Una guía bíblica sobre el servicio

Hazlo para
el Señor

El servicio como evidencia de un corazón transformado por Cristo.

Pastor Francisco BonnetIglesia El Gran Yo Soy
12 capítulos ~40 min de lectura Colosenses 3:23

“Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís.”

Colosenses 3:23-24
Introducción

Servir es más que hacer algo

¿Qué es lo primero que viene a nuestra mente cuando escuchamos la palabra servir?

Algunos piensan en trabajo. Otros piensan en esfuerzo, responsabilidad, cansancio o compromiso.

También hay personas que, al escuchar la palabra “servicio”, sienten inmediatamente que alguien les está pidiendo una responsabilidad adicional. Piensan:

“Ya tengo demasiadas cosas que hacer”.
“No tengo tiempo”.
“Estoy cansado”.
“Siempre son las mismas personas las que terminan haciendo todo”.

Estas reacciones son comprensibles. Vivimos en una sociedad acelerada. Muchas personas trabajan largas horas, tienen responsabilidades familiares, compromisos económicos y situaciones personales que los demás no conocen.

Sin embargo, para comprender correctamente el servicio cristiano, necesitamos dejar de verlo solamente como una tarea, una posición o una responsabilidad dentro de una iglesia.

En el Reino de Dios, servir es mucho más que hacer algo. El servicio es una expresión de amor hacia Dios y hacia las personas.

No servimos para que Dios nos ame. Servimos porque Dios ya nos amó.

No servimos para comprar su favor. Servimos porque recibimos gratuitamente su gracia.

No servimos para demostrar que somos mejores cristianos que los demás. Servimos porque Cristo está transformando nuestro corazón.

El servicio no nos hace cristianos. Somos salvos únicamente por la gracia de Dios, mediante la fe en Jesucristo. Sin embargo, cuando esa gracia comienza a obrar verdaderamente en nosotros, también comienza a cambiar nuestra manera de vivir.

Ya no pensamos solamente: “¿Qué puedo recibir?”

Comenzamos a preguntarnos:

“¿Qué puedo aportar?”
“¿Cómo puedo ayudar?”
“¿A quién puedo bendecir?”
“¿Cómo puedo ser útil en las manos de Dios?”

Por eso, la idea central de este libro es la siguiente:

El servicio no nos hace cristianos; el servicio revela que nuestro corazón está siendo transformado por Cristo.

Servir no es el precio que pagamos por la salvación. Es una respuesta de amor y gratitud de alguien que ha comprendido cuánto ha recibido de Dios.

Capítulo 1

Jesús cambió nuestra manera de entender el servicio

El mundo tiene su propia definición de grandeza.

En el mundo, una persona importante es aquella que tiene autoridad, influencia, reconocimiento y personas trabajando para ella.

El mundo nos enseña a subir de posición. A buscar títulos. A proteger nuestra imagen. A procurar que otros reconozcan lo que hacemos.

Pero Jesús presentó una manera completamente diferente de comprender la grandeza.

En el Reino de Dios, el más grande no es el que tiene más personas debajo de él. El más grande es el que está dispuesto a servir.

Jesús les dijo a sus discípulos que los gobernantes de las naciones ejercían autoridad sobre ellas, pero que entre sus seguidores no debía ser así. El que quisiera hacerse grande debía convertirse en servidor, y el que quisiera ser el primero debía asumir una posición de siervo.

Después añadió:

“Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.”

Marcos 10:45

Estas palabras son sorprendentes.

Jesús es el Hijo de Dios. Él tenía toda autoridad. Los ángeles le servían. La creación había sido hecha por medio de Él.

Sin embargo, cuando vino al mundo, no utilizó su autoridad para exigir privilegios. Utilizó su autoridad para levantar, sanar, restaurar y salvar.

Jesús recorrió ciudades, aldeas y caminos. Escuchó a personas que otros ignoraban. Tocó a los enfermos. Recibió a los niños. Habló con los rechazados. Alimentó a los hambrientos. Lloró con los que estaban sufriendo. Enseñó a quienes no comprendían. Perdonó a quienes habían pecado.

Finalmente, entregó su vida en la cruz.

Jesús no veía el servicio como una interrupción de su propósito. Jesús entendía que servir era parte de su propósito.

Muchas veces pensamos que cumpliremos nuestro propósito cuando tengamos una plataforma, cuando seamos reconocidos, cuando tengamos más recursos o cuando alguien nos dé una posición importante.

Pero en la vida de Jesús descubrimos que el propósito de Dios también se cumple en los lugares sencillos.

En una conversación. En una visita. En una oración. En un abrazo. En una mesa compartida. En una necesidad atendida. En una tarea que nadie más quiere realizar.

Tal vez no todas las personas han sido llamadas a predicar delante de una congregación, pero todos hemos sido llamados a amar.

Y una de las maneras más visibles de amar es sirviendo.

El Señor que lavó pies

Una de las escenas más impactantes del ministerio de Jesús ocurrió antes de su crucifixión.

Jesús se reunió con sus discípulos para cenar. Durante aquella reunión, se levantó de la mesa, se quitó su manto, tomó una toalla y comenzó a lavarles los pies.

Lavar los pies era una tarea humilde. Los caminos estaban llenos de polvo y las personas usaban sandalias. Generalmente, esta labor era realizada por un siervo.

Pero aquella noche, el Maestro tomó el lugar del siervo.

Después de lavarles los pies, Jesús les preguntó si comprendían lo que acababa de hacer.

Les recordó que ellos lo llamaban Maestro y Señor, y que estaban en lo correcto. Entonces les explicó que, si Él, siendo el Señor y el Maestro, les había lavado los pies, ellos también debían estar dispuestos a servirse unos a otros.

Jesús concluyó diciendo:

“Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis.”

Juan 13:15

Jesús no lavó los pies de sus discípulos porque nadie más pudiera hacerlo. Lo hizo porque quería enseñarles cómo funciona su Reino.

En el Reino de Dios, la autoridad no existe para dominar a otros. Existe para bendecirlos.

El liderazgo cristiano no consiste en exigir que las personas nos sirvan. Consiste en utilizar lo que Dios nos ha dado para cuidar, edificar y fortalecer a los demás.

Servir no disminuyó la autoridad de Jesús. Por el contrario, reveló la naturaleza de su autoridad.

Él sabía quién era. Sabía de dónde había venido. Sabía a dónde iba. Por eso podía arrodillarse sin sentir que perdía su valor.

Una persona segura de su identidad en Cristo no necesita demostrar constantemente su importancia. Puede realizar tareas humildes porque sabe que su valor no depende de una posición.

Nuestro valor no proviene del ministerio que ocupamos. Nuestro valor proviene de que hemos sido amados, perdonados y recibidos por Dios mediante Jesucristo.

Reflexión

  • ¿Mi definición de grandeza se parece más a la del mundo o a la de Jesús?
  • ¿Estoy dispuesto a realizar tareas humildes o solamente aquellas que otros pueden ver?
  • ¿Mi valor depende de una posición o de que Cristo ya me amó y me recibió?
Capítulo 2

No servimos para ser salvos

Es indispensable establecer una verdad antes de continuar:

El servicio no puede salvarnos.

Ninguna cantidad de trabajo, esfuerzo, sacrificio o actividad religiosa puede pagar por nuestros pecados.

La salvación es un regalo de Dios. El apóstol Pablo escribió:

“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.”

Efesios 2:8-9

No somos salvos porque servimos. No somos salvos porque asistimos a una iglesia. No somos salvos porque damos ofrendas. No somos salvos porque ayudamos a los necesitados. No somos salvos porque tengamos un ministerio.

Somos salvos por la obra completa de Jesucristo.

Él murió por nuestros pecados y resucitó. Cuando ponemos nuestra fe en Él, recibimos perdón y vida eterna por gracia.

Pero el pasaje de Efesios no termina en el versículo nueve. El siguiente versículo declara:

“Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.”

Efesios 2:10

Las buenas obras no son la raíz de nuestra salvación. Son el fruto de nuestra salvación.

Primero somos alcanzados por la gracia. Después esa gracia comienza a producir una nueva vida.

Dios no nos salva por nuestras buenas obras, pero sí nos salva para que nuestra vida pueda reflejar su bondad.

Podemos expresarlo de esta manera:

No servimos para convertirnos en hijos de Dios. Servimos porque, por medio de Cristo, hemos sido recibidos como hijos de Dios.

Esta diferencia es muy importante.

Cuando una persona sirve para ganarse el amor de Dios, terminará agotada, frustrada o llena de culpa. Siempre sentirá que no ha hecho suficiente.

Pero cuando una persona sirve porque sabe que ya es amada, su servicio nace de la gratitud.

El servicio cristiano no debería ser una carrera desesperada para convencer a Dios de que somos útiles. Es una respuesta agradecida a la misericordia que ya hemos recibido.

Antes de pedirnos que sirvamos, Cristo nos sirvió

Jesús no comenzó exigiéndonos algo. Comenzó entregándose por nosotros.

Antes de que pudiéramos hacer algo para Él, Él hizo por nosotros lo que jamás hubiéramos podido hacer.

Cargó con nuestros pecados. Tomó nuestro lugar. Recibió el castigo que nosotros merecíamos. Nos reconcilió con el Padre. Nos dio una nueva identidad.

Por eso, el verdadero servicio cristiano no nace principalmente de una obligación externa. Nace de una revelación interna.

Cuando comprendemos cuánto hemos sido perdonados, comenzamos a amar de una manera diferente.

Cuando comprendemos cuánto hemos recibido, comenzamos a compartir.

Cuando comprendemos que Jesús entregó su vida por nosotros, comenzamos a decir: “Señor, mi vida te pertenece”.

El servicio saludable siempre comienza en la gracia.

Primero recibimos de Cristo. Después compartimos con otros lo que hemos recibido.

Primero somos amados. Después aprendemos a amar.

Primero somos atendidos por el Buen Pastor. Después podemos cuidar a otras personas.

No podemos dar lo que no hemos recibido. Por eso, antes de hablar de servir más, también debemos aprender a permanecer en Cristo.

El servicio nunca debe reemplazar nuestra relación con Dios.

Podemos estar ocupados haciendo cosas para Dios y, al mismo tiempo, descuidar nuestro tiempo con Dios.

Jesús no nos llamó simplemente a ser trabajadores. Nos llamó a ser discípulos.

El discípulo sirve, pero sirve desde su comunión con el Maestro.

Reflexión

  • ¿Estoy sirviendo desde la gratitud o intentando ganarme el amor que Dios ya me dio?
  • ¿Mi actividad para Dios ha reemplazado mi tiempo con Dios?
  • ¿Qué he recibido de Cristo que puedo comenzar a compartir con otros?
Capítulo 3

El servicio revela el estado de nuestro corazón

Servir no solamente produce resultados visibles. También revela realidades internas.

Nuestra actitud cuando servimos puede mostrar lo que está ocurriendo en nuestro corazón. Puede revelar humildad, amor y gratitud. Pero también puede revelar orgullo, competencia, resentimiento o una necesidad excesiva de reconocimiento.

Por eso, servir puede convertirse en un espejo.

No porque las personas que no ocupan un ministerio sean necesariamente orgullosas, ni porque toda persona activa sea espiritualmente madura. Alguien puede realizar muchas tareas y hacerlo con motivaciones equivocadas.

El punto no es simplemente cuánto hacemos. El punto es desde qué corazón lo hacemos.

Pablo escribió:

“Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros.”

Filipenses 2:3-4

Después presentó a Jesús como nuestro ejemplo. Cristo, siendo Dios, tomó forma de siervo. Se humilló y fue obediente hasta la muerte de cruz.

La humildad de Jesús no consistió en negar quién era. Consistió en no utilizar su posición para beneficiarse a sí mismo.

Jesús sabía quién era, pero decidió entregarse por otros.

De la misma manera, la humildad cristiana no significa pensar que no tenemos valor. Significa que ya no necesitamos vivir colocándonos siempre en el centro. Comenzamos a mirar también las necesidades de los demás.

Preguntas que revelan nuestras motivaciones

Es saludable examinar nuestro corazón. Podemos preguntarnos:

¿Solamente estoy dispuesto a servir cuando la tarea me gusta?
¿Me molesta realizar cosas que nadie observa?
¿Pierdo la motivación cuando no recibo reconocimiento?
¿Me comparo con otros servidores?
¿Siento celos cuando otra persona recibe una oportunidad?
¿Me ofendo cuando corrigen mi trabajo?
¿Sirvo por amor o para sentirme importante?
¿Cumplo mis responsabilidades solamente cuando alguien me está supervisando?

Estas preguntas no tienen el propósito de condenarnos. Tienen el propósito de ayudarnos a crecer.

Todos estamos en proceso. Todos necesitamos que Dios continúe purificando nuestras motivaciones.

Incluso podemos comenzar sirviendo con una motivación imperfecta y permitir que el Espíritu Santo trabaje en nosotros.

El problema no es descubrir que tenemos orgullo. El problema sería negarnos a reconocerlo.

La gracia de Dios no solamente nos perdona. También nos transforma.

Podemos acercarnos al Señor con honestidad y decirle:

“Señor, ayúdame a servir con un corazón limpio”.
“Líbrame de la necesidad de ser reconocido”.
“Enséñame a alegrarme cuando otros son honrados”.
“Permíteme recordar que todo se trata de ti”.

La diferencia entre servir y buscar una plataforma

Existe una diferencia entre desear ser útil y desear ser visto.

Una persona que desea ser útil está dispuesta a ayudar donde sea necesario. Una persona que solamente desea una plataforma suele interesarse en aquellas tareas que le ofrecen visibilidad.

Naturalmente, cada persona tiene dones diferentes. No todos servirán de la misma manera ni en las mismas áreas.

Pero un corazón dispuesto no dice: “Solamente serviré si puedo hacerlo exactamente como quiero”.

Dice: “Señor, muéstrame dónde puedo ser de ayuda”.

A veces queremos comenzar con grandes responsabilidades, pero Dios comienza formándonos en lo pequeño.

Antes de utilizar a David como rey, Dios lo formó cuidando ovejas. Antes de confiarle una nación, le enseñó a ser fiel cuando casi nadie lo estaba observando.

Los lugares escondidos no son una pérdida de tiempo. Muchas veces son el taller donde Dios forma nuestro carácter.

Reflexión

  • ¿Qué revelan mis actitudes al servir acerca de lo que hay en mi corazón?
  • ¿Deseo ser útil o solamente deseo ser visto?
  • ¿Estoy permitiendo que Dios me forme en lo pequeño y escondido?
Capítulo 4

Hazlo para el Señor

El texto principal de este libro dice:

“Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres.”

Colosenses 3:23

Estas palabras transforman nuestra perspectiva.

Pablo no dijo: “Algunas cosas importantes háganlas para el Señor”. Dijo: “Todo lo que hagan”.

Eso incluye las tareas visibles y las invisibles. Lo espiritual y lo cotidiano. Lo que ocurre dentro de una congregación y lo que hacemos durante el resto de la semana.

Servimos al Señor cuando predicamos, cantamos o enseñamos. Pero también podemos servirlo cuando limpiamos, organizamos, cocinamos, cuidamos a nuestros hijos, atendemos a una persona, realizamos nuestro trabajo con integridad o ayudamos a alguien que está atravesando una necesidad.

La vida cristiana no se divide entre momentos sagrados y momentos sin importancia. Cuando nuestro corazón está rendido a Dios, incluso lo ordinario puede convertirse en una ofrenda de adoración.

¿Para quién estás trabajando?

Una de las razones por las que nos desanimamos al servir es porque esperamos demasiado de las personas.

Esperamos que nos agradezcan. Que reconozcan nuestro esfuerzo. Que comprendan nuestro sacrificio. Que valoren lo que hacemos.

Y ciertamente, es bueno aprender a agradecer y honrar a quienes sirven. Una iglesia saludable no debería dar por sentado el trabajo de las personas.

Pero incluso en una comunidad sana, habrá momentos en los que nadie observará lo que hicimos.

Habrá tareas que no recibirán aplausos. Habrá sacrificios que no serán comprendidos. Habrá personas que disfrutarán el resultado sin conocer el esfuerzo que hubo detrás.

En esos momentos debemos recordar:

No lo estamos haciendo solamente para las personas. Lo estamos haciendo para el Señor.

Dios ve lo que nadie más ve.

Ve a la persona que llega temprano. Ve a quien se queda después que todos se han marchado. Ve al que ora en secreto. Ve a quien prepara una enseñanza con responsabilidad. Ve a la madre o al padre que sirve a su familia con paciencia. Ve a quien ayuda sin publicarlo. Ve a quien permanece fiel aunque no tenga una posición.

Cuando nuestra mirada está puesta únicamente en las personas, el servicio se vuelve inestable. Servimos con entusiasmo cuando nos felicitan y nos desanimamos cuando no lo hacen.

Pero cuando recordamos que servimos a Cristo, encontramos una motivación más profunda.

Las personas pueden olvidar. Dios no olvida.

Las personas pueden interpretar mal nuestras intenciones. Dios conoce el corazón.

Las personas pueden no recompensarnos. Nuestra herencia viene del Señor.

La excelencia como una forma de honra

Servir para el Señor también cambia la calidad de lo que hacemos.

Si limpiamos, procuramos hacerlo bien. Si enseñamos, nos preparamos. Si cantamos o tocamos un instrumento, ensayamos. Si recibimos personas, lo hacemos con amabilidad. Si administramos recursos, lo hacemos con orden y transparencia. Si hacemos café, procuramos hacer el mejor café que podamos.

No porque todas las tareas deban convertirse en algo impresionante. Sino porque representan una oportunidad para honrar a Dios.

Lo ordinario hecho con amor para Dios puede convertirse en algo extraordinario.

La excelencia no significa perfección

Este punto es importante.

La perfección exige que nunca cometamos errores. La excelencia procura entregar lo mejor que podemos con los recursos, el conocimiento y el tiempo que tenemos.

El perfeccionismo puede producir ansiedad, comparación y parálisis. La excelencia saludable produce responsabilidad, preparación y crecimiento.

Una persona perfeccionista puede negarse a servir porque teme equivocarse. Una persona que busca la excelencia está dispuesta a aprender, recibir corrección y mejorar con el tiempo.

Dios no está buscando personas que nunca fallen. Está formando personas enseñables, fieles y disponibles.

La excelencia no es hacer todo más complicado de lo necesario. Es negarnos a tratar con indiferencia aquello que hemos decidido entregar al Señor.

Reflexión

  • ¿Para quién estoy trabajando realmente: para los aplausos o para el Señor?
  • ¿Trato alguna tarea como si no tuviera importancia delante de Dios?
  • ¿Estoy confundiendo excelencia con perfeccionismo?
Capítulo 5

El servicio revela nuestras prioridades

Imaginemos que mañana tenemos una entrevista para el trabajo que hemos estado esperando durante meses.

Probablemente no llegaríamos cinco minutos tarde. Intentaríamos llegar con anticipación. Prepararíamos nuestra ropa. Revisaríamos la dirección. Organizaríamos nuestra agenda.

¿Por qué? Porque consideramos importante esa oportunidad.

Lo mismo ocurre cuando tenemos un vuelo. La mayoría de las personas no llega al aeropuerto cinco minutos antes de la salida. Organiza su tiempo porque sabe que perder el vuelo tendría consecuencias.

Estas situaciones muestran una realidad:

Nuestra manera de organizar el tiempo suele revelar lo que valoramos.

En algunas ocasiones, el problema no es que no tengamos absolutamente ningún tiempo. El problema es que hemos colocado otras cosas por encima de los compromisos que asumimos.

Esto no significa que una persona deba abandonar su trabajo, descuidar su salud o ignorar a su familia para participar en una actividad ministerial.

El ministerio nunca debe utilizarse como una excusa para abandonar responsabilidades bíblicas.

La familia necesita atención. El cuerpo necesita descanso. Las personas pueden atravesar temporadas de enfermedad, duelo, cuidado de familiares, maternidad, paternidad o agotamiento emocional.

La iglesia debe ser una comunidad de gracia, no una fábrica que utiliza personas.

Pero también debemos reconocer que, algunas veces, llamamos “falta de tiempo” a lo que realmente es falta de organización o prioridad.

Podemos encontrar tiempo para aquello que consideramos importante.

Por eso necesitamos aprender a asumir compromisos con sabiduría. No debemos decir que sí a todo. Pero cuando hemos dicho que sí, debemos procurar ser fieles.

Fidelidad en lo pequeño

Jesús enseñó:

“El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel.”

Lucas 16:10

Muchas personas desean recibir grandes oportunidades, pero descuidan las responsabilidades pequeñas.

Quieren dirigir, pero no llegan a tiempo. Quieren enseñar, pero no se preparan. Quieren que confíen en ellas, pero no comunican cuando no podrán cumplir. Quieren recibir autoridad, pero rechazan la corrección.

La fidelidad no se demuestra solamente en momentos extraordinarios. Se demuestra en hábitos sencillos.

Llegar cuando dijimos que llegaríamos. Avisar con tiempo cuando surge una situación. Cumplir una responsabilidad aunque ya no sintamos la misma emoción inicial. Cuidar correctamente lo que nos confiaron. Tratar con respeto a las personas. Mantener nuestra palabra.

La fidelidad no es espectacular, pero sostiene comunidades enteras.

Una iglesia puede tener grandes planes, pero esos planes necesitan personas confiables.

Personas que comprendan que no están cumpliendo solamente con un pastor o un líder. Están honrando un compromiso delante de Dios.

Aprender a decir “sí” y también “no”

La fidelidad no significa aceptar todas las responsabilidades.

Algunas personas sirven desde la culpa. Sienten que no pueden decir que no. Aceptan una tarea tras otra hasta que terminan agotadas, resentidas y espiritualmente vacías.

Eso tampoco es saludable.

Jesús servía constantemente, pero también se apartaba para orar y descansar. No permitió que todas las demandas de la multitud determinaran cada uno de sus movimientos.

Necesitamos aprender a discernir. Antes de aceptar una responsabilidad, podemos considerar:

¿Tengo realmente la capacidad para cumplirla?
¿Esta responsabilidad afectará de manera negativa mi familia o mi salud?
¿Estoy sirviendo en demasiadas áreas?
¿Dios me está llamando a esta tarea o solamente temo decepcionar a alguien?
¿Necesito una temporada para descansar y ser restaurado?

Decir “no” con honestidad es mejor que decir “sí” y después incumplir constantemente.

La meta no es llenar un calendario. La meta es vivir con fidelidad.

Reflexión

  • ¿Qué revela mi manera de organizar el tiempo acerca de mis prioridades?
  • ¿Hay algún compromiso que asumí y que necesito comenzar a honrar con mayor seriedad?
  • ¿Estoy diciendo “sí” por convicción o por temor a decepcionar a alguien?
Capítulo 6

Dios nos transforma mientras servimos

Muchas veces decimos: “Dios me usa cuando sirvo”.

Y eso es verdad. Dios puede utilizar nuestras manos, nuestras palabras, nuestros recursos y nuestros dones para bendecir a otros.

Pero mientras Dios nos usa, también trabaja en nosotros. Antes de hacer algo a través de nosotros, muchas veces está haciendo algo dentro de nosotros.

Servir nos confronta con áreas de nuestro carácter que no conocíamos.

Puede enseñarnos paciencia. Humildad. Perdón. Compasión. Dominio propio. Responsabilidad. Trabajo en equipo.

Nos enseña a escuchar. A ceder. A recibir instrucciones. A reconocer nuestros errores. A trabajar con personas que piensan diferente.

Es fácil creer que somos pacientes cuando nadie nos está contradiciendo. Es fácil creer que somos humildes cuando nadie más recibe la oportunidad que deseábamos. Es fácil hablar de amor hasta que tenemos que amar a una persona difícil.

El servicio traslada las enseñanzas bíblicas de la teoría a la vida diaria.

Las personas difíciles también pueden formar parte del proceso

En toda comunidad encontraremos personas diferentes.

Diferentes personalidades. Diferentes edades. Diferentes historias. Diferentes niveles de madurez. Diferentes formas de comunicarse.

Algunas personas serán fáciles de amar. Otras nos incomodarán. Habrá malentendidos. Expectativas diferentes. Momentos de frustración.

En esas situaciones, nuestra primera oración suele ser: “Señor, cambia a esa persona”.

Pero Dios también puede estar utilizando esa relación para mostrarnos algo que necesita cambiar en nosotros.

Tal vez necesitamos aprender a comunicarnos con mayor claridad. Tal vez debemos establecer límites saludables. Tal vez debemos dejar de asumir malas intenciones. Tal vez necesitamos perdonar. Tal vez debemos reconocer que también nos equivocamos.

Esto no significa tolerar abuso, manipulación o comportamientos dañinos. La gracia no nos obliga a permanecer silenciosos delante del maltrato. En ocasiones será necesario hablar, pedir ayuda, establecer límites o apartarnos de una situación.

Pero no toda incomodidad es abuso. A veces simplemente estamos aprendiendo a convivir con personas diferentes.

Y esa convivencia puede convertirse en una herramienta de transformación.

Dios no solamente quiere hacer algo por medio de nuestro servicio. También quiere formar el carácter de Cristo en nosotros.

Servir cuando no sentimos emoción

Al comienzo de una nueva responsabilidad podemos sentir mucho entusiasmo. Todo es nuevo. Tenemos ideas. Sentimos motivación.

Pero con el tiempo, el servicio puede convertirse en rutina. La emoción inicial disminuye.

Entonces descubrimos si nuestra fidelidad dependía solamente de un sentimiento.

El amor bíblico no es únicamente emoción. También incluye decisión, paciencia y perseverancia.

Hay días en los que serviremos con mucha alegría. Otros días lo haremos cansados. Habrá momentos en los que necesitaremos descansar. Pero también habrá ocasiones en las que necesitaremos recordar por qué comenzamos.

La madurez consiste en no permitir que cada cambio emocional gobierne nuestras decisiones.

No siempre sentimos deseos de orar, pero oramos. No siempre sentimos deseos de perdonar, pero escogemos perdonar. No siempre sentimos entusiasmo por cumplir una responsabilidad, pero procuramos ser fieles.

La fidelidad no elimina la necesidad de descanso. Pero tampoco convierte el cansancio momentáneo en una razón automática para abandonar todo.

Necesitamos aprender la diferencia entre estar atravesando un día difícil y estar verdaderamente agotados.

Reflexión

  • ¿Qué ha revelado el servicio acerca de mi carácter?
  • ¿Hay alguna persona difícil que Dios podría estar usando para formarme?
  • ¿Mi fidelidad depende de un sentimiento o de una decisión de amar?
Capítulo 7

Somos un solo cuerpo

Pablo utilizó la imagen del cuerpo humano para explicar la naturaleza de la iglesia.

“Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo.”

1 Corintios 12:12

Un cuerpo tiene diferentes miembros. Los ojos no cumplen la misma función que las manos. Los pies no realizan la misma labor que los oídos.

Cada parte tiene una función diferente, pero todas forman parte del mismo cuerpo.

De la misma manera, la iglesia no está compuesta por una sola persona haciendo todo. Está compuesta por muchos miembros, cada uno aportando de acuerdo con la gracia y los dones que Dios le ha dado.

Algunos enseñan. Otros administran. Algunos cantan. Otros reciben personas. Algunos interceden. Otros trabajan con niños. Algunos tienen facilidad para aconsejar. Otros sirven organizando, limpiando, preparando alimentos, visitando o atendiendo necesidades prácticas.

No todos tienen la misma función. Pero todos pueden contribuir.

La iglesia no fue diseñada como un espectáculo

Vivimos en una cultura acostumbrada a observar.

Observamos películas. Observamos eventos. Observamos contenido en las redes sociales. Observamos a otras personas utilizar sus dones.

Esa mentalidad también puede entrar en la iglesia.

Podemos comenzar a pensar que la congregación es un lugar al cual asistimos para recibir un programa religioso preparado por otras personas.

Llegamos. Nos sentamos. Escuchamos. Evaluamos. Y nos marchamos.

Pero la iglesia no es un espectáculo. Es un cuerpo.

No fue diseñada para que muchos observen mientras unos pocos trabajan hasta agotarse.

La iglesia funciona saludablemente cuando cada miembro comprende que ha sido llamado a participar.

Esto no significa que todas las personas deban estar ocupadas en una responsabilidad formal cada semana. La participación puede tomar diferentes formas.

Pero sí significa que nadie debería pensar: “La iglesia existe solamente para atenderme”.

Somos una familia espiritual. En una familia saludable, todos reciben cuidado, pero también aprenden a cuidar. Todos tienen necesidades, pero también pueden convertirse en respuesta para la necesidad de alguien más.

¿Quién llenará las sillas vacías?

Podemos mirar las sillas vacías de una congregación y preguntarnos: “¿Quién va a llenarlas?”

No será únicamente un pastor. No serán solamente dos o tres líderes.

Las sillas se llenan cuando toda una iglesia decide participar en la misión.

Cuando alguien invita. Cuando alguien evangeliza. Cuando alguien recibe con amor a una visita. Cuando alguien enseña a un niño. Cuando alguien ora por una persona necesitada. Cuando alguien acompaña al nuevo creyente. Cuando alguien llama a quien dejó de congregarse. Cuando alguien prepara el lugar. Cuando alguien utiliza sus recursos para apoyar la obra.

Una iglesia que sirve se convierte en una iglesia que alcanza.

La misión no pertenece solamente a quienes predican desde una plataforma. Pertenece a todo el cuerpo de Cristo.

Necesitamos unos de otros

Pablo también escribió:

“Para que no haya desavenencia en el cuerpo, sino que los miembros todos se preocupen los unos por los otros.”

1 Corintios 12:25

El propósito de los dones no es competir. Es cuidar.

No recibimos dones para demostrar que somos superiores. Los recibimos para edificar a otros.

Cuando una persona sufre, la iglesia debe acompañarla. Cuando alguien recibe honra, podemos alegrarnos sin sentir celos. Cuando alguien está débil, otros pueden sostenerlo. Cuando un miembro necesita descansar, otros pueden ayudar. Cuando una persona comete un error, puede ser restaurada con amor.

El cuerpo de Cristo no debería destruir a sus miembros heridos. Debería participar en su sanidad.

Reflexión

  • ¿Me he acostumbrado a observar la iglesia en lugar de participar en ella?
  • ¿Qué función podría estar cumpliendo yo dentro del cuerpo de Cristo?
  • ¿Me alegro cuando otros son honrados o compito con ellos?
Capítulo 8

Administradores de lo que Dios nos ha confiado

Jesús contó una parábola acerca de un hombre que, antes de viajar, confió sus bienes a sus siervos.

A uno le entregó cinco talentos. A otro dos. A otro uno. Cada uno recibió conforme a su capacidad.

Los primeros dos utilizaron lo recibido y produjeron fruto. El tercero, dominado por el miedo, escondió lo que se le había confiado.

Cuando el señor regresó, cada siervo tuvo que rendir cuentas.

La parábola de Mateo 25 nos enseña acerca de responsabilidad, fidelidad y mayordomía.

Todo lo que tenemos finalmente proviene de Dios.

Nuestro tiempo. Nuestros recursos. Nuestras experiencias. Nuestras oportunidades. Nuestros dones. Nuestra capacidad para aprender. Las puertas que se han abierto.

Incluso las lecciones que hemos adquirido en temporadas difíciles pueden convertirse en herramientas para ayudar a otros.

No todos recibimos lo mismo. Dios no espera que una persona que recibió dos produzca exactamente lo mismo que quien recibió cinco.

Pero sí nos llama a ser fieles con lo que hemos recibido.

La comparación puede paralizarnos. Miramos a otra persona y pensamos:

“Yo no puedo cantar como ella”.
“No conozco la Biblia como él”.
“No tengo tantos recursos”.
“No soy tan sociable”.
“No tengo experiencia”.

Pero la pregunta no es: “¿Por qué no eres como otra persona?”

La pregunta es: “¿Qué estás haciendo con lo que Dios colocó en tus manos?”

Tal vez consideramos pequeño lo que tenemos. Pero en las manos de Dios, una capacidad sencilla puede producir un impacto profundo.

Una conversación puede evitar que alguien se rinda. Una invitación puede acercar a una persona a Cristo. Una enseñanza preparada con amor puede marcar la vida de un niño. Una comida puede hacer sentir acompañada a una familia. Una oración puede sostener a alguien durante una crisis. Una persona disponible puede llenar un espacio que durante mucho tiempo estuvo vacío.

No desde el miedo, sino desde la gratitud

Hablar de rendir cuentas no significa que debamos vivir aterrorizados pensando que Dios está esperando una oportunidad para rechazarnos.

Quienes hemos puesto nuestra fe en Cristo descansamos en su gracia. Nuestra salvación no depende de alcanzar una cantidad determinada de logros ministeriales.

Sin embargo, la gracia no produce indiferencia. Produce gratitud y responsabilidad.

La persona que comprende el valor de lo que ha recibido desea utilizarlo para la gloria de Dios.

Algún día nuestra vida terrenal terminará. Las posiciones, los títulos, los bienes y los aplausos quedarán atrás. Lo que permanecerá será aquello que tuvo valor eterno.

Por eso conviene preguntarnos:

¿Estoy utilizando mi tiempo solamente para mí?
¿Estoy desarrollando los dones que Dios me dio?
¿Estoy compartiendo lo que he aprendido?
¿Estoy sirviendo a las personas que Dios colocó cerca de mí?
¿Estoy esperando condiciones perfectas para comenzar?

No podremos hacerlo todo. Dios no nos pidió hacerlo todo.

Pero sí podemos hacer con fidelidad aquello que Él coloca delante de nosotros.

Reflexión

  • ¿Qué dones, experiencias o recursos ha colocado Dios en mis manos?
  • ¿La comparación con otros me ha paralizado?
  • ¿Estoy administrando lo recibido desde el miedo o desde la gratitud?
Capítulo 9

¿Dónde puedo comenzar a servir?

Algunas personas desean servir, pero no saben cómo comenzar. Piensan que necesitan descubrir primero un llamado extraordinario.

Pero muchas veces el servicio comienza prestando atención.

Observando necesidades. Escuchando. Preguntando. Estando disponibles.

Servir comienza en casa

En ocasiones queremos servir en lugares públicos, pero descuidamos a las personas más cercanas.

El primer espacio donde podemos practicar amor, paciencia y humildad suele ser nuestro hogar.

Podemos servir escuchando a nuestro cónyuge. Ayudando con responsabilidades domésticas. Cuidando a nuestros hijos. Honrando a nuestros padres. Atendiendo a un familiar enfermo. Pidiendo perdón cuando nos equivocamos.

El servicio en casa no siempre recibe reconocimiento público, pero tiene un enorme valor delante de Dios.

No sería coherente tratar con amabilidad a todas las personas en la iglesia y con indiferencia a nuestra propia familia.

El carácter cristiano debe acompañarnos cuando salimos de la congregación.

Servir en la iglesia

También podemos conversar con los líderes de nuestra congregación y preguntar dónde existe una necesidad.

Tal vez podamos colaborar recibiendo personas, organizando espacios, trabajando con niños, apoyando en tecnología, limpiando, orando, visitando, discipulando o ayudando en actividades especiales.

No todas las áreas serán adecuadas para todas las personas. Es saludable comenzar en un lugar, aprender y evaluar.

A veces descubrimos nuestros dones mientras servimos. No siempre recibimos una revelación completa antes de comenzar.

Podemos dar un paso sencillo y permitir que Dios dirija el proceso.

Servir en el trabajo

Nuestro lugar de trabajo también puede convertirse en un espacio de servicio.

Esto no significa ignorar nuestras responsabilidades para realizar actividades religiosas durante el horario laboral. Significa trabajar con integridad, respeto y excelencia.

Podemos ayudar a un compañero. Tratar dignamente a las personas. Negarnos a participar en corrupción o engaño. Escuchar a alguien que está atravesando una situación difícil. Cumplir nuestras responsabilidades como para el Señor.

La manera en que trabajamos puede reflejar nuestra fe.

Servir en la comunidad

Existen necesidades fuera de las paredes de la iglesia.

Personas mayores que viven solas. Familias que necesitan alimentos. Jóvenes que necesitan orientación. Niños que necesitan apoyo. Enfermos que necesitan compañía. Personas que atraviesan duelo, pobreza, migración o crisis familiares.

No podemos solucionar todas las necesidades del mundo. Pero podemos preguntarle a Dios: “¿Cuál de estas necesidades has colocado cerca de mí?”

El buen samaritano no organizó un programa internacional. Simplemente respondió con misericordia a la necesidad que encontró en el camino.

Comienza con lo que tienes

No necesitas esperar a tener más dinero, más conocimiento o una posición.

Puedes comenzar con lo que ya tienes.

Tienes tiempo, aunque sea limitado. Tienes experiencias. Tienes palabras. Tienes capacidad para escuchar. Tienes una historia. Tienes algo que has aprendido. Tienes la posibilidad de orar. Tienes una oportunidad para mostrar bondad.

El servicio no siempre necesita ser grande para ser significativo.

En el Reino de Dios, un vaso de agua entregado con amor tiene valor.

Reflexión

  • ¿Estoy sirviendo primero a las personas de mi propia casa?
  • ¿Qué necesidad cercana he estado ignorando?
  • ¿Qué paso sencillo de servicio puedo dar esta semana con lo que ya tengo?
Capítulo 10

Preguntas frecuentes sobre el servicio

01¿Qué hago si estoy cansado?

Primero, debemos reconocer que el cansancio es real. No todo cansancio es falta de espiritualidad.

Jesús mismo descansó y enseñó a sus discípulos a apartarse por un momento después de temporadas intensas de ministerio.

Es posible amar a Dios y necesitar descanso.

Si estás físicamente, emocionalmente o espiritualmente agotado, quizá necesitas disminuir responsabilidades durante una temporada. Habla con tus líderes. Explica tu situación. Busca restauración. Descansa sin sentir que Dios ha dejado de amarte.

Pero también examina si estás atravesando un agotamiento profundo o si simplemente experimentas la resistencia normal que aparece cuando una responsabilidad deja de sentirse nueva.

No todo cansancio significa que debemos renunciar. A veces necesitamos descansar. Otras veces necesitamos reorganizarnos. Y en algunas ocasiones necesitamos perseverar.

Pide sabiduría a Dios para reconocer la diferencia.

02¿Qué hago si siempre parecen servir las mismas personas?

Esta situación puede producir frustración. Quienes sirven constantemente pueden sentir que otros se aprovechan de ellos.

Antes de permitir que el resentimiento crezca, es importante comunicar la necesidad.

Tal vez algunas personas no saben que se necesita ayuda. Otras pueden sentir temor porque nunca han servido. Algunas necesitan capacitación.

También puede ser necesario establecer equipos, rotaciones y temporadas de descanso.

La solución no es continuar silenciosamente hasta explotar.

Una comunidad saludable aprende a distribuir responsabilidades, formar nuevos servidores y cuidar a quienes ya están trabajando.

03¿Qué hago si nadie reconoce lo que hago?

Es natural agradecer cuando alguien reconoce nuestro esfuerzo. No debemos sentir vergüenza por apreciar una palabra de ánimo.

Sin embargo, el reconocimiento humano no puede convertirse en nuestra fuente principal.

Recuerda para quién estás sirviendo. Dios ve.

También puedes examinar tu corazón con gracia. ¿Estoy sirviendo solamente para que me reconozcan? ¿Dejaría de hacerlo si nadie me felicitara?

Permite que esta situación profundice tus raíces en Cristo. Tu identidad no depende de cuántas personas conozcan tu nombre.

04¿Qué hago si me hirieron mientras servía?

Las heridas dentro de una iglesia pueden ser muy dolorosas. Tal vez fuiste ignorado, utilizado, tratado injustamente o acusado de algo que no hiciste.

No necesitas fingir que no ocurrió.

Perdonar no significa llamar bueno a lo malo. Tampoco significa que debes regresar inmediatamente a la misma posición o confiar sin que exista un proceso de restauración.

Habla con personas maduras. Busca ayuda pastoral. Establece límites cuando sea necesario. Permite que Dios sane tu corazón.

No dejes que una mala experiencia destruya para siempre tu disposición de amar.

Quizás necesites servir de una manera diferente o en otro momento. La restauración también forma parte del proceso.

05¿Cómo descubro mi don?

Puedes comenzar orando y observando.

¿Qué necesidades llaman tu atención? ¿Qué disfrutas hacer? ¿Qué haces de manera natural? ¿En qué áreas otras personas reconocen fruto en tu vida? ¿Qué experiencias ha utilizado Dios para formarte?

También puedes comenzar ayudando en diferentes áreas. Los dones suelen aclararse mediante la práctica, la comunidad y la confirmación de creyentes maduros.

No necesitas conocer el nombre exacto de tu don para comenzar a amar.

06¿Puedo servir si todavía estoy en proceso?

Sí. Todos estamos en proceso. Nadie sirve porque ya alcanzó la perfección.

Sin embargo, existen responsabilidades que requieren un determinado nivel de madurez, carácter, conocimiento o restauración.

Una persona puede comenzar ayudando mientras continúa creciendo.

Ser honesto acerca de nuestras luchas no nos hace inútiles. Nos permite recibir acompañamiento y servir dentro de límites saludables.

07¿Qué ocurre si cometí un error?

Reconócelo. Pide perdón cuando sea necesario. Aprende. Recibe corrección. Haz los cambios correspondientes. Y continúa caminando.

Un error no significa que Dios terminó contigo.

Pedro cometió errores graves, pero Jesús lo restauró.

La gracia no elimina la responsabilidad, pero tampoco permite que el fracaso tenga la última palabra.

Reflexión

  • ¿Cuál de estas preguntas describe mejor mi situación actual?
  • ¿Necesito descansar, reorganizarme o perseverar?
  • ¿Hay alguna herida del pasado que necesito entregarle a Dios para volver a servir?
Capítulo 11

Una cultura de servicio saludable

Una iglesia no desarrolla una cultura de servicio solamente pidiendo voluntarios.

Necesita enseñar, modelar y cuidar.

Los líderes deben ser los primeros en servir. No pueden exigir sacrificios que ellos mismos nunca están dispuestos a realizar.

También deben evitar manipular a las personas utilizando culpa, miedo o presión espiritual.

Frases como “si realmente amaras a Dios harías esto” pueden producir obediencia externa, pero también heridas profundas.

Dios desea un servicio nacido de un corazón dispuesto.

Esto no significa que nunca debamos exhortar o confrontar. La Biblia nos llama a salir de la comodidad y participar en la obra.

Pero la exhortación cristiana debe estar acompañada por la gracia, la verdad y el cuidado.

Una cultura saludable:

Capacita a las personas antes de entregarles responsabilidades. Permite que hagan preguntas. Ofrece instrucciones claras. Reconoce el esfuerzo. Corrige con respeto. Distribuye el trabajo. Crea oportunidades de descanso. Protege a los niños y a las personas vulnerables. Mantiene transparencia en el uso de recursos. No convierte el ministerio en una competencia. Ayuda a restaurar a quienes han fallado. Celebra el fruto sin glorificar a una persona.

El propósito no es construir una organización impresionante. Es formar discípulos que se parezcan a Jesús.

Por eso podemos decir:

No estamos buscando solamente servidores. Estamos formando discípulos.

Un discípulo sirve.

No porque lo obligan. No porque necesita comprar el amor de Dios. No porque desea una posición.

Sirve porque ama.

Reflexión

  • ¿Sirvo desde un corazón dispuesto o desde la culpa y la presión?
  • ¿Cómo puedo ayudar a que otros sean capacitados y cuidados mientras sirven?
  • ¿Celebro el fruto de otros sin necesidad de glorificar a una persona?
Capítulo 12

Si creemos que Cristo viene pronto

Muchos cristianos creemos y confesamos que Jesucristo regresará.

Pero esa esperanza no debería llevarnos a la pasividad. Debería despertar en nosotros un sentido de urgencia, compasión y responsabilidad.

Jesús dijo que la mies era mucha y los obreros pocos.

Todavía existen personas que no conocen el evangelio. Nuevos creyentes que necesitan ser discipulados. Familias que necesitan apoyo. Niños y jóvenes que necesitan fundamentos bíblicos. Enfermos que necesitan oración. Personas que entran por primera vez a una iglesia sintiéndose solas o temerosas.

Hay mucho por hacer.

Entonces debemos preguntarnos:

Si creemos que el tiempo es valioso, ¿por qué seguimos esperando que otros hagan todo?

¿Por qué siempre deben evangelizar otros?
¿Por qué deben discipular otros?
¿Por qué deben recibir a las visitas otros?
¿Por qué deben orar por los necesitados otros?
¿Por qué deben organizar, limpiar, enseñar y ayudar siempre los mismos?

La mies continúa siendo mucha. Los obreros continúan siendo pocos.

No es momento de vivir distraídos. Es momento de poner nuestras manos, nuestros dones y nuestro corazón a disposición de Dios.

Esto no significa vivir desesperados o sin descanso. Significa vivir conscientes de que nuestra vida tiene propósito.

No sabemos cuántos años tendremos. No sabemos cuántas oportunidades se presentarán.

Pero hoy podemos decirle al Señor:

“Aquí estoy”.
“Utiliza mi vida”.
“Muéstrame dónde puedo servir”.
“Enséñame a amar como tú amas”.

Reflexión

  • ¿Mi esperanza en el regreso de Cristo me mueve a servir o me ha dejado pasivo?
  • ¿Qué he estado esperando que hagan otros cuando yo podría hacerlo?
  • ¿Estoy dispuesto a decirle a Dios “aquí estoy” esta semana?
Conclusión

Hazlo de corazón

El servicio cristiano no comienza con una lista de tareas.

Comienza mirando a Jesús.

Él nos amó primero. Él nos sirvió primero. Él entregó su vida primero.

No servimos para ganar su amor. Servimos porque su amor nos alcanzó.

No servimos para convertirnos en cristianos. Servimos porque Cristo está transformando nuestro corazón.

Cuando una persona comprende la gracia, deja de vivir únicamente preguntándose qué puede recibir. Comienza a preguntarse qué puede entregar.

Cuando una persona comprende que su identidad está segura en Cristo, puede realizar tareas humildes sin sentirse menos importante.

Cuando comprende que sirve al Señor, puede permanecer fiel incluso cuando nadie la observa.

Cuando comprende que forma parte de un cuerpo, deja de ser solamente espectadora y comienza a participar.

Por eso, recuerda estas verdades:

Servir no compra la salvación. Servir es una respuesta a la salvación.

El servicio no reemplaza nuestra relación con Dios. El servicio fluye de nuestra relación con Dios.

No todos servimos de la misma manera. Pero todos podemos amar y aportar.

La excelencia honra a Dios, pero no debemos confundirla con perfeccionismo.

Necesitamos servir, pero también necesitamos descansar.

Dios utiliza nuestro servicio para bendecir a otros y para transformar nuestro carácter.

Tal vez nunca tendrás una plataforma grande. Tal vez muchas personas nunca conocerán todo lo que hiciste.

Pero Dios lo ve.

Ve cada oración. Cada acto de generosidad. Cada responsabilidad cumplida. Cada conversación. Cada sacrificio. Cada vez que decidiste amar cuando hubiera sido más sencillo ignorar.

Por eso:

Si vas a limpiar, hazlo para el Señor. Si vas a enseñar, hazlo para el Señor. Si vas a cantar, hazlo para el Señor. Si vas a trabajar, hazlo para el Señor. Si vas a cuidar a tu familia, hazlo para el Señor. Si vas a recibir a una persona, hazlo para el Señor.

Si vas a ayudar, escuchar, visitar, organizar, cocinar, administrar, discipular u orar, hazlo para el Señor.

No buscando solamente la aprobación de los hombres. No buscando reconocimiento. No tratando de demostrar tu valor.

Hazlo desde la seguridad de que ya eres amado. Hazlo con gratitud. Hazlo de corazón. Hazlo para el Señor.

Preguntas para reflexionar

  • ¿Cómo he entendido el servicio hasta ahora: como una carga, una obligación o una expresión de amor?
  • ¿Estoy intentando ganar con mis obras algo que Dios ya me entregó gratuitamente por medio de Cristo?
  • ¿Qué revelan mis actitudes al servir acerca del estado de mi corazón?
  • ¿Me cuesta realizar tareas que nadie observa?
  • ¿Dependo demasiado del reconocimiento de las personas?
  • ¿Existe algún compromiso que necesito comenzar a tomar con mayor seriedad?
  • ¿Estoy sirviendo de una manera saludable o necesito una temporada de descanso y restauración?
  • ¿Qué dones, experiencias o recursos ha colocado Dios en mis manos?
  • ¿Qué necesidad cercana he estado ignorando?
  • ¿Cuál es un paso concreto de servicio que puedo dar durante esta semana?

Oración final

Señor Jesús:

Gracias porque tú nos amaste primero. Gracias porque no viniste para ser servido, sino para servir y entregar tu vida por nosotros.

Reconocemos que no podemos comprar tu amor ni ganar la salvación por medio de nuestras obras. Todo lo recibimos por gracia.

Perdona las veces que hemos servido buscando reconocimiento, posición o aprobación. Perdona también las veces que hemos vivido pensando solamente en lo que podemos recibir.

Transforma nuestro corazón. Danos la humildad de Cristo. Enséñanos a observar las necesidades de quienes están cerca. Ayúdanos a ser fieles en lo pequeño.

Danos sabiduría para servir sin descuidar nuestra relación contigo, nuestra familia y nuestra salud.

Sana a quienes han sido heridos mientras servían. Fortalece a quienes están cansados. Levanta a quienes se sienten inútiles. Muéstranos que todavía puedes utilizar nuestra vida.

Ponemos delante de ti nuestro tiempo, nuestros dones, nuestras experiencias y nuestros recursos. Todo te pertenece.

Que nuestras palabras, nuestras decisiones y nuestras acciones te honren.

Y todo lo que hagamos, ayúdanos a hacerlo de corazón, como para ti y no solamente para los hombres.

En el nombre de Jesús.

Amén

Continúa tu crecimiento

Sigue caminando

Ver biblioteca completa →

Hazlo de corazón

Si esta guía te ayudó a ver el servicio como una respuesta de gratitud y no como una carga, compártela con alguien que sirve en silencio o que todavía no ha encontrado su lugar. Y sígueme para más contenido que edifica.

Pastor Francisco Bonnet Iglesia El Gran Yo Soy
🌱

Siembra en esta obra

Estas guías son gratuitas y siempre lo serán. Si Dios te ministra a través de ellas, tu siembra ayuda a que lleguen a más personas que necesitan volver a Él.