Iglesia El Gran Yo Soy

MANOS ABIERTAS

El dolor de soltar y la paz de confiar en el Dios que permanece

"Todo puede salir de tus manos. Tú nunca sales de las manos de Dios."

8 capítulos ~35 min de lectura Juan 10:28

Francisco Bonnet · Pastor · Iglesia El Gran Yo Soy

Comenzar

Introducción

Hay cosas que nunca quisimos tener que soltar

Hay despedidas que ocurren frente a un ataúd.

Otras ocurren frente a una puerta que se cierra.

Algunas llegan con una llamada telefónica.

Otras suceden lentamente, mientras dos personas que un día estuvieron cerca comienzan a caminar en direcciones diferentes.

Hay hijos que crecen y se van.

Padres que envejecen.

Amistades que cambian.

Personas que prometieron quedarse y no se quedaron.

Sueños que parecían venir de Dios y nunca sucedieron como imaginábamos.

Casas que tuvimos que vender.

Trabajos que perdimos.

Ciudades que tuvimos que abandonar.

Países que dejamos atrás.

Etapas de nuestra vida que daríamos cualquier cosa por volver a experimentar.

Y también existe otra clase de pérdida que pocas veces reconocemos:

la pérdida de lo que pudo haber sido.

La vida que imaginamos.

La familia que soñamos.

La oportunidad que pensamos que tendríamos.

La conversación que nunca ocurrió.

La disculpa que nunca llegó.

El abrazo que no pudimos dar.

El futuro que habíamos construido en nuestra mente.

Dejar ir duele.

Muchísimo.

Porque normalmente solo necesitamos soltar aquello que primero significó algo para nosotros.

Nadie llora profundamente lo que nunca amó.

Por eso este libro no pretende enseñarte a convertirte en una persona indiferente.

Dios no te está llamando a dejar de amar.

Jesús amó profundamente.

Jesús tuvo amigos.

Jesús lloró.

Jesús experimentó rechazo.

Jesús conoció la traición.

Jesús estuvo frente a una tumba y lloró.

“Jesús lloró.”

Juan 11:35

La fe cristiana nunca nos enseña a fingir que una pérdida no duele.

Pero sí nos enseña algo extraordinario:

Podemos amar profundamente sin convertir aquello que amamos en nuestro dios.

Podemos llorar sin perder la esperanza.

Podemos recordar sin vivir presos del pasado.

Podemos despedirnos sin dejar de amar.

Podemos perder cosas sin perdernos a nosotros mismos.

Podemos abrir nuestras manos porque nuestra vida nunca ha dependido realmente de lo que logramos sostener dentro de ellas.

Nuestra seguridad está en Aquel que nos sostiene a nosotros.

Todo en esta tierra cambia.

Pero Dios permanece.

Las personas cambian.

Las temporadas cambian.

Nuestro cuerpo cambia.

Nuestra familia cambia.

Nuestra economía cambia.

Nuestros planes cambian.

Nuestra dirección puede cambiar.

Pero Jesucristo sigue siendo el mismo.

“Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos.”

Hebreos 13:8

Quizás la libertad que necesitas no consiste en recuperar aquello que perdiste.

Quizás comienza cuando finalmente puedes decir:

“Señor, te entrego aquello que llevo demasiado tiempo intentando sostener.”

Capítulo 1

Lo que aprietas demasiado también puede herirte

Haz algo sencillo.

Cierra tu mano con fuerza.

Apriétala.

Al principio no sucede nada.

Pero mantenla cerrada durante varios minutos.

Poco a poco comenzará la tensión.

El cansancio.

La incomodidad.

Tal vez incluso el dolor.

Curiosamente, muchas veces hacemos exactamente lo mismo con nuestra alma.

Nos aferramos.

A personas.

A temporadas.

A recuerdos.

A expectativas.

A posesiones.

A una versión de nuestra vida.

Y pensamos:

“Si lo suelto, lo perderé.”

Pero algunas veces ya lo perdimos.

Lo único que todavía conservamos es la fuerza con la que seguimos intentando sostenerlo.

La mano cerrada

Ahora imagina algo todavía más fuerte.

Imagina que tienes un cuchillo entre las manos.

Lo aprietas con todas tus fuerzas.

La hoja comienza a lastimarte, pero no quieres abrir la mano.

Entonces oras:

“Señor, quítamelo.”

Pero continúas apretándolo.

Ahora imagina que alguien intenta arrancarte violentamente ese cuchillo de la mano mientras tú sigues aferrado a él.

¿Qué sucedería?

Probablemente la herida se haría todavía más profunda.

No porque quien intenta ayudarte quiera lastimarte, sino porque tu mano continúa cerrada alrededor de aquello que te está cortando.

A veces hacemos exactamente eso con nuestra vida.

“Señor, sáname de esta relación.”

Pero seguimos aferrados.

“Señor, ayúdame a superar lo que pasó.”

Pero seguimos reproduciéndolo todos los días en nuestra mente.

“Señor, dame paz.”

Pero seguimos intentando controlar el resultado.

“Señor, te entrego a esta persona.”

Pero en cuanto sentimos que se aleja, volvemos a cerrar la mano.

Tal vez algunas de nuestras heridas no siguen abiertas solamente por lo que nos hicieron.

Tal vez siguen profundizándose porque todavía estamos sosteniendo aquello que nos hirió.

Y aquí está la diferencia:

Dios no siempre necesita arrancarte algo de las manos. Muchas veces está esperando que tú las abras.

Abrir las manos no cambia lo que ocurrió.

No significa que nunca te cortó.

No significa que no habrá cicatriz.

Pero cuando abres la mano, aquello que te estaba hiriendo puede finalmente caer.

Ya no necesitas seguir apretándolo.

Ya no necesitas seguir sangrando para demostrar cuánto significó para ti.

Ya no necesitas cargarlo para demostrar que aquello realmente ocurrió.

Puedes abrir la mano.

Puedes llorar.

Puedes entregarlo.

Y puedes comenzar a sanar.

La Biblia dice:

“Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros.”

1 Pedro 5:7

Para echar algo sobre Dios primero tenemos que dejar de aferrarnos a ello.

Hay cosas que llevamos años pidiéndole a Dios que quite, mientras nuestra alma continúa diciendo:

“Pero todavía no lo quiero soltar.”

Quizás hoy la oración no debería ser solamente:

“Señor, quítamelo.”

Quizás debería ser:

“Señor, enséñame a abrir la mano.”

La Biblia nunca presenta esta vida como permanente.

Santiago escribe:

“Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece.”

Santiago 4:14

No dice esto para disminuir el valor de nuestra vida.

Al contrario.

Nos recuerda su fragilidad para enseñarnos a vivir correctamente.

Eclesiastés declara:

“Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.”

Eclesiastés 3:1

Hay tiempo de comenzar.

Y tiempo de terminar.

Tiempo de recibir.

Y tiempo de entregar.

Tiempo de abrazar.

Y también tiempo de dejar de abrazar.

Nuestro sufrimiento muchas veces comienza cuando intentamos obligar a una temporada terminada a continuar.

Queremos que nuestros hijos sigan siendo pequeños.

Queremos que nuestros padres nunca envejezcan.

Queremos que una amistad permanezca exactamente como era hace veinte años.

Queremos regresar a la casa de nuestra infancia.

Queremos volver al momento en que todo parecía más sencillo.

Pero la vida sigue avanzando.

Eso no significa que todo cambio sea bueno.

Tampoco significa que cada pérdida sea voluntad perfecta de Dios.

Vivimos en un mundo quebrantado por el pecado.

Existe enfermedad.

Traición.

Abandono.

Injusticia.

Muerte.

Hay cosas que suceden que jamás debemos llamar buenas.

José nunca llamó buena la maldad que sus hermanos hicieron contra él.

Les dijo:

“Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien...”

Génesis 50:20

Observa la diferencia.

José no dijo:

“Lo que hicieron estuvo bien.”

Dijo:

“Ustedes lo hicieron para mal, pero Dios fue capaz de obrar incluso en medio de aquello.”

Esa es nuestra esperanza.

No necesitamos llamar bueno a todo lo que perdimos.

Necesitamos confiar en que ninguna pérdida es tan grande que deje a Dios sin capacidad para continuar escribiendo nuestra historia.

Una puerta puede cerrarse.

Dios no terminó.

Una persona puede marcharse.

Dios no terminó.

Un sueño puede romperse.

Dios no terminó.

Una temporada puede finalizar.

Dios no terminó.

La historia continúa porque el Autor continúa presente.

Capítulo 2

Dejar ir no significa dejar de amar

Existe una idea equivocada acerca de “soltar”.

Pensamos que significa olvidar.

No recordar.

No sentir.

No llorar.

No hablar nuevamente de aquello.

Pero eso no es sanidad.

Eso puede ser simplemente represión.

Cuando Lázaro murió, Jesús sabía perfectamente que iba a resucitarlo.

Sin embargo, cuando llegó al lugar donde estaban Marta y María, vio su dolor.

Y lloró.

Jesús sabía lo que ocurriría pocos minutos después.

Pero aun así lloró.

Esto significa que saber que Dios tiene el control no elimina nuestra capacidad de sentir dolor.

Para reflexionar

La fe no convierte el corazón en piedra.

La fe nos permite llorar sin perder el fundamento.

Pablo escribió acerca de los creyentes que habían muerto:

“Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza.”

1 Tesalonicenses 4:13

Observa cuidadosamente.

Pablo no dijo:

“No se entristezcan.”

Dijo:

“No se entristezcan como aquellos que no tienen esperanza.”

Existe una tristeza cristiana.

Existe un duelo lleno de esperanza.

Existen lágrimas que todavía creen.

Puedes extrañar a alguien y confiar en Dios.

Puedes llorar a alguien y continuar adorando.

Puedes recordar una etapa con nostalgia sin tener que regresar a ella.

Puedes amar a alguien que ya no forma parte de tu vida.

Soltar no siempre significa dejar de amar.

Muchas veces significa dejar de controlar.

Dejar de exigir.

Dejar de perseguir.

Dejar de vivir preguntándonos:

“¿Por qué no volvió?”

“¿Por qué no me llamó?”

“¿Por qué sucedió?”

“¿Qué habría pasado si...?”

Hay preguntas que algún día podrán tener respuesta.

Y otras probablemente no.

Pero tu paz no puede depender de recibir respuesta a todas ellas.

El salmista dijo:

“Derramad delante de él vuestro corazón; Dios es nuestro refugio.”

Salmo 62:8

Dios no te pide esconder lo que sientes.

Te invita a derramarlo delante de Él.

Puedes decir:

“Señor, todavía me duele.”

“Todavía lo extraño.”

“Todavía no entiendo.”

“Todavía quisiera que hubiera sido diferente.”

Eso también es oración.

La verdadera entrega no dice:

“No me importa.”

Dice:

“Me importa profundamente, pero ya no voy a intentar ocupar el lugar de Dios.”

Capítulo 3

Cuando alguien se fue antes de tiempo

Hay pérdidas para las cuales nunca nos sentimos preparados.

Un padre.

Una madre.

Un esposo.

Una esposa.

Un hermano.

Un hijo.

Un amigo.

Cuando alguien muere, escuchamos frases como:

“Tienes que ser fuerte.”

“Ya tienes que seguir adelante.”

“Dios sabe lo que hace.”

Aunque algunas puedan decirse con buenas intenciones, existen momentos en los que lo que necesita una persona no es una explicación.

Necesita que alguien se siente a llorar con ella.

Job perdió a sus hijos.

Y sus amigos hicieron algo extraordinario antes de comenzar a hablar demasiado.

Durante siete días se sentaron con él.

En silencio.

A veces el ministerio más poderoso consiste simplemente en estar presente.

La Escritura dice:

“Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu.”

Salmo 34:18

No dice que Dios observa desde lejos al quebrantado.

Dice que está cerca.

Hay una proximidad especial de Dios que muchas veces solamente descubrimos cuando ya no tenemos fuerzas para aparentar que todo está bien.

Pero tarde o temprano aparece una realidad dolorosa:

La persona que murió no regresará hoy a nuestra rutina.

La silla queda vacía.

El teléfono deja de sonar.

La voz vive solamente en nuestra memoria.

Y necesitamos aprender a caminar nuevamente.

No porque aquella persona deje de importar.

Sino porque todavía estamos aquí.

David enfrentó la muerte de uno de sus hijos en 2 Samuel 12.

Durante la enfermedad del niño ayunó, lloró y clamó.

Pero cuando recibió la noticia de que había muerto, se levantó.

No porque dejara de amar a su hijo.

Sino porque llegó un momento en que tuvo que reconocer aquello que ya no podía cambiar.

Hay una diferencia entre recordar a alguien y construir nuestra casa dentro de su ausencia.

Hay personas que fallecieron hace diez, veinte o treinta años y todavía parecen mantener detenida la vida de quienes quedaron.

No porque exista demasiado amor.

Sino porque nunca hubo permiso para continuar.

Continuar viviendo no traiciona a quien murió.

Volver a reír no significa que lo olvidaste.

Disfrutar un cumpleaños no significa que dejó de hacerte falta.

Crear nuevos recuerdos no borra los anteriores.

El duelo no tiene calendario exacto.

Algunas pérdidas necesitan mucho tiempo.

Y buscar acompañamiento pastoral, consejería o ayuda profesional cuando el dolor nos sobrepasa tampoco demuestra falta de fe.

Dios utiliza personas para ayudarnos a caminar.

Pero existe una pregunta que algún día tendremos que hacernos:

Para meditar

  • ¿Estoy recordando a esta persona con amor, o estoy viviendo permanentemente dentro del momento en que la perdí?

Para quien está en Cristo, la muerte tampoco tiene la última palabra.

Nuestra esperanza cristiana no es simplemente que “los recuerdos permanecen”.

Nuestra esperanza es la resurrección.

Jesús declaró:

“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.”

Juan 11:25

El evangelio no elimina las lágrimas del cementerio.

Pero declara que el cementerio no será el capítulo final.

Capítulo 4

Cuando alguien sigue vivo, pero ya no camina contigo

Algunas despedidas son particularmente difíciles porque la persona todavía está viva.

Simplemente ya no está contigo.

Un amigo que se alejó.

Una relación que terminó.

Alguien que cambió.

Un familiar con quien las cosas nunca volvieron a ser iguales.

Una persona por la que hiciste mucho y que un día simplemente continuó su camino.

Ese dolor es extraño.

Porque no existe funeral.

No existe ceremonia.

No hay una fecha exacta en la que puedas decir:

“Aquí terminó todo.”

Simplemente un día descubres que aquello que fue cercano dejó de serlo.

Hasta el apóstol Pablo experimentó abandono.

En sus últimos días escribió:

“En mi primera defensa ninguno estuvo a mi lado, sino que todos me desampararon...”

2 Timoteo 4:16

Pero inmediatamente después escribió:

“Pero el Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas...”

2 Timoteo 4:17

Qué contraste.

“Todos me abandonaron.”

“Pero el Señor estuvo conmigo.”

A veces Dios no evita que alguien se vaya.

Pero te demuestra que su partida nunca significó que tú quedaste solo.

La Biblia también nos enseña:

“Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres.”

Romanos 12:18

Observa las palabras:

“Si es posible.”

“En cuanto dependa de vosotros.”

Hay relaciones que podemos restaurar.

Debemos pedir perdón cuando hemos pecado.

Debemos perdonar.

Debemos buscar reconciliación cuando sea posible.

Debemos humillarnos.

Pero reconciliarse requiere más de una persona.

No puedes obligar a alguien a amarte.

No puedes obligar a alguien a quedarse.

No puedes obligar a alguien a reconocer su error.

No puedes obligar a alguien a regresar.

Y tampoco debes confundir perdón con permitir nuevamente abuso, manipulación o destrucción.

Para reflexionar

Perdonar significa entregar a Dios nuestra sed de venganza.

La restauración de una relación requiere verdad, arrepentimiento y sabiduría.

Tal vez has pasado años intentando convencer a alguien de que vea tu valor.

Persiguiendo conversaciones.

Buscando explicaciones.

Tratando de recuperar una relación que solo tú estás intentando mantener.

Puede llegar un momento en el que el acto más sano no sea insistir.

Sea entregar.

“Señor, yo hice lo que podía hacer correctamente delante de Ti.
Ahora te entrego a esta persona.”

Eso no es odio.

Eso puede ser obediencia.

Jesús mismo permitió que personas se fueran.

En Juan 6 muchos discípulos dejaron de caminar con Él.

Jesús no corrió detrás de ellos modificando la verdad para conseguir que regresaran.

Permitió que tomaran su decisión.

Debemos aprender que amar a alguien no significa controlar su camino.

Hay personas que fueron parte de un capítulo.

Dales gracias a Dios por las páginas que compartieron contigo.

Pero no destruyas el resto del libro intentando obligarlas a regresar.

Capítulo 5

Soltar el pasado y aquello que pudo haber sido

El pasado tiene una característica poderosa:

Ya ocurrió.

No podemos regresar.

No podemos volver a aquella conversación.

No podemos cambiar aquella decisión.

No podemos recuperar aquel año.

Y, sin embargo, nuestra mente tiene la capacidad de viajar constantemente hacia atrás.

“Si hubiera...”

“Si no hubiera...”

“Quizás debí...”

“¿Por qué hice...?”

“¿Por qué permití...?”

Hay personas que físicamente viven en el presente pero emocionalmente continúan viviendo años atrás.

Un momento se convirtió en prisión.

Pablo escribió:

“Olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta...”

Filipenses 3:13-14

Pablo no sufría amnesia.

Recordaba su pasado.

Incluso hablaba de él.

Había perseguido a la iglesia.

Había cometido cosas que seguramente le producían profundo dolor al recordarlas.

“Olvidar” aquí no significa eliminar la memoria.

Significa negarse a permitir que aquello defina la dirección de su vida.

Cristo ahora definía su dirección.

Tal vez cometiste errores.

Arrepiéntete.

Aprende.

Repara lo que puedas reparar.

Pide perdón cuando debas pedirlo.

Pero después recibe la gracia de Dios.

No conviertas el arrepentimiento en una condena perpetua que Cristo nunca te pidió cargar.

“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús...”

Romanos 8:1

Y existe otra cárcel todavía más silenciosa:

El futuro que nunca ocurrió.

La persona con quien pensabas envejecer.

El hijo que imaginabas tener.

El negocio que parecía funcionar.

El ministerio que creías que crecería de determinada manera.

La carrera que no terminaste.

El país al que querías regresar.

La casa que soñaste comprar.

Eso también necesita duelo.

Porque aunque nunca existió completamente fuera de nuestra mente, sí existió dentro de nuestras expectativas.

Y perder una expectativa puede doler muchísimo.

Pero aquí aparece una verdad difícil:

Dios nunca prometió cumplir exactamente la versión de nuestra vida que nosotros escribimos.

Prometió permanecer.

Prometió obrar.

Prometió sostenernos.

Prometió terminar la obra que comenzó en nosotros.

Para reflexionar

Nuestra esperanza no descansa en que todos nuestros planes ocurran.

Descansa en que Dios continúa siendo bueno cuando nuestros planes cambian.

Tal vez debes dejar de preguntarte:

“¿Cómo recupero la vida que imaginé?”

Y comenzar a preguntar:

“Señor, ¿cómo quieres que te sea fiel en la vida que tengo hoy?”

Capítulo 6

Hijos, padres y personas que nunca fueron realmente nuestras

Probablemente pocas cosas sean tan difíciles de soltar como nuestros hijos.

Los cargamos.

Los protegemos.

Los alimentamos.

Los educamos.

Oramos por ellos.

Celebramos sus primeros pasos.

Y lentamente comienzan a caminar sin tomarnos de la mano.

Eso es hermoso.

Y también duele.

El Salmo 127 dice:

“He aquí, herencia de Jehová son los hijos...”

Salmo 127:3

Herencia de Jehová.

Nuestros hijos son regalos.

No propiedades.

Somos administradores por un tiempo.

Ana entendió esta verdad de una manera extraordinaria.

Había orado profundamente por Samuel.

Cuando Dios respondió, ella no convirtió la bendición en posesión.

Reconoció que aquel niño pertenecía finalmente al Señor.

“Por este niño oraba, y Jehová me dio lo que le pedí. Yo, pues, lo dedico también a Jehová...”

1 Samuel 1:27-28

Tal vez no enviaremos literalmente a nuestros hijos como Samuel fue entregado al servicio del templo.

Pero espiritualmente todo padre cristiano debe llegar al mismo lugar:

“Señor, es mi hijo.
Lo amo.
Lo cuidaré.
Lo aconsejaré.
Estaré presente.
Pero antes de ser mío, es tuyo.”

Hay padres que destruyen la relación con sus hijos adultos intentando seguir controlando lo que Dios ya les está pidiendo administrar personalmente.

Para reflexionar

Aconsejar no es controlar.

Amar no es poseer.

Preocuparse no significa decidir cada aspecto de la vida del otro.

Y lo mismo ocurre en dirección contraria.

Un día nuestros padres envejecen.

Aquellos que nos cargaban comienzan a necesitar nuestra ayuda.

Tal vez pierdan movilidad.

Memoria.

Fuerza.

Independencia.

Y finalmente enfrentamos una verdad que nunca quisimos considerar:

No podremos tenerlos para siempre en esta vida.

Por eso debemos amar ahora.

Llamar ahora.

Perdonar ahora.

Visitar ahora.

Decir “te amo” ahora.

Resolver lo que pueda resolverse ahora.

Porque llegará el día en que daríamos cualquier cosa por una conversación más.

No esperes a una tumba para decir palabras que todavía puedes decir frente a una mesa.

Pero tampoco vivas con terror permanente de perderlos.

El temor puede robarnos precisamente los momentos que todavía tenemos.

Ama profundamente.

Y entrégalos profundamente.

No porque no te importen.

Precisamente porque te importan tanto que reconoces que nunca podrás protegerlos como Dios puede hacerlo.

Capítulo 7

Soltar cosas, sueños y el futuro que queríamos controlar

También nos aferramos a cosas.

Una casa.

Un automóvil.

Dinero.

Un negocio.

Una posición.

Una reputación.

Un objeto que perteneció a alguien.

Una ciudad.

Una carrera.

Nada de eso necesariamente es malo.

El problema comienza cuando aquello que poseemos comienza a poseernos.

Jesús dijo:

“Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.”

Mateo 6:21

Todo lo material que tenemos hoy eventualmente cambiará de dueño.

Puede ser dentro de un año.

Dentro de treinta.

Dentro de ochenta.

Pero sucederá.

No llevaremos nada con nosotros.

Pablo escribió:

“Porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar.”

1 Timoteo 6:7

Por eso debemos disfrutar agradecidamente lo que Dios nos permite administrar sin convertirlo en nuestra identidad.

Y después están los sueños.

Quizás esa sea una de las cosas más difíciles de colocar sobre el altar.

Abraham esperó años por Isaac.

Isaac no era simplemente un hijo.

Representaba una promesa.

Sin embargo, Génesis 22 muestra a Abraham aprendiendo que ni siquiera la promesa podía ocupar el lugar del Dios que la había dado.

Dios finalmente detuvo el sacrificio.

Pero Abraham había aprendido algo:

La bendición nunca debe convertirse en nuestro dios.

A veces decimos:

“Señor, todo es tuyo.”

Hasta que Él toca algo específico.

Entonces descubrimos cuánto lo estábamos sosteniendo.

Nuestro ministerio.

Nuestro negocio.

Nuestros planes.

Nuestra imagen.

Nuestro futuro.

Santiago confrontó precisamente esta ilusión:

“¡Vamos ahora! los que decís: Hoy y mañana iremos a tal ciudad... y ganaremos; cuando no sabéis lo que será mañana.”

Santiago 4:13-14

Después enseña cuál debe ser nuestra postura:

“Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello.”

Santiago 4:15

Eso no significa vivir sin planificación.

Significa planificar con manos abiertas.

Haz presupuestos.

Haz planes.

Estudia.

Trabaja.

Construye.

Sueña.

Pero agrega a cada sueño una oración silenciosa:

“Si el Señor quiere.”

Jesús nos enseñó:

“Así que, no os afanéis por el día de mañana...”

Mateo 6:34

El mañana pertenece a Dios.

Nosotros tenemos hoy.

Quizás gran parte de tu ansiedad proviene de intentar vivir un martes que todavía no ha llegado.

Estás resolviendo conversaciones que nunca ocurrieron.

Problemas que todavía no existen.

Escenarios que solamente están dentro de tu cabeza.

Dios no te dará hoy todas las fuerzas necesarias para problemas imaginarios de los próximos diez años.

Te dará gracia para hoy.

Y mañana habrá nueva misericordia.

Capítulo 8

Cuando todo sale de tus manos, sigues en las manos de Dios

Llegamos finalmente al corazón de este libro.

Durante toda nuestra vida estaremos aprendiendo a abrir las manos.

Porque todo aquello que colocamos dentro de ellas es temporal.

Pero existe algo extraordinario.

Mientras tú aprendes a soltar...

Dios no te está soltando a ti.

Jesús dijo acerca de sus ovejas:

“Y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano.”

Juan 10:28

Qué imagen.

Nosotros pasamos la vida tratando de sostener cosas.

Mientras Dios nos dice:

“Yo te sostengo.”

Quizás aquí está el error.

Pensamos que nuestra seguridad depende de nuestra capacidad para aferrarnos a Dios.

Pero antes de que tú pudieras sostenerte de Él, Él ya te estaba sosteniendo.

“No te desampararé, ni te dejaré.”

Hebreos 13:5

Pablo pudo declarar:

“Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida... ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.”

Romanos 8:38-39

La muerte puede separar temporalmente personas.

La distancia puede separar familias.

Una mudanza puede separar amigos.

Una decisión puede cerrar una etapa.

Pero nada puede separar al creyente del amor de Dios en Cristo.

Por eso el salmista llegó a una conclusión extraordinaria:

“¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón desfallecen; mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre.”

Salmo 73:25-26

Tal vez eso es madurez.

No dejar de disfrutar las bendiciones.

No dejar de amar personas.

No dejar de construir.

Sino poder decir:

“Señor, gracias por todo lo que me has dado.
Pero si alguna de estas cosas cambia, Tú continuarás siendo mi porción.”

Las personas son regalos.

Dios es la fuente.

Las posesiones son regalos.

Dios es la fuente.

Los hijos son regalos.

Dios es la fuente.

El matrimonio es un regalo.

Dios es la fuente.

El ministerio es un regalo.

Dios es la fuente.

Nunca confundas el regalo con quien lo dio.

Porque cuando una bendición se convierte en nuestra razón para vivir, el día que esa bendición cambia sentimos que también terminó nuestra vida.

Pero cuando Cristo es nuestra roca, podemos llorar una pérdida sin perder nuestro fundamento.

Nueve

Una pausa para examinar el corazón

Quizás no necesitas seguir leyendo inmediatamente.

Tal vez necesitas detenerte.

¿Qué estás sosteniendo?

  • ¿Una persona?
  • ¿Una relación?
  • ¿Alguien que murió?
  • ¿Una etapa?
  • ¿Un error?
  • ¿Una injusticia?
  • ¿Una casa?
  • ¿Un sueño?
  • ¿Un hijo?
  • ¿Una expectativa?
  • ¿Una conversación que nunca sucedió?
  • ¿Una versión de ti mismo que ya no existe?

No respondas rápidamente.

Permite que el Espíritu Santo examine tu corazón.

Ahora hazte otra pregunta:

  • ¿Qué temo que suceda si finalmente lo entrego?

Tal vez tienes miedo de olvidar.

Miedo de que entregar signifique que no te importó.

Miedo de que Dios no haga las cosas como tú quieres.

Miedo de perder el último vínculo con alguien.

Miedo de aceptar que una etapa realmente terminó.

Pero entregar algo a Dios no significa declararlo insignificante.

Significa reconocer que sus manos son mejores que las tuyas.

Si hoy estás de luto

Si llegaste a este libro porque alguien que amas murió recientemente, quiero detenerme contigo por un momento.

Quizás todavía no sea tiempo de hablar demasiado acerca de “seguir adelante”.

Quizás hoy solamente necesitas llorar.

Hazlo.

No tienes que demostrarle fortaleza a nadie.

Jesús lloró.

La Biblia está llena de hombres y mujeres de Dios que derramaron lágrimas.

El dolor no significa que tengas poca fe.

Y tampoco debes comparar tu proceso con el de otra persona.

Cada historia es diferente.

Cada relación fue diferente.

Cada pérdida se siente diferente.

Hay días en que parecerá que estás mejor.

Y habrá una canción, una fotografía, un olor, un lugar o una fecha que hará que todo vuelva a sentirse reciente.

Eso puede suceder.

No significa que regresaste al principio.

Significa que amaste.

Pero recuerda algo:

No estás caminando solo.

“Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón.”

Salmo 34:18

No necesitas resolver hoy cómo vivirás los próximos diez años sin esa persona.

Solo necesitas caminar con Dios hoy.

Mañana recibirás misericordia para mañana.

Y si el dolor llega a ser tan profundo que no puedes continuar con tus responsabilidades normales, hablar con un pastor, consejero o profesional capacitado no contradice tu fe.

Dios también sostiene a través de personas.

Permítete ser acompañado.

Siete cosas que quizás necesitas entregar hoy

No todas aplicarán a ti.

Pero quizás una de ellas sí.

Una persona que se fue

Puedes amar sin perseguir.

Puedes perdonar sin controlar el resultado.

Puedes recordar sin construir tu vida alrededor de su ausencia.

Una persona que murió

No necesitas olvidarla para continuar viviendo.

Puedes honrar su memoria y seguir caminando.

Lo que te hicieron

Perdonar no llama bueno al pecado.

Significa entregar la justicia final a Dios y negarte a continuar bebiendo el veneno de la amargura.

Lo que tú hiciste

Si pecaste, arrepiéntete.

Repara lo que puedas.

Pero después recibe la gracia de Cristo.

No sigas intentando pagar una deuda que Jesús ya llevó a la cruz.

Tus hijos

Ámalos.

Instrúyelos.

Aconséjalos.

Ora por ellos.

Pero recuerda que antes de pertenecerte a ti, pertenecen a Dios.

El futuro que imaginaste

Quizás nunca suceda exactamente como lo planeaste.

Eso no significa que Dios haya terminado contigo.

El control

Esta puede ser la más difícil.

Hay cosas que simplemente nunca estuvieron realmente bajo tu control.

Y quizás la paz comience cuando finalmente lo reconoces.

Diez

Oración de entrega

Señor,

Tú sabes lo que llevo dentro de mi corazón.

Sabes los nombres.

Los recuerdos.

Las heridas.

Las pérdidas.

Los sueños.

Las preguntas para las cuales todavía no tengo respuesta.

Sabes aquello que todavía estoy intentando sostener.

No quiero dejar de amar.

No quiero olvidar.

Pero tampoco quiero vivir preso de aquello que ya no puedo controlar.

Hoy abro mis manos delante de Ti.

Te entrego a las personas que amo.

Te entrego a quienes se fueron.

Te entrego a quienes me lastimaron.

Te entrego mis hijos.

Te entrego mis padres.

Te entrego mis recuerdos.

Te entrego mis bienes.

Te entrego mis planes.

Te entrego el futuro que imaginé.

Te entrego aquello que ocurrió.

Y también aquello que nunca llegó a ocurrir.

Dame sabiduría para luchar por aquello por lo que debo luchar.

Dame humildad para reparar aquello que debo reparar.

Dame valentía para despedirme de aquello que terminó.

Dame paciencia para atravesar correctamente mi duelo.

Y dame fe para confiar en Ti cuando no entiendo.

Que ninguna persona ocupe el lugar que te pertenece.

Que ninguna posesión sea mi seguridad.

Que ningún sueño se convierta en mi dios.

Que ningún recuerdo gobierne mi presente.

Que ninguna pérdida me haga olvidar que todavía te tengo a Ti.

Enséñame a vivir con las manos abiertas.

Porque todo lo que tengo proviene de Ti.

Y porque cuando mis manos quedan vacías,

las tuyas todavía me sostienen.

En el nombre de Jesús.

Amén.

Conclusión

Manos abiertas

Quizás uno de los mayores signos de madurez espiritual sea aprender a recibir sin apoderarnos y aprender a entregar sin amargarnos.

Llegamos a este mundo con las manos vacías.

Y un día saldremos de él de la misma manera.

Entre esos dos momentos Dios coloca personas, oportunidades, lugares, experiencias, posesiones y temporadas dentro de nuestras manos.

Algunas permanecerán décadas.

Otras unos meses.

Algunas serán hermosas.

Otras dejarán cicatrices.

Pero ninguna fue diseñada para convertirse en nuestro Salvador.

Solo Cristo puede ocupar ese lugar.

Por eso ama.

Ama muchísimo.

Abraza.

Disfruta a tus hijos.

Honra a tus padres.

Cuida tus amistades.

Construye buenos recuerdos.

Trabaja.

Sueña.

Ríe.

Sirve.

Viaja.

Disfruta lo que Dios te permita tener.

Pero hazlo con las manos abiertas.

Porque las manos abiertas pueden recibir.

Pueden dar.

Pueden abrazar.

Pueden servir.

Pueden adorar.

Las manos cerradas solamente pueden aferrarse.

Quizás hoy Dios no te está diciendo:

“Olvídalo.”

Quizás simplemente te está diciendo:

“Entrégamelo.”

No necesitas borrar el nombre.

No necesitas tirar las fotografías.

No necesitas fingir que nunca ocurrió.

No necesitas dejar de extrañar.

Solo necesitas dejar de cargar aquello que ya pusiste delante de Dios.

Y cuando mañana regrese el recuerdo, porque probablemente regresará, vuelve a entregarlo.

Para reflexionar

A veces soltar no es una decisión que tomamos una sola vez.

Es una oración que repetimos durante una temporada.

Hasta que un día recordamos y ya no sentimos la misma desesperación.

Recordamos y agradecemos.

Recordamos y lloramos.

Pero también respiramos.

Y seguimos caminando.

Eso es libertad.

No que el pasado desaparezca.

Sino que Cristo sea más grande que él.

No que nunca vuelvas a llorar.

Sino que tus lágrimas ya no determinen tu esperanza.

No que nunca pierdas nada.

Sino descubrir que existe Alguien a quien nunca podrás perder.

Porque todo en esta vida es pasajero.

Pero Él permanece.

Las personas vendrán y se irán.

Las temporadas comenzarán y terminarán.

Los hijos crecerán.

Los padres envejecerán.

Las cosas se deteriorarán.

Los planes cambiarán.

Nuestros cuerpos un día volverán al polvo.

Pero Dios seguirá siendo Dios.

Por eso, si tienes que soltar algo...

suéltalo en las manos correctas.

Y nunca olvides:

Lo que sale de tus manos jamás queda fuera del alcance de las manos de Dios.

Abre tus manos.
Y descansa.

MANOS ABIERTAS

“Todo puede salir de mis manos,
pero yo nunca salgo de las manos de Dios.”

Juan 10:28

Francisco BonnetIglesia El Gran Yo Soy

Sigue creciendo

Continúa tu crecimiento

MANOS ABIERTAS

Si este libro te ayudó a soltar, compártelo. Alguien cerca de ti está apretando algo que le duele, y necesita saber que nunca sale de las manos de Dios.

Pastor Francisco Bonnet · franciscobonnet.com

Siembra en esta obra

Este contenido es gratuito y siempre lo será. Si Dios usó este libro en tu vida, puedes sembrar para que siga alcanzando a otros.