Cuando la fe es probada

Hasta
el Final

Cómo permanecer en Cristo cuando la fe es probada.

Pastor Francisco BonnetIglesia El Gran Yo Soy
13 capítulos ~60 min de lectura Mateo 24:13

“Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo.”

Mateo 24:13
Introducción

Cuando comenzar es más fácil que continuar

Comenzar algo puede ser emocionante.

Cuando una persona comienza una nueva etapa, normalmente tiene entusiasmo, expectativas y muchas fuerzas. Eso sucede cuando comenzamos un trabajo, un proyecto, un matrimonio, un ministerio o una nueva disciplina.

También puede suceder cuando comenzamos nuestro caminar con Cristo.

Al principio queremos aprenderlo todo. Queremos leer la Biblia. Queremos orar. Queremos congregarnos. Queremos servir. Queremos contarles a otros lo que Dios ha hecho en nosotros.

Pero con el paso del tiempo llegan situaciones que ponen a prueba aquello que comenzamos.

Llegan días en los que oramos y no vemos respuestas inmediatas. Llegan temporadas en las que servimos y nadie parece notarlo. Llegan heridas, decepciones, tentaciones y preguntas. A veces llegan enfermedades. Otras veces llegan problemas familiares, pérdidas económicas o puertas que permanecen cerradas.

En esos momentos descubrimos que comenzar y permanecer no son exactamente lo mismo.

Comenzar puede requerir entusiasmo. Permanecer requiere raíces.

Comenzar puede estar acompañado de emociones intensas. Permanecer requiere convicciones.

Comenzar puede ocurrir en un momento. Permanecer se demuestra a lo largo de toda una vida.

Jesús nunca escondió esta realidad. Él no les prometió a sus discípulos que seguirlo sería siempre cómodo. Les habló de oposición, persecución, engaño, traición, aflicción y momentos en los que el amor de muchos se enfriaría.

Fue dentro de ese contexto que declaró:

“Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo.”

Mateo 24:13

Estas palabras no fueron pronunciadas para enseñar que podemos comprar nuestra salvación por medio del sufrimiento o el esfuerzo humano. La salvación es por la gracia de Dios. No somos aceptados porque logramos demostrar que somos suficientemente fuertes. Somos aceptados por medio de la obra perfecta de Jesucristo.

Sin embargo, la misma gracia que nos salva también nos llama a permanecer.

Cristo no solamente nos llama a levantar una mano, repetir una oración o comenzar una experiencia religiosa. Nos llama a seguirlo. Nos llama a permanecer en Él. Nos llama a llevar nuestra cruz. Nos llama a correr la carrera que tenemos por delante.

Este libro fue escrito para la persona que ama a Dios, pero está cansada. Para quien sigue creyendo, aunque tiene preguntas. Para quien ha tropezado y se pregunta si todavía puede levantarse. Para quien ha esperado durante mucho tiempo. Para quien ha sido herido y siente la tentación de aislarse. Para quien atraviesa una temporada en la que no siente lo mismo que sentía antes.

También fue escrito para quien piensa que perseverar significa fingir que todo está bien.

La perseverancia bíblica no ignora el dolor. No niega la realidad. No llama bueno a lo que es malo. No nos obliga a fingir una fortaleza que no poseemos.

Perseverar es continuar volviendo a Cristo. Es seguir confiando cuando no comprendemos. Es arrepentirnos cuando pecamos. Es pedir ayuda cuando estamos débiles. Es seguir obedeciendo cuando nuestras emociones quieren llevarnos en otra dirección. Es recordar que nuestra esperanza no está en una vida sin dificultades, sino en un Salvador que prometió permanecer con nosotros todos los días.

Tal vez hoy no tengas fuerzas para imaginar toda la carrera. No necesitas tenerlas.

La gracia de Dios puede darte lo necesario para el próximo paso. Y después del próximo paso, Él podrá sostenerte para dar otro.

Perseverar es seguir caminando. Permanecer es no soltar a Cristo mientras caminamos.

Capítulo 1

No basta con comenzar

“Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo.”

Mateo 24:13

Este versículo suele utilizarse como una frase general para animar a las personas a no abandonar sus metas. Aunque puede producir ánimo, su significado es mucho más profundo.

Jesús no estaba hablando de terminar una carrera profesional, completar un negocio o alcanzar un sueño personal. Estaba hablando de permanecer fieles a Él en medio de tiempos espiritualmente difíciles.

En Mateo 24, Jesús advierte que vendrían engaños, falsos maestros, guerras, persecución, traición y un crecimiento de la maldad que haría que el amor de muchos se enfriara.

La presión no vendría solamente de afuera. También habría una batalla dentro del corazón.

Cuando la maldad aumenta, existe el peligro de acostumbrarnos a ella. Cuando somos heridos, existe el peligro de endurecernos. Cuando vemos injusticia, podemos comenzar a pensar que vivir correctamente no vale la pena. Cuando la respuesta tarda, podemos preguntarnos si Dios realmente está escuchando.

Jesús no negó que esas presiones existirían. Lo que hizo fue llamar a sus discípulos a permanecer.

Perseverar hasta el fin significa seguir perteneciendo a Cristo cuando el mundo nos presiona para que lo abandonemos. Significa no permitir que la decepción destruya nuestra confianza en Dios. Significa no cambiar la verdad para adaptarnos a una cultura cambiante. Significa no dejar que el pecado se convierta en algo normal dentro de nuestro corazón. Significa continuar aferrados al evangelio.

Una carrera, no solamente un momento

La vida cristiana comienza mediante el nuevo nacimiento, pero no termina en el día de nuestra conversión. Ese día comienza una carrera.

Un bebé que acaba de nacer necesita crecer. De la misma manera, una persona que ha nacido de nuevo necesita conocer la Palabra, aprender a orar, congregarse, obedecer a Dios y madurar en su relación con Cristo.

El problema es que podemos confundir una experiencia pasada con una relación presente.

Podemos hablar continuamente de lo que sentimos hace muchos años y, al mismo tiempo, descuidar nuestra comunión actual con Jesús. Podemos recordar el día en que comenzamos, pero ignorar la condición de nuestro corazón hoy.

El llamado de Cristo no es solamente a recordar que un día estuvimos cerca. Es a permanecer cerca.

Comenzar con emoción, continuar por convicción

Las emociones son parte de nuestra vida. Dios nos creó con la capacidad de sentir gozo, tristeza, entusiasmo, temor y esperanza. No hay nada malo en emocionarnos por las cosas de Dios.

El problema comienza cuando nuestra obediencia depende completamente de nuestras emociones.

Si solamente oramos cuando sentimos deseos, nuestra oración será inconstante. Si solamente nos congregamos cuando todo está bien, nos alejaremos precisamente cuando más necesitamos a la iglesia. Si solamente obedecemos cuando comprendemos todos los detalles, nuestra obediencia dependerá de nuestra capacidad para entender y no de nuestra confianza en Dios.

La madurez espiritual comienza a desarrollarse cuando aprendemos a decir:

“Hoy no siento la misma emoción, pero Cristo continúa siendo digno”.

“Hoy no entiendo lo que está sucediendo, pero Dios continúa siendo fiel”.

“Hoy estoy cansado, pero no tomaré una decisión permanente basado en una temporada difícil”.

La fe madura no desprecia las emociones, pero tampoco se deja gobernar completamente por ellas.

El peligro de mirar solamente a quienes abandonan

Habrá personas que comiencen a caminar con nosotros y después se aparten. Algunas nos decepcionarán. Otras cambiarán. Algunas personas que parecían muy comprometidas tomarán decisiones que no comprendemos.

Si nuestra fe depende del comportamiento de otras personas, cada caída ajena pondrá en peligro nuestra relación con Dios.

Los creyentes pueden ser ejemplos, pero solamente Cristo puede ser nuestro fundamento. Los líderes pueden ayudarnos, pero no pueden ocupar el lugar de Jesús. La iglesia puede acompañarnos, pero nuestra salvación no descansa sobre la perfección de una congregación.

No seguimos a Cristo porque todos los cristianos hayan representado correctamente su nombre. Seguimos a Cristo porque Él murió por nuestros pecados, resucitó de entre los muertos y continúa siendo digno de toda nuestra confianza.

Para meditar

  • ¿Tu relación con Dios está basada principalmente en una experiencia del pasado o en una comunión presente con Cristo?
  • ¿Qué situación reciente ha tratado de enfriar tu amor por Dios?
  • ¿Estás permitiendo que el comportamiento de otras personas determine tu fidelidad a Jesús?
Oración

Señor, no permitas que me conforme con haber comenzado. Ayúdame a caminar contigo hoy. Afirma mi corazón en tu verdad y enséñame a permanecer cuando mis emociones cambien. Amén.

Capítulo 2

La perseverancia y la gracia de Dios

Hablar de perseverancia puede producir dos reacciones equivocadas.

La primera es el orgullo. La persona orgullosa piensa: “Yo llegaré hasta el final porque soy fuerte”.

La segunda es la desesperación. La persona que solamente mira sus debilidades piensa: “Yo nunca podré lograrlo”.

El evangelio confronta ambas reacciones.

Al orgulloso le recuerda que separado de Cristo no puede hacer nada. Al desesperado le recuerda que la gracia de Dios es más grande que su debilidad.

No perseveramos para comprar la salvación

La salvación no es un premio entregado a las personas que consiguieron sufrir sin cometer errores.

No somos salvos porque hayamos acumulado suficientes años dentro de una iglesia. No somos salvos por servir, predicar, cantar, ofrendar o tener un conocimiento bíblico amplio.

Somos salvos por la gracia de Dios, mediante la fe en Jesucristo.

La obra que nos reconcilia con Dios no fue realizada por nosotros. Fue realizada por Cristo en la cruz.

Jesús vivió la vida justa que nosotros no podíamos vivir. Murió llevando sobre sí el castigo que merecían nuestros pecados. Resucitó, venciendo la muerte.

Por eso, cuando la Biblia nos llama a perseverar, no está diciendo que debemos completar lo que a Cristo le faltó hacer. A la obra de Cristo no le falta nada.

Perseverar no completa la cruz. Perseverar demuestra que nuestra esperanza continúa descansando en quien murió en la cruz.

La gracia no solamente perdona; también sostiene

A veces pensamos en la gracia solamente como aquello que Dios nos mostró el día de nuestra conversión. Pero necesitamos la gracia todos los días.

Necesitamos gracia para levantarnos. Gracia para arrepentirnos. Gracia para perdonar. Gracia para obedecer. Gracia para reconocer nuestras limitaciones. Gracia para continuar cuando sentimos que nuestras fuerzas se agotaron.

El creyente no comienza dependiendo de Cristo y después continúa dependiendo de sí mismo.

Comenzamos por gracia. Crecemos por gracia. Servimos por gracia. Perseveramos por gracia. Y llegaremos hasta el final sostenidos por la misma gracia.

La perseverancia es evidencia, no moneda de pago

La perseverancia no compra el amor de Dios. Es una evidencia de que su amor está obrando dentro de nosotros.

Un árbol no produce fruto para convertirse en árbol. Produce fruto porque está vivo.

De la misma manera, no perseveramos para convencer a Dios de que nos haga hijos suyos. Perseveramos porque hemos sido llamados a vivir como hijos que confían en su Padre.

Esto no significa que la perseverancia sea automática o pasiva. La Biblia nos manda a velar, orar, resistir la tentación, permanecer en la Palabra y correr con paciencia.

La gracia no elimina nuestra responsabilidad. La hace posible.

Dios obra en nosotros y, por esa razón, nosotros respondemos. Él nos fortalece, pero nosotros debemos dar el paso. Él nos corrige, pero nosotros debemos arrepentirnos. Él nos alimenta por medio de su Palabra, pero nosotros debemos abrirla y recibirla. Él nos da la iglesia, pero nosotros debemos evitar el aislamiento.

Dos errores peligrosos

El primer error es la falsa seguridad. Consiste en pensar: “Como una vez hice una profesión de fe, no importa cómo viva ahora”.

Esta idea utiliza la gracia como una excusa para permanecer voluntariamente en el pecado. Pero la gracia verdadera no produce indiferencia hacia Cristo. Produce gratitud, arrepentimiento y un deseo creciente de obedecer.

El segundo error es la condenación constante. Consiste en pensar: “Como todavía lucho, seguramente Dios me abandonó”.

La presencia de una batalla no significa necesariamente que no exista fe. Muchas veces, luchamos precisamente porque el Espíritu de Dios está confrontando aquello que antes aceptábamos sin resistencia.

La pregunta no es si alguna vez has sentido tentación. La pregunta es qué haces cuando eres tentado.

La pregunta no es si alguna vez has caído. La pregunta es si estás justificando tu caída o regresando arrepentido a Cristo.

No confíes en tu fuerza; confía en tu Salvador

Pedro aseguró que jamás negaría a Jesús. Su confianza estaba colocada en la opinión que tenía de sí mismo. Pocas horas después descubrió que era más débil de lo que pensaba.

Nuestra seguridad no debe descansar en frases como:

“Yo jamás haría eso”. “Yo nunca me apartaría”. “Eso solamente les sucede a personas débiles”.

La seguridad del creyente está en Cristo.

Por eso debemos vivir humildemente. Debemos cuidar el corazón. Debemos recibir corrección. Debemos reconocer que necesitamos a Dios y que también necesitamos el acompañamiento de nuestros hermanos.

La persona que reconoce su debilidad puede correr hacia Cristo. La persona que piensa que no tiene debilidades suele bajar la guardia.

Para meditar

  • ¿Estás intentando perseverar dependiendo principalmente de tu fuerza?
  • ¿Has confundido la gracia con un permiso para vivir lejos de Dios?
  • ¿Vives bajo condenación porque todavía existen áreas en las que necesitas crecer?
Oración

Padre, gracias porque mi salvación descansa en la obra de Cristo y no en mis méritos. Líbrame del orgullo y de la desesperación. Enséñame a depender diariamente de tu gracia. Amén.

Capítulo 3

Seguir caminando sin fingir que no duele

Perseverar no significa negar la realidad.

La fe bíblica no nos obliga a decir que algo no duele cuando en realidad nos está lastimando. No nos obliga a sonreír mientras nuestro corazón está quebrantado. No nos impide llorar. No nos prohíbe hacer preguntas. No nos exige fingir que tenemos fuerzas que no poseemos.

Jesús lloró. Los salmistas expresaron angustia. Pablo habló de momentos de gran presión. Job llevó su dolor delante de Dios.

La Biblia no presenta a los hombres y mujeres de fe como personas emocionalmente desconectadas. Los presenta como personas que aprendieron a llevar su dolor delante del Señor.

Perseverar no es esconder

Algunas personas creen que reconocer su cansancio demuestra falta de fe. Por eso ocultan lo que están viviendo. Continúan sirviendo, sonriendo y diciendo que todo está bien, mientras interiormente se están derrumbando.

Pero aquello que escondemos no desaparece. En muchos casos se hace más profundo.

Perseverar puede incluir reconocer:

“Necesito ayuda”. “Estoy desanimado”. “Esta situación me está afectando”. “Estoy luchando con pensamientos que no debo enfrentar solo”. “Necesito descansar”. “Necesito confesar un pecado”.

La humildad no destruye la perseverancia. La fortalece.

Perseverar no es ser terco

También debemos distinguir entre la perseverancia bíblica y la obstinación humana.

No todo lo que comenzamos debe continuar para siempre. A veces Dios cierra una puerta. A veces un método necesita cambiar. A veces debemos abandonar una meta personal para obedecer una dirección más clara de Dios.

Perseverar no significa aferrarnos tercamente a nuestro propio plan. Significa permanecer fieles a Cristo, incluso cuando Él cambia nuestros planes.

Podemos dejar una posición sin abandonar la fe. Podemos salir de un ambiente dañino sin abandonar a Cristo. Podemos descansar de una responsabilidad sin renunciar a nuestro llamado como discípulos. Podemos reconocer que algo no funcionó sin concluir que Dios ha terminado con nosotros.

Nuestra lealtad principal no es hacia nuestros métodos. Es hacia Jesús.

Perseverar no significa tolerar el abuso

La expresión “tienes que perseverar” nunca debe utilizarse para obligar a alguien a permanecer en peligro, soportar violencia o guardar silencio frente al abuso.

Permanecer en Cristo puede requerir buscar protección, consejo pastoral responsable, ayuda profesional o intervención de las autoridades.

La paciencia cristiana no convierte el pecado de otra persona en algo aceptable. El perdón no elimina la necesidad de límites. La reconciliación requiere verdad, arrepentimiento y seguridad.

Dios no es glorificado cuando utilizamos versículos para mantener a una persona indefensa dentro de una situación destructiva.

Perseveramos en la verdad. No en el encubrimiento.

El descanso no es abandono

El cansancio puede hacernos interpretar cada pausa como un fracaso. Pero incluso el cuerpo necesita descanso. Jesús llevó a sus discípulos a lugares apartados.

No todas las temporadas tienen el mismo ritmo. Hay momentos para trabajar intensamente y momentos para recuperarnos.

Descansar correctamente puede ser una expresión de humildad. Nos recuerda que Dios continúa gobernando mientras nosotros dormimos.

El descanso se convierte en abandono cuando utilizamos la pausa para desconectarnos completamente de Dios, de su Palabra y de la comunidad. Pero una pausa dirigida por sabiduría puede ayudarnos a recuperar fuerzas para continuar.

Tal vez hoy solamente puedas dar un paso

Hay temporadas en las que nuestra visión se reduce. No podemos imaginar cómo enfrentaremos el próximo año. Apenas sabemos cómo terminaremos el día.

En esos momentos, Dios no siempre nos muestra toda la ruta. Muchas veces nos da luz para el próximo paso.

Tal vez el próximo paso sea orar durante cinco minutos. Tal vez sea llamar a una persona madura. Tal vez sea regresar a la congregación. Tal vez sea abrir la Biblia aunque no sientas nada extraordinario. Tal vez sea pedir perdón. Tal vez sea rechazar una tentación durante un día más.

No desprecies un paso pequeño de obediencia. Una vida de perseverancia está formada por miles de decisiones aparentemente pequeñas.

No necesitas resolver toda tu vida hoy. Necesitas responder fielmente a Dios en el paso que tienes delante.

Para meditar

  • ¿Has estado escondiendo tu cansancio por temor a parecer débil?
  • ¿Existe alguna situación en la que hayas confundido perseverancia con obstinación?
  • ¿Cuál es el próximo paso sencillo de obediencia que Dios está poniendo delante de ti?
Oración

Señor, enséñame a ser sincero delante de ti. Dame humildad para pedir ayuda, sabiduría para descansar y valentía para obedecer el próximo paso. Amén.

Capítulo 4

Una fe que mira más allá de lo visible

“Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.”

Hebreos 11:1

La fe no consiste en negar lo que está delante de nuestros ojos. La fe mira la realidad, pero se niega a creer que la realidad visible sea toda la historia.

Podemos ver una puerta cerrada y continuar creyendo que Dios posee sabiduría. Podemos recibir un diagnóstico difícil y continuar confiando en que nuestra vida está en sus manos. Podemos atravesar escasez y recordar que nuestro Padre conoce nuestras necesidades. Podemos llorar una pérdida y mantener la esperanza de la resurrección.

La fe no dice: “No existe ningún problema”.

La fe dice: “El problema existe, pero Dios también está presente”.

La fe no es pensamiento positivo

El pensamiento positivo intenta producir confianza enfocándose en la posibilidad de que las circunstancias mejoren. La fe cristiana descansa en el carácter de Dios.

No confiamos porque sepamos exactamente cómo terminará cada situación. Confiamos porque sabemos quién es Dios.

Él es santo. Él es justo. Él es sabio. Él es bueno. Él no miente. Él no pierde el control. Él no abandona a sus hijos.

Por eso, la frase “todo saldrá como yo deseo” no es necesariamente una declaración de fe.

La verdadera fe puede decir: “No sé si todo saldrá como yo lo había planeado, pero sé que Dios continuará siendo fiel”.

Creer durante la espera

Es relativamente sencillo hablar de fe cuando la respuesta llega rápidamente. La espera revela mucho de nuestro corazón.

Mientras esperamos pueden aparecer preguntas:

“¿Dios me escuchó?” “¿Hice algo mal?” “¿Por qué otra persona recibió lo que yo sigo esperando?” “¿Hasta cuándo continuará esta temporada?”

Esperar no es estar inactivo. Mientras esperamos, Dios puede estar formando paciencia, limpiando motivaciones, enseñándonos dependencia y preparando circunstancias que todavía no podemos ver.

Esto no significa que podamos explicar cada demora. Hay misterios que no comprenderemos completamente en esta vida.

La fe no siempre recibe una explicación. A veces recibe una promesa de compañía.

Cuando la respuesta no es la que esperábamos

También debemos reconocer que algunas respuestas no llegarán de la manera que deseamos.

Hay oraciones que Dios responde de forma diferente. Hay puertas que nunca se abrirán. Hay pérdidas que no serán revertidas en esta tierra.

Una fe superficial solamente puede celebrar cuando obtiene lo que pidió. La fe madura continúa adorando cuando reconoce que Dios es digno, aunque su voluntad no coincida con nuestros planes.

Esto no elimina el dolor. Jesús mismo, en Getsemaní, expresó el peso de lo que enfrentaba y se rindió a la voluntad del Padre.

La rendición no es indiferencia. Es confianza.

La fe se alimenta de la verdad

Si alimentamos constantemente nuestra mente con temor, comparación y malas noticias, nuestra percepción será dominada por lo visible. Necesitamos recordar activamente lo que Dios ha dicho.

La fe es fortalecida cuando leemos la Palabra con atención, recordamos la fidelidad de Dios en el pasado, escuchamos testimonios sin convertirlos en fórmulas, oramos con sinceridad, adoramos incluso durante la espera y nos reunimos con creyentes que pueden animarnos.

La fe no crece porque repitamos frases vacías. Crece cuando contemplamos a Dios por medio de su Palabra.

Pregunta decisiva

¿Seguiríamos creyendo en Dios aunque la respuesta no llegue en el momento que esperamos?

Esa pregunta no debe responderse rápidamente. Puede revelar si amamos a Dios por quien Él es o solamente por las cosas que esperamos recibir de Él.

Dios se complace en bendecir a sus hijos. Podemos pedir. Podemos esperar. Podemos clamar. Pero nuestra relación con Él no puede reducirse a una transacción.

Cristo mismo es nuestro mayor tesoro.

Para meditar

  • ¿Tu fe está descansando en el carácter de Dios o en un resultado específico?
  • ¿Qué pensamientos están alimentando actualmente tu temor?
  • ¿Qué verdad bíblica necesitas recordar durante tu temporada de espera?
Oración

Dios, ayúdame a mirar más allá de lo que veo. No permitas que mis circunstancias definan quién eres. Afirma mi corazón en tu carácter y enséñame a confiar durante la espera. Amén.

Capítulo 5

El camino angosto

“Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.”

Mateo 7:13-14

Jesús nunca presentó el discipulado como un camino construido alrededor de nuestra comodidad.

La puerta es estrecha porque entramos reconociendo que no podemos salvarnos a nosotros mismos. Entramos arrepentidos. Entramos dejando atrás el orgullo. Entramos rindiendo el derecho de gobernar nuestra vida independientemente de Dios.

El camino es angosto porque seguimos a un Rey.

No diseñamos nuestra propia verdad. No adaptamos a Jesús a nuestros deseos. Somos nosotros quienes debemos rendirnos a su autoridad.

Un evangelio que nunca prometió comodidad permanente

A veces se presenta el cristianismo como una fórmula para evitar los problemas. Se le dice a la gente que, si tiene suficiente fe, todo saldrá bien, nunca enfermará, siempre prosperará y sus planes se cumplirán.

Jesús enseñó algo diferente.

“Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.”

Juan 16:33

Jesús no dijo: “Tal vez tendrán aflicción”. Dijo que la tendríamos.

La promesa no consiste en la ausencia de problemas. La promesa es que podemos tener paz en Cristo y confiar en su victoria.

Difícil no siempre significa equivocado

Vivimos en una cultura que suele interpretar la incomodidad como una señal de que algo está mal.

Cuando un matrimonio atraviesa una dificultad, algunos piensan inmediatamente en abandonar. Cuando servir requiere sacrificio, podemos concluir que ya no es nuestra temporada. Cuando obedecer nos cuesta, imaginamos que quizá Dios no nos lo pidió.

Pero muchas decisiones correctas son difíciles.

Perdonar puede ser difícil. Decir la verdad puede ser difícil. Permanecer sexualmente íntegros puede ser difícil. Criar hijos con paciencia puede ser difícil. Servir sin reconocimiento puede ser difícil. Rechazar una oportunidad que compromete nuestros valores puede ser difícil.

La dificultad, por sí sola, no demuestra que estamos fuera de la voluntad de Dios. A veces el camino es difícil precisamente porque estamos nadando contra la corriente.

No todo sufrimiento es persecución

También necesitamos humildad para distinguir entre sufrir por obedecer a Cristo y sufrir como consecuencia de nuestras propias decisiones.

Si actuamos irresponsablemente y enfrentamos consecuencias, no debemos llamar persecución a lo que en realidad necesita arrepentimiento. Si tratamos mal a otros y después somos confrontados, no significa que estamos sufriendo por el evangelio. Si ignoramos consejos sabios y algo sale mal, la respuesta correcta no es espiritualizar el problema.

Perseverar también puede significar aceptar corrección. Podemos aprender. Podemos reparar el daño. Podemos cambiar de dirección.

La gracia no solamente nos consuela cuando somos víctimas. También nos transforma cuando somos responsables.

Cristo venció

La paz que Jesús ofrece no depende de que el mundo se vuelva pacífico. Depende de su victoria.

Cristo venció el pecado. Venció la muerte. Venció las fuerzas de las tinieblas. Resucitó. Reina. Regresará.

Por eso, aunque atravesemos aflicción, no caminamos hacia una derrota final.

El creyente puede perder cosas temporales sin perder su esperanza eterna. Puede llorar sin estar abandonado. Puede ser herido sin quedar definido para siempre por la herida. Puede enfrentar oposición sin olvidar que Cristo ya venció.

Para meditar

  • ¿Has interpretado una dificultad como prueba automática de que Dios te abandonó?
  • ¿Existe alguna consecuencia que necesitas enfrentar con humildad en lugar de llamarla persecución?
  • ¿Cómo cambia tu situación presente saber que Cristo ya venció?
Oración

Jesús, gracias porque nunca me engañaste acerca del camino. Dame paz en medio de la aflicción, humildad para recibir corrección y valentía para obedecer cuando el camino sea difícil. Amén.

Capítulo 6

José: cuando el proceso parece contradecir la promesa

La historia de José ocupa una parte extensa del libro de Génesis. No es solamente la historia de un joven que tuvo un sueño y finalmente alcanzó una posición importante. Es la historia de la providencia de Dios obrando a través de traiciones, injusticias, decisiones humanas y largos años de espera.

José recibió sueños que anunciaban que Dios tenía un propósito especial para su vida. Sin embargo, poco después su realidad pareció dirigirse en la dirección opuesta.

Sus hermanos lo rechazaron. Lo arrojaron en una cisterna. Lo vendieron como esclavo. Fue llevado lejos de su casa. Sirvió en una tierra extranjera. Fue acusado falsamente. Terminó en la cárcel. Ayudó a otros prisioneros y después fue olvidado.

Si José hubiera evaluado la fidelidad de Dios solamente por sus circunstancias, habría concluido que la promesa había muerto.

Pero el pozo no canceló la promesa. La esclavitud no canceló la promesa. La acusación falsa no canceló la promesa. La cárcel no canceló la promesa. El olvido de los hombres no canceló la memoria de Dios.

Dios estaba presente en lugares que José no habría escogido

José seguramente no habría escogido el camino que recorrió. Nadie sueña con ser traicionado por su familia. Nadie desea ser acusado injustamente. Nadie pide ser olvidado.

Sin embargo, Dios estaba formando en José la capacidad necesaria para administrar aquello que vendría.

La promesa no era solamente acerca de la exaltación de José. Dios estaba preparando una provisión que preservaría muchas vidas durante una gran hambre. El propósito era más grande que la comodidad personal de José.

A veces miramos las promesas de Dios solamente desde la perspectiva de lo que recibiremos. Pero Dios también está interesado en aquello en lo que nos estamos convirtiendo.

El carácter durante la espera

José no podía controlar lo que sus hermanos habían hecho. No podía controlar la mentira levantada contra él. No podía obligar al copero a recordarlo.

Pero sí podía decidir cómo responder delante de Dios.

En la casa de Potifar, trabajó con diligencia. Frente a la tentación, decidió honrar a Dios. En la cárcel, continuó sirviendo.

José no esperó llegar al palacio para comenzar a vivir con integridad. Su fidelidad fue demostrada en lugares ocultos.

Muchas personas quieren una plataforma, pero no desean el proceso que forma el carácter necesario para sostenerla. Quieren reconocimiento, pero no servicio invisible. Quieren autoridad, pero no responsabilidad. Quieren promesas, pero no formación.

Dios no desperdició la temporada de José.

Cuando Dios parece guardar silencio

Hay capítulos de la historia de José en los que no aparece una intervención espectacular. La vida continúa. Pasan los años. José sigue esperando.

El silencio de Dios, sin embargo, no significa la ausencia de Dios.

Dios puede estar obrando sin explicarnos cada movimiento. Puede estar conectando personas. Preparando circunstancias. Cerrando caminos que no vemos. Formando nuestra madurez. Protegiéndonos de algo que desconocemos.

No debemos convertir esta verdad en una respuesta fría frente al sufrimiento. Cuando alguien está herido, no siempre necesita que le expliquemos inmediatamente que “todo sucede por una razón”. Necesita compasión. Necesita compañía. Necesita espacio para llorar.

Pero cuando atravesamos nuestra propia espera, podemos recordar humildemente que nuestra visión es limitada y que la sabiduría de Dios es perfecta.

La promesa no siempre se cumple como la imaginamos

José recibió sueños, pero probablemente no comprendió todo el camino que conduciría hacia su cumplimiento.

Nosotros también podemos recibir dirección de Dios y añadirle detalles que Él nunca prometió. Dios puede mostrar el destino sin explicar el recorrido.

Cuando el recorrido no coincide con nuestra imaginación, podemos pensar que todo salió mal. Pero una ruta inesperada no significa necesariamente que el propósito fue cancelado.

Debemos mantenernos abiertos a que Dios cumpla su voluntad de una manera más profunda y diferente de la que habíamos anticipado.

Perdonar sin negar el mal

Cuando José finalmente se encontró en una posición de autoridad frente a sus hermanos, reconoció la maldad que habían cometido. No llamó bueno a lo que fue malo. Pero también reconoció que Dios había obrado soberanamente para preservar vidas.

Perdonar no significa negar que fuimos heridos. Significa entregar a Dios nuestro derecho de vivir consumidos por la venganza.

José no permitió que la traición de sus hermanos se convirtiera en la identidad final de su vida. Su historia no terminó en la cisterna.

Tu capítulo difícil tampoco tiene que convertirse en el título de toda tu historia.

Para meditar

  • ¿Qué parte de tu proceso parece contradecir aquello que esperabas de Dios?
  • ¿Estás viviendo con integridad durante la espera o has decidido que solamente obedecerás cuando cambien las circunstancias?
  • ¿Existe alguna herida que esté intentando definir toda tu historia?
Oración

Dios, ayúdame a confiar cuando no comprendo el proceso. Forma mi carácter en los lugares ocultos. Líbrame de la amargura y recuérdame que ningún capítulo difícil puede impedir el cumplimiento de tu voluntad. Amén.

Capítulo 7

Permanecer en la Vid

“Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.”

Juan 15:4-5

Estas palabras de Jesús transforman completamente nuestra comprensión de la perseverancia.

No perseveramos porque poseamos una reserva ilimitada de fuerza espiritual. Perseveramos porque permanecemos unidos a Cristo.

Una rama no produce vida por sí misma. Recibe vida de la vid. Si se separa, puede conservar una apariencia saludable durante un tiempo, pero inevitablemente se secará.

De la misma manera, podemos mantener por algún tiempo una apariencia religiosa mientras descuidamos nuestra comunión con Jesús.

Podemos asistir a reuniones. Podemos servir. Podemos utilizar vocabulario cristiano. Podemos publicar versículos.

Pero si nos estamos alejando interiormente de Cristo, tarde o temprano la sequedad comenzará a manifestarse.

Permanecer es una relación viva

Permanecer no significa realizar actividades religiosas de forma mecánica. Significa vivir en una relación continua de fe, dependencia y obediencia a Jesús.

La oración no es solamente presentar una lista de peticiones. Es relacionarnos con Dios.

La Biblia no es solamente un libro del que extraemos frases. Es la Palabra por medio de la cual conocemos el carácter, la voluntad y el evangelio de Dios.

La congregación no es un evento al que asistimos para cumplir una obligación. Es una familia espiritual en la que adoramos, aprendemos, servimos y somos cuidados.

La obediencia no es una forma de comprar el amor de Dios. Es la respuesta de un corazón que ha sido amado.

La Palabra

No podemos permanecer firmes si desconocemos la verdad.

Las emociones cambian. Las opiniones culturales cambian. Las circunstancias cambian. La Palabra de Dios permanece.

Leer la Biblia no debe reducirse a completar capítulos rápidamente. Necesitamos comprender. Preguntar qué estaba comunicando el autor. Observar el contexto. Reconocer cómo cada pasaje se conecta con el plan redentor de Dios. Buscar a Cristo. Permitir que la Palabra confronte nuestras ideas, en lugar de utilizarla solamente para confirmar lo que ya pensamos.

En días de debilidad, quizá no puedas leer durante una hora. Comienza con un pasaje. Léelo lentamente. Ora con esas palabras.

No desprecies la constancia sencilla.

La oración

La oración nos recuerda que no somos autosuficientes.

Cuando dejamos de orar, muchas veces no es porque ya no tengamos necesidades, sino porque comenzamos a vivir como si pudiéramos resolverlas solos.

Podemos orar con palabras sencillas:

“Señor, ayúdame”. “Dame sabiduría”. “Guarda mi corazón”. “Perdóname”. “No permitas que me aleje”.

La fuerza de la oración no está en utilizar frases impresionantes. Está en el Dios que escucha.

La congregación

Un carbón separado del fuego se enfría rápidamente. De la misma manera, el aislamiento prolongado puede debilitarnos.

La iglesia está compuesta por personas imperfectas. Habrá momentos difíciles. Habrá malentendidos. Habrá situaciones que requerirán perdón, conversación y madurez.

Esto no significa que debamos ignorar problemas serios o permanecer dentro de comunidades abusivas. Pero tampoco debemos convertir cada incomodidad en una razón para vivir desconectados del cuerpo de Cristo.

Necesitamos hermanos que puedan preguntarnos cómo estamos realmente. Personas que oren por nosotros. Personas que nos corrijan con amor. Personas que nos recuerden la verdad cuando nuestras emociones están confusas.

La obediencia

Permanecer también significa responder a lo que Cristo dice.

Podemos estudiar mucho y obedecer poco. Podemos emocionarnos durante una prédica y continuar resistiendo la misma instrucción.

Cada acto de obediencia fortalece nuestra sensibilidad hacia Dios. Cada desobediencia voluntaria endurece progresivamente el corazón.

No obedecemos perfectamente. Pero un discípulo verdadero no puede vivir en paz haciendo de la desobediencia su estilo de vida.

Cuando el Espíritu Santo nos confronta, debemos responder.

El Espíritu Santo

La vida cristiana no puede ser vivida solamente mediante disciplina humana. Necesitamos al Espíritu Santo.

Él ilumina la Palabra. Convence de pecado. Produce fruto. Fortalece al creyente. Nos ayuda en nuestra debilidad. Nos guía hacia la verdad.

Permanecer en Cristo no es una técnica. Es una vida dependiente de la presencia y la obra de Dios.

Separados de mí nada podéis hacer

Jesús no dijo que separados de Él podríamos hacer algunas cosas espirituales con menor calidad. Dijo que no podemos hacer nada.

Podemos producir actividad. Podemos impresionar a otros. Podemos construir una reputación. Pero no podemos producir fruto espiritual verdadero separados de Cristo.

Nuestra mayor necesidad no es parecer fuertes. Es permanecer conectados.

Para meditar

  • ¿Qué práctica que alimentaba tu comunión con Cristo has comenzado a descuidar?
  • ¿Estás viviendo una relación con Jesús o solamente manteniendo una apariencia religiosa?
  • ¿Qué persona madura podría acompañarte durante esta temporada?
Oración

Jesús, tú eres la Vid y yo dependo completamente de ti. Guárdame del activismo vacío. Renueva mi amor por tu Palabra, mi vida de oración, mi obediencia y mi comunión con tu iglesia. Amén.

Capítulo 8

Pedro: caer no tiene que ser el final

Pedro amaba a Jesús.

Había dejado sus redes para seguirlo. Había visto milagros. Había caminado sobre el agua. Había confesado que Jesús era el Cristo.

Sin embargo, durante la noche en que Jesús fue arrestado, Pedro lo negó tres veces.

No fue un error pequeño. Pedro había asegurado que permanecería fiel aunque todos los demás abandonaran a Jesús. Pero cuando llegó la presión, tuvo miedo. Negó conocer al Señor.

Después escuchó el canto del gallo y recordó las palabras de Jesús. Pedro salió y lloró amargamente.

Cuando descubrimos nuestra propia debilidad

Algunas caídas nos sorprenden porque teníamos una opinión demasiado alta de nosotros mismos.

Pensábamos que nunca responderíamos de esa manera. Nunca diríamos esas palabras. Nunca entraríamos en esa relación. Nunca volveríamos a aquel pecado. Nunca nos enfriaríamos.

La caída rompe la imagen que habíamos construido de nosotros.

Ese momento puede conducirnos en dos direcciones. Podemos huir de Cristo por vergüenza. O podemos regresar a Cristo arrepentidos.

La condenación dice: “Fallaste; escóndete”. El Espíritu Santo dice: “Has pecado; ven a la luz”.

Pedro y Judas

Pedro no fue el único discípulo que falló aquella noche. Judas también traicionó a Jesús.

Ambos sintieron dolor por lo ocurrido, pero sus caminos fueron diferentes.

El dolor por las consecuencias no siempre es arrepentimiento.

El arrepentimiento verdadero nos lleva nuevamente hacia Dios. No consiste solamente en sentirnos mal. Incluye reconocer el pecado, dejar de justificarlo y volvernos a Cristo.

Pedro lloró, pero su historia no terminó en sus lágrimas. Jesús resucitado fue a buscarlo.

Jesús restaura

En Juan 21, Jesús preparó alimento para sus discípulos y sostuvo una conversación directa con Pedro.

No ignoró lo sucedido. Tampoco humilló públicamente a Pedro para destruirlo. Lo confrontó y lo restauró.

Tres veces Pedro había negado conocerlo. Tres veces Jesús le preguntó acerca de su amor y le confió la responsabilidad de cuidar a sus ovejas.

La restauración no significó que la caída no tuviera importancia. Significó que la gracia de Cristo era más grande que el fracaso de Pedro.

Perseverar no es nunca caer

Perseverar significa que, cuando caemos, no hacemos del suelo nuestro hogar.

Regresamos. Confesamos. Recibimos corrección. Aceptamos las consecuencias necesarias. Buscamos ayuda. Establecemos límites. Reparamos lo que sea posible. Continuamos caminando.

Una persona puede tropezar y seguir en la carrera. Otra puede permanecer de pie externamente mientras su corazón se aleja progresivamente de Dios.

La pregunta no es solamente si has caído. La pregunta es hacia dónde estás mirando después de la caída.

No utilices la gracia para evitar cambios

La restauración de Pedro fue acompañada por una nueva humildad.

La gracia no nos devuelve al mismo lugar para que repitamos exactamente la misma conducta. Nos transforma.

Si has caído repetidamente en el mismo pecado, no basta con decir: “Dios me perdona”. También debes preguntarte:

¿Qué puertas continúo dejando abiertas? ¿Qué relaciones me están debilitando? ¿Qué límites necesito establecer? ¿A quién debo rendir cuentas? ¿Qué mentira estoy creyendo? ¿Qué hábito necesito cortar?

Recibir perdón no elimina la necesidad de tomar decisiones sabias.

Tu fracaso no es tu identidad

Pedro no fue conocido para siempre solamente como “el hombre que negó a Jesús”.

También fue el discípulo restaurado. El predicador de Pentecostés. Un pastor de la iglesia. Un testigo de Cristo.

Tu pecado debe ser confesado, pero no tiene derecho a convertirse en tu identidad definitiva.

En Cristo puedes ser perdonado. Limpiado. Restaurado. Transformado.

La cicatriz puede permanecer como recordatorio de tu necesidad de gracia, pero no tiene que convertirse en una cadena que te impida obedecer.

Perseverar no es nunca caer; es nunca dejar de regresar a Jesús.

Para meditar

  • ¿Existe alguna caída que todavía utilizas como razón para mantenerte lejos de Dios?
  • ¿Sientes arrepentimiento verdadero o solamente vergüenza por las consecuencias?
  • ¿Qué cambio práctico debe acompañar tu confesión?
Oración

Jesús, he fallado de muchas maneras, pero tu gracia continúa siendo suficiente. Dame arrepentimiento verdadero. Ayúdame a salir de la oscuridad, recibir tu restauración y tomar decisiones que produzcan un cambio real. Amén.

Capítulo 9

Pelear la buena batalla de la fe

“Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna, a la cual asimismo fuiste llamado, habiendo hecho la buena profesión delante de muchos testigos.”

1 Timoteo 6:12

La vida cristiana incluye una batalla. Pero debemos comprender correctamente quién es nuestro enemigo.

No peleamos contra las personas.

Nuestra familia no es el enemigo. La iglesia no es el enemigo. La persona que nos corrigió no es necesariamente el enemigo. Quien piensa diferente no debe convertirse automáticamente en nuestro enemigo.

Peleamos contra todo aquello que intenta apartar nuestro corazón de Cristo.

El desánimo

El desánimo nos susurra:

“No vale la pena”. “Nada cambiará”. “Tus oraciones no sirven”. “Nadie aprecia lo que haces”.

La batalla contra el desánimo no siempre se gana mediante una emoción repentina. A veces se gana levantándonos y haciendo nuevamente lo correcto.

Orando sin sentir entusiasmo. Sirviendo sin aplausos. Leyendo la Palabra lentamente. Recordando la fidelidad pasada de Dios.

La incredulidad

La incredulidad no siempre se presenta como un rechazo abierto de Dios. Puede aparecer como una preocupación constante que vive como si Dios no existiera.

Podemos afirmar con nuestros labios que confiamos en Él y, al mismo tiempo, tomar cada decisión dominados por el temor.

Pelear la batalla de la fe incluye llevar nuestros pensamientos cautivos a la verdad.

No significa que nunca sentiremos temor. Significa que el temor no recibirá la autoridad final.

La tentación

La tentación promete alivio inmediato y esconde las consecuencias.

Nos dice que un pecado pequeño no importa. Que nadie lo sabrá. Que podemos detenernos cuando deseemos. Que merecemos sentirnos bien.

La batalla debe comenzar antes del momento de mayor presión.

Necesitamos reconocer nuestras debilidades. Evitar ambientes que nos arrastran. Establecer límites. Confesar temprano. Pedir ayuda.

No debemos jugar con aquello que puede destruirnos.

La amargura

La amargura puede hacernos sentir poderosos porque nos permite mantener una acusación permanente contra quien nos hirió. Pero lentamente nos encierra.

Perdonar no declara inocente al culpable. Declara que no permitiremos que su pecado gobierne el resto de nuestra vida.

Hay heridas que necesitan tiempo, conversación, límites y acompañamiento. El perdón puede ser un proceso. Pero debemos resistir el deseo de alimentar continuamente el odio.

La distracción

No todo lo que nos aparta de Cristo parecerá maligno. Algunas cosas son legítimas, pero ocupan un lugar desproporcionado.

Trabajo. Entretenimiento. Redes sociales. Metas. Responsabilidades.

Incluso actividades de la iglesia pueden distraernos de Jesús cuando sustituimos la comunión por la actividad.

Una vida puede llenarse de cosas y quedarse vacía de Dios.

El temor

El temor imagina futuros en los que Dios no está presente.

Nos hace vivir problemas que todavía no han sucedido. Nos inmoviliza. Nos lleva a controlar a otros. Nos impide obedecer.

La valentía bíblica no consiste en no sentir temor. Consiste en obedecer a Dios aun cuando el temor está presente.

Batallas cotidianas

Algunos días pelear la buena batalla será levantarte y orar. Otros días será cerrar una conversación que está contaminando tu corazón. Otros días será perdonar. Otros días será confesar. Otros días será congregarte aunque estés cansado. Otros días será descansar porque tu cuerpo llegó al límite. Otros días será buscar ayuda profesional.

Otros días será decir: “Señor, no comprendo lo que haces, pero todavía confío en ti”.

Hay batallas que no se ganan gritando. Se ganan permaneciendo.

La meta

“He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida.”

2 Timoteo 4:7-8

Pablo no dijo que nunca había enfrentado problemas. No dijo que todos lo habían tratado justamente. No dijo que nunca se había sentido cansado.

Dijo: “He guardado la fe”.

Esa es la meta.

Tal vez hayas perdido oportunidades. Tal vez algunas personas se alejaron. Tal vez tus planes cambiaron. Tal vez llevas cicatrices.

Pero no sueltes a Cristo.

Para meditar

  • ¿Cuál es la batalla principal que está enfrentando actualmente tu fe?
  • ¿Estás peleando contra las personas en lugar de enfrentar lo que está ocurriendo dentro de tu corazón?
  • ¿Qué límite práctico necesitas establecer?
Oración

Señor, enséñame a pelear correctamente. Líbrame de convertir a las personas en enemigas. Fortaléceme contra el desánimo, la incredulidad, la tentación, la amargura, la distracción y el temor. Amén.

Capítulo 10

Vivir con una perspectiva eterna

“No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.”

Mateo 6:19-21

Dios puede darnos salud, familia, trabajo, recursos y oportunidades. Debemos recibir cada bendición con gratitud.

Pero ninguna bendición terrenal es permanente.

Los cuerpos envejecen. Las posesiones se deterioran. Las posiciones cambian. Las personas pueden irse. Los planes pueden fracasar.

Si construimos toda nuestra identidad sobre algo temporal, viviremos con el temor constante de perderlo.

Jesús nos llama a colocar nuestro tesoro en el cielo.

Donde está el tesoro

Nuestro tesoro no es solamente aquello que decimos valorar. Es aquello que ocupa nuestros pensamientos, dirige nuestras decisiones y recibe nuestras mejores fuerzas.

Podemos afirmar que Cristo es primero y, al mismo tiempo, organizar toda nuestra vida alrededor del dinero, la aprobación o el éxito.

La prueba del tesoro aparece cuando debemos escoger.

¿Comprometeremos nuestra integridad para ganar más? ¿Descuidaremos a nuestra familia para mantener una imagen? ¿Abandonaremos la verdad para ser aceptados? ¿Dejaremos de obedecer porque el costo es alto?

Perseveramos cuando Cristo vale más para nosotros que aquello que podríamos perder por seguirlo.

Una tribulación momentánea

“Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.”

2 Corintios 4:17-18

Estas palabras fueron escritas por un hombre que conocía el sufrimiento.

Pablo no estaba llamando “leve” a la tribulación porque fuera emocionalmente insignificante. Había enfrentado persecución, golpes, cárcel, rechazo y peligros.

La llamaba leve y momentánea al compararla con el peso eterno de gloria que Dios ha preparado.

La comparación no minimiza el dolor. Magnifica la eternidad.

Una noche puede sentirse larga mientras la estamos atravesando. Pero deja de dominar nuestra visión cuando vemos el amanecer.

De la misma manera, los sufrimientos presentes son reales, pero no son eternos.

Lo temporal no tendrá la última palabra

Las lágrimas son temporales. La enfermedad es temporal. La injusticia es temporal. La escasez es temporal. La persecución es temporal.

La muerte misma es un enemigo derrotado.

El creyente espera una resurrección. Espera nuevos cielos y nueva tierra. Espera vivir en la presencia de Dios. Espera un día en el que el dolor, el pecado y la muerte no gobernarán.

La esperanza cristiana no es simplemente que mañana será un día más fácil. Es que Cristo regresará y hará nuevas todas las cosas.

No utilices la eternidad para ignorar el sufrimiento presente

Tener una perspectiva eterna no significa volvernos indiferentes frente al dolor humano.

Jesús alimentó al hambriento. Sanó enfermos. Lloró con quienes sufrían. Defendió al vulnerable.

La esperanza futura debe impulsarnos a amar en el presente.

No le decimos a una persona herida: “Eso no importa porque algún día estaremos en el cielo”. Su dolor importa.

Por eso acompañamos. Servimos. Oramos. Compartimos. Trabajamos por la justicia.

Y mientras lo hacemos, recordamos que nuestra acción presente apunta hacia un Reino que será plenamente manifestado.

No cambies una promesa eterna por un alivio temporal

Muchas tentaciones ofrecen alivio inmediato a cambio de consecuencias profundas.

Esaú cambió su primogenitura por una comida. Judas entregó a Jesús por dinero. Demas amó el mundo presente y abandonó a Pablo.

Cada día enfrentamos decisiones más pequeñas, pero similares.

Podemos cambiar la paz de una conciencia limpia por unos minutos de placer. Podemos cambiar nuestra familia por una aventura secreta. Podemos cambiar nuestra integridad por una ganancia. Podemos cambiar nuestra relación con Dios por la aceptación de otros.

Cuando vivimos conscientes de la eternidad, aprendemos a decir: “Esto que me ofrecen es demasiado pequeño para compararlo con Cristo”.

Para meditar

  • ¿Qué cosa temporal ocupa actualmente un lugar demasiado importante en tu corazón?
  • ¿Qué decisión cambiaría si recordaras que esta vida no es el final?
  • ¿Estás utilizando la esperanza eterna para amar más o para ignorar el dolor de otros?
Oración

Padre, coloca la eternidad delante de mis ojos. Enséñame a disfrutar tus bendiciones sin convertirlas en ídolos. Ayúdame a no cambiar lo eterno por un alivio temporal. Amén.

Capítulo 11

Correr con los ojos puestos en Jesús

“Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas.”

Josué 1:9

Dios no le prometió a Josué una tierra sin batallas. Le prometió su presencia.

Josué tendría que avanzar. Tendría que enfrentar ciudades fortificadas. Tendría que liderar a un pueblo. Tendría que tomar decisiones difíciles.

La razón de su valentía no era la ausencia de enemigos. Era la compañía de Dios.

Valentía no es ausencia de temor

“Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.”

2 Timoteo 1:7

Una persona puede sentir temor y, al mismo tiempo, actuar con valentía. La valentía aparece cuando el temor deja de dirigir nuestras decisiones.

El poder de Dios nos fortalece. El amor evita que la valentía se convierta en agresividad. El dominio propio nos ayuda a responder con sabiduría.

La valentía cristiana no grita para demostrar superioridad. Obedece. Ama. Se controla. Permanece.

Yo estoy con vosotros

“Enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.”

Mateo 28:20

Jesús está con nosotros todos los días.

No solamente durante los cultos. No solamente cuando sentimos su presencia intensamente. No solamente cuando recibimos buenas noticias.

Está presente cuando esperamos. Cuando lloramos. Cuando servimos. Cuando somos corregidos. Cuando enfrentamos una conversación difícil. Cuando sentimos que nadie comprende.

Nuestra percepción cambia, pero la promesa de Cristo permanece.

Correr ligeros

“Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.”

Hebreos 12:1-2

El escritor distingue entre el pecado y el peso.

Todo pecado debe ser abandonado. Pero no todo peso es necesariamente pecaminoso. Un peso puede ser algo permitido que está dificultando nuestra carrera.

Una responsabilidad innecesaria. Una relación que consume nuestra energía. Una comparación constante. Un ritmo insostenible. Una preocupación que nos negamos a entregar. Una actividad legítima que ocupa demasiado espacio.

No todo lo que podemos cargar debemos cargarlo. Para perseverar, a veces necesitamos soltar.

El pecado que nos asedia

Cada persona debe reconocer sus áreas de mayor vulnerabilidad.

Algunos luchan con orgullo. Otros con ira. Otros con inmoralidad sexual. Otros con temor. Otros con mentira. Otros con codicia. Otros con necesidad de aprobación.

No debemos utilizar expresiones generales para evitar una confesión específica.

La libertad comienza cuando llamamos al pecado por su nombre y lo llevamos a la luz.

No solamente preguntes: “¿Qué pecado existe?” Pregunta: “¿Qué condiciones permiten que este pecado continúe creciendo?”

Quizá necesitas eliminar una aplicación. Cambiar una rutina. Terminar una conversación. Confesar a una persona madura. Buscar consejería. Renunciar a una oportunidad.

No puedes correr con paciencia mientras abrazas aquello que intenta destruirte.

Puestos los ojos en Jesús

La clave final no es mirarnos constantemente a nosotros mismos.

Si solamente miramos nuestras debilidades, nos desesperaremos. Si solamente miramos nuestros logros, nos volveremos orgullosos. Si miramos a las personas, terminaremos decepcionados. Si miramos las circunstancias, seremos inestables.

Debemos mirar a Jesús.

Él es el autor de la fe. La inició. Él es el consumador. La llevará a su cumplimiento.

Jesús soportó la cruz. No retrocedió. No porque el sufrimiento fuera pequeño, sino por el gozo puesto delante de Él.

Nuestra perseverancia siempre debe regresar a su perseverancia.

Permanecemos porque Él permaneció. Amamos porque Él nos amó primero. Servimos porque Él tomó forma de siervo. Perdonamos porque hemos sido perdonados. Cargamos nuestra cruz porque Él cargó la suya.

No corras solo

La imagen de una carrera no debe hacernos pensar que la vida cristiana es individualista. Hebreos habla de una comunidad rodeada por testigos y exhortada a correr.

Necesitamos a la iglesia.

Necesitamos personas que celebren nuestros avances. Que nos levanten cuando tropezamos. Que nos adviertan cuando nos desviamos. Que oren cuando no tenemos palabras. Que caminen lentamente a nuestro lado cuando estamos heridos.

Pedir ayuda no demuestra que no puedes perseverar. Puede ser precisamente la manera que Dios está utilizando para ayudarte a perseverar.

Gracia para el próximo paso

Quizá no tienes fuerzas para toda la semana. Dios puede darte gracia para hoy.

Quizá no sabes cómo resolverás todo. Dios puede mostrarte el próximo paso.

Quizá todavía sientes temor. Puedes obedecer mientras tiemblas.

Quizá has avanzado lentamente. La velocidad no es la meta principal.

La meta es seguir mirando a Jesús. No gana quien comienza más rápido, sino quien permanece aferrado a Cristo hasta el final.

Para meditar

  • ¿Qué peso necesitas soltar?
  • ¿Qué pecado necesitas confesar específicamente?
  • ¿Dónde han estado puestos tus ojos durante esta temporada?
  • ¿Quién está corriendo a tu lado?
Oración

Jesús, pongo mis ojos en ti. Muéstrame los pesos y pecados que están dificultando mi carrera. Dame valentía, dominio propio y una comunidad que me ayude a caminar. Sostén mis pasos hasta el final. Amén.

Capítulo 12

Preguntas y respuestas

1.¿Mateo 24:13 enseña que debemos ganarnos la salvación?

No. La salvación descansa en la obra de Jesucristo, no en nuestros méritos.

El llamado a perseverar no contradice la gracia. Describe la continuidad de una fe verdadera que continúa aferrándose a Cristo.

No perseveramos para convertirnos en nuestros propios salvadores. Perseveramos porque nuestra esperanza está puesta en el único Salvador.

La perseverancia no es la causa que hace suficiente la cruz. Es el fruto de una vida que continúa confiando en quien murió y resucitó.

2.¿Qué sucede si un cristiano falla?

Debe arrepentirse y regresar a Cristo.

La Biblia no presenta a los creyentes como personas que nunca tropiezan. Pedro negó a Jesús y fue restaurado. David cometió pecados graves y tuvo que enfrentar consecuencias profundas.

La gracia no convierte el pecado en algo pequeño, pero abre un camino de perdón para quien viene a Dios con arrepentimiento verdadero.

Fallar no debe llevarnos a escondernos. Debe llevarnos a la luz.

3.¿Cómo puedo saber si estoy perseverando?

Perseverar no significa sentir entusiasmo constantemente. Algunas señales son:

Continúas regresando a Cristo. El pecado todavía produce convicción. Deseas obedecer, aunque luches. No quieres vivir voluntariamente lejos de Dios. Buscas su Palabra. Reconoces que necesitas gracia. Estás dispuesto a recibir corrección.

Puedes estar cansado y continuar perseverando.

La perseverancia no siempre se ve como una carrera rápida. A veces se ve como una persona herida que todavía se niega a soltar la mano de Jesús.

4.¿Qué hago cuando no siento la presencia de Dios?

Recuerda que la presencia de Dios no depende de tus sensaciones.

Hay días en los que la oración se siente profunda. Otros días parece seca. Las emociones pueden ser afectadas por el cansancio, la ansiedad, la enfermedad, las preocupaciones y muchos otros factores.

Continúa acercándote. Lee la Palabra. Ora con sinceridad. Congrégate. Habla con alguien maduro.

No fabriques una emoción artificial. Descansa en lo que Dios ha prometido.

5.¿Descansar significa que estoy abandonando?

No necesariamente. El descanso puede ser parte de una vida saludable y humilde.

Abandonar significa darle la espalda a Cristo. Descansar correctamente significa reconocer nuestros límites mientras continuamos dependiendo de Él.

En ocasiones será necesario reducir responsabilidades, recibir atención médica, buscar consejería o tomar una pausa.

La pregunta es si el descanso nos ayuda a regresar fortalecidos o si lo estamos utilizando para desconectarnos completamente.

6.¿Qué sucede cuando fui herido dentro de una iglesia?

La herida debe ser reconocida. No debe cubrirse con frases espirituales.

Dependiendo de la situación, puede ser necesaria una conversación, una disculpa, una investigación, límites claros o medidas de protección. La iglesia debe ser un lugar de cuidado, no de encubrimiento.

Al mismo tiempo, no permitas que la mala representación de una persona te haga abandonar a Cristo.

Busca una comunidad sana. Habla con líderes responsables. Recibe acompañamiento.

Perdonar no significa exponerte nuevamente al peligro ni declarar que lo sucedido estuvo bien.

7.¿Cómo ayudo a alguien que quiere abandonar la fe?

Escucha antes de predicarle.

Tal vez está herido. Tal vez está confundido. Tal vez enfrenta una lucha secreta. Tal vez tuvo una experiencia traumática.

No respondas inmediatamente con acusaciones. Haz preguntas. Ora. Recuerda la verdad con amor. Ayúdalo a distinguir entre Cristo y las fallas de quienes lo representaron incorrectamente.

No puedes obligar a nadie a creer, pero puedes caminar a su lado con paciencia y honestidad.

8.¿Cuáles son algunas señales de enfriamiento espiritual?

El enfriamiento puede manifestarse de diferentes maneras:

Indiferencia hacia el pecado. Pérdida de deseo por la comunión con Dios. Aislamiento deliberado. Resistencia constante a la corrección. Amargura alimentada durante mucho tiempo. Una vida secreta que no queremos llevar a la luz. Actividad religiosa sin amor por Cristo.

No debemos utilizar esta lista para condenar a otros. Debemos examinar nuestro propio corazón y regresar a Jesús.

9.¿Por qué Dios no evita todas las pruebas?

La Biblia no responde cada caso particular. No debemos fingir que conocemos la razón específica de cada sufrimiento.

Sabemos que vivimos en un mundo afectado por el pecado. Sabemos que algunas pruebas forman nuestro carácter. Otras son consecuencia de decisiones humanas. Otras permanecen como misterios.

Pero sabemos que Dios puede acompañarnos, sostenernos y obrar aun en medio de aquello que no comprendemos.

La cruz demuestra que Dios puede llevar a cabo su propósito incluso a través de aquello que parece una derrota.

10.¿Qué hago cuando estoy demasiado cansado para continuar?

No tomes decisiones permanentes en el momento de mayor agotamiento.

Descansa. Habla. Pide ayuda. Simplifica. Ora con palabras pequeñas. Permite que otros carguen contigo.

Consulta a un profesional cuando el cansancio está relacionado con depresión, ansiedad, trauma o agotamiento profundo. Dios puede utilizar medios espirituales, médicos, emocionales y comunitarios para cuidarte.

Estar cansado no significa que has dejado de amar a Dios. Tal vez necesitas ser sostenido durante una parte de la carrera.

Capítulo 13

Siete decisiones para permanecer

Decisión 1

Decidiré volver a Cristo cada día

No viviré solamente del recuerdo de una experiencia pasada. Buscaré una relación presente con Jesús.

Decisión 2

No esconderé mis luchas

Llevaré mis pecados y heridas a la luz. Buscaré personas maduras con quienes pueda hablar honestamente.

Decisión 3

Alimentaré mi fe con la Palabra

No permitiré que las redes sociales, el temor o las opiniones del mundo sean las únicas voces que formen mi mente. Leeré la Biblia con paciencia y atención.

Decisión 4

No caminaré aislado

Buscaré una comunidad sana. Aprenderé a recibir ayuda, corrección y acompañamiento. También estaré disponible para sostener a otros.

Decisión 5

Soltaré los pesos innecesarios

Examinaré mis ritmos, compromisos y distracciones. No cargaré por orgullo aquello que Dios nunca me pidió cargar.

Decisión 6

Confesaré el pecado y tomaré medidas concretas

No justificaré aquello que intenta apartarme de Cristo. Estableceré límites. Cerraré puertas. Buscaré ayuda. Caminaré en arrepentimiento.

Decisión 7

Mantendré mis ojos en Jesús

No construiré mi fe sobre la perfección de otras personas. Recordaré su cruz. Su resurrección. Su gracia. Su intercesión. Su promesa de estar conmigo. Su regreso.

Conclusión

Hasta el final

La vida cristiana no es una demostración de fortaleza humana. Es una vida de dependencia.

No llegaremos hasta el final porque nunca nos cansamos. Llegaremos porque aprendemos a buscar fuerzas en Cristo.

No llegaremos porque nunca tuvimos preguntas. Llegaremos porque llevamos nuestras preguntas delante de Dios.

No llegaremos porque nunca caímos. Llegaremos porque, cada vez que caímos, regresamos arrepentidos al Salvador.

No llegaremos porque todas nuestras circunstancias fueron favorables. Llegaremos porque Cristo permaneció fiel en cada circunstancia.

Tal vez comenzaste este libro sintiéndote agotado. Quizá estabas considerando abandonar. Tal vez una decepción enfrió tu corazón. Quizá un pecado te hizo pensar que ya no podías regresar. Tal vez llevas años esperando una respuesta.

Escucha esta verdad:

Tu cansancio no es más grande que la gracia de Dios. Tu fracaso no es más poderoso que la cruz. Tu temporada presente no es toda tu historia. Tu dolor no tendrá la última palabra.

No necesitas fingir. No necesitas impresionar a Dios. No necesitas fabricar fuerzas.

Necesitas regresar a Cristo.

Él es la Vid. Él es el autor y consumador de la fe. Él es el Buen Pastor. Él es quien dio su vida por sus ovejas. Él es quien resucitó. Él es quien prometió estar con nosotros todos los días.

No mires solamente cuánto camino falta. Mira quién camina contigo.

No te preguntes únicamente si tienes fuerzas para toda la carrera. Pregunta cuál es el siguiente paso de obediencia.

Quizá hoy ese paso sea pequeño. Pero puede ser santo.

Puedes decir:

“Estoy cansado, pero voy a permanecer”.

“Estoy esperando, pero voy a seguir creyendo”.

“No comprendo el proceso, pero no voy a soltar a Cristo”.

“He cometido errores, pero voy a regresar a Jesús”.

“No permitiré que una batalla temporal me aparte de una esperanza eterna”.

“Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo.”

Mateo 24:13

No sabemos cuántas batallas enfrentaremos. No conocemos cada valle. No podemos anticipar cada pérdida.

Pero conocemos a Cristo.

Y hemos decidido que ninguna batalla, ninguna herida, ningún fracaso y ninguna temporada de espera nos hará soltarlo. Hasta el final.

Preguntas finales para meditar

  • ¿Qué situación ha puesto a prueba tu fe durante esta temporada?
  • ¿Existe una herida que esté enfriando tu relación con Dios?
  • ¿Estás dependiendo de Cristo o tratando de parecer fuerte delante de todos?
  • ¿Qué peso necesitas soltar para correr con mayor libertad?
  • ¿Qué pecado necesitas confesar y abandonar?
  • ¿A qué persona madura puedes pedir acompañamiento?
  • ¿Qué práctica espiritual necesitas restaurar?
  • ¿Cuál es el próximo paso de obediencia que puedes dar hoy?
  • ¿Has permitido que una decepción con personas se convierta en una razón para alejarte de Jesús?
  • ¿Puedes declarar sinceramente que Cristo continúa siendo tu mayor tesoro?
Llamado final

Todavía puedes volver

Para quien todavía no ha venido a Cristo

Perseverar no significa aprender a soportar la vida lejos de Dios.

Tu mayor necesidad no es convertirte en una persona más resistente. Necesitas reconciliarte con tu Creador.

El pecado nos separa de Dios. No podemos salvarnos mediante buenas obras, religión o esfuerzo personal.

Jesucristo vino al mundo. Vivió sin pecado. Murió en la cruz ocupando el lugar de pecadores. Resucitó. Y llama a todas las personas al arrepentimiento y a la fe.

Ven a Cristo.

Reconoce tu pecado. Deja de confiar en tus propios méritos. Confía en Jesús. Entrégale el gobierno de tu vida.

El camino comienza en Él. Y solamente puede continuar en Él.

Para el creyente cansado

No confundas cansancio con abandono.

Quizá necesitas descansar. Quizá necesitas llorar. Quizá necesitas pedir ayuda. Quizá necesitas arrepentirte. Quizá necesitas regresar a la comunidad que habías evitado.

Pero no sueltes a Cristo. No tomes una decisión eterna basado en una temporada temporal.

Todavía existe gracia. Todavía existe esperanza. Todavía puedes volver.

Oración final

Señor Jesús:

Gracias porque no nos has llamado a caminar solos. Gracias porque nuestra salvación no descansa en nuestra fuerza, sino en tu obra perfecta.

Fortalece al que está cansado. Levanta al que ha caído. Sana al que está herido. Anima al que ha perdido la esperanza. Confronta con amor al que se ha acostumbrado al pecado. Trae de regreso al que se ha alejado.

Ayúdanos a permanecer en ti. A pelear la buena batalla. A guardar la fe. A soltar todo peso. A confesar el pecado. A caminar acompañados. A vivir con la eternidad delante de nuestros ojos.

Que las pruebas no nos aparten de tu presencia. Que las decepciones no endurezcan nuestro corazón. Que el pecado no apague nuestro amor. Que el cansancio no nos haga abandonar.

Y que al final de nuestra carrera podamos decir: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe”.

Mantén nuestros ojos puestos en ti, Jesús, autor y consumador de nuestra fe.

Sostennos hoy. Sostennos mañana. Sostennos hasta el final.

En tu nombre.

Amén

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No sueltes a Cristo

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Pastor Francisco Bonnet Iglesia El Gran Yo Soy
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