Si no hubiera vida, no habría guerra
Antes de conocer a Cristo, no había guerra dentro de ti. Tal vez sentías culpa de vez en cuando, pero no había una batalla real. La carne mandaba y tú obedecías sin resistencia. Pecabas y seguías adelante, porque solo había una naturaleza gobernando: la tuya, caída, lejos de Dios.
La Biblia describe ese estado con una palabra dura: muerte. Pablo dice que estábamos muertos en nuestros delitos y pecados, andando conforme a la corriente de este mundo. No dice que estábamos enfermos ni dormidos. Dice muertos. Y un muerto no pelea. Un muerto no resiste la tentación, porque la tentación es su elemento natural.
Pero entonces algo cambió.
“Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos).”
Efesios 2:4-5Dios te dio vida. Puso dentro de ti una naturaleza nueva, el Espíritu, que ahora desea lo contrario de lo que desea tu carne. Y por primera vez en tu vida, hay dos fuerzas tirando en direcciones opuestas. Eso es exactamente lo que describe Gálatas 5:17: el deseo de la carne contra el Espíritu, y el del Espíritu contra la carne. Se oponen entre sí.
Por eso luchas. Por eso lo que antes disfrutabas sin pensar, ahora te incomoda. Por eso ya no puedes pecar en paz. No te confundas: la guerra no es señal de que algo salió mal, es señal de que algo nació. Donde antes había silencio, ahora hay conflicto, porque donde antes había muerte, ahora hay vida.
Un muerto espiritualmente no pelea contra el pecado. El hecho de que exista una batalla es evidencia de que algo ha cambiado.