Iglesia El Gran Yo Soy

Cristiano,¿o solamentelo pareces?

Una confrontación bíblica entre la fe que profesamos y la vida que realmente vivimos.

15 capítulos · ~80 min de lectura · Lucas 6:46

"¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?"Lucas 6:46, RVR1960

Pastor Francisco BonnetEl Gran Yo Soy · Rock Hill, SC
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Nota del autor

Este libro también es para mí

Este libro va a incomodarte. Y antes de continuar necesito decirte algo: también me incomoda a mí.

No escribo estas páginas desde una posición de perfección. Ser pastor no me coloca por encima de la Escritura que predico. Yo también estoy debajo de ella. La misma Palabra que examina al que escucha, examina primero al que enseña. Y mientras preparaba este libro, capítulo tras capítulo, el Señor no me permitió escribir como quien acusa desde afuera. Me obligó a escribir como quien también está siendo examinado.

Como pastor, también necesito examinarme. También debo vigilar mi lengua, mis reacciones, mi sarcasmo, la crítica, los dobles sentidos, las palabras dichas sin pensar y toda conversación que no edifique. También deseo crecer en dominio propio, en carácter y en mi manera de hablar. Yo también estoy caminando y necesito parecerme cada día más a Cristo.

Por eso quiero pedirte algo antes de que pases la página: no leas este libro buscando nombres.

No pienses: "esto describe a fulano". "Esto debería leerlo mi esposo". "Esto se lo voy a enviar a mi esposa". "Esto es exactamente lo que hace aquella hermana".

Por unos minutos, olvídate de todos ellos. Este libro no fue escrito para que tengas munición contra nadie. Fue escrito para que tú y yo nos quedemos a solas con Dios.

Jesús enseñó que cuando el Espíritu Santo viniera, convencería al mundo "de pecado, de justicia y de juicio" (Juan 16:8). Convencer de pecado es tarea del Espíritu Santo, no nuestra. Nuestra tarea es abrir la Palabra, dejarla hablar con fidelidad y permitir que Dios examine nuestro corazón. Ese es el espíritu de todo lo que vas a leer.

La oración que sostiene este libro no es una acusación. Es una súplica antigua, escrita por un hombre que también tenía un corazón capaz de engañarse:

La Palabra

"Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno."

Salmo 139:23-24, RVR1960

Pídele eso al Señor ahora mismo, antes de seguir. Y si en algún capítulo sientes que la Palabra toca algo tuyo, no huyas. Quédate ahí. Ese es precisamente el lugar donde Dios quiere encontrarse contigo.

Pastor Francisco BonnetIglesia El Gran Yo Soy
Introducción

Antes de mirar a los demás

Vivimos rodeados de contenido cristiano. Podemos llevar decenas de Biblias dentro de un teléfono. Podemos escuchar predicaciones mientras conducimos, consultar comentarios y estudios en segundos, publicar un versículo por la mañana y escuchar un podcast bíblico por la tarde. Ninguna generación anterior tuvo un acceso tan inmediato a tanta enseñanza.

Y sin embargo, existe una realidad incómoda que atraviesa todo este libro:

Detente aquí

Se puede conocer mucho contenido acerca de Dios sin obedecer a Dios. Una Biblia abierta no garantiza un corazón rendido.

Podemos conocer versículos y no vivirlos. Publicar textos bíblicos no equivale a practicarlos. Congregarse cada domingo no sustituye el discipulado de cada día. Podemos cantar con las manos levantadas y usar esas mismas manos, esa misma semana, para hacer lo que sabemos que entristece a Dios.

Podemos decir: "Cristo es mi Señor". Pero Jesús hizo una pregunta que sigue incomodando dos mil años después:

La Palabra

"¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?"

Lucas 6:46, RVR1960

Detente en esa escena. Las personas a las que Jesús les habló no lo estaban negando. Lo estaban llamando Señor. Dos veces. El problema no era el vocabulario. Era la contradicción entre lo que confesaban con los labios y lo que demostraban con la vida.

De eso trata este libro.

Cuando "cristiano" se vuelve una etiqueta cultural

La palabra "cristiano" se ha convertido para muchos en una identificación cultural. "Soy cristiano porque creo en Dios". "Soy cristiano porque crecí en la iglesia". "Soy cristiano porque fui bautizado". "Soy cristiano porque mi familia siempre lo ha sido".

Pero cuando el libro de los Hechos cuenta que "a los discípulos se les llamó cristianos por primera vez en Antioquía" (Hechos 11:26), no estaba describiendo a personas que llenaron un formulario. Estaba describiendo a personas cuya manera de vivir recordaba tanto a Cristo que la ciudad terminó poniéndoles su nombre.

Jesús nunca presentó el discipulado como una etiqueta. Lo presentó como una vida rendida:

La Palabra

"Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame."

Lucas 9:23, RVR1960

Cada día. No solamente el domingo. No solamente cuando hay culto. No solamente cuando estamos rodeados de creyentes.

El cristianismo se vive el lunes. Se vive en casa. Se vive en el matrimonio. Se vive cuando manejamos, cuando alguien nos hace enojar, cuando recibimos dinero, cuando nadie conoce nuestro historial de navegación, cuando podríamos mentir sin ser descubiertos, cuando tenemos la oportunidad de vengarnos, cuando nuestro cónyuge nos irrita, cuando estamos frente a una pantalla a medianoche.

Seguir a Cristo no es un evento semanal. Es una vida.

El tiempo que nos tocó vivir

Vivimos en una cultura digital, pluralista y saturada de información, donde con frecuencia se confunden cosas que la Escritura distingue: se confunde amor con aprobación, libertad con ausencia de límites, identidad con deseo, convicción con odio, y tolerancia con silencio moral.

En un ambiente así, el cristiano enfrenta dos tentaciones opuestas. La primera: suavizar la Palabra para no incomodar a nadie, y terminar con un evangelio que ya no llama a nadie al arrepentimiento. La segunda: usar la Palabra como arma contra los de afuera, y terminar con una religión dura que confronta todos los pecados menos los propios.

Este libro no toma ninguno de esos dos caminos. Va a sostener lo que la Escritura enseña, sin recortes. Y va a apuntar el espejo primero hacia adentro.

No confundas
Leer este libro para examinar tu propio corazónno esleerlo para confirmar lo que sospechas de otros

Si empiezas estas páginas pensando en otra persona, vas a desperdiciarlas. La invitación es otra: pídele al Espíritu Santo que te hable a ti. Los hipócritas de los que Jesús habló casi nunca se reconocían a sí mismos. Esa es exactamente la razón por la que ninguno de nosotros puede leer este libro desde la tribuna.

Todos abajo. Todos delante del mismo espejo. Empezando por el que escribe.

Parte I

Cuando el nombre de Cristo se convierte en una apariencia

Capítulos 1 al 4
Capítulo 01

¿Por qué me llamáis Señor?

Hay una escena que se repite en muchas casas: un mueble hermoso por fuera, con una gaveta que nunca se abre delante de las visitas. Todo lo que no queremos que se vea termina ahí. La sala puede estar impecable y la gaveta puede estar llena de desorden. Nadie lo nota. Hasta que alguien la abre.

La vida espiritual puede funcionar igual. Existe una versión de nosotros que recibe visitas, y otra que vive en la gaveta. Y una de las tragedias espirituales más grandes sería pasar años creyendo que conocemos a Cristo, mostrando la sala, sin haberle entregado nunca la gaveta. Sin haberle entregado, en realidad, la casa entera.

Jesús cerró el sermón más famoso de la historia con una advertencia que deberíamos leer de rodillas:

La Palabra

"No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad."

Mateo 7:21-23, RVR1960

Observa quiénes son los que hablan en ese pasaje. No son ateos. No son enemigos del evangelio. Son personas con vocabulario religioso, con actividad religiosa, con currículum ministerial. Llamaban a Jesús "Señor". Profetizaban. Servían. Y Jesús no les dice "los conocí y me fallaron". Les dice algo mucho más grave: "nunca os conocí".

El problema no fue un mal día. Fue una vida entera de nombre sin relación, de título sin señorío.

Admirar a Jesús no es seguirlo

En Lucas 6, justo antes de la pregunta que da título a este libro, Jesús habló de árboles y de frutos: "No es buen árbol el que da malos frutos, ni árbol malo el que da buen fruto" (Lucas 6:43). Y enseguida contó la historia de dos constructores. Uno cavó hondo y puso el fundamento sobre la roca: ese es el que oye y hace. El otro edificó sobre tierra, sin fundamento: ese es el que oye y no hace. Las dos casas se parecían por fuera. La diferencia solamente se vio cuando vino la crecida (Lucas 6:46-49).

Muchos admiran a Jesús. Citan sus frases. Se emocionan con su historia. Pero admirar no es seguir. Escuchar no es hacer. Y una fe que se limita a escuchar está edificando sobre tierra suelta, por muy religiosa que se vea la fachada.

La Palabra

"Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos."

Santiago 1:22, RVR1960

Santiago usa una palabra tremenda: engañándoos. El oidor que no hace no engaña primero a la iglesia. Se engaña a sí mismo. Se mira al espejo de la Palabra, ve lo que tiene que cambiar, y se va olvidando cómo era su rostro (Santiago 1:23-24).

Juan lo dice sin rodeos: "El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él" (1 Juan 2:4). Y Pablo describe a personas que "profesan conocer a Dios, pero con los hechos lo niegan" (Tito 1:16).

Esto no es salvación por obras

Aquí necesitamos frenar y decir algo con toda claridad, porque este libro se malinterpretaría por completo sin esto: no somos salvos por obedecer perfectamente. Nadie obedece perfectamente. La salvación es por gracia, por medio de la fe en Jesucristo, y no por obras, para que nadie se gloríe (Efesios 2:8-9).

Pero el mismo pasaje que niega las obras como causa las anuncia como fruto: "Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas" (Efesios 2:10).

No confundas
La obediencia como fruto de la salvaciónno esla obediencia como precio de la salvación
Examinar tu fe con reverenciano esvivir con paranoia, dudando de Dios cada noche

Un manzano no produce manzanas para convertirse en manzano. Produce manzanas porque tiene vida de manzano. De la misma manera, no obedecemos para comprar la adopción. Obedecemos porque fuimos alcanzados por Cristo, y su vida empezó a producir algo en nosotros.

Por eso Mateo 7 no está diseñado para producir terror en el creyente sensible que lucha, cae y vuelve a levantarse mirando a Cristo. Está diseñado para despertar al que descansa en una oración del pasado, en una tradición familiar, en un bautismo de la infancia o en un cargo en la iglesia, mientras su vida presente no tiene ninguna relación con el señorío de Jesús.

La pregunta correcta no es: "¿he pecado desde que conocí a Cristo?" Si esa fuera la prueba, nadie quedaría en pie. La pregunta correcta es: ¿qué está haciendo Cristo con mi vida?

Examina tu corazón
  • Si Cristo no fuera parte de tu vocabulario, ¿quedaría evidencia de que es parte de tu vida?
  • ¿Tu fe se apoya en una relación presente con Jesús o en un momento religioso del pasado?
  • ¿Hay algún área donde escuchas la Palabra cada semana y llevas años sin hacer nada con ella?
  • ¿Existe arrepentimiento, hambre de Dios, batalla contra el pecado, fruto?
  • ¿Qué diferencia concreta hay entre tu vida y la de alguien que solamente admira a Jesús?
Paso de obediencia

Toma la exhortación de Pablo y hazla tuya esta semana: "Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos" (2 Corintios 13:5). Aparta un momento a solas, sin teléfono, y hazle a Dios una sola pregunta: "Señor, ¿qué me has pedido que todavía no he obedecido?" Escribe lo primero que el Espíritu traiga a tu memoria. Ese es tu punto de partida para el resto del libro.

Gracia

Si esta pregunta te dolió, esa incomodidad no es tu enemiga. El que se engaña a sí mismo no siente nada. Que la Palabra te alcance es señal de que Dios te está tratando como a un hijo, no como a un extraño. No corras del espejo. Corre a Cristo con lo que el espejo mostró.

Capítulo 02

¿Qué es realmente la hipocresía?

Antes de seguir confrontando, tenemos que definir bien la palabra. Porque si la definimos mal, este libro va a herir a las personas equivocadas.

Si hipocresía significara "fallar en algo que uno predica", entonces todo creyente del planeta sería un hipócrita sin remedio, porque todos fallamos en aquello que creemos. El padre que enseña paciencia y un día pierde la paciencia no es automáticamente un farsante. La hermana que habla del perdón y todavía está luchando por perdonar no está fingiendo. Eso no es hipocresía. Eso es ser un ser humano en proceso de santificación.

En los evangelios, la palabra que Jesús usó para "hipócrita" estaba relacionada con el mundo del teatro: se usaba para el actor que representa un personaje. No hace falta construir toda una doctrina sobre esa etimología, pero la imagen ayuda: la hipocresía que Jesús confrontó era la actuación religiosa. La máscara. El doble estándar. La contradicción protegida y deliberada entre lo que se muestra y lo que se es.

No confundas
Fallar en lo que crees y dolerte por ellono esactuar una santidad que sabes que no estás viviendo
Luchar contra un pecado que odiasno esesconder un pecado que amas

La hipocresía toma muchas formas, y conviene nombrarlas: aparentar lo que no somos; exigir a otros lo que nosotros no hacemos; ocultar deliberadamente el pecado para conservar la reputación; usar la religión para conseguir aprobación; condenar en público una conducta mientras practicamos otra equivalente en privado; mostrar una personalidad espiritual delante de la iglesia y otra completamente distinta en casa.

Jesús advirtió a sus discípulos con una imagen doméstica: "Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía" (Lucas 12:1). La levadura trabaja escondida, en silencio, y termina afectando toda la masa. Y enseguida añadió la razón por la que actuar no tiene sentido: "Porque nada hay encubierto, que no haya de descubrirse; ni oculto, que no haya de saberse" (Lucas 12:2). Toda máscara tiene fecha de vencimiento.

Cuando un apóstol necesitó ser confrontado

Ahora viene algo que tal vez te sorprenda, y que es una de las enseñanzas más importantes de todo este libro. En la carta a los Gálatas, Pablo relata un incidente incómodo:

La Palabra

"Pero cuando Pedro vino a Antioquía, le resistí cara a cara, porque era de condenar. Pues antes que viniesen algunos de parte de Jacobo, comía con los gentiles; pero después que vinieron, se retraía y se apartaba, porque tenía miedo de los de la circuncisión. Y en su simulación participaban también los otros judíos, de tal manera que aun Bernabé fue también arrastrado por la hipocresía de ellos."

Gálatas 2:11-13, RVR1960

Piensa en lo que acabas de leer. Pedro, el apóstol. Bernabé, el hijo de consolación. Creyentes verdaderos, usados por Dios, arrastrados por una conducta hipócrita por miedo a la opinión de un grupo. Pedro no dejó de ser salvo aquel día. Pero necesitó ser confrontado cara a cara, porque su conducta estaba negando en la mesa lo que él mismo predicaba desde el púlpito.

Este pasaje nos enseña tres cosas que debemos sostener juntas. Primera: un creyente verdadero puede actuar hipócritamente. Segunda: no toda falla demuestra una falsa conversión. Tercera: la hipocresía nunca debe tratarse como algo pequeño, porque arrastra a otros; la de Pedro arrastró "también a los otros", hasta alcanzar a Bernabé.

Existe, entonces, una diferencia entre cometer un acto hipócrita, ser confrontado y corregir el rumbo, y otra cosa muy distinta: construir toda la vida alrededor de una máscara religiosa, sin arrepentimiento, año tras año. Lo primero le puede pasar a cualquiera de nosotros esta misma semana. Lo segundo es la condición que Jesús denunció con más severidad que ninguna otra.

Detente aquí

¿Quién soy yo cuando no tengo una reputación cristiana que proteger? Esa persona se acerca mucho más a lo que realmente soy.

Examina tu corazón
  • ¿Hay una diferencia notable entre tu personalidad en la iglesia y tu personalidad en casa o en el trabajo?
  • ¿Exiges a otros algo que tú mismo no estás viviendo?
  • ¿Hay algo que escondes deliberadamente para proteger tu imagen espiritual?
  • ¿Alguna vez alguien te confrontó con amor y tu primera reacción fue defender la máscara?
  • ¿Le temes más a la opinión de un grupo que a la verdad delante de Dios, como Pedro aquel día?
Paso de obediencia

Pedro necesitó que alguien lo confrontara cara a cara. Dale a alguien ese permiso en tu vida. Esta semana, dile a una persona madura y confiable: "Si alguna vez ves que mi conducta contradice lo que profeso, tienes mi permiso para decírmelo de frente". Una sola frase así desarma años de actuación.

Gracia

Pedro fue confrontado y siguió siendo columna de la iglesia. Ser corregido no te descalifica; negarte a ser corregido sí te estanca. Si hoy descubres una máscara, no estás descubriendo tu condena. Estás descubriendo el lugar exacto donde la gracia quiere trabajar.

Capítulo 03

Cuando hacemos las cosas para ser vistos

Hay un tipo de hipocresía que no esconde pecados. Esconde motivaciones.

No necesita una doble vida escandalosa. Al contrario: su vida religiosa es visible, activa, admirable. Ora. Da. Sirve. Ayuna. El problema no está en lo que hace, sino en el público para el que lo hace.

Jesús dedicó el corazón del Sermón del Monte a este peligro, y abrió el tema con una advertencia general:

La Palabra

"Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos."

Mateo 6:1, RVR1960

Y después la aplicó a las tres prácticas más respetadas de la piedad de su tiempo: dar, orar y ayunar. En las tres repitió el mismo diagnóstico y la misma sentencia.

Sobre el dar: los hipócritas hacían tocar trompeta delante de sí para ser alabados. Jesús dijo: "ya tienen su recompensa". El aplauso que buscaron fue todo lo que recibieron. Y enseñó otro camino: "no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público" (Mateo 6:3-4).

Sobre la oración: los hipócritas amaban orar de pie en las esquinas "para ser vistos de los hombres". Jesús mandó entrar al aposento y cerrar la puerta: "ora a tu Padre que está en secreto" (Mateo 6:6).

Sobre el ayuno: los hipócritas demudaban sus rostros para que todo el mundo notara su sacrificio. Jesús mandó lavarse la cara, para que el ayuno fuera un secreto entre el Padre y el hijo (Mateo 6:17-18).

Fíjate que Jesús nunca condenó dar, orar ni ayunar. Condenó convertirlos en actuación. La palabra clave del capítulo es "en secreto". Lo que hacemos cuando nadie aplaude revela para quién vivimos realmente.

La versión moderna de la trompeta

Nosotros ya no tocamos trompeta en las calles. Tenemos maneras más elegantes. Publicar cada acto de servicio. Asegurarnos de que se sepa cuánto ayudamos. Molestarnos, aunque no lo digamos, cuando nadie agradece. Servir con entusiasmo cuando hay visibilidad y desaparecer cuando la tarea es invisible. Convertir la oración pública en una presentación. Fingir un quebrantamiento que no sentimos porque queda bien. Competir por posiciones en la iglesia. Medir nuestra espiritualidad por la reacción de los demás.

El evangelio de Juan describe con una frase demoledora a los que creían en Jesús pero no lo confesaban por miedo: "Porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios" (Juan 12:43). Esa balanza sigue existiendo, y todos la llevamos dentro.

Pablo se hizo la pregunta que nosotros también debemos hacernos: "¿busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios? [...] Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo" (Gálatas 1:10). No se puede vivir para dos audiencias a la vez. Tarde o temprano, una de las dos gobierna.

Detente aquí

¿Cuánto de mi vida espiritual sobreviviría si nadie pudiera verla jamás?

Una palabra para los que enseñamos

Este capítulo tiene una aplicación especial para pastores, maestros, líderes y todo el que ministra a otros, y me incluyo delante de todos. Santiago advierte: "Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación" (Santiago 3:1). El que enseña será medido con más rigor, porque su palabra alcanza a más personas.

Pablo le dijo a Timoteo: "Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina" (1 Timoteo 4:16). Primero de ti mismo. Después de la doctrina. Es posible preparar mensajes para otros y descuidar el propio corazón; corregir la teología de todos y no dejar que Dios corrija nuestro carácter. Y Pedro exhortó a los ancianos a cuidar el rebaño "no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey" (1 Pedro 5:2-3).

El ministerio puede ser el lugar donde más se sirve a Dios, o el escenario donde mejor se actúa. La diferencia no la ve la congregación. La ve el Padre que examina en secreto.

Examina tu corazón
  • ¿Sirves igual cuando nadie se entera?
  • ¿Cuánto tarda en llegar a tus redes sociales cada cosa buena que haces?
  • ¿Te molesta, aunque sea en silencio, que otro reciba el reconocimiento que esperabas?
  • ¿Tu vida de oración privada se parece a tu vida de oración pública?
  • Si enseñas o lideras: ¿cuidas tu corazón con el mismo rigor con que preparas tus mensajes?
Paso de obediencia

Haz esta semana una obra buena completamente secreta: una ayuda, una ofrenda, un servicio, una oración prolongada por alguien. Con una sola regla: que nadie lo sepa jamás. Ni un comentario, ni una indirecta, ni una publicación. Deja que esa obra sea un asunto exclusivo entre tu Padre y tú, y observa lo que ese silencio revela de tu corazón.

Gracia

Si descubres que buscabas aplausos, no te desprecies: agradece que el Padre te lo mostró antes de que la recompensa de los hombres fuera lo único que recibieras. Dios no expone nuestras motivaciones para avergonzarnos, sino para devolvernos el gozo de vivir para una sola audiencia. Su recompensa, dijo Jesús, viene del que ve en lo secreto.

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Capítulo 04

Labios cerca, corazón lejos

Se puede cantar con los ojos cerrados y tener el corazón en otra parte. Se puede decir "amén" en el momento exacto y no haber escuchado nada. Se puede asistir a cada culto del año y estar, en el sentido que más importa, completamente ausente.

Jesús tomó las palabras del profeta Isaías y las aplicó a la gente religiosa de su tiempo:

La Palabra

"Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, cuando dijo: Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres."

Mateo 15:7-9, RVR1960 (citando Isaías 29:13)

Hay dos palabras terribles en ese pasaje. La primera: lejos. Se puede estar cerca del templo y lejos de Dios; cerca del vocabulario y lejos de la persona. La segunda: en vano. Existe una adoración que no cuenta, un culto que sube vacío, porque el corazón que lo ofrece está en otra parte.

El contexto de aquella discusión es revelador. Los fariseos habían acusado a los discípulos de comer sin lavarse las manos según la tradición. A Jesús no le preocupó la tradición quebrantada. Le preocupó algo infinitamente más serio: gente experta en pureza externa con el interior sin tocar. Y entonces explicó de dónde sale realmente la contaminación:

La Palabra

"Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre."

Marcos 7:21-23, RVR1960

El problema del ser humano no es cosmético. Es cardíaco. Por eso toda religión que solamente administra la superficie termina fabricando sepulcros blanqueados.

Sepulcros blanqueados

En Mateo 23, Jesús pronunció las palabras más severas de todo su ministerio, y las dirigió precisamente a los hombres más religiosos de la nación: "¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia" (Mateo 23:27).

Y unos versículos antes, esta radiografía: "¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello" (Mateo 23:23).

Lee con cuidado la última frase, porque ahí está el equilibrio de todo este capítulo. Jesús no condenó el diezmo: "esto era necesario hacer". No despreció las prácticas externas. Condenó usarlas como sustituto de lo más importante. La meticulosidad en lo pequeño puede convivir con la negligencia en lo esencial: la justicia, la misericordia, la fe.

Lo mismo vale para nosotros. Orar, congregarse, ayunar, servir y ofrendar son prácticas bíblicas, buenas y necesarias. El problema nunca fue la disciplina externa. El problema es cuando la disciplina externa se convierte en la fachada que nos exime del amor, de la obediencia, del arrepentimiento y de la verdad interior. "Limpia primero lo de dentro del vaso y del plato, para que también lo de fuera sea limpio" (Mateo 23:26). Primero lo de dentro. Ese es el orden de Jesús.

No confundas
Disciplinas espirituales que expresan un corazón rendidono esrituales externos usados como sustituto del corazón
Tomar en serio la Palabra de Diosno eselevar tradiciones humanas al nivel de mandamientos de Dios
Detente aquí

Mateo 23 no es un arma para llamar "fariseo" al que nos confronta. Es un espejo. La pregunta no es "¿quién es el fariseo de mi iglesia?", sino "Señor, ¿hay algo de fariseo en mí?"

Examina tu corazón
  • ¿Tu adoración del domingo describe tu corazón del resto de la semana?
  • ¿Eres más estricto con detalles externos que con la justicia, la misericordia y la fe?
  • ¿Qué hay hoy dentro de tu "vaso"? ¿Qué encontraría Dios si solamente mirara el interior?
  • ¿Alguna práctica religiosa te está sirviendo para no confrontar tu verdadera condición?
Paso de obediencia

Antes del próximo culto, llega cinco minutos antes o quédate cinco minutos en el auto, y haz una sola cosa: prepara el corazón, no la apariencia. Dile a Dios en tus propias palabras dónde has estado lejos esta semana, y pídele que lo que cantes con los labios sea verdad en tu interior. Entra al culto después de esa conversación.

Gracia

El mismo Jesús que dijo "sepulcros blanqueados" lloró sobre Jerusalén y quiso juntarla como la gallina junta a sus polluelos (Mateo 23:37). La severidad de sus palabras no era desprecio: era el dolor de un amor rechazado. Si hoy su Palabra te alcanzó lejos, la invitación sigue en pie: el corazón que regresa nunca es despedido.

Parte II

Cuando el pecado siempre parece ser el de otro

Capítulos 5 al 7
Capítulo 05

El juez que hace lo mismo

Todos conocemos el fenómeno: tenemos una vista extraordinaria para el pecado ajeno y una ceguera asombrosa para el propio. El chisme del otro nos escandaliza; el nuestro es "un comentario". El orgullo del otro es insoportable; el nuestro es "carácter fuerte". La falta del otro merece disciplina; la nuestra merece comprensión.

Pablo le puso nombre a ese fenómeno en Romanos 2, en uno de los textos más incómodos del Nuevo Testamento:

La Palabra

"Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas; pues en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; porque tú que juzgas haces lo mismo."

Romanos 2:1, RVR1960

El capítulo 1 de Romanos describe la corrupción del mundo pagano, y es fácil imaginar al lector religioso asintiendo con la cabeza en cada versículo: "así son ellos". Entonces Pablo se da vuelta y apunta al que asentía: tú que juzgas haces lo mismo. Y más adelante lo desarrolla sin anestesia: "Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas que no se ha de hurtar, ¿hurtas? Tú que dices que no se ha de adulterar, ¿adulteras? [...] Porque como está escrito, el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de vosotros" (Romanos 2:21-24).

Esa última línea debería quitarnos el sueño. Nuestra incoherencia no es un asunto privado: hace que el nombre de Dios sea blasfemado entre los que nos observan. Cada vez que el mundo descubre que el que predicaba contra el robo roba, y el que defendía la familia adultera, la conclusión que saca no es "ese hombre falló". Es "ese Dios no cambia a nadie".

Y en medio de ese pasaje, Pablo hace una pregunta que revela el corazón del juez hipócrita: "¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?" (Romanos 2:4). El que juzga sin arrepentirse está gastando la paciencia de Dios en tribunales ajenos.

La viga y la paja

Jesús había enseñado lo mismo con una imagen casi cómica:

La Palabra

"¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo? [...] ¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano."

Mateo 7:3,5, RVR1960

Nota tres cosas. Primera: la paja existe. Jesús no dijo que el pecado del hermano fuera imaginario. Segunda: el orden importa. Primero mi viga, después su paja. Tercera: la meta es ayudar. "Entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano". El propósito final no es callar para siempre, sino llegar a ser útiles para restaurar, con la vista limpia y sin superioridad.

Por eso "no juzguéis" (Mateo 7:1) nunca fue una prohibición de todo discernimiento. El mismo Jesús mandó: "No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio" (Juan 7:24), y unos versículos después de la viga y la paja ordenó reconocer a los falsos profetas por sus frutos (Mateo 7:15-16). Lo que la Escritura condena es otra cosa: el tribunal permanente del que se sienta arriba, sin examen propio y sin arrepentimiento.

Cuatro cosas que no son lo mismo

Aquí conviene distinguir con cuidado, porque en este tema se confunde todo con todo:

Discernimiento es reconocer bíblicamente la verdad y el error, lo santo y lo pecaminoso. Es un mandato, no una opción.

Corrección es ir a hablar con una persona, normalmente en privado primero (Mateo 18:15), buscando su restauración, no su humillación.

Disciplina de la iglesia es la respuesta bíblica, ordenada y dolorosa, al pecado serio y persistente de quien profesa pertenecer a Cristo (Mateo 18:15-20; 1 Corintios 5). Su meta también es la restauración.

Condenación hipócrita es elevarnos sobre los demás, ignorar nuestra propia condición y usar la verdad como arma para humillar. Eso es lo que Jesús llamó hipocresía.

Las tres primeras son obediencia. La cuarta es pecado. Y la línea que las separa no está en las palabras que usamos, sino en la viga que ya sacamos o que seguimos protegiendo.

La Palabra

"Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado. Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo."

Gálatas 6:1-2, RVR1960

Restaurar. Con mansedumbre. Considerándonos a nosotros mismos. Cargando juntos. Ese es el espíritu con el que el cristiano se acerca al pecado de su hermano. Todo lo demás es la viga hablando.

Examina tu corazón
  • ¿Hay algún pecado que condenas con energía en otros y toleras con paciencia en ti?
  • Cuando señalas una falta, ¿tu meta es restaurar a la persona o quedar por encima de ella?
  • ¿Hablas con las personas o hablas de las personas?
  • ¿Cuándo fue la última vez que la benignidad de Dios te llevó a ti al arrepentimiento?
  • ¿Tu manera de vivir honra el nombre de Dios delante de los que no creen, o les da argumentos?
Paso de obediencia

Piensa en la persona a la que más has criticado últimamente. Antes de volver a mencionar su falta delante de alguien, haz dos cosas: ora por ella con nombre propio durante una semana, y pregúntale a Dios qué viga tuya está pendiente. Si después de eso todavía corresponde hablar, habla con ella, no de ella.

Gracia

La benignidad de Dios te guía al arrepentimiento (Romanos 2:4). No te ha juzgado con la vara con la que tú has juzgado: te ha tenido una paciencia que ningún tribunal humano tendría. Esa paciencia no es aprobación. Es una puerta abierta. Entra por ella antes de volver a sentarte en el estrado.

Capítulo 06

La lista que nadie debería leer a medias

Corinto era una ciudad portuaria famosa por su comercio y por su inmoralidad. La iglesia que nació allí no creció en un invernadero: creció en medio de templos paganos, prostitución ritual, pleitos, borracheras y toda la mezcla moral de una gran ciudad. Muchos de sus miembros venían directamente de esa vida. Por eso Pablo les escribió con una franqueza que todavía incomoda:

La Palabra

"¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios."

1 Corintios 6:9-10, RVR1960

Este pasaje exige de nosotros dos honestidades al mismo tiempo, y las dos cuestan.

La primera honestidad: no borrar nada. No tenemos autoridad para recortar de la Escritura los pecados que nuestra cultura aprueba. Si Dios ha hablado, la iglesia no puede editarlo para conseguir aprobación. La advertencia es real: hay una manera de vivir, caracterizada por prácticas pecaminosas sin arrepentimiento, que no hereda el reino de Dios. Pablo lo repite en Gálatas 5:19-21 y en Efesios 5:3-7 con listas semejantes. Fingir que esos textos no existen no es amor: es negligencia con las almas.

La segunda honestidad: no leer a medias. ¿Por qué algunos leen "los que se echan con varones" y dejan de leer? La lista continúa: ladrones, avaros, borrachos, maldicientes, estafadores. En la misma frase donde aparece la inmoralidad sexual aparecen la avaricia que nadie confiesa y la lengua maldiciente que se pasea libremente por nuestras congregaciones. El texto no nos permite construir una jerarquía conveniente donde el pecado ajeno siempre queda arriba y el nuestro misteriosamente desaparece de la lista.

Detente aquí

Si al leer 1 Corintios 6 pensaste primero en el pecado de otra persona, vuelve a leerlo. La lista fue escrita para que cada uno se encuentre a sí mismo.

La frase que cambia todo

Pero el pasaje no termina en el versículo 10. Y leerlo hasta el final es obligatorio, porque el versículo 11 es una de las frases más hermosas que Pablo escribió jamás:

La Palabra

"Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios."

1 Corintios 6:11, RVR1960

Esto erais algunos. Tiempo pasado. La iglesia de Corinto estaba llena de exfornicarios, exidólatras, exadúlteros, exladrones, exavaros, exborrachos. Personas cuya historia había sido interrumpida por la gracia. No se lavaron a sí mismas: fueron lavadas. No se santificaron a sí mismas: fueron santificadas. Todo el peso del versículo está en lo que Dios hizo, en el nombre del Señor Jesús y por el Espíritu.

Pablo dice lo mismo de sí y de todos nosotros en Tito 3: "Porque nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos [...] Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia" (Tito 3:3-5).

Eso significa que cuando una persona quebrantada, con cualquier pasado y cualquier presente, cruza la puerta de nuestra iglesia, no estamos mirando un caso perdido. Estamos mirando a alguien por quien Cristo puede hacer exactamente lo que hizo con nosotros. Nadie en la congregación puede mirarla desde arriba, porque nadie llegó limpio: todos fuimos lavados.

No confundas
Sostener la advertencia completa de 1 Corintios 6no esusar el texto como piedra contra una sola clase de pecador
"Esto erais algunos": la gracia interrumpe historiasno es"esto no importa": la gracia ignora el pecado
Examina tu corazón
  • ¿Qué palabra de la lista de Pablo describe una lucha tuya, no de otro?
  • ¿Subrayas en tu Biblia los pecados que no te tientan y pasas rápido por los que sí?
  • ¿Tratas la avaricia, la maledicencia y la estafa con la misma seriedad que los pecados sexuales?
  • ¿Puedes decir "esto era yo" con gratitud, o todavía dices "esto son ellos" con desprecio?
Paso de obediencia

Escribe tu propio "esto era yo". En privado, delante de Dios, completa la frase: "Yo era..., y Cristo me lavó". Si todavía no puedes escribirla en pasado porque esa práctica sigue viva, no la disfraces: llévala hoy mismo a Dios en confesión, y da el primer paso concreto para abandonarla.

Gracia

Ningún pecador arrepentido está fuera del alcance de la gracia. La lista de Corinto no era la lista de los irrecuperables: era la lista de los que ya estaban sentados en la iglesia, lavados y con historia nueva. Cristo sigue interrumpiendo historias. La tuya también.

Capítulo 07

Gracia y verdad: ¿amar significa aprobar?

Nuestra generación repite una definición de amor que suena hermosa y no resiste ni un examen cotidiano: "si me amas, tienes que aceptar mis decisiones".

No funciona ni siquiera entre seres humanos. Si tu hijo camina hacia un precipicio, tu amor no lo aplaude: lo detiene. Si una persona que amas se está destruyendo, tu amor puede obligarte a decirle precisamente lo que no quiere escuchar. La indiferencia calla; el amor advierte.

Dios ama de una manera infinitamente más perfecta que la nuestra. Y su amor se manifestó así:

La Palabra

"Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad."

Juan 1:14, RVR1960

Lleno de gracia y de verdad. No cincuenta por ciento de cada una. Plenamente ambas, al mismo tiempo, en la misma persona. En Cristo la gracia y la verdad no compiten.

Mira cómo se ve eso en una sola escena: "Entonces Jesús, mirándole, le amó, y le dijo: Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz" (Marcos 10:21). Lo amó, y precisamente porque lo amó, lo confrontó en el punto exacto que gobernaba su corazón. El amor de Jesús no le escondió la verdad al joven rico. Se la dijo mirándolo con amor.

Y mira la otra cara: Jesús comió con publicanos y pecadores, y cuando los fariseos se escandalizaron, respondió: "Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos [...] Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento" (Mateo 9:12-13). Se sentó a la mesa de Zaqueo antes de que Zaqueo cambiara, y esa cercanía fue el camino por el que la salvación llegó a aquella casa (Lucas 19:1-10). Cercanía sin aprobación del pecado. Confrontación sin desprecio de la persona. Eso es gracia y verdad.

Hay iglesias que han dicho verdades sin amor, y han producido heridas, arrogancia y religiosidad. Y hay iglesias que, por miedo a herir, han eliminado toda verdad incómoda, y han producido un evangelio que ya no rescata a nadie, porque un Dios que aprueba todo no salva de nada. La verdad sin amor puede ser crueldad religiosa. El amor sin verdad es sentimentalismo incapaz de advertir del peligro. Ninguno de los dos es Cristo. Y Dios "es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento" (2 Pedro 3:9): su paciencia tampoco es aprobación; es espera amorosa del arrepentimiento.

¿Puede cualquier persona entrar a la iglesia?

Una vez me preguntaron: "Pastor, ¿una persona homosexual puede entrar a la iglesia?" La respuesta es: claro que sí. Y la pregunta de vuelta es: ¿quién de nosotros podría entrar si la iglesia estuviera abierta solamente para los que nunca han pecado?

La congregación debe recibir con dignidad a todo el que viene a escuchar el evangelio. Sin acepción de personas (Santiago 2:1-4), sin humillar a nadie, sin cerrar la puerta al quebrantado. Puede entrar el que llega con su vida aparentemente ordenada y el que llega completamente destruido. La iglesia no es un museo de personas perfectas: es el lugar donde los enfermos encuentran al Médico.

Pero recibir con dignidad no es lo mismo que afirmar toda conducta. Distingamos con honestidad: una cosa es recibir a una persona, y otra es declarar que su manera de vivir agrada a Dios. Una cosa es que alguien escuche la Palabra entre nosotros, y otra es reconocerle automáticamente madurez, membresía o liderazgo. Una cosa es ofrecer gracia, y otra es renunciar al llamado al arrepentimiento. Jesús nunca necesitó aprobar el pecado de nadie para amarlo, y su iglesia tampoco. Cuando el pecado serio y persistente se instala en quien profesa a Cristo, la Escritura también ordena un proceso de corrección amorosa (Mateo 18:15-20; 1 Corintios 5), cuya meta es siempre la restauración.

La ética sexual confronta a todos

Aquí hay que decirlo con toda claridad, porque este tema se ha usado injustamente en una sola dirección: la ética sexual de la Biblia no fue diseñada para confrontar a un solo grupo. Confronta a todos. Al heterosexual y al homosexual. Al soltero y al casado. Al joven y al adulto.

Confronta la pornografía. La lujuria cultivada. El adulterio. La fornicación. La infidelidad emocional. Las prácticas sexuales fuera del diseño de Dios. El uso egoísta de otra persona. Las fantasías alimentadas deliberadamente. "Pues la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación" (1 Tesalonicenses 4:3): esa palabra alcanza cada cama, cada pantalla y cada pensamiento, no solamente los ajenos.

Por eso el cristiano no puede señalar con desprecio a una persona LGBT mientras guarda pornografía en su teléfono. No puede hablar de "defender la familia" y maltratar verbalmente a su esposa. No puede defender el matrimonio bíblico mientras adultera, ni condenar relaciones fuera del diseño de Dios mientras él mismo convive sexualmente fuera del matrimonio y considera que su caso es diferente. Y tampoco puede tratar a una persona con atracción hacia su mismo sexo como si estuviera más lejos de la gracia que cualquier otro pecador, porque no lo está: la misma oferta del evangelio, el mismo llamado al arrepentimiento y la misma promesa de 1 Corintios 6:11 son para todos.

Detente aquí

La Palabra que aplicamos a otros debe primero atravesar nuestro propio corazón.

Examina tu corazón
  • ¿Tu "amor" calla verdades que la otra persona necesita? ¿Tu "verdad" desprecia a la persona que confrontas?
  • ¿Recibirías con dignidad en tu congregación a la persona cuyo pecado más te incomoda?
  • ¿Aplicas la ética sexual bíblica con el mismo rigor a tu propia vida que a la de los demás?
  • ¿Hay alguien a quien tratas como si estuviera fuera del alcance de la gracia?
Paso de obediencia

Si hay una conversación difícil que llevas tiempo evitando por "amor", o una persona a la que has tratado con verdad pero sin amor, elige esta semana el paso que te falta: habla la verdad que callabas, con mansedumbre, o pide perdón por la dureza con que la dijiste. Gracia y verdad, juntas.

Gracia

"Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él" (Juan 3:17). Si la verdad de este capítulo te alcanzó en tu propia vida sexual o en tu manera de tratar a otros, recuerda para qué vino Cristo: no a condenarte, sino a salvarte. Ven con eso a la luz. Él no echa fuera al que viene (Juan 6:37).

Para seguir profundizando
Hazlo con Amor Cómo hablar verdad sin destruir a las personas. Corrección, gracia y amor bíblico en la práctica. Leer este eBook →
Parte III

La vida que nadie ve completamente

Capítulos 8 al 13
Capítulo 08

El cristiano del domingo

Hay una versión del cristianismo que funciona extraordinariamente bien durante unas dos horas por semana. Canta, saluda, sonríe, toma notas. El problema empieza en el estacionamiento, y se agrava el lunes a las ocho de la mañana.

Jesús dijo que el que quisiera seguirlo debía tomar su cruz "cada día" (Lucas 9:23). Pablo lo tradujo a la vida entera: "Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él" (Colosenses 3:17). Todo. No existe en la Escritura una categoría de horas "seculares" donde Cristo no reine.

Y a los trabajadores les escribió directamente:

La Palabra

"Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís."

Colosenses 3:23-24, RVR1960

El contexto original habla de siervos que trabajaban para amos terrenales, y Pablo les dice que sirvan "no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres" (Colosenses 3:22). Servir al ojo: trabajar bien solamente cuando el jefe mira. Dios ve el trabajo entero, no la parte visible.

El lunes también es culto

Bajemos esto a la semana real. ¿Cómo trabajas cuando tu jefe no está mirando? ¿Cómo tratas al empleado que no puede ofrecerte nada, al mesero, a la cajera, al que limpia? ¿Eres puntual? ¿Cobras honestamente? ¿Declaras tus impuestos con la misma fe con la que cantas? ¿Mientes para cerrar una venta? ¿Copias en un examen? ¿Robas tiempo en el trabajo mientras publicas versículos? ¿Cumples tu palabra cuando cumplirla te cuesta? ¿Tu manera de conducir cambia cuando alguien te cierra el paso? ¿Eres una persona completamente diferente en redes sociales, más dura, más burlona, más cruel de lo que jamás serías cara a cara?

Pedro les escribió a creyentes que vivían rodeados de paganos observadores: "manteniendo buena vuestra manera de vivir entre los gentiles; para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, glorifiquen a Dios en el día de la visitación, al considerar vuestras buenas obras" (1 Pedro 2:12). El mundo no lee primero nuestra Biblia. Lee primero nuestra conducta.

Y Pablo pidió una entrega sin compartimentos: "que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional" (Romanos 12:1). El culto racional no dura dos horas: dura toda la semana. El verdadero escenario de nuestra fe no es solamente el templo. Es la vida cotidiana.

Ahora, una aclaración que evita una trampa: el testimonio cristiano no consiste en parecer perfecto delante del mundo. Esa sería otra máscara, la máscara laboral. Consiste en vivir con integridad, arrepentirse visiblemente cuando fallamos y hacer restitución cuando corresponde. A veces el testimonio más poderoso en un lugar de trabajo no es la persona que nunca se equivoca, sino la que vuelve al día siguiente y dice: "ayer les hablé mal, perdónenme". El mundo está lleno de gente que aparenta. Lo que casi nunca ha visto es a alguien que se arrepiente.

Detente aquí

¿Quién eres cuando no existe una reputación cristiana que proteger?

Examina tu corazón
  • ¿Tus compañeros de trabajo o de estudio se sorprenderían al saber que eres cristiano? ¿Por qué?
  • ¿Hay prácticas en tu trabajo, negocio o estudios que no resistirían la luz?
  • ¿Tratas mejor a las personas útiles que a las personas invisibles?
  • ¿Tu versión digital y tu versión presencial son la misma persona?
  • ¿Qué harías diferente mañana si recordaras toda la jornada que "a Cristo el Señor servís"?
Paso de obediencia

Elige la parte de tu semana donde eres menos parecido a Cristo: una tarea que haces con engaño, una relación laboral donde eres duro, una deuda de puntualidad o de palabra. Esta semana, corrige esa sola cosa como un acto de adoración. Si hubo daño, repáralo; si hubo mentira, acláralo. Hazlo "como para el Señor".

Gracia

Si el lunes te ha desmentido muchas veces, no te resignes al doble estándar como si fuera tu techo. El mismo Señor del domingo camina contigo el lunes, y su Espíritu produce integridad donde nosotros solos producimos apariencia. Empieza mañana: la misericordia de Dios es nueva cada mañana, también las de lunes.

Capítulo 09

¿Quién eres cuando llegas a casa?

Tal vez este sea uno de los exámenes más difíciles del libro. Porque tu familia conoce una versión de ti que la congregación probablemente nunca conocerá.

Ellos saben cómo reaccionas cansado. Saben cómo hablas cuando estás enojado. Saben si pides perdón o si esperas que el tiempo entierre las cosas. Saben si la amabilidad que muestras en público también existe en privado, o si se queda colgada junto a las llaves al entrar por la puerta.

La espiritualidad que solamente funciona en público necesita ser examinada. ¿Qué sentido tendría que todos digan "qué hombre tan espiritual", si su esposa tiene miedo de hablarle? ¿Qué sentido tendría ministrar a otras mujeres mientras se desprecia constantemente al esposo en casa? ¿Qué sentido tendría enseñar a los jóvenes de la iglesia y deshonrar a los padres en la mesa? ¿Qué sentido tendría que los hijos vean a papá levantar las manos en la adoración y humillarlos a gritos cuando cometen un error?

La Palabra entra en las habitaciones de la casa una por una. A los esposos:

La Palabra

"Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella."

Efesios 5:25, RVR1960

Y también: "Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer [...] como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo" (1 Pedro 3:7). Lee eso despacio: hay oraciones estorbadas por la manera en que un hombre trata a su esposa. El cielo escucha lo que pasa en la cocina.

A los padres: "Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor" (Efesios 6:4). A los hijos: "Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre" (Efesios 6:1-2). Y a todos, una vara altísima sobre la provisión y el cuidado de los nuestros: "porque si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo" (1 Timoteo 5:8).

Lo que estos textos no dicen

Una aclaración necesaria, porque estos pasajes han sido torcidos: los textos sobre el matrimonio y el hogar jamás justifican dominación, control, violencia, abuso ni sometimiento al pecado. El modelo explícito del esposo es Cristo entregándose por la iglesia, no un amo exigiendo servidumbre. Donde Efesios 5 se usa para aplastar, se está predicando exactamente lo contrario de lo que dice. El énfasis bíblico del hogar es amor sacrificial, servicio, honra, cuidado, gentileza, responsabilidad, arrepentimiento y protección.

Y hay formas de destruir un hogar que no dejan marcas visibles: los gritos, la manipulación, el silencio castigador que dura días, el sarcasmo hiriente disfrazado de broma, la falta de perdón que archiva ofensas, la dureza, el control, la ausencia emocional del que está presente de cuerpo y ausente de todo lo demás, la incapacidad crónica de decir "perdóname". Todo eso también se examina delante de Dios.

Detente aquí

Tu casa no necesita una actuación de perfección. Necesita una fe auténtica que sabe pedir perdón.

Porque esa es la diferencia entre la familia de un hipócrita y la familia de un creyente en proceso: no que la segunda nunca falle, sino lo que sucede después de la falla. Padres que saben decir: "perdóname, papá reaccionó mal". Madres capaces de reconocer: "no debí hablarte así". Esposos que se arrepienten en voz alta. Hijos que aprenden a pedir perdón porque lo han visto en casa. "Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo" (Efesios 4:32).

La autenticidad cristiana no significa no equivocarse nunca. Significa que, incluso cuando nos equivocamos, Cristo gobierna la manera en que respondemos a nuestro error.

Examina tu corazón
  • ¿Tu familia reconocería al cristiano que conoce tu congregación?
  • ¿Tratas a extraños con más paciencia y cortesía que a tu cónyuge y a tus hijos?
  • ¿Cuándo fue la última vez que pediste perdón en casa, con palabras, mirando a los ojos?
  • ¿Usas tu autoridad en el hogar para servir o para controlar?
  • ¿Hay alguien bajo tu techo que tiene miedo de hablarte con franqueza?
Paso de obediencia

Hay una conversación pendiente en tu casa y tú sabes cuál es. Un perdón que nunca pediste, una dureza que nunca reconociste, una ausencia que nunca explicaste. Esta semana, tenla. Sin excusas, sin "pero tú también", sin discurso. Solamente: "me equivoqué, perdóname, quiero que Dios cambie esto en mí".

Gracia

Si este capítulo te mostró años de daño en casa, recuerda que el Dios que restaura iglesias también restaura mesas familiares. No puedes borrar el pasado, pero la gracia puede escribir un presente distinto, y los hogares perciben el cambio real más rápido que nadie. Empieza hoy: en casa, un solo "perdóname" sincero abre más puertas que mil devocionales.

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Perdón Resentimiento, reconciliación y la libertad de soltar lo que nos hicieron. Un estudio bíblico y práctico. Leer este eBook →
Capítulo 10

Lo que haces cuando nadie te ve

Hay pecados que dependen de la oscuridad. No porque Dios no pueda verlos, sino porque contamos con que otros no los descubran.

El historial que se borra. Las conversaciones que se archivan. Las contraseñas que protegen algo más que privacidad. La pornografía. El coqueteo "inofensivo". La relación emocional que sabemos que está cruzando líneas. Las cuentas ocultas. El dinero escondido. Las mentiras privadas. Los hábitos digitales de medianoche. La doble identidad en internet. Las fantasías alimentadas deliberadamente.

Sobre toda esa arquitectura del secreto, la Escritura dice una sola cosa, y la dice sin atenuantes:

La Palabra

"Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta."

Hebreos 4:13, RVR1960

David lo cantó como una realidad de la que no se puede escapar: "¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás" (Salmo 139:7-8). Y Jesús advirtió: "Porque nada hay encubierto, que no haya de descubrirse; ni oculto, que no haya de saberse" (Lucas 12:2).

Jesús también llevó la ética sexual al lugar donde nadie más puede mirar: "Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón" (Mateo 5:28). El adulterio no empieza en un hotel. Empieza en una mirada cultivada, en un clic repetido, en una fantasía alimentada. Por eso ningún examen de la vida secreta puede quedarse en lo que hacemos: alcanza lo que miramos y lo que imaginamos.

La exposición como misericordia

Ahora, la verdad de que Dios lo ve todo puede producir dos reacciones. Una es el terror que esconde mejor. La otra es la libertad del que deja de esconderse. Porque piénsalo: si Dios ya conoce exactamente aquello que escondes, y aun conociéndolo te sigue llamando al arrepentimiento, entonces no tienes nada que proteger delante de Él. La máscara es inútil ante el único que ve a través de todas las máscaras. Solamente queda una opción sensata: salir a la luz.

La Palabra

"El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia."

Proverbios 28:13, RVR1960

Adán pecó y se escondió entre los árboles. Desde entonces seguimos construyendo escondites, cada generación con mejor tecnología. Y Dios sigue haciendo la misma pregunta del huerto: ¿dónde estás tú? No porque no sepa dónde estamos, sino porque quiere que salgamos nosotros.

Salir a la luz tiene pasos concretos. Confesar a Dios, con nombres reales y sin eufemismos. Dejar de encubrir. Buscar ayuda pastoral, y ayuda profesional responsable cuando la esclavitud lo requiera. Establecer límites y rendir cuentas a alguien maduro. Cortar el acceso: "y no proveáis para los deseos de la carne" (Romanos 13:14); el que quiere dejar un pecado deja también de protegerle las condiciones. Abandonar la relación inapropiada, no "enfriarla". Aceptar consecuencias. Reparar el daño cuando sea posible.

No confundas
Medidas radicales como fruto de un arrepentimiento realno esmedidas externas como pago para comprar el perdón
Luchar contra lo que escondesno esaprender a esconderlo mejor

Estas medidas no compran el perdón. El perdón ya fue comprado en la cruz. Son, sencillamente, las respuestas coherentes de una persona que de verdad desea abandonar el pecado. Cuando alguien dice "quiero dejarlo" pero conserva intactas todas las puertas de acceso, todavía está negociando.

Examina tu corazón
  • ¿Existe una versión de ti que solamente vive en lo secreto?
  • ¿Qué borrarías ahora mismo si supieras que alguien va a revisar tu teléfono?
  • ¿Estás luchando contra lo que escondes, o solamente administrándolo?
  • ¿Hay una relación, una cuenta, un hábito, al que le sigues protegiendo el acceso?
  • ¿A quién le rindes cuentas de verdad? ¿Alguien tiene permiso de preguntarte lo incómodo?
Paso de obediencia

Rompe hoy una sola condición de tu pecado secreto: borra el contacto, cierra la cuenta, instala el filtro, entrega la contraseña a alguien de confianza, corta la suscripción, confiésalo a un hermano maduro. Una sola puerta cerrada hoy vale más que diez promesas para enero.

Gracia

El versículo no termina en "no prosperará". Termina en "alcanzará misericordia". Esa es la promesa para el que confiesa y se aparta: no la humillación, sino la misericordia. Dios no expone tu secreto para destruirte. Lo expone porque la luz es el único lugar donde las heridas sanan.

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Lujuria La batalla que pocos quieren nombrar pero que muchos están perdiendo. Un estudio directo desde las palabras de Jesús. Leer este eBook →
Capítulo 11

De la misma boca

Si quieres saber lo que hay en un vaso, sacúdelo y mira lo que se derrama. Si quieres saber lo que hay en un corazón, escúchalo cuando lo sacuden.

Este es el capítulo que más me confronta a mí, y probablemente el que más nos confronta a todos. Porque muchos creyentes jamás cometeríamos en público los pecados que consideramos escandalosos, pero destruimos personas todos los días con la boca, y lo hemos normalizado tanto que ya ni lo notamos.

Santiago dedica un capítulo entero a la lengua, y lo construye con imágenes inolvidables. La lengua es como el freno en la boca del caballo y como el timón de un barco: algo pequeñísimo que gobierna algo enorme; quien domina la lengua gobierna el rumbo entero de su vida (Santiago 3:2-5). Es como el fuego: una chispa que incendia un bosque; un comentario de treinta segundos puede quemar una reputación de treinta años (Santiago 3:5-6). Es indomable para el hombre: toda bestia se amansa, "pero ningún hombre puede domar la lengua" (Santiago 3:7-8); solamente el Espíritu puede. Y es una fuente y un árbol: de la misma abertura no puede brotar agua dulce y amarga, ni la higuera produce aceitunas (Santiago 3:11-12); si de la boca sale veneno con esa facilidad, hay que preguntar qué hay en el manantial.

Y en el centro del capítulo, la contradicción que da título a este capítulo:

La Palabra

"Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios. De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así."

Santiago 3:9-10, RVR1960

Qué retrato tan exacto de nuestra hipocresía. Domingo: "¡te adoro, Señor!". Lunes: "¿supiste lo que hizo fulano?". Domingo: "Dios es bueno". Martes: enterramos la reputación de alguien. Domingo: cantamos del amor. Miércoles: insultamos al cónyuge. Domingo: oramos por un hermano. Jueves: nos burlamos de él. De la misma boca.

Jesús explicó por qué la lengua es el termómetro más confiable del corazón: "Porque de la abundancia del corazón habla la boca" (Mateo 12:34). La boca no inventa: derrama. Por eso añadió: "Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio" (Mateo 12:36). El contexto de esa advertencia no busca producir una obsesión enfermiza con cada sílaba: busca despertarnos a esta realidad: las palabras importan porque revelan el corazón, y Dios las toma en cuenta.

El chisme y sus disfraces

No todo chisme comienza con "voy a contarte un chisme". Los más eficaces comienzan así: "te lo digo para que ores". "No debería decirte esto, pero...". "Entre nosotros...". "No estoy juzgando, solamente digo...". "Me preocupa mucho esa persona...". Y cinco minutos después hemos contado algo que no nos correspondía contar, con el agravante de haberlo vestido de espiritualidad.

¿Cómo distinguir la preocupación genuina del chisme disfrazado? Por lo que busca. La preocupación genuina busca restauración y ayuda: habla con la persona, o con quien puede ayudarla, y con nadie más. El chisme busca información, entretenimiento, alianza o superioridad: habla con todos menos con la persona. Proverbios lo retrata sin piedad: "El hombre perverso levanta contienda, y el chismoso aparta a los mejores amigos" (Proverbios 16:28). Y ofrece el remedio más simple del mundo: "Sin leña se apaga el fuego, y donde no hay chismoso, cesa la contienda" (Proverbios 26:20). Cada uno de nosotros decide, conversación por conversación, si es leña o si es agua.

La crítica como estilo de vida

Hay personas que encuentran defectos en absolutamente todo: la prédica, la música, el pastor, los hermanos, los jóvenes, los ancianos, la organización. Discernir no es malo; hay cosas que deben corregirse. Pero cuando el corazón se acostumbra a buscar primero qué está mal, la crítica deja de ser discernimiento y se vuelve identidad. Y el experto en defectos ajenos suele ser ciego profesional de los propios.

El sarcasmo que hiere

Digámoslo con honestidad: no todo sarcasmo es pecado, y el humor es un regalo de Dios. Pero el sarcasmo también puede convertirse en una forma socialmente aceptada de humillar, descargar resentimiento e insultar, con salida de emergencia incluida: "era un chiste". Las preguntas que lo desenmascaran son sencillas. ¿Utilizo el humor para avergonzar? ¿Digo riendo lo que no me atrevería a decir en serio? ¿Mis bromas edifican o dejan heridos? ¿Mi familia ha aprendido a temer mis comentarios? Aquí también me incluyo: hay maneras de hablar que normalizamos culturalmente y que el Espíritu Santo todavía necesita transformar en nosotros.

Vulgaridad y dobles sentidos

La Palabra

"Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes."

Efesios 4:29, RVR1960

Pablo añade en la misma carta: "ni palabras deshonestas, ni necedades, ni truhanerías, que no convienen, sino antes bien acciones de gracias" (Efesios 5:4). Y a los colosenses: "Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca" (Colosenses 3:8).

El punto no es construir una lista legalista de palabras prohibidas y vivir de policía del vocabulario ajeno. El punto son los principios: pureza, edificación, gratitud, dominio propio, dignidad, consideración por el que escucha, testimonio, intención del corazón. Nuestra conversión también debe llegar al vocabulario. No podemos reducir la santidad a "yo no adultero" mientras la boca vive sin freno. Santiago cierra esa puerta: "Si alguno se cree religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino que engaña su corazón, la religión del tal es vana" (Santiago 1:26). Vana. Vacía. Toda la actividad religiosa anulada por una lengua sin gobierno.

El poder de callar y el deber de hablar

Proverbios está lleno de sabiduría sobre la economía de las palabras: "En las muchas palabras no falta pecado; mas el que refrena sus labios es prudente" (Proverbios 10:19). "Hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada; mas la lengua de los sabios es medicina" (Proverbios 12:18). "La blanda respuesta quita la ira; mas la palabra áspera hace subir el furor" (Proverbios 15:1). "La muerte y la vida están en poder de la lengua" (Proverbios 18:21). Y Santiago resume el ritmo del sabio: "todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse" (Santiago 1:19).

A veces la victoria espiritual más grande del día es cerrar la boca. No responder. No enviar ese mensaje. No publicar ese comentario. No contar lo que acabamos de escuchar. No ganar la discusión. Respirar, orar y decidir: "esto no va a salir de mi boca".

Pero cuidado con el otro extremo: hablar con amor no significa evitar todas las conversaciones difíciles. Jesús confrontó. Los apóstoles corrigieron. Hay silencios que también son pecado: el silencio del que no advierte, del que no defiende, del que no dice la verdad que ama. Antes de hablar, las preguntas no son solamente "¿tengo razón?". Son: ¿es verdadero? ¿Es necesario? ¿Me corresponde decirlo a mí? ¿Busco restaurar o solamente comentar? ¿Lo diría con la persona presente? ¿Es este el momento? ¿Estoy hablando con amor? ¿Estoy dispuesto a hacerme responsable de lo que digo? Y la definitiva: ¿estoy hablando como alguien cuyo Señor es Jesucristo?

Este capítulo también me confronta a mí. Yo también necesito examinar mis palabras, mis reacciones, mi sarcasmo, aquello que digo sin pensar y todo lo que no refleja a Cristo. No escribo esto desde una posición de perfección. Necesito que el Señor siga poniendo guarda sobre mi boca.

Detente aquí

Si alguien grabara todas tus conversaciones de esta semana y las escuchara tu iglesia, ¿cambiaría lo que piensan de ti?

Examina tu corazón
  • ¿Bendices a Dios y después destruyes personas hechas a su semejanza?
  • ¿Participas en chismes? ¿Los disfrazas de peticiones de oración o de preocupación?
  • ¿Tu humor deja heridos? ¿Tu familia teme tus comentarios?
  • ¿Hablas con vulgaridad o dobles sentidos que no dirías delante de Jesús?
  • ¿Hay alguna palabra tuya que otra persona todavía carga años después?
  • ¿Necesitas pedir perdón por algo que dijiste? ¿A quién?
Paso de obediencia

Elige una acción y hazla esta semana: detén un chisme en el momento ("mejor hablemos con ella directamente"); no reenvíes ese rumor; borra el comentario cruel; pide perdón por aquella frase, aunque haya pasado tiempo; corrige públicamente la mentira que dijiste en público; guarda el secreto que te confiaron. Y cada mañana, una oración de una línea: "Señor, pon guarda sobre mi boca hoy".

Gracia

Ningún hombre puede domar la lengua, dijo Santiago. Esa frase no es una condena: es un diagnóstico que nos empuja al único que sí puede. El mismo Espíritu que llenó de alabanza bocas pescadoras en Pentecostés puede santificar la tuya. La lengua indomable para ti no es indomable para Él.

Capítulo 12

Pecados respetables

Hay pecados que escandalizan a una congregación entera en un solo domingo. Y hay otros que pueden vivir décadas dentro de la misma congregación, sentados en primera fila, sin que nadie levante una ceja.

El orgullo. La arrogancia doctrinal del que siempre corrige y nunca es corregido. La comparación constante. La envidia y los celos ministeriales. La ambición egoísta. La avaricia y el amor al dinero. El resentimiento cultivado. La falta de perdón con memoria de archivo. La amargura. El favoritismo. El desprecio al pobre. El racismo y el clasismo. El desprecio por nacionalidad, educación o condición social. La falta de misericordia. La frialdad. La indiferencia.

¿Por qué toleramos todo eso? Porque nosotros también hemos creado categorías: pecados escandalosos y pecados respetables. El problema es que Dios no consulta nuestra clasificación.

Jesús contó una historia quirúrgica sobre este tema:

La Palabra

"Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano."

Lucas 18:10-12, RVR1960

Fíjate en el detalle más incómodo: probablemente todo lo que el fariseo dijo de sí mismo era cierto. De verdad ayunaba. De verdad diezmaba. De verdad no robaba. Sus datos eran correctos; su corazón estaba podrido. Su obediencia se había convertido en la plataforma desde donde despreciaba a otro hombre. Oraba "consigo mismo": su oración no subía, rebotaba.

Mientras tanto, el publicano, un colaborador del imperio, socialmente despreciable, "estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador". Y Jesús concluyó: "Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro" (Lucas 18:13-14).

Y aquí viene la trampa en la que no podemos caer al leer esta parábola: terminarla pensando "gracias, Dios, porque no soy como ese fariseo". Eso sería repetir su oración con otro villano. La parábola no nos da un nuevo grupo al que despreciar. Nos quita para siempre el derecho a despreciar.

Lo más importante de la ley

Jesús acusó a los fariseos de colar el mosquito y tragarse el camello: meticulosos con el diezmo de la menta, negligentes con "lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe" (Mateo 23:23). Esa acusación redefine la santidad. La santidad no es solamente pureza sexual. También es cómo tratas al débil. Es honestidad, generosidad, reconciliación, humildad, compasión.

Miqueas lo había resumido siglos antes: "Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios" (Miqueas 6:8). Y Santiago aterrizó la acepción de personas en la puerta de la iglesia: si entra uno con anillo de oro y le damos el buen asiento, y entra el pobre y lo mandamos a estar de pie, "¿no hacéis distinciones entre vosotros mismos, y venís a ser jueces con malos pensamientos?" (Santiago 2:4). Una iglesia de Jesucristo tiene que ser el lugar donde la dignidad de una persona no dependa de lo que puede aportar.

La Escritura también manda arrancar de raíz lo que dejamos crecer por respetable: "Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia" (Efesios 4:31). Y advierte: "Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados" (Hebreos 12:15). La amargura no se queda quieta: contamina a muchos. Pablo incluso pone la avaricia en la misma lista que la inmoralidad sexual y la llama por su nombre verdadero: "y avaricia, que es idolatría" (Colosenses 3:5).

No confundas
Conducta externa correcta con corazón humilladono esconducta externa correcta usada como plataforma de desprecio
Santidad que incluye justicia y misericordiano essantidad reducida a una lista de pecados sexuales ajenos
Examina tu corazón
  • ¿Cuál de los pecados "respetables" de la lista vive contigo desde hace años?
  • ¿Tu oración se parece más a la del fariseo o a la del publicano?
  • ¿A quién desprecias en silencio: por su pasado, su pobreza, su nacionalidad, su nivel?
  • ¿Hay una amargura echando raíces en ti? ¿Contra quién?
  • ¿Cuánto pesa el dinero en tus decisiones comparado con lo que pesa Dios?
Paso de obediencia

Haz esta semana lo contrario de tu pecado respetable. Si es avaricia: da con generosidad concreta. Si es desprecio: honra públicamente a la persona que despreciabas. Si es amargura: da el primer paso de reconciliación. Si es orgullo doctrinal: pide que te corrijan y escucha sin defenderte. El pecado respetable solamente muere cuando lo tratamos como pecado.

Gracia

El publicano descendió a su casa justificado con una sola frase: "Dios, sé propicio a mí, pecador". Sigue siendo así de directo. No hay currículum que presentar ni categoría que alcanzar: hay un Dios propicio para el que baja la cabeza. Cuanto más comprendemos esa gracia, menos espacio queda para sentirnos superiores a nadie.

Capítulo 13

Cuando sabes hacer el bien y no lo haces

Nuestra definición práctica del pecado suele concentrarse en lo que hacemos: "no robé, no adulteré, no mentí". Con esa lista, cualquiera puede irse a dormir tranquilo. Pero Santiago añade una dimensión que desarma esa tranquilidad:

La Palabra

"Y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado."

Santiago 4:17, RVR1960

El pecado no es solamente hacer lo malo. También es negarse a hacer el bien que sabemos que debemos hacer. Los teólogos lo llaman pecado de omisión, pero no hace falta el término técnico: todos conocemos la escena. La necesidad que vimos y esquivamos. La llamada que nunca hicimos. El perdón que retuvimos. La ayuda que pudimos dar y guardamos. Proverbios lo prohíbe expresamente: "No te niegues a hacer el bien a quien es debido, cuando tuvieres poder para hacerlo" (Proverbios 3:27).

Jesús contó una historia entera sobre este pecado. En la parábola del buen samaritano (Lucas 10:25-37), los dos personajes religiosos, el sacerdote y el levita, no golpearon al herido. No lo robaron. No le hicieron absolutamente nada. Ese es exactamente el punto: no le hicieron nada. Vieron la necesidad y pasaron de largo, probablemente con buenas razones religiosas en la cabeza. El que agradó a Dios fue el que se bajó, se acercó, gastó su aceite, su vino, su dinero y su tiempo.

Y en Mateo 25, en el cuadro del juicio, lo que Jesús menciona no son solamente pecados cometidos, sino bienes omitidos: tuve hambre y no me disteis de comer, fui forastero y no me recogisteis, estuve enfermo y en la cárcel y no me visitasteis (Mateo 25:42-43). "En cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis" (Mateo 25:45).

La fe que se ve en hechos

Santiago define la religión pura con dos movimientos concretos: "visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo" (Santiago 1:27). Pureza personal y misericordia práctica, juntas. Y advierte que la fe sin obras está muerta: si un hermano tiene hambre y le decimos "id en paz, calentaos y saciaos", pero no le damos lo necesario, "¿de qué aprovecha?" (Santiago 2:15-16).

Juan hace la conexión con la cruz: "En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos" (1 Juan 3:16). Y baja inmediatamente al bolsillo: "Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad" (1 Juan 3:17-18).

Una aclaración doctrinal, para no torcer el capítulo: nada de esto enseña salvación por obras sociales. El amor práctico no compra el cielo; es el fruto natural de haber recibido el amor de Dios. El samaritano de la parábola no se salvó por el aceite y el vino. Pero el que ha sido amado así por Cristo, y puede cerrar su corazón ante la necesidad sin que nada se mueva por dentro, tiene una pregunta seria que hacerse.

Detente aquí

En el examen final de tu vida no solamente aparecerá lo que hiciste. También aparecerá lo que pudiste hacer y decidiste no hacer.

Examina tu corazón
  • ¿Qué necesidad concreta viste esta semana y esquivaste?
  • ¿Pude ayudar y decidí ignorar? ¿Pude perdonar y preferí conservar mi orgullo?
  • ¿Pude defender a alguien y me quedé callado? ¿Pude compartir y cerré mi corazón?
  • ¿Estoy esperando que el otro dé el primer paso en una reconciliación que yo puedo iniciar?
  • ¿A quién debía visitar, llamar o acompañar desde hace tiempo?
Paso de obediencia

Piensa en el "herido en el camino" que Dios ya puso delante de ti: esa persona que sabes que te toca ayudar y has estado rodeando. Esta semana, bájate del camello: haz la visita, la llamada, la transferencia, la invitación, el primer paso de reconciliación. Sin anunciarlo. Hazlo de hecho y en verdad.

Gracia

Antes de ser mandato, esta es la historia de lo que Dios hizo contigo: tú eras el herido del camino, y Cristo no pasó de largo. Se bajó, pagó tu cuenta completa y prometió volver. El bien que ahora haces no es una cuota: es la gratitud de un rescatado que aprendió el gesto de su Rescatador.

Parte IV

Fruto, arrepentimiento y esperanza

Capítulos 14 y 15
Capítulo 14

Por sus frutos los conoceréis

Después de trece capítulos de examen, alguien podría preguntar con toda razón: entonces, ¿cómo se reconoce una fe verdadera? Jesús respondió esa pregunta con una imagen agrícola: "Por sus frutos los conoceréis [...] Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos" (Mateo 7:16-17).

Para usar bien esa imagen hay que distinguir la raíz del fruto, y no confundirlas jamás.

La raíz es la gracia de Dios, la obra de Cristo y la fe. Somos salvos por gracia mediante la fe, no por obras (Efesios 2:8-9). Nadie se convierte en árbol bueno produciendo frutos: el orden es exactamente el contrario.

El fruto es lo que la vida nueva produce: obediencia, transformación, amor, dominio propio, misericordia, perseverancia. El fruto no compra la salvación. El fruto evidencia vida. Un árbol no produce fruto para convertirse en árbol. Produce fruto porque tiene vida.

La Palabra

"Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer."

Juan 15:5, RVR1960

Jesús no dijo "esfuércense por fabricar uvas". Dijo permaneced. El pámpano no produce por tensión sino por conexión. Toda la presión de la vida cristiana no está en apretar los dientes, sino en permanecer unidos a la vid: en su Palabra, en la oración, en su pueblo, en la obediencia diaria. "En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos" (Juan 15:8).

El fruto del Espíritu se prueba en relaciones

La Palabra

"Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley."

Gálatas 5:22-23, RVR1960

Recorre la lista y nota algo: casi todo el fruto del Espíritu es relacional, y casi todo se prueba en el conflicto. Es fácil parecer paciente cuando nadie te molesta: la paciencia aparece cuando alguien la prueba. Es fácil hablar de amor cuando nadie te ha herido: el amor se revela cuando amar cuesta. Es fácil predicar dominio propio cuando nada te tienta: la templanza se demuestra cuando el deseo empuja y el Espíritu gobierna. Por eso el fruto no se mide en el culto, donde todos nos portamos bien, sino en la cocina, en el tráfico, en la oficina y en la discusión de anoche.

Juan añade la evidencia de la obediencia: "Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos" (1 Juan 2:3). Y Pablo describe la vida del Espíritu como una guerra presente: "Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne [...] Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne" (Gálatas 5:17,16). La existencia de esa guerra en ti no es mala señal. Los muertos no batallan.

Cómo examinar el fruto sin enfermarse

Aquí hay dos zanjas a los lados del camino, y este capítulo quiere sacarte de ambas.

La primera zanja es la obsesión: el creyente sensible que cada noche audita su día con una hoja de cálculo, buscando en sus obras la seguridad que solamente Cristo puede dar. A ese hay que decirle: tu seguridad no descansa en tu perfección; descansa en Cristo. El fruto no se mide por días sino por estaciones. No exijas cosecha de septiembre en el mes de marzo. La pregunta no es "¿fui perfecto hoy?", sino "¿hay crecimiento real comparado con quien yo era?": ¿soy más rápido para arrepentirme? ¿Perdono con mayor disposición? ¿Estoy dejando de justificar cosas que antes defendía? ¿Me duele el pecado? ¿Dependo más de Cristo? Crecimiento imperfecto sigue siendo crecimiento.

La segunda zanja es la trivialización: el que lleva años sin ningún arrepentimiento, ninguna transformación, ninguna hambre de Dios, ninguna batalla contra el pecado, y silencia cada advertencia con "no soy perfecto, pero Dios conoce mi corazón". A ese hay que decirle con amor: Jesús no dijo "por su sinceridad los conoceréis". Dijo por sus frutos. Una viña que en diez años no ha dado una sola uva no necesita un calendario más largo: necesita preguntarse si está unida a la vid.

No confundas
Fruto imperfecto pero crecienteno esausencia total de fruto excusada con "nadie es perfecto"
Examinar el fruto para confirmar la obra de Diosno escontar obras para calcular si ya compraste el cielo

Y no exijamos a todos el mismo ritmo: el Señor de la viña sabe la edad de cada planta. Hay recién convertidos con fruta verde y veteranos con ramas cargadas, y el mismo Espíritu obra en ambos. Lo que la Escritura no permite trivializar es la ausencia total y cómoda de todo fruto, porque "la gracia de Dios se ha manifestado para salvación [...] enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente" (Tito 2:11-12). La gracia que salva también enseña. Si no está enseñando nada, hay que preguntarse qué gracia es esa.

Examina tu corazón
  • Comparado con hace tres años, ¿hay más paciencia, más perdón, más dominio propio en ti?
  • ¿Tu fruto se ve en tus relaciones más difíciles, o solamente en los ambientes cómodos?
  • ¿Estás permaneciendo en la vid: Palabra, oración, congregación, obediencia?
  • ¿Buscas tu seguridad en tus obras o en Cristo?
  • ¿Hay alguna área de tu vida con años de sequía total que has aprendido a excusar?
Paso de obediencia

Identifica tu rama más seca: la relación o el área donde menos fruto del Espíritu se ve. Esta semana, llévala a la vid: ora por ella cada día con nombre propio, ponte bajo la Palabra en ese punto exacto, y da un paso de obediencia concreto en esa área. El fruto no se fabrica, pero la permanencia sí se decide.

Gracia

El Padre de la parábola no es un inspector con tijeras ansiosas: es el labrador que limpia el pámpano que lleva fruto "para que lleve más fruto" (Juan 15:2). Si hoy encontraste poco fruto, no te arranques de la vid: acércate más a ella. La savia hace lo que la culpa nunca pudo.

Para seguir profundizando
¿Realmente Vive El Espíritu Santo En Ti? La evidencia bíblica de una transformación genuina. Fruto del Espíritu, dones, Mateo 7 y autoexamen. Leer este eBook →
Capítulo 15

Caer no es lo mismo que rendirse

Este capítulo es absolutamente necesario. Porque después de tanto examen, el creyente sincero podría cerrar el libro con la conclusión equivocada: "entonces estoy perdido, porque yo todavía fallo".

Escucha con atención: la lucha contra el pecado no demuestra ausencia de vida espiritual. En muchas ocasiones, hay lucha precisamente porque el Espíritu está obrando. Antes podías pecar tranquilo; ahora algo dentro de ti se duele. Antes justificabas; ahora confiesas. Antes no había guerra; ahora la hay (Gálatas 5:17). Los cadáveres no pelean. Que haya batalla es señal de que hay vida.

Juan escribió a creyentes estas dos frases seguidas, y las necesitamos juntas:

La Palabra

"Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad."

1 Juan 1:8-9, RVR1960

Y enseguida: "Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo" (1 Juan 2:1). La meta es no pecar. Y para cuando caemos, hay un Abogado. El evangelio nunca nos deja elegir entre tomar el pecado en serio y tener esperanza: nos da las dos cosas a la vez.

Dos corazones ante la misma caída

La diferencia decisiva no está en si caes, sino en lo que tu corazón hace con la caída. Compara los dos caminos.

El corazón convicto: reconoce el pecado sin maquillarlo; deja de defenderlo; lo confiesa a Dios con nombres reales; busca a Cristo; acepta la corrección; toma medidas concretas; desea la restauración. "Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse" (2 Corintios 7:10).

El corazón endurecido: minimiza ("no es para tanto"); culpa a otros; cambia la definición ("los tiempos cambiaron", "yo soy así"); usa la gracia como excusa; se niega a escuchar; protege sus oportunidades de continuar; en el fondo, no desea abandonar la conducta. Puede sentir culpa, vergüenza y hasta llorar. Pero el remordimiento no es arrepentimiento: Judas sintió remordimiento.

No confundas
Caer, dolerse y correr de regreso a Cristono eshacer las paces con el pecado y protegerlo
"Señor, volví a fallar, perdóname, no quiero esto"no es"Dios sabe que soy así, tendrá que aceptarlo"
Convicción que empuja hacia Diosno escondenación que aleja de Dios

Pedro: la caída no fue la última palabra

La noche del arresto, Pedro negó a Jesús tres veces, con juramentos, delante de testigos, exactamente como el Señor le había advertido. Lucas registra el momento más doloroso del evangelio: "Vuelto el Señor, miró a Pedro [...] Y Pedro, saliendo fuera, lloró amargamente" (Lucas 22:61-62). Fue una caída gravísima, pública, repetida.

Y sin embargo, junto a las brasas de otra fogata, el Resucitado le preguntó tres veces: "¿me amas?", y tres veces le devolvió el llamado: "Apacienta mis ovejas" (Juan 21:15-17). Una pregunta por cada negación. La gracia no fingió que la caída no ocurrió: la trató, la sanó y le confió a Pedro una responsabilidad nueva. Esa es la manera de Dios: ni negar el pecado, ni desechar al arrepentido.

David recorrió el mismo camino después de su pecado. Mientras calló, se le envejecieron los huesos (Salmo 32:3). Cuando confesó, encontró perdón: "Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad [...] y tú perdonaste la maldad de mi pecado" (Salmo 32:5). Su oración de regreso sigue siendo la nuestra: "Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí" (Salmo 51:10). Hubo perdón real y hubo también consecuencias reales que David cargó por años: la gracia no es una goma de borrar la historia; es la presencia de Dios redimiendo la historia.

Qué es, entonces, el arrepentimiento

No es solamente llorar. No es solamente sentir vergüenza. No es solamente temer las consecuencias. No es solamente prometer que no volverá a suceder. El arrepentimiento bíblico incluye reconocer, confesar, volverse a Dios, abandonar la práctica, producir frutos coherentes (Lucas 3:8; Hechos 26:20) y reparar cuando corresponda. Nada de eso compra el perdón: el perdón es gratuito porque a Cristo le costó todo. Pero el arrepentimiento verdadero se nota, como se nota el viento: no lo ves, pero mueve las ramas.

La Palabra

"Porque siete veces cae el justo, y vuelve a levantarse; mas los impíos caerán en el mal."

Proverbios 24:16, RVR1960

¿Caíste? Levántate. ¿Volviste a caer? Corre otra vez a Cristo. ¿Necesitas ayuda? Pídela. ¿Necesitas confesar? Confiesa. ¿Necesitas cortar algo? Córtalo hoy: "si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis" (Romanos 8:13). Pero no conviertas tu caída en tu identidad, ni uses la gracia como excusa para quedarte en el suelo.

Y sostén esta promesa con las dos manos: "Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús" (Romanos 8:1). "El que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo" (Filipenses 1:6). Dios termina lo que empieza. Tu santificación no es un proyecto tuyo que Dios observa: es un proyecto de Dios en el que tú colaboras, "porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad" (Filipenses 2:13).

Examina tu corazón
  • Cuando caes, ¿corres hacia Dios o te escondes de Él por semanas?
  • ¿Tu tristeza por el pecado produce cambios, o solamente alivio cuando pasa la vergüenza?
  • ¿Hay alguna caída que convertiste en identidad: "yo soy así y ya"?
  • ¿Estás usando "nadie es perfecto" como analgésico para no abandonar nada?
  • ¿Crees de verdad que hay un Abogado para ti, o vives bajo una condenación que Cristo ya cargó?
Paso de obediencia

Haz hoy la oración del Salmo 32: declara a Dios el pecado que llevas callado, sin excusas y sin eufemismos, y recibe por fe lo que el versículo promete: "y tú perdonaste la maldad de mi pecado". Después, cuéntaselo a un hermano maduro que pueda acompañarte. El pecado confesado a medias se queda vivo; el pecado sacado a la luz empieza a morir.

Gracia

No necesitas construir una máscara más convincente. Necesitas salir a la luz y correr a Cristo. El Abogado no defiende personajes: defiende personas, con nombre, con historia y con caídas reales. Y no ha perdido un solo caso de los que el Padre le dio.

Para seguir profundizando
Santidad: Apartados para Dios Ni legalismo ni rendirse ante el pecado. Justificación, santificación y qué hacer cuando volvemos a caer. Leer este eBook →
Conclusión

Quítate la máscara

Tal vez comenzaste este libro pensando en los hipócritas. Tal vez hasta tenías nombres. Espero que a estas alturas tengas uno diferente: el tuyo. Yo tengo el mío.

Porque después de mirar la Palabra de frente, ninguno de nosotros puede salir diciendo "qué bueno que yo no soy como ellos". Esa fue exactamente la oración del fariseo. Nuestra respuesta tiene que parecerse a la otra: "Dios, sé propicio a mí, pecador".

Al cerrar, hay dos conclusiones equivocadas que debemos rechazar con la misma firmeza.

La primera: "soy una persona terrible y no hay esperanza para mí". Falso. Si la Palabra te alcanzó, es porque Dios te está tratando, y Dios no diagnostica para condenar sino para sanar. La convicción de pecado es la puerta de entrada de la gracia, no la antesala del abandono.

La segunda: "Dios me ama, así que no importa cómo viva". También falsa. El amor de Dios no es indiferencia. Cristo no murió para perfeccionar nuestra apariencia ni para financiar nuestra rebeldía: murió para reconciliarnos con Dios y crear un pueblo nuevo, "celoso de buenas obras" (Tito 2:14).

La conclusión bíblica es otra: "Necesito a Cristo. Hay cosas que debo rendir. Gracias a Dios todavía puedo arrepentirme. Quiero parecerme más a Jesús."

Piénsalo: no tiene ningún sentido actuar delante de quien ya conoce el corazón. Dios no se impresiona con la máscara y no se escandaliza con la verdad: la conoce completa desde antes de que naciéramos, y aun así entregó a su Hijo. Esconderse solamente prolonga la esclavitud. Confesar abre la puerta de la restauración.

La Palabra

"Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí."

Gálatas 2:20, RVR1960

Esa es la vida cristiana real: no un personaje mejor actuado, sino una vida crucificada y otra recibida. El evangelio no nos invita a salvarnos a nosotros mismos: separados de Cristo nada podemos hacer (Juan 15:5). Dios produce el querer y el hacer (Filipenses 2:13). Y la gracia que nos justificó no abandona la obra: nos disciplina, nos poda y nos lleva a la meta, "puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe" (Hebreos 12:1-2).

Por eso, después de quince capítulos de confrontación, la solución no puede ser "construye una máscara más convincente".

La solución es: quítate la máscara.

Puedes decirle hoy: "Señor, esto soy. Esta es mi lucha. Esto escondo. Esta es mi boca. Este es mi orgullo. Este es mi resentimiento. Esta es mi doble vida. Necesito que me cambies". Ahí comienza algo hermoso.

Gracia

Porque Cristo no vino para salvar personajes. Vino para salvar personas.

Examen final del corazón

Antes de cerrar este libro

No respondas rápido. No respondas lo que contestaría "un buen cristiano". Quédate a solas con Dios.

Tu relación con Cristo
  • ¿Conoces a Cristo o solamente conoces información acerca de Él?
  • ¿Lees la Escritura para ser transformado o solamente para enseñar?
  • ¿Oras cuando nadie te escucha?
  • ¿Existe arrepentimiento? ¿Existe fruto? ¿Existe hambre por Dios?
  • ¿Cristo está gobernando tus decisiones?
Tu vida privada
  • ¿Existe una versión de ti que solamente aparece cuando nadie de la iglesia está presente?
  • ¿Haces en secreto cosas que negarías públicamente?
  • ¿Estás luchando contra lo que escondes o solamente aprendiendo a esconderlo mejor?
  • ¿Existe algo que sabes que debes confesar?
Tu boca
  • ¿Bendices a Dios y después destruyes personas?
  • ¿Participas en chismes? ¿Los disfrazas de petición de oración?
  • ¿Utilizas sarcasmo para herir? ¿Hablas vulgarmente? ¿Utilizas dobles sentidos?
  • ¿Insultas cuando te enojas? ¿Has destruido la reputación de alguien?
  • ¿Necesitas pedir perdón? ¿Tus palabras edifican?
Tu familia
  • ¿Tu familia reconocería al mismo cristiano que conoce tu congregación?
  • ¿Tratas con más paciencia a extraños que a tu cónyuge?
  • ¿Tus hijos ven el carácter de Cristo en ti?
  • ¿Sabes pedir perdón en casa?
  • ¿Utilizas tu autoridad para servir o para controlar?
Tu sexualidad
  • ¿Condenas pecados sexuales ajenos mientras practicas otros en secreto?
  • ¿Consumes pornografía? ¿Mantienes conversaciones inapropiadas?
  • ¿Estás cruzando límites emocionales o sexuales?
  • ¿Estás intentando reinterpretar la Palabra para conservar algo que no deseas entregar?
Tu dinero e integridad
  • ¿Eres honesto cuando nadie puede auditarte?
  • ¿Mientes para obtener beneficio? ¿Debes reparar algún daño?
  • ¿Has convertido el dinero en tu seguridad? ¿Eres generoso?
  • ¿Tratas de manera diferente al rico y al pobre?
Tu iglesia y tu servicio
  • ¿Sirves para glorificar a Cristo o para recibir reconocimiento?
  • ¿Te molesta cuando otro es reconocido?
  • ¿Criticas constantemente? ¿Has confundido discernimiento con una personalidad crítica?
  • ¿Amas solamente a quienes piensan como tú?
  • ¿Hay diferencia entre tu ministerio público y tu carácter privado?
La corrección
  • ¿Escuchas cuando alguien te confronta? ¿Te examinas?
  • ¿O inmediatamente atacas al mensajero?
  • ¿Qué área de tu vida llevas años defendiendo?
La pregunta final

Supongamos que mañana desapareciera de tu vocabulario la palabra "cristiano". No pudieras decirle a nadie que eres creyente. No pudieras publicar versículos ni mencionar tu iglesia. Solamente pudieran observar tu vida: tu matrimonio, tus palabras, tu trabajo, tu dinero, tus decisiones, tu manera de perdonar, tu trato hacia el débil y tu comportamiento cuando nadie te aplaude. ¿Terminarían descubriendo que perteneces a Cristo?

No respondas demasiado rápido.

Gracia

Si estas preguntas expusieron algo, Dios no te está invitando a esconderte de Él. Te está llamando a regresar. La convicción es una puerta, no una sentencia.

Llamado final

No desperdicies esta incomodidad

No sé cuál de estas páginas te incomodó. Pero quiero pedirte que no desperdicies esa incomodidad. Si la Palabra de Dios ha expuesto algo, no lo cubras de nuevo. Si el Espíritu Santo está trayendo convicción, no endurezcas tu corazón.

Este llamado tiene dos destinatarios. Encuéntrate en el tuyo.

Si conoces religión, pero nunca has nacido de nuevo

Tal vez este libro te mostró algo que sospechabas hace tiempo: tienes iglesia, vocabulario, costumbres, tal vez hasta años de asistencia, pero nunca ha habido un encuentro real con Jesucristo. Conoces religión, pero no lo conoces a Él.

La invitación del evangelio es para ti, hoy. Reconoce tu pecado delante de Dios, sin defenderlo. Abandona la confianza en tus propias obras: no alcanzan, nunca alcanzaron (Efesios 2:8-9). Arrepiéntete: "El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio" (Marcos 1:15). Y cree en Jesucristo, el Hijo de Dios que murió por nuestros pecados y resucitó:

La Palabra

"Que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. [...] porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo."

Romanos 10:9,13, RVR1960

Si quieres expresarlo en oración, hazlo con tus propias palabras: reconoce tu pecado, pídele perdón, confiésalo como Señor de tu vida y entrégale el gobierno de todo. No son palabras mágicas: Dios mira el corazón que se rinde, no la fórmula que se repite. Después, no camines solo: busca una iglesia donde se predique la Biblia, habla con un pastor, bautízate y comienza la vida de discípulo. Naciste para esto.

Tu siguiente paso
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Si eres creyente, pero hay un área sin rendir

Tal vez tú sí conoces a Cristo, y precisamente por eso este libro te dolió: el Espíritu puso el dedo sobre una doble vida, una lengua sin freno, un secreto protegido, una amargura vieja, un área entera con el letrero de "no tocar".

No te levantes de esta lectura diciendo solamente "qué fuerte estuvo". Haz lo que el Espíritu ya te mostró. Confiesa el pecado con nombre propio. Abandona la práctica, no la administres. Pide perdón a quien heriste. Perdona a quien te hirió. Busca ayuda pastoral si la carga es más grande que tú. Ríndele cuentas a alguien maduro. Corta el acceso: la cuenta, el contacto, la puerta que tú sabes. Repara lo que se pueda reparar. Reconcíliate. Vuelve a la Palabra cada día. Persevera en oración. Vuelve a Cristo. No todo esto a la vez ni como una lista mecánica: empieza por lo que Dios ya te señaló, hoy.

La Palabra

"Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente."

Tito 2:11-12, RVR1960

Permite que Él siga quitando lo que no se parece a Él: tu mente, tus palabras, tu sexualidad, tus relaciones, tu dinero, tu matrimonio, tus prioridades, tu carácter, tu vida secreta. Todo. Porque seguir a Jesús nunca consistió en entregarle solamente el domingo. Él es Señor.

Para caminar en una vida apartada para Dios
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Oración final

Hazme cada día más parecido a ti

Señor, antes de mirar el pecado de los demás, examina mi corazón. Muéstrame lo que estoy justificando. Muéstrame lo que escondo. Muéstrame dónde mis labios dicen una cosa y mi vida demuestra otra.

Perdóname por utilizar tu Palabra como espejo para otros sin permitir que primero me confronte a mí. Perdóname por las obras hechas para ser visto, por la oración que buscaba aplausos, por el servicio que buscaba reconocimiento.

Gracias por la cruz. Gracias porque no tuve que limpiarme para venir, porque tu Hijo me amó y se entregó a sí mismo por mí, y porque en Él hay perdón completo para todo lo que este libro expuso. No dejes que olvide nunca de dónde me sacaste.

Perdóname por mis palabras. Por lo que dije con ira, por el chisme, por la crítica que destruye, por el sarcasmo que hiere, por las conversaciones que no te glorificaron. Pon guarda sobre mi boca. Transforma mi corazón, porque de su abundancia habla la boca.

Limpia mi vida secreta. Dame dominio propio. Dame humildad para recibir corrección, compasión por el que cae, amor por la verdad y mansedumbre para decirla. Enséñame a depender de tu Espíritu, porque separado de ti nada puedo hacer.

Señor Jesús, no quiero solamente parecer cristiano. Quiero pertenecerte. No quiero solamente hablar de ti. Quiero caminar contigo. No quiero solamente señalar el pecado. Quiero arrepentirme del mío. No quiero aparentar mejor. Quiero rendirme de verdad a ti.

Cuando caiga, llévame al arrepentimiento y ayúdame a levantarme. Cuando me esconda, llámame de nuevo a la luz. Cuando me crea superior, recuérdame de dónde me sacaste. Cuando tenga que hablar la verdad, ayúdame a hacerlo con amor. Dame perseverancia para seguirte cada día, cargando mi cruz, hasta el final.

Hazme cada día más parecido a ti. Que mi familia vea a Cristo en mí. Que mis palabras, mi trabajo y mis decisiones privadas te reflejen. Y que al final de mi vida no solamente haya dicho que fui cristiano: que mi vida haya dado testimonio de que te pertenecí.

En el nombre de Jesús. Amén.

Última página

"Señor,
comienza conmigo."

No quiero solamente llevar tu nombre.
Quiero que mi vida se parezca a ti.

No uses la Biblia como espejo para los demás antes de permitir que sea espejo para ti. Y cuando ese espejo revele algo que necesita cambiar, no corras de Dios. Corre a Cristo.

"La respuesta a la hipocresía no es aprender a aparentar mejor. Es rendirnos de verdad a Cristo."Pastor Francisco Bonnet
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Cristiano, ¿o solamente lo pareces?

Si este libro te confrontó y te acercó a Cristo, compártelo. Alguien cerca de ti está cansado de aparentar y necesita escuchar que puede quitarse la máscara.

Pastor Francisco Bonnet · franciscobonnet.com

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Siembra en esta obra

Este contenido es gratuito y siempre lo será. Si Dios usó este libro en tu vida, puedes sembrar para que siga alcanzando a otros.