecado. Ser tentado tampoco es exactamente igual que ceder a la tentación. Sin embargo, una debilidad no debe utilizarse como excusa para justificar una conducta que Dios ha llamado pecado. Necesitamos discernimiento y verdad.

3.¿Por qué Dios no elimina una lucha aunque he orado muchas veces?

No podemos conocer todas las razones. En algunos casos, Dios responde inmediatamente. En otros, trabaja mediante un proceso. En otros, como ocurrió con Pablo, permite que una aflicción continúe mientras manifiesta la suficiencia de su gracia. Esto no significa que debas dejar de orar ni de buscar ayuda. Significa que tu fe no puede depender exclusivamente de recibir la respuesta exacta que esperabas.

4.¿Buscar terapia significa que no tengo suficiente fe?

No. Buscar ayuda de una persona capacitada puede ser una decisión sabia. Dios puede utilizar conocimientos médicos y psicológicos como instrumentos de cuidado. La terapia no debe sustituir a Cristo, la Palabra ni la comunidad cristiana. Pero la oración tampoco debe utilizarse como excusa para rechazar ayuda responsable.

5.¿Qué hago si confesé una lucha y volví a caer?

No te escondas. Regresa a Dios en arrepentimiento. Habla nuevamente con quienes te acompañan. Examina qué puertas permanecieron abiertas. Establece medidas más firmes. Una caída no debe ser normalizada, pero tampoco significa que la gracia terminó. Proverbios 28:13 une la confesión con el apartarse. No busques solamente sentir alivio. Busca cambios concretos.

6.¿Cómo puedo saber si una persona es segura para escucharme?

Observa su carácter. ¿Habla de los secretos de otros? ¿Respeta límites? ¿Escucha? ¿Te dirige hacia Cristo? ¿Puede confrontar sin humillar? ¿Reconoce cuando necesita ayuda adicional? La confianza se construye con el tiempo. No necesitas entregar inmediatamente todos los detalles.

7.¿Dios todavía me ama cuando estoy luchando con un pecado?

El amor de Dios no aprueba el pecado. Pero Cristo no rechaza al pecador que viene arrepentido. La cruz demuestra la seriedad del pecado y la grandeza del amor de Dios. No utilices su amor para permanecer voluntariamente en desobediencia. Tampoco permitas que la vergüenza te convenza de que debes alejarte. Acércate al trono de la gracia.

8.¿Cuál es la diferencia entre convicción y condenación?

La convicción señala el pecado y conduce al arrepentimiento. La condenación afirma que ya no existe esperanza. La convicción es específica. La condenación aplasta toda tu identidad. La convicción te dirige a Cristo. La condenación te dice que te escondas. Romanos 8:1 declara que no hay condenación para quienes están en Cristo Jesús.

9.¿Tengo que contar públicamente mi testimonio?

No. Dios puede utilizar tu historia sin que reveles todos los detalles. Debes considerar tu bienestar, la privacidad de otras personas, la seguridad de tu familia, el momento correcto, el propósito y la madurez de la audiencia. Un testimonio no debe convertirse en una nueva forma de exposición.

10.¿Qué hago si fui herido dentro de una iglesia?

Reconoce que la herida es real. No llames perfecto a lo que estuvo mal. Busca personas maduras fuera del círculo que causó el daño si es necesario. Distingue entre el pecado de las personas y el carácter de Cristo. Establece límites. Busca sanidad. Si hubo abuso, manipulación, violencia o delito, busca ayuda profesional y legal. No permitas que quienes representaron mal a Jesús te convenzan de que Jesús es como ellos.

Guía práctica

Siete pasos para extender tu mano

1. Detente

Deja de correr. Deja de llenar cada espacio con ruido. Reconoce que algo está sucediendo.

Pregunta: ¿Qué has estado evitando?

Acción: aparta quince minutos sin teléfono y escribe lo que realmente sientes o estás enfrentando.

2. Nómbralo

No puedes responder sabiamente a algo que te niegas a identificar.

¿Es pecado? ¿Tentación? ¿Herida? ¿Debilidad? ¿Enfermedad? ¿Consecuencia?

“El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia.”

Proverbios 28:13, RVR1960

Pregunta: ¿estás llamando “debilidad” a lo que Dios llama pecado? ¿O llamando “pecado” a una herida que necesita cuidado?

Acción: escribe una frase clara que comience: “Lo que estoy enfrentando es…”.

3. Acércate a Cristo

No esperes a sentirte digno. Cristo es nuestro Sumo Sacerdote.

“Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.”

Hebreos 4:16, RVR1960

Pregunta: ¿te estás acercando o escondiendo?

Acción: ora con honestidad y recuerda que tu confianza está en la obra de Jesús.

4. Confiesa cuando sea necesario

Habla con Dios. Y cuando corresponda, habla con una persona madura.

“Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados.”

Santiago 5:16, RVR1960

Pregunta: ¿quién necesita conocer esta situación para ayudarte responsablemente?

Acción: solicita una conversación.

5. Busca la ayuda correcta

No todas las necesidades se atienden de la misma manera. Puedes necesitar:

Pregunta: ¿estás pidiendo a una sola persona que realice una labor para la cual no está preparada?

Acción: identifica el recurso más apropiado y establece contacto.

6. Obedece el siguiente paso

No intentes resolver todo en un solo día. Pero no pospongas lo que ya sabes que debes hacer.

Pregunta: ¿qué paso concreto has evitado?

Acción: realízalo durante las próximas veinticuatro horas.

7. Permanece cerca de Dios

No busques a Dios solamente durante la crisis. Permanece cuando entre la luz.

“Cuídate de no olvidarte de Jehová tu Dios.”

Deuteronomio 8:11, RVR1960

Pregunta: ¿te has alejado después de recibir una respuesta?

Acción: restablece un hábito de oración, Palabra, congregación y gratitud.

Conclusión

Jesús todavía restaura

Regresemos a la sinagoga.

Un hombre se encontraba allí con una mano seca. Jesús lo vio. Lo llamó.

Le dijo:

“Levántate”.

Tal vez has permanecido demasiado tiempo sentado junto a tu lucha. Jesús te llama a reconocer que no puedes seguir viviendo de la misma manera.

“Ponte en medio”.

No para convertirte en espectáculo. No para que todos conozcan tus detalles. Sino para que la verdad deje de permanecer escondida.

“Extiende tu mano”.

Presenta delante de Cristo aquello que no has podido restaurar.

Puede ser pecado. Arrepiéntete. No lo justifiques. No continúes alimentándolo.

Puede ser una herida. Deja de culparte por lo que otra persona hizo. Busca cuidado. Establece límites.

Puede ser una debilidad. Reconoce que necesitas ayuda.

Puede ser una enfermedad. Ora. Busca atención. Permite que otros te acompañen.

Puede ser una respuesta que todavía no ha llegado. Confía en la gracia suficiente de Cristo.

El problema más profundo

Todos tenemos una necesidad mayor que nuestras heridas temporales.

Hemos pecado contra Dios. No podemos salvarnos a nosotros mismos. Ninguna cantidad de esfuerzo religioso puede borrar nuestra culpa.

No necesitamos solamente sentirnos mejor. Necesitamos ser reconciliados con Dios.

Jesucristo, el Hijo de Dios, vivió sin pecado. Murió en la cruz llevando el castigo que nosotros merecíamos. Fue sepultado. Y resucitó.

La salvación no se obtiene fingiendo que somos buenas personas. Se recibe por gracia mediante la fe en Cristo. Debemos arrepentirnos y creer.

Para quien se ha escondido detrás de la religión

Tal vez conoces el lenguaje cristiano. Has asistido a la iglesia. Incluso has servido. Pero nunca has rendido verdaderamente tu vida a Cristo.

Él no está pidiendo una versión más religiosa de ti. Te está llamando a nacer de nuevo.

Reconoce tu pecado. Confía en Jesús. Entrégale tu vida.

Para quien ha escondido pecado

La gracia no te autoriza a continuar. Te llama a salir de la oscuridad. Confiesa. Arrepiéntete. Busca ayuda. Toma decisiones concretas.

Para quien está herido

Jesús no te acusa por sentir dolor. Él conoce lo que viviste. No tienes que caminar solo.

Para quien se siente débil

Tu debilidad no sorprende a Dios. Su poder no depende de tu autosuficiencia.

Para quien recibió una respuesta y se alejó

Regresa. La bendición nunca fue diseñada para reemplazar al Dador.

La pregunta final

¿Qué estás escondiendo? ¿Qué intentas arreglar solo? ¿Qué área de tu vida te produce vergüenza? ¿Qué obediencia has pospuesto? ¿Qué persona necesitas llamar? ¿Qué conversación debe comenzar?

Jesús no está esperando que finjas tener una mano fuerte. Está llamándote a extender la mano que necesita de su gracia.

Oración final

Hoy extiendo mi mano

Oración final

Señor Jesús:

Hoy me presento delante de ti tal como soy. Sin máscaras. Sin apariencias. Sin tratar de convencerte de que soy más fuerte de lo que realmente soy.

Tú conoces mi corazón. Conoces mis pensamientos. Conoces mis heridas. Conoces mis pecados. Conoces mis temores. Conoces aquello que he tratado de esconder.

Gracias porque no eres un Salvador distante. Gracias porque puedes compadecerte de mis debilidades. Gracias porque abriste el camino hacia el trono de la gracia.

Hoy reconozco que te necesito.

Si he pecado, perdóname. No quiero justificar mi desobediencia. Dame un arrepentimiento verdadero. Ayúdame a confesar. Ayúdame a apartarme. Dame valor para cerrar las puertas que he mantenido abiertas.

Si estoy herido, trae tu verdad a mi corazón. Ayúdame a no definir toda mi vida por lo que me sucedió. Enséñame a perdonar sin negar la verdad. Dame sabiduría para establecer límites. Guíame hacia personas maduras que puedan acompañarme.

Si estoy débil, recuérdame que tu gracia es suficiente. Si la respuesta tarda, sostenme. Si debo atravesar un proceso, dame perseverancia. Si necesito ayuda pastoral, profesional o médica, quita de mí el orgullo y el temor. Muéstrame el siguiente paso.

Perdóname por las veces que te he buscado solamente durante la crisis. No permitas que la bendición me haga olvidar al Dador. Quiero permanecer cerca de ti en la oscuridad y también cuando entre la luz.

Gracias por la cruz. Gracias porque llevaste mis pecados. Gracias porque resucitaste. Gracias porque en ti existe perdón, nueva vida y esperanza.

Hoy extiendo mi mano.

Esta es mi lucha. Esta es mi herida. Este es mi temor. Esta es mi debilidad. Esto es lo que no he podido cambiar por mis propias fuerzas.

Lo traigo delante de ti.

Haz tu voluntad en mí. Restaura lo que debe ser restaurado. Confronta lo que debe ser confrontado. Sana lo que debe ser sanado. Sostén aquello que todavía debo atravesar.

Y permite que mi vida testifique que tu gracia sigue siendo suficiente.

En el nombre de Jesús.

Amén

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Extiende tu mano

Si esta guía te ayudó a dejar de esconderte y acercarte al trono de la gracia, compártela con alguien que está luchando en silencio. Nunca sabes quién necesita escuchar que Jesús todavía restaura. Y sígueme para más contenido que edifica.

Pastor Francisco Bonnet Iglesia El Gran Yo Soy
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