Iglesia El Gran Yo Soy

Los Últimos Días

Las señales, el arrebatamiento, la tribulación, el Anticristo y el regreso glorioso de Jesucristo

"No se trata de descubrir la fecha. Se trata de estar preparados para el Rey."

18 capítulos ~70 min de lectura Mateo 24:44

Por Pastor Francisco Bonnet · Iglesia El Gran Yo Soy

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Versículo clave
"Por tanto, también vosotros estad preparados; porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que no pensáis."
Mateo 24:44, RVR1960
Introducción

Algo dentro de nosotros sabe que este mundo no está bien

No hace falta ser teólogo para sentirlo. Basta con vivir despierto.

Enciendes las noticias y hay otra guerra. Abres el teléfono y hay otra tragedia. Hablas con la gente y encuentras ansiedad, cansancio, miedo al futuro. Las familias se fracturan, la verdad se negocia, la maldad ya no se esconde: se celebra. Y en medio de todo esto, algo dentro de nosotros, incluso dentro de personas que nunca han abierto una Biblia, susurra una sospecha incómoda: este mundo no está bien, y algo se acerca.

Como pastor he tenido muchas conversaciones que comienzan igual. Personas que me dicen: "Pastor, yo creo en Dios, aunque no voy a la iglesia". Personas que viven su vida sin mucho interés espiritual. Y sin embargo, cuando ven lo que está pasando en el mundo, las guerras, la violencia, la confusión moral, la sensación de que todo se acelera, me hacen casi siempre la misma pregunta, bajando un poco la voz, como quien confiesa algo: "¿Y si la Biblia realmente tenía razón?"

Esa pregunta es más importante de lo que parece. Porque detrás de ella hay otra pregunta escondida, una que casi nadie se atreve a decir en voz alta: "¿Y si Cristo regresa... y yo no estoy preparado?"

Este libro existe por esa segunda pregunta.

Quiero ser honesto contigo desde la primera página sobre lo que este libro es y lo que no es.

Este libro no va a decirte la fecha del fin del mundo, porque Jesús dijo que nadie la conoce (Mateo 24:36). No va a decirte que tal político es el Anticristo, ni que tal tecnología es la marca de la bestia, ni que tal guerra es la señal definitiva. No vamos a jugar a los adivinos con la Palabra de Dios. Ya se ha hecho demasiado daño en el nombre de la profecía: fechas que fallaron, teorías que asustaron a la gente, predicadores que usaron el miedo como negocio. Nada de eso honra a Cristo.

Pero este libro tampoco va a tratarte con frialdad académica, como si el regreso de Cristo fuera solo un tema interesante para debatir. Porque no lo es. Es la realidad más seria que enfrentará esta generación y todas las generaciones. Jesucristo va a regresar. La Biblia lo afirma de principio a fin, y el mismo Jesús lo prometió: "vendré otra vez" (Juan 14:3). Habrá juicio. Habrá eternidad. Y la pregunta que este libro quiere dejar ardiendo en tu corazón no es "¿cuándo sucederá?", sino esta:

Piénsalo

Si Jesucristo regresara hoy, ¿estás preparado para encontrarte con Él?

Vamos a estudiar juntos lo que la Biblia enseña sobre los últimos días: las señales que Jesús anunció, el arrebatamiento, la tribulación, el Anticristo, la bestia y su marca, los juicios de Apocalipsis, el regreso visible de Cristo, el milenio, el juicio final y la eternidad. Vamos a hacerlo con la Biblia abierta, con honestidad cuando existan diferentes interpretaciones entre cristianos fieles, y con un solo protagonista de principio a fin.

Porque aquí hay algo que necesito decirte antes de comenzar: el protagonista de Apocalipsis no es el Anticristo. Es Jesucristo. El libro más temido de la Biblia se llama, en su primera línea, "La revelación de Jesucristo" (Apocalipsis 1:1). Si terminas este libro sabiendo mucho de la bestia pero conociendo poco al Cordero, este libro habrá fracasado.

Y una cosa más. No basta con creer que Dios existe. La Biblia dice que hasta los demonios creen eso, y tiemblan (Santiago 2:19). La pregunta no es si crees que Dios existe. La pregunta es si perteneces a Jesucristo. Hay una diferencia enorme entre las dos cosas, y en las páginas que siguen la vamos a ver una y otra vez.

No comenzamos este viaje con miedo. Lo comenzamos con Cristo. Él dijo que cuando estas cosas comiencen a suceder, su pueblo no debe esconderse ni entrar en pánico, sino hacer algo completamente distinto:

La Escritura dice
"Cuando estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención está cerca."
Lucas 21:28, RVR1960

Erguidos. Con la cabeza levantada. Esperando a un Rey. Así se lee este libro.

Capítulo 1

¿Qué significa realmente "los últimos días"?

Quizás te sorprenda lo que voy a decirte: según la Biblia, los últimos días no comenzaron en 2020, ni en 2001, ni con ninguna noticia reciente. Comenzaron hace casi dos mil años.

Cuando escuchamos la expresión "los últimos días", casi todos imaginamos lo mismo: los años finales, los meses previos al fin, nuestra propia generación. Pero la Biblia usa esa expresión de una manera más amplia y más profunda. Mira cómo comienza la carta a los Hebreos:

La Escritura dice
"Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo..."
Hebreos 1:1-2, RVR1960

¿Lo notaste? El autor de Hebreos, escribiendo en el primer siglo, dice que Dios nos ha hablado por el Hijo "en estos postreros días". Para él, los últimos días ya habían comenzado. Lo mismo sucede en el día de Pentecostés, cuando el apóstol Pedro se levanta a predicar y explica el derramamiento del Espíritu Santo citando al profeta Joel: "Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne" (Hechos 2:16-17). Pedro no dijo "esto sucederá en el futuro lejano". Dijo: "esto es lo dicho". Estaba sucediendo en ese momento.

Y el apóstol Juan, décadas después, lo escribe sin rodeos: "Hijitos, ya es el último tiempo" (1 Juan 2:18).

¿Qué significa esto? Que en el lenguaje de la Biblia, los últimos días son toda la era que comenzó con la primera venida de Jesucristo y que terminará con su regreso. Con la cruz, la resurrección y el derramamiento del Espíritu, Dios inauguró el capítulo final de la historia. No sabemos cuán largo es ese capítulo, pero sabemos que es el último. Después de Cristo no viene otro plan, otro profeta, otra revelación superior. Viene Él mismo, en gloria.

Una aclaración importante

Esto no significa que todas las generaciones sean idénticas ni que no exista un final concreto. La misma Biblia enseña que dentro de esta larga era habrá una intensificación: tiempos peligrosos (2 Timoteo 3:1), burladores en los postreros días (2 Pedro 3:3), y una culminación de acontecimientos antes del regreso del Señor. Vivimos en los últimos días desde hace veinte siglos, y a la vez cada generación está más cerca del desenlace que la anterior. Ambas cosas son ciertas.

Esta perspectiva nos protege de dos errores opuestos. El primero es el pánico: creer que cada noticia alarmante demuestra que el fin llega el próximo martes. El segundo es la burla: creer que como han pasado dos mil años, nada va a suceder. Pedro ya respondió a los burladores de su tiempo: para el Señor un día es como mil años, y su aparente tardanza no es lentitud sino paciencia, "no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento" (2 Pedro 3:9).

Un pequeño vocabulario antes de continuar

En este libro usaremos varios términos bíblicos que conviene definir desde ahora, para que nunca te pierdas:

Términos que usaremos
  • Últimos días (o postreros días): la era completa entre la primera y la segunda venida de Cristo, con una intensificación final.
  • El fin del siglo: así lo llamaron los discípulos (Mateo 24:3). No se refiere a un siglo de cien años, sino al fin de esta era presente del mundo.
  • El día del Señor: expresión de los profetas para el tiempo en que Dios interviene de forma directa en la historia para juzgar y para salvar (Joel 2:31; 1 Tesalonicenses 5:2).
  • Segunda venida: el regreso visible, corporal y glorioso de Jesucristo a la tierra (Hechos 1:11; Apocalipsis 19).
  • Arrebatamiento: el momento en que los creyentes, vivos y resucitados, serán transformados y llevados al encuentro del Señor (1 Tesalonicenses 4:16-17). Lo estudiaremos a fondo en el capítulo 6.
  • Tribulación: en sentido general, la aflicción que los creyentes sufren en el mundo (Juan 16:33). En sentido profético, un período final de prueba sobre toda la tierra.
  • Gran Tribulación: expresión de Jesús en Mateo 24:21 para un tiempo de angustia sin precedentes, que muchos intérpretes asocian con la segunda mitad de la semana final de Daniel 9.
  • Ira de Dios: no el sufrimiento que el mundo causa a los creyentes, sino el juicio santo que Dios derrama sobre la rebelión humana. Distinguir estas dos cosas será clave en este libro.

Con este mapa en la mano, ya podemos ir al pasaje que domina todo el estudio de los últimos tiempos: el gran discurso profético de Jesús. Y para entenderlo bien, necesitamos comenzar donde comenzó: con una pregunta que le hicieron sus discípulos frente a un templo que brillaba al sol.

Capítulo 2

La pregunta que los discípulos le hicieron a Jesús

Todo el discurso profético más famoso de la historia comenzó con un grupo de hombres admirando un edificio.

La Escritura dice
"Cuando Jesús salió del templo y se iba, se acercaron sus discípulos para mostrarle los edificios del templo. Respondiendo él, les dijo: ¿Veis todo esto? De cierto os digo, que no quedará aquí piedra sobre piedra, que no sea derribada."
Mateo 24:1-2, RVR1960
Contexto bíblico

Estamos en la última semana de la vida terrenal de Jesús, en Jerusalén. El templo que los discípulos admiraban era una de las maravillas del mundo antiguo: reconstruido y ampliado por Herodes durante décadas, con piedras enormes y fachadas cubiertas de oro que resplandecían al sol. Para un judío del primer siglo, el templo no era solo un edificio hermoso: era el centro de su fe, el lugar de los sacrificios, el símbolo de que Dios habitaba con su pueblo. Decir que sería demolido era casi impensable.

Por eso la respuesta de Jesús los dejó helados. ¿Piedra sobre piedra no quedará? ¿De este templo? Los discípulos se quedaron con la pregunta atragantada hasta que llegaron al monte de los Olivos, una colina frente a la ciudad desde donde se veía todo el conjunto del templo. Allí, en privado, se atrevieron a preguntar:

La Escritura dice
"Dinos, ¿cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida, y del fin del siglo?"
Mateo 24:3, RVR1960

Fíjate bien: en realidad son varias preguntas juntas. ¿Cuándo será destruido el templo? ¿Qué señal habrá de tu venida? ¿Y del fin del siglo? En la mente de los discípulos, todo eso era un solo acontecimiento: si el templo caía, seguramente era el fin del mundo. Jesús, en su respuesta, va a separar lo que ellos habían mezclado. Y esa es la clave para leer bien Mateo 24.

El año 70: una profecía cumplida al pie de la letra

La primera parte de la profecía se cumplió con una exactitud escalofriante. En el año 70 después de Cristo, unas cuatro décadas después de estas palabras, los ejércitos romanos bajo el general Tito sitiaron Jerusalén, aplastaron la rebelión judía y destruyeron el templo por completo. El fuego derritió el oro entre las piedras, y los soldados las removieron una por una para recuperarlo. Literalmente no quedó piedra sobre piedra. Hasta el día de hoy, el templo nunca ha sido reconstruido.

Esto es importante por dos razones. Primero, porque demuestra que las profecías de Jesús no son poesía vaga: se cumplen en la historia real, con fechas y ejércitos y ciudades. Segundo, porque nos obliga a leer Mateo 24 con cuidado. Parte del discurso de Jesús miraba a ese juicio cercano sobre Jerusalén, y parte mira más allá, a su venida y al fin del siglo.

Diferentes interpretaciones

Los cristianos que toman en serio la Biblia no leen Mateo 24 todos de la misma manera. Algunos entienden que la mayor parte del discurso se cumplió en el año 70, y que solo el final habla del regreso de Cristo. Otros entienden que casi todo es futuro. Y muchos, entre los cuales me incluyo, vemos un patrón frecuente en la profecía bíblica: un cumplimiento cercano que anticipa y prefigura un cumplimiento mayor. La destrucción del año 70 fue real y fue juicio de Dios, y a la vez funciona como un anticipo en miniatura del gran día final. Por eso hay versículos que respiran primer siglo y versículos que solo pueden describir el fin: "si aquellos días no fuesen acortados, nadie sería salvo" (Mateo 24:22) es difícil de limitar a una guerra local.

Los otros dos evangelios nos ayudan a ver esta doble perspectiva. Lucas 21, que registra el mismo discurso, se concentra más en la caída de Jerusalén: habla de la ciudad rodeada de ejércitos y de un pueblo llevado cautivo a todas las naciones (Lucas 21:20-24), lo cual sucedió en el año 70. Marcos 13 y Mateo 24 cargan más el acento sobre el final: la señal del Hijo del Hombre, la venida en las nubes, la reunión de los escogidos.

No confundamos

Leer todo Mateo 24 como si hablara únicamente de nuestra generación es un error tan grande como leerlo como si ya todo hubiera pasado. Jesús respondió a la vez sobre un juicio cercano y sobre su venida gloriosa. La honestidad con el texto exige sostener ambas cosas, aunque sea más trabajoso que un titular sensacionalista.

Hay algo hermoso escondido en esta escena que no quiero que pases por alto. Los discípulos preguntaron por fechas y señales. Jesús respondió, sí, pero lo primero que salió de su boca no fue un calendario. Fue una advertencia pastoral: "Mirad que nadie os engañe" (Mateo 24:4). Antes de hablar de guerras y terremotos, a Jesús le preocupó el corazón de los suyos. Esa prioridad de Jesús va a ser la prioridad de este libro. Y a ese versículo dedicamos el próximo capítulo.

Capítulo 3

"Mirad que nadie os engañe"

La primera señal de los últimos tiempos que Jesús mencionó no fue una guerra ni un terremoto. Fue el engaño.

La Escritura dice
"Respondiendo Jesús, les dijo: Mirad que nadie os engañe. Porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo; y a muchos engañarán."
Mateo 24:4-5, RVR1960

Piensa en lo que eso significa. Cuando Jesús describe el clima espiritual de los últimos tiempos, su primera preocupación no son los desastres externos, sino la seducción interna: falsos cristos, falsos profetas, falsas promesas de salvación. Y la historia le ha dado la razón. Desde el primer siglo hasta hoy no han dejado de aparecer hombres que se proclaman mesías, movimientos que prometen una salvación distinta a la de la cruz, y maestros que tuercen la Escritura para su propio beneficio. El engaño religioso no es una excepción rara: es una constante de esta era.

Después del engaño, Jesús describe el panorama que sus discípulos verían en el mundo:

La Escritura dice
"Y oiréis de guerras y rumores de guerras; mirad que no os turbéis, porque es necesario que todo esto acontezca; pero aún no es el fin. Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares. Y todo esto será principio de dolores."
Mateo 24:6-8, RVR1960

Quiero que subrayes dos frases de ese pasaje, porque son el antídoto contra todo el sensacionalismo profético que existe.

La primera: "pero aún no es el fin". Jesús mismo advirtió que habría guerras, hambres, pestes y terremotos a lo largo de esta era, y que ninguna de esas cosas, por sí sola, significa que el fin ha llegado. Cada generación cristiana ha visto guerras y epidemias. Nuestros abuelos vieron dos guerras mundiales. Si cada catástrofe fuera "la señal definitiva", la señal habría llegado cien veces.

La segunda: "principio de dolores". La palabra que usa Jesús es la de los dolores de parto. Es una imagen precisa: los dolores de parto no matan a la madre, anuncian que viene una vida; comienzan suaves y espaciados, y se van intensificando y acercando hasta el nacimiento. Así describe Jesús la historia entre sus dos venidas: una era marcada por convulsiones que se repiten y que, hacia el final, se intensificarán. La imagen nos enseña expectativa sin pánico. El mundo no está agonizando hacia la nada: está en trabajo de parto hacia el reino de Dios.

No confundamos

Que veamos guerras, terremotos o epidemias en nuestra generación debe llamarnos la atención y recordarnos las palabras de Jesús, pero no podemos señalar un conflicto o un desastre específico y declarar: "esto es el cumplimiento definitivo de la profecía". Jesús nos mandó a vigilar, no a especular. La Biblia nos manda discernir los tiempos, no ponerles fecha.

Lo que les esperaba a los discípulos

Jesús siguió describiendo lo que vendría sobre los suyos: "Entonces os entregarán a tribulación, y os matarán, y seréis aborrecidos de todas las gentes por causa de mi nombre" (Mateo 24:9). Persecución. Odio. Traición: "muchos tropezarán entonces, y se entregarán unos a otros" (24:10). Falsos profetas que engañarán a muchos (24:11). Y entonces pronuncia una de las frases más tristes y más actuales de todo el discurso:

La Escritura dice
"Y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará. Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo."
Mateo 24:12-13, RVR1960

El amor enfriado por la maldad multiplicada. Volveremos a esa frase en el próximo capítulo, porque describe nuestro tiempo con una precisión que duele.

Pero nota cómo termina esta sección del discurso. En medio del panorama más oscuro, Jesús coloca una promesa luminosa: "Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin" (Mateo 24:14). La historia no termina cuando el mal llegue a su máximo. Termina cuando el evangelio llegue a todos. El reloj de Dios no lo mueven los ejércitos ni los imperios: lo mueve la misión. Cada vez que el evangelio cruza una frontera, una lengua, una aldea, el plan de Dios avanza un paso más hacia el final.

Piénsalo

Jesús dijo que el evangelio sería predicado a todas las naciones antes del fin. ¿Estás participando de esa misión, aunque sea hablándole de Cristo a una sola persona... o eres solo espectador?

Capítulo 4

Una generación enamorada de sí misma

Si Pablo hubiera escrito su descripción de los postreros días esta mañana, mirando nuestras redes sociales, no habría tenido que cambiar ni una palabra.

La Escritura dice
"También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita."
2 Timoteo 3:1-5, RVR1960
Contexto bíblico

Esta es la última carta que conservamos del apóstol Pablo, escrita desde una prisión romana poco antes de su muerte, dirigida a Timoteo, su hijo espiritual, un joven pastor. Pablo no está describiendo a una tribu lejana: está preparando a Timoteo para el clima espiritual en el que tendría que pastorear. Y nota el detalle: los "tiempos peligrosos" no son peligrosos por los desastres naturales, sino por cómo será la gente.

La lista tiene dieciocho descripciones, pero fíjate cuál abre la puerta: "amadores de sí mismos". Todo lo demás cuelga de ahí. Cuando el yo se sienta en el trono, el dinero se vuelve dios (avaros), la imagen se vuelve obsesión (vanagloriosos), los padres se vuelven estorbo (desobedientes), el agradecimiento muere (ingratos), los débiles estorban (crueles) y el placer pesa más que Dios (amadores de los deleites más que de Dios).

¿Te suena? Vivimos en una cultura que ha convertido el amor propio en religión. Mi verdad. Mis deseos. Mi felicidad. Mi identidad. Mi opinión. Nadie puede decirme nada. El yo primero, el yo al centro, el yo como medida de todas las cosas. No digo que cuidar de uno mismo sea pecado: digo que hemos construido una civilización entera sobre el altar del yo, y la Biblia describe exactamente eso como la marca de los postreros días.

La parte de la lista que nos toca a nosotros

Ahora, aquí viene lo incómodo. Sería muy fácil usar este pasaje como un arma contra "el mundo": los de afuera, los que no creen. Pero lee otra vez el final de la lista: "que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella". Apariencia de piedad. Eso no describe al ateo. Eso describe a gente religiosa. Gente que va a la iglesia, que ora en público, que tiene versículos en su perfil... pero cuya vida no ha sido transformada por el poder de Dios.

Jesús lo advirtió con las palabras más serias que salieron de su boca:

La Escritura dice
"No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre...? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad."
Mateo 7:21-23, RVR1960

Y Pablo escribió sobre algunos: "Profesan conocer a Dios, pero con los hechos lo niegan" (Tito 1:16). Santiago completa el cuadro: la fe que no produce obras está muerta (Santiago 2:17). Que quede claro: no somos salvos por obras; somos salvos por gracia, por medio de la fe (Efesios 2:8-9). Pero la fe verdadera nunca viene sola: produce fruto, produce cambio, produce amor. Una fe que no cambia nada no ha nacido de Dios. Jesús no llamó a admiradores, llamó a discípulos: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame" (Lucas 9:23). Negarse a sí mismo: exactamente lo contrario de amarse a sí mismo por encima de todo.

Cuando a lo malo le dicen bueno

Hay una segunda marca de una sociedad que ha destronado a Dios, y la anunció el profeta Isaías setecientos años antes de Cristo:

La Escritura dice
"¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!"
Isaías 5:20, RVR1960
Contexto bíblico

Isaías no le hablaba a Babilonia ni a una nación pagana: le hablaba a Judá, al pueblo de Dios, en una época de prosperidad económica y podredumbre moral. En el capítulo 5, Dios compara a su pueblo con una viña cuidada con amor que dio uvas silvestres, y pronuncia una serie de "ayes" sobre su corrupción. Este es uno de ellos. No es un texto para arrojar contra nuestros adversarios políticos: es un espejo para toda sociedad, y toda iglesia, que abandona a Dios.

El principio es este: cuando una sociedad se aleja de Dios, no se queda moralmente neutral. Su brújula se invierte. Lo que antes daba vergüenza ahora se celebra; lo que antes se honraba ahora se ridiculiza. Pablo describe ese mismo proceso en Romanos 1: cuando los hombres no quisieron reconocer a Dios, su entendimiento se entenebreció, y terminaron no solo practicando el mal, sino aplaudiendo a quienes lo practican (Romanos 1:28-32). No hace falta que yo te dé la lista de ejemplos modernos: tú los ves cada día.

Pero déjame hacer esta pregunta más personal, porque Jesús unió estas dos cosas en una sola frase: "por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará" (Mateo 24:12).

Piénsalo

¿La maldad del mundo está haciendo que tú también pierdas el amor? ¿Te estás volviendo más duro, más cínico, más indiferente? El peligro de vivir entre hielo no es solo el hielo: es terminar congelado.

¿Cómo debo vivir?

La respuesta cristiana a una generación enamorada de sí misma no es el desprecio, sino la diferencia. Ama cuando nadie ama. Agradece cuando nadie agradece. Perdona cuando todos se cobran. Sirve cuando todos se sirven. Y examina tu propia vida antes de examinar la de los demás: la apariencia de piedad se cura con piedad verdadera, no con más apariencia.

Lectura recomendada: si al leer este capítulo te preguntas si tu fe es apariencia o nacimiento real, el eBook "Nacer de Nuevo" estudia Juan 3 y lo que Jesús dijo sobre nacer del Espíritu.

Capítulo 5

Como en los días de Noé

Cuando Jesús quiso describir cómo encontraría al mundo en su venida, no eligió una escena de guerra ni de catástrofe. Eligió una escena de gente ocupada.

La Escritura dice
"Mas como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre. Porque como en los días antes del diluvio estaban comiendo y bebiendo, casándose y dando en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca, y no entendieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre."
Mateo 24:37-39, RVR1960
Contexto bíblico

Noé vivió en una época en que, dice Génesis, "la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal" (Génesis 6:5). Dios anunció juicio, pero también dio una vía de salvación: un arca, y más de un siglo de advertencia mientras Noé la construía. Pedro llama a Noé "pregonero de justicia" (2 Pedro 2:5). El mundo tuvo tiempo de sobra para escuchar. Nadie, fuera de la familia de Noé, entró.

Fíjate en el detalle que hace tan inquietante la comparación de Jesús: las actividades que menciona no son pecados. Comer no es pecado. Beber no es pecado. Casarse no es pecado. El problema de aquella generación no fue solamente su corrupción, que era enorme, sino algo más sutil que Jesús destaca aquí: vivían completamente absorbidos en la vida cotidiana, como si Dios no hubiera hablado. "No entendieron hasta que vino el diluvio." La advertencia estaba ahí, el arca estaba ahí, el predicador estaba ahí. Pero ellos tenían cosas que hacer.

Lucas añade el segundo ejemplo de Jesús: los días de Lot.

La Escritura dice
"Asimismo como sucedió en los días de Lot; comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, edificaban; mas el día en que Lot salió de Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre, y los destruyó a todos. Así será el día en que el Hijo del Hombre se manifieste."
Lucas 17:28-30, RVR1960
Contexto bíblico

Lot era sobrino de Abraham y vivía en Sodoma, una ciudad tan corrompida que su nombre quedó como sinónimo de perversión. Génesis 18 y 19 cuentan cómo Dios reveló a Abraham el juicio que venía, cómo Abraham intercedió, y cómo Dios sacó a Lot y a su familia de la ciudad antes de destruirla. Otra vez el mismo patrón: juicio anunciado, rescate provisto, y una población que compraba, vendía y edificaba hasta la mañana en que cayó el fuego.

Comprar, vender, plantar, edificar. Otra vez: actividades buenas y legítimas. Trabajar es bueno. Construir una casa es bueno. Formar una familia es bueno. Pero escucha la advertencia que atraviesa los siglos: puedes perderte la eternidad sin cometer ningún escándalo, simplemente viviendo tan ocupado en lo temporal que nunca te prepares para lo eterno. El diluvio no sorprendió a la gente por falta de información. La sorprendió por falta de atención.

Nuestra generación entiende esto mejor que ninguna. Nunca hubo tanta gente tan ocupada. Agendas llenas, pantallas encendidas, metas, proyectos, deudas, vacaciones, notificaciones. Nada de eso es pecado. Pero pregúntate con honestidad: en medio de todo lo que estás construyendo, ¿dónde quedó Dios? ¿Es el centro de tu vida o un pendiente para "cuando tenga tiempo"?

Piénsalo

Si Cristo viniera en un día completamente normal de tu vida, mientras comes, trabajas y haces planes... ¿te encontraría preparado, o te encontraría solamente ocupado?

Hay una nota de esperanza poderosa en estas dos historias, y no quiero que la pierdas: en ambas, Dios puso a salvo a los suyos antes de derramar el juicio. Noé y su familia entraron al arca antes del diluvio. Lot salió de Sodoma antes del fuego; el ángel incluso le dijo: "nada podré hacer hasta que hayas salido" (Génesis 19:22). Dios sabe distinguir entre su pueblo y la rebelión, y Pedro extrae exactamente esa lección: "sabe el Señor librar de tentación a los piadosos, y reservar a los injustos para ser castigados en el día del juicio" (2 Pedro 2:9). Guarda ese patrón en tu memoria: lo volveremos a encontrar cuando hablemos del arrebatamiento y de la ira de Dios.

Porque de eso trata precisamente el próximo capítulo: la esperanza más consoladora, y quizás la más malentendida, de toda la profecía bíblica.

Capítulo 6

El misterio del arrebatamiento

La doctrina del arrebatamiento no nació para alimentar películas ni teorías: nació para consolar a una iglesia que lloraba a sus muertos.

Contexto bíblico

Pablo había fundado la iglesia de Tesalónica y tuvo que salir huyendo por la persecución. Poco después, algunos hermanos de esa joven iglesia murieron, y los demás quedaron angustiados con una pregunta: cuando Cristo regrese, ¿qué pasará con nuestros muertos? ¿Se lo perderán? La respuesta de Pablo a esa pregunta pastoral es el pasaje central sobre el arrebatamiento. No lo escribió para especular: lo escribió, dice el propio texto, "para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza" (1 Tesalonicenses 4:13).

La Escritura dice
"Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras."
1 Tesalonicenses 4:16-18, RVR1960

Mira la secuencia que Pablo describe. Primero, el Señor mismo desciende: no envía un ángel, viene Él. Segundo, los muertos en Cristo resucitan: los creyentes que murieron no se perdieron nada; al contrario, van primero. Tercero, los creyentes vivos son "arrebatados" juntamente con ellos en las nubes. Cuarto, el destino: "así estaremos siempre con el Señor". Y quinto, el propósito del pasaje: "alentaos los unos a otros con estas palabras". Esta doctrina fue dada para consolar, no para asustar.

Pablo completa el cuadro en su carta a los Corintios, donde revela lo que llama un misterio:

La Escritura dice
"He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados."
1 Corintios 15:51-52, RVR1960

Transformados. Ese es el corazón del asunto. Pablo acaba de explicar en ese mismo capítulo que "la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios" (1 Corintios 15:50): estos cuerpos mortales, enfermables, envejecibles, no están hechos para la eternidad. Por eso, en el encuentro con Cristo, los muertos resucitarán con cuerpos incorruptibles y los vivos seremos transformados en un instante. La muerte, dice Pablo unas líneas después, será "sorbida en victoria" (15:54). Y todo el pasaje termina no en especulación, sino en trabajo: "así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre" (15:58).

Y no olvidemos que la primera promesa de este encuentro salió de labios del mismo Jesús, la noche antes de morir:

La Escritura dice
"No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay... voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis."
Juan 14:1-3, RVR1960

"Pero la palabra rapto no aparece en la Biblia"

Quizás has escuchado esa objeción. Es cierta a medias, y vale la pena aclararla sin tecnicismos. La palabra que Pablo usa en 1 Tesalonicenses 4:17, traducida "seremos arrebatados", es el verbo griego harpazō: ser tomado repentinamente, con fuerza, de un lugar a otro. Es el mismo verbo que se usa cuando Felipe fue "arrebatado" por el Espíritu (Hechos 8:39) o cuando Pablo fue "arrebatado" al paraíso (2 Corintios 12:2-4). Cuando la Biblia se tradujo al latín, ese verbo se tradujo rapiemur, de donde viene la palabra "rapto". Así que no: la palabra española "rapto" no aparece en tu Biblia. Pero el acontecimiento que esa palabra nombra está descrito con toda claridad: creyentes vivos, arrebatados en las nubes, para recibir al Señor en el aire. Podemos discutir el cuándo; el qué está escrito.

No confundamos

El arrebatamiento no es un plan de escape para cristianos cómodos, ni una excusa para no servir en este mundo. En el Nuevo Testamento, cada texto sobre el encuentro con el Señor termina en una orden práctica: consolaos, alentaos, estad firmes, abundad en la obra del Señor, velad. La esperanza bíblica no fabrica holgazanes: fabrica siervos fieles.

Ahora bien, seguramente ya te hiciste la gran pregunta: ¿y cuándo sucede esto? ¿Antes, durante o después del período de tribulación que la Biblia anuncia? Esa pregunta ha dividido con sinceridad a cristianos que aman la misma Biblia. El próximo capítulo la enfrenta de frente, con respeto y con las cartas sobre la mesa.

Capítulo 7

¿Antes, durante o después de la tribulación?

Cristianos que aman la misma Biblia, creen el mismo evangelio y esperan al mismo Señor han respondido esta pregunta de maneras distintas. Merecen ser escuchados todos, sin caricaturas.

La pregunta es sencilla de plantear: la Biblia anuncia un período final de tribulación sobre la tierra antes del regreso visible de Cristo. ¿El arrebatamiento de la Iglesia ocurre antes de ese período, cerca de su punto medio, o al final, junto con la segunda venida? Dentro del cristianismo bíblico que espera un cumplimiento futuro de estas profecías, esas son las tres respuestas principales. Te las presento con sus mejores argumentos, no con los peores.

Postura A

Pretribulacional

Momento
Antes del período de tribulación.
Argumentos principales
La Iglesia no está puesta para la ira escatológica de Dios; la promesa de ser guardados "de la hora de la prueba"; la inminencia del encuentro (puede ocurrir en cualquier momento, sin señales previas); la distinción entre el programa de Dios con la Iglesia y con Israel en la semana final de Daniel; el patrón de Noé y Lot: Dios pone a salvo a los suyos antes de derramar juicio.
Textos frecuentes
1 Tesalonicenses 1:10; 5:9; Apocalipsis 3:10; 1 Tesalonicenses 4:13-18; Génesis 6-9; 18-19.
Principal dificultad
Ningún versículo dice de forma explícita "el arrebatamiento será antes de la tribulación": la postura se construye juntando varias piezas.
Postura B

Midtribulacional

Momento
Cerca del punto medio del período, antes de la Gran Tribulación propiamente dicha.
Argumentos principales
Las profecías dividen la semana final en dos mitades (3 años y medio, 42 meses, 1.260 días, "tiempo, tiempos y medio tiempo"); la ira más intensa de Dios se concentra en la segunda mitad; algunos relacionan "la final trompeta" de 1 Corintios 15:52 con la séptima trompeta de Apocalipsis 11.
Textos frecuentes
Daniel 7:25; 9:27; Apocalipsis 11:15; 12:6,14; 1 Corintios 15:52.
Principal dificultad
Identificar la trompeta de 1 Corintios 15 con la séptima trompeta de Apocalipsis es discutible: son contextos y propósitos distintos. Además debilita la inminencia: habría señales previas que contar.
Postura C

Postribulacional

Momento
Al final del período, como parte del regreso visible de Cristo.
Argumentos principales
Mateo 24:29-31 coloca la reunión de los escogidos "inmediatamente después de la tribulación de aquellos días"; 2 Tesalonicenses 2 parece situar "nuestra reunión con él" después de la manifestación del hombre de pecado; la Iglesia siempre ha atravesado tribulación en este mundo, y Dios sabe guardar a los suyos en medio del juicio, como guardó a Israel en Egipto.
Textos frecuentes
Mateo 24:29-31; 2 Tesalonicenses 1:6-10; 2:1-8; Juan 17:15; Apocalipsis 20:4-6.
Principal dificultad
Debe explicar las promesas de que la Iglesia no está puesta para la ira, y el encuentro "en el aire" pierde su propósito natural si es un simple giro inmediato de bajada junto al Señor.
Una aclaración importante

Ninguna de estas tres posturas es herejía. Las tres son sostenidas por creyentes que aman a Cristo, creen en su regreso literal y toman en serio la Escritura. La postura que adoptes sobre el momento del arrebatamiento no determina tu salvación; tu relación con Jesucristo, sí. No permitas jamás que un diagrama profético te haga despreciar a un hermano.

¿Dónde me posiciono yo?

Te lo digo en primera persona y con el corazón en la mano: yo me inclino hacia la postura pretribulacional. Y quiero explicarte por qué, incluyendo una corrección a un argumento débil que a veces se usa a su favor.

El argumento débil dice así: "Dios es bueno, y por eso no permitirá que su Iglesia sufra". Ese argumento no resiste ni la Biblia ni la historia. Jesús prometió lo contrario: "En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo" (Juan 16:33). La Iglesia nació perseguida, ha sido perseguida durante veinte siglos, y en muchas regiones del mundo es perseguida hoy con cárcel y sangre. Cualquier doctrina que prometa a los cristianos una vida sin sufrimiento se estrella contra el libro de los Hechos y contra millones de mártires.

Mi convicción se apoya en otra distinción, que creo que es la clave de todo este debate: una cosa es la persecución que el mundo descarga contra los creyentes, y otra cosa es la ira escatológica que Dios derrama sobre el mundo rebelde. La primera nunca nos fue prometida en exención: nos fue prometida como parte del discipulado (2 Timoteo 3:12). La segunda es exactamente de lo que Cristo nos rescató. Mira los textos:

La Escritura dice
"...y esperar de los cielos a su Hijo, al cual resucitó de los muertos, a Jesús, quien nos libra de la ira venidera."
1 Tesalonicenses 1:10, RVR1960
La Escritura dice
"Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo."
1 Tesalonicenses 5:9, RVR1960
La Escritura dice
"Por cuanto has guardado la palabra de mi paciencia, yo también te guardaré de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero, para probar a los que moran sobre la tierra."
Apocalipsis 3:10, RVR1960

El período final que estudiaremos en los próximos capítulos no es simplemente "el mundo portándose mal": Apocalipsis lo describe una y otra vez como la ira del Cordero y la ira de Dios derramada sobre la tierra (Apocalipsis 6:16-17; 15:1; 16:1). Si la Iglesia no fue puesta para la ira, y ese período es señaladamente el día de la ira, me parece coherente que el Señor recoja a su Iglesia antes de derramarla. El patrón de Noé y de Lot, que vimos en el capítulo anterior, apunta en la misma dirección: Dios puso a salvo a los suyos antes del juicio. Uso ese patrón como ilustración que acompaña, no como prueba matemática: los relatos de Noé y Lot no fueron escritos para fijar el cronograma del arrebatamiento.

A esto se suma la nota de inminencia que respira el Nuevo Testamento: velad, porque no sabéis a qué hora; el Señor está cerca; esperamos su venida como quien espera al novio. La Iglesia primitiva no esperaba primero al Anticristo: esperaba a Cristo.

¿Y los textos fuertes de las otras posturas? Los tomo en serio. Mateo 24:29-31 describe, entiendo yo, la reunión de los redimidos en el regreso visible de Cristo al final del período, lo cual es real y glorioso, sin negar un encuentro previo de la Iglesia con su Señor; y 2 Tesalonicenses 2 responde a un pánico concreto (creyentes asustados creyendo que el día del Señor ya había llegado) mostrando que ese día de juicio no alcanzará al mundo sin que antes se quite la restricción y se manifieste el hombre de pecado. Reconozco con gusto que hermanos fieles arman estas piezas de otra manera.

Pero déjame decirte dónde está anclada mi esperanza, porque no está en el diagrama:

Piénsalo

Mi esperanza no está en haber organizado perfectamente el calendario profético. Mi esperanza está en Jesucristo. Si Cristo recoge a su Iglesia antes de la tribulación, quiero estar preparado. Si me toca atravesar persecución, quiero estar preparado. Y si alguna parte de mi interpretación resulta incompleta, quiero que me encuentre siendo fiel.

Ahora bien, todo este capítulo ha hablado de "la tribulación" y de "siete años" como si fuera obvio de dónde salen esas ideas. No lo es. Mucha gente repite "siete años de tribulación" sin saber que esa cifra viene de una de las profecías más asombrosas del Antiguo Testamento. Vamos a abrirla.

Capítulo 8

¿De dónde salen los siete años?

Pregúntale a diez cristianos cuánto dura la tribulación y nueve dirán "siete años". Pregúntales de dónde sale ese número y la mayoría no sabrá responder. Este capítulo existe para que tú sí sepas.

Contexto bíblico

Daniel era un judío llevado cautivo a Babilonia cuando Jerusalén fue destruida en el año 586 antes de Cristo. Sirvió en la corte de varios imperios y recibió de Dios visiones sobre el futuro de las naciones y de su pueblo. En Daniel 9, ya anciano, Daniel está orando: ha leído en el profeta Jeremías que la cautividad duraría setenta años, y esos años se están cumpliendo. Mientras confiesa el pecado de su pueblo y suplica por Jerusalén, el ángel Gabriel llega con una respuesta que va mucho más allá de lo que Daniel preguntó.

La Escritura dice
"Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos."
Daniel 9:24, RVR1960

"Setenta semanas." En hebreo, literalmente, setenta "sietes": setenta períodos de siete. Prácticamente todos los intérpretes entienden que son semanas de años: setenta veces siete años, es decir, 490 años, decretados sobre el pueblo de Daniel y sobre Jerusalén para completar el plan de Dios.

Gabriel divide esas setenta semanas en tres tramos (Daniel 9:25-27):

Primer tramo: 7 semanas + 62 semanas (69 semanas, 483 años). Desde la orden de restaurar y edificar Jerusalén "hasta el Mesías Príncipe". Es decir: la profecía anuncia, con siglos de anticipación, el tiempo de la llegada del Mesías. Y añade algo tremendo: "después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías, mas no por sí" (9:26). Al Mesías se le quitaría la vida, y no por causa suya. Escrito más de quinientos años antes de la cruz. Después, dice el texto, "el pueblo de un príncipe que ha de venir" destruiría la ciudad y el santuario: los romanos, año 70, como vimos en el capítulo 2.

Segundo tramo: la semana final, la número setenta. El versículo 27 dice que alguien "por otra semana confirmará el pacto con muchos; a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda", y vendrá "el desolador", hasta que la consumación decretada se derrame sobre él. Una semana de siete años, partida por la mitad; un pacto confirmado y luego traicionado; una abominación desoladora; un desolador que acaba destruido.

Aquí es donde hay que ser exactos

Una aclaración importante

Daniel nunca escribe la frase "la Gran Tribulación futura durará siete años". Lo que Daniel da es la estructura: una semana final de siete años, con un punto medio decisivo. Identificar esa semana setenta como un período todavía futuro, separado de las sesenta y nueve anteriores por la era presente de la Iglesia, es la lectura del sistema de interpretación futurista, que es la que este libro sigue. Otros cristianos fieles entienden que la semana setenta ya se cumplió en torno a la obra del Mesías y el juicio del año 70. Conviene saber qué dice el texto y qué aporta cada sistema de interpretación.

¿Por qué tantos leemos la semana setenta como futura? Por varias piezas que encajan. Primero, Jesús mismo, hablando del fin, citó "la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel" como algo todavía futuro en su tiempo, y la conectó con la mayor tribulación de la historia (Mateo 24:15-21). Segundo, Pablo describe a un "hombre de pecado" que se sentará en el templo de Dios haciéndose pasar por Dios (2 Tesalonicenses 2:3-4), lo cual suena a la traición del pacto en la mitad de la semana. Tercero, Apocalipsis, escrito décadas después del año 70, sigue usando las medidas de la media semana como futuras: 42 meses, 1.260 días, "tiempo, y tiempos, y la mitad de un tiempo" (Apocalipsis 11:2-3; 12:6,14; 13:5), las mismas cifras de Daniel 7:25 y 12:7. Tres años y medio: la mitad exacta de siete. La estructura de Daniel reaparece en el último libro de la Biblia como algo pendiente.

De ahí viene, entonces, el famoso período: una semana final de siete años, cuya segunda mitad concentra la angustia mayor, la que Jesús llamó "gran tribulación" (Mateo 24:21) y Daniel "tiempo de angustia, cual nunca fue" (Daniel 12:1). Cuando en este libro hablemos de "los siete años" o de "la Gran Tribulación", ya sabes exactamente de qué texto viene cada pieza, y sabes qué es texto y qué es interpretación.

No confundamos

Conocer la estructura de los siete años no nos autoriza a ponerle fecha de inicio. Nadie sabe cuándo comienza esa semana, porque nadie sabe cuándo será arrebatada la Iglesia ni cuándo se confirmará ese pacto. Los que hacen cuentas para anunciar el año del fin ya se han equivocado todas las veces. Todas.

Pero nota una cosa preciosa antes de cerrar: ¿para qué son las setenta semanas según Daniel 9:24? Para terminar la prevaricación, poner fin al pecado, expiar la iniquidad, traer la justicia perdurable. El calendario de Dios no corre hacia una catástrofe: corre hacia la erradicación del pecado y la instalación de la justicia eterna. Hasta la profecía más técnica de la Biblia termina mirando a la obra del Mesías.

Ahora bien, la profecía de las setenta semanas fue dada "sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad": sobre Israel y Jerusalén. Eso nos obliga a hacer una pregunta que muchos evitan: ¿qué lugar ocupa Israel en el plan de Dios? De eso trata el próximo capítulo.

Capítulo 9

Israel, las naciones y el plan de Dios

No se puede entender la profecía bíblica sin hablar de Israel. Y no se puede hablar de Israel sin humildad.

Las setenta semanas de Daniel fueron decretadas "sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad". Zacarías profetiza sobre Jerusalén en el día final. Jesús pronunció su discurso profético frente a Jerusalén y sobre Jerusalén. Guste o no, el escenario de buena parte de la profecía bíblica no es abstracto: tiene nombre de pueblo y de ciudad. La pregunta es qué significa eso para nosotros.

Contexto bíblico

En Romanos 9 al 11, Pablo enfrenta la pregunta más dolorosa de su ministerio: si Jesús es el Mesías de Israel, ¿por qué la mayoría de Israel lo rechazó? ¿Falló la palabra de Dios? Pablo, judío él mismo, dedica tres capítulos enteros a responder. Su respuesta, resumida: la palabra de Dios no ha fallado; siempre hubo un remanente escogido por gracia; el endurecimiento de Israel es parcial y temporal; y por medio de esa caída, la salvación llegó a los gentiles, es decir, a las naciones, a ti y a mí.

La Escritura dice
"Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio, para que no seáis arrogantes en cuanto a vosotros mismos: que ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles; y luego todo Israel será salvo..."
Romanos 11:25-26, RVR1960

Fíjate en las dos palabras que enmarcan el misterio: "en parte" y "hasta". El endurecimiento de Israel no es total (siempre hay judíos que creen en Jesús, empezando por los apóstoles) ni es permanente: dura "hasta" que la plenitud de los gentiles haya entrado. Dios no ha terminado su historia con Israel. Pablo usa la imagen de un olivo: ramas naturales desgajadas por incredulidad, ramas silvestres (nosotros, los gentiles) injertadas por fe, y una promesa: Dios es poderoso para volver a injertar las ramas naturales (Romanos 11:17-24).

Y en medio de esa imagen, Pablo suelta la advertencia que este capítulo necesita subrayar: "no te jactes contra las ramas" (Romanos 11:18). La historia del cristianismo tiene páginas vergonzosas de soberbia y crueldad contra el pueblo judío, escritas por gente que olvidó Romanos 11. La salvación es de los judíos, dijo Jesús (Juan 4:22); nuestro Salvador, nuestros apóstoles y nuestras Escrituras nos llegaron por Israel. El único tono cristiano legítimo hacia Israel es el de Pablo: gratitud, humildad y oración; "el anhelo de mi corazón, y mi oración a Dios por Israel, es para salvación" (Romanos 10:1).

Lo que los profetas anuncian

Los profetas del Antiguo Testamento hablan de un desenlace en el que Israel y Jerusalén vuelven a estar en el centro. Zacarías, en sus capítulos finales, describe a las naciones reunidas contra Jerusalén, al Señor mismo peleando por su pueblo, y una escena de arrepentimiento nacional que estremece:

La Escritura dice
"Y derramaré sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusalén, espíritu de gracia y de oración; y mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito..."
Zacarías 12:10, RVR1960

"Mirarán a mí, a quien traspasaron." Quien habla es el Señor. Un día, dice la profecía, Israel reconocerá al que fue traspasado. Dentro de la lectura futurista que este libro sigue, la semana final de Daniel tiene entre sus propósitos precisamente ese: quebrantar la incredulidad de Israel y purificar un remanente que reciba a su Mesías cuando venga en gloria (Zacarías 13:8-9; Mateo 23:39: "no me veréis más, hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor").

Diferentes interpretaciones

No todos los cristianos leen estas promesas igual. Algunos entienden que la Iglesia es la continuación del Israel de Dios y que las promesas se cumplen espiritualmente en ella. Otros, entre los que me cuento, entendemos que la Iglesia no reemplaza a Israel: que Dios guarda promesas específicas para el pueblo por el cual juró, y que Romanos 11 enseña una restauración futura de Israel a la fe en su Mesías. En lo que todos debemos coincidir es en esto: nadie es salvo por su nacionalidad. Judío o gentil, todo ser humano se salva de una sola manera: por gracia, mediante la fe en Jesucristo (Romanos 10:12-13).

No confundamos

Que la profecía hable de Israel no convierte cada noticia del Medio Oriente en un cumplimiento profético, ni obliga al cristiano a bendecir cada decisión de un gobierno humano. Los acontecimientos de nuestra generación relacionados con Israel deben llamarnos la atención, porque el escenario que la profecía describe resulta hoy más reconocible que hace algunos siglos; pero no podemos afirmar que un titular específico sea el cumplimiento definitivo de un texto. Este libro no hace propaganda política. Hace lo que Pablo hizo: mirar a Israel con esperanza, orar por su salvación y adorar la fidelidad de Dios.

Porque al final, Romanos 11 no termina en un mapa geopolítico. Termina en un estallido de adoración: "¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios!... Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén" (Romanos 11:33,36). Si el estudio de la profecía no te lleva a adorar, lo estás estudiando mal.

Con el escenario preparado, entremos ahora al clima espiritual del acto final: un mundo que no caerá gritando de miedo, sino brindando por la paz.

Capítulo 10

"Paz y seguridad": el gran engaño

Según la Biblia, el día del Señor no sorprenderá al mundo en medio del pánico, sino en medio del optimismo.

La Escritura dice
"Porque vosotros sabéis perfectamente que el día del Señor vendrá así como ladrón en la noche; que cuando digan: Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina, como los dolores a la mujer encinta, y no escaparán."
1 Tesalonicenses 5:2-3, RVR1960

Detente en esa frase: "cuando digan: Paz y seguridad". La última consigna del mundo antes del juicio no será "sálvese quien pueda". Será un eslogan de confianza. La humanidad estará convencida de haber resuelto por fin sus problemas: paz lograda, seguridad garantizada, futuro bajo control. Y entonces, dice Pablo, la destrucción llegará como llegan los dolores de parto: repentina, ineludible, en aumento.

Esto encaja con todo lo que hemos visto. El mundo de Noé no esperaba nada: comía y bebía. El mundo de Lot no esperaba nada: compraba y edificaba. Y el mundo del final no esperará nada: celebrará su paz y su seguridad. El juicio de Dios nunca sorprende por falta de aviso; sorprende por exceso de confianza humana.

La apostasía: el engaño dentro de la casa

Pero el engaño final no será solo político o social. Pablo anuncia un engaño espiritual, y lo sitúa en un lugar incómodo: entre los que se dicen creyentes.

La Escritura dice
"Nadie os engañe en ninguna manera; porque no vendrá sin que antes venga la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición."
2 Tesalonicenses 2:3, RVR1960
Contexto bíblico

Los tesalonicenses estaban aterrados: alguien les había hecho creer, incluso con cartas falsificadas en nombre de Pablo, que "el día del Señor" ya había llegado y ellos estaban dentro. Pablo los calma señalando que ese día de juicio no alcanzará al mundo sin que antes ocurran dos cosas reconocibles: la apostasía (en griego, apostasía: la deserción, el abandono de la fe profesada) y la manifestación del "hombre de pecado", del cual hablaremos a fondo en el próximo capítulo.

Apostasía no significa que el mundo incrédulo siga siendo incrédulo: eso no sería noticia. Significa que muchos que profesaban la fe la abandonarán, o la vaciarán por dentro conservando el cascarón. Jesús lo anunció: muchos tropezarán, muchos falsos profetas engañarán a muchos, el amor de muchos se enfriará (Mateo 24:10-12). Pablo lo repitió: en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores (1 Timoteo 4:1), y vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que se amontonarán maestros conforme a sus propios deseos (2 Timoteo 4:3-4). Una religiosidad con apariencia de piedad y sin poder (2 Timoteo 3:5): cristianismo de etiqueta, sin cruz, sin arrepentimiento, sin Señor.

Piénsalo

La apostasía nunca comienza con un anuncio oficial. Comienza cuando la Palabra de Dios empieza a estorbar y la vamos recortando para que no incomode. ¿Hay partes de la Biblia que ya decidiste no obedecer?

Un mundo listo para ser engañado

¿Cómo se llega a un engaño de escala mundial? Pablo da la respuesta espiritual: los que se pierden, se pierden "por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos"; por eso Dios les envía "un poder engañoso, para que crean la mentira" (2 Tesalonicenses 2:10-11). El engaño final no caerá sobre gente que buscaba la verdad y no la encontró. Caerá sobre gente que la tuvo delante y la rechazó, porque amaba otra cosa.

Y aquí conviene decir una palabra prudente sobre nuestra generación. Por primera vez en la historia, la información que consume la humanidad entera pasa por unas pocas plataformas globales; la opinión pública puede moldearse a velocidad instantánea; una voz puede llegar a miles de millones de personas en un día. La tecnología moderna permite imaginar una propaganda mundial, una adoración coordinada y un control de la narrativa que generaciones anteriores difícilmente podían visualizar. Esto debe llamarnos la atención: el escenario que describen 2 Tesalonicenses 2 y Apocalipsis 13 ya no le parece ciencia ficción a nadie.

No confundamos

Que el escenario sea imaginable no significa que ya esté ocurriendo su cumplimiento, ni que una plataforma, una organización o un gobierno actual sea "el sistema de la bestia". Posibilidad no es cumplimiento. La Biblia nos manda velar y discernir, no fabricar titulares. El cristiano sabio observa, ora y permanece firme en la Palabra; no vive de teoría en teoría.

Frente a todo esto, la exhortación de Pablo a los creyentes es de una sobriedad luminosa: "Mas vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, para que aquel día os sorprenda como ladrón... No durmamos, pues, como los demás, sino velemos y seamos sobrios" (1 Tesalonicenses 5:4-6). El día del Señor sorprende como ladrón al mundo, no a los hijos de la luz. La mejor protección contra el gran engaño no es coleccionar teorías: es amar la verdad, permanecer despierto y pertenecer al Señor del día.

Queda entonces la pregunta que Pablo dejó abierta: ¿quién es ese "hombre de pecado" que encabezará el engaño final? Es hora de hablar del Anticristo. Y te adelanto algo: la Biblia dice sobre él menos de lo que la curiosidad quisiera, y más de lo que el mundo sospecha.

Capítulo 11

¿Quién es el Anticristo?

Empecemos por algo que sorprende a casi todo el mundo: la palabra "anticristo" no aparece ni una sola vez en el libro de Apocalipsis.

Así como lo lees. La palabra "anticristo" aparece solamente en las cartas del apóstol Juan, y lo que Juan dice con ella no es lo que la mayoría espera:

La Escritura dice
"Hijitos, ya es el último tiempo; y según vosotros oísteis que el anticristo viene, así ahora han surgido muchos anticristos; por esto conocemos que es el último tiempo."
1 Juan 2:18, RVR1960

Nota las dos cosas que Juan dice a la vez. Primera: los creyentes habían oído que "el anticristo viene", en singular, como figura futura. Juan no lo niega. Segunda: "ahora han surgido muchos anticristos", en plural, ya presentes en el primer siglo. ¿Quiénes? Juan los define, y su definición es más incómoda de lo que esperamos: "¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Este es anticristo" (1 Juan 2:22). Y también: todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne "es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo" (1 Juan 4:3; ver 2 Juan 7).

Es decir: "anticristo" es, primero que todo, una actitud hacia Jesucristo. Negar que Jesús es el Cristo, negar al Hijo, negar su venida en carne. Ese espíritu no espera al fin del mundo: opera desde el primer siglo, en filosofías, religiones, maestros y movimientos que destronan a Jesús. Antes de ser un personaje, el anticristo es una corriente. Y esa corriente prepara el clima para el personaje.

El hombre de pecado

Porque la Biblia sí describe a un personaje final. Pablo lo llama "el hombre de pecado":

La Escritura dice
"...y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición, el cual se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto; tanto que se sienta en el templo de Dios como Dios, haciéndose pasar por Dios."
2 Tesalonicenses 2:3-4, RVR1960

Mira su perfil. No es simplemente un tirano cruel: es un usurpador religioso. Su ambición final no es el poder político, sino la adoración. Se opone a todo lo que se llama Dios, se exalta a sí mismo y se hace pasar por Dios. Su venida será "por obra de Satanás, con gran poder y señales y prodigios mentirosos" (2 Tesalonicenses 2:9): un personaje con respaldo sobrenatural, capaz de deslumbrar a un mundo que ya había rechazado el amor de la verdad.

Siglos antes, Daniel había visto una figura semejante: un "cuerno pequeño" que surge entre los poderes del mundo, con ojos de hombre y boca que habla grandes cosas, que hace guerra contra los santos y pretende cambiar "los tiempos y la ley", y al que se le da poder por "tiempo, y tiempos, y medio tiempo": la famosa media semana, tres años y medio (Daniel 7:8, 21, 25). Y en Apocalipsis 13, Juan describe una "bestia" que reúne los mismos rasgos: boca que habla blasfemias, guerra contra los santos, autoridad mundial por cuarenta y dos meses, y adoración universal (la estudiaremos en el próximo capítulo).

Diferentes interpretaciones

¿Por qué muchos intérpretes entendemos que el cuerno pequeño de Daniel 7, el hombre de pecado de 2 Tesalonicenses 2 y la bestia de Apocalipsis 13 son la misma figura final? Porque comparten el mismo perfil (blasfemia, usurpación de adoración, persecución de los santos), el mismo plazo (la media semana: tres años y medio, cuarenta y dos meses) y el mismo final (destruido por la venida gloriosa del Señor: Daniel 7:26; 2 Tesalonicenses 2:8; Apocalipsis 19:20). El texto invita a conectarlas. Aun así, conviene la honestidad: la Biblia nunca dice "estas tres figuras son una", y algunos intérpretes ven en ellas cumplimientos parciales en tiranos de la historia, como anticipos del último. Afirmamos lo que el texto permite, y no más.

Lo que no sabemos, y lo que sí

Ahora, lo que este capítulo no va a hacer: no vamos a ponerle nombre y apellido. La historia de la Iglesia está llena de identificaciones fracasadas: emperadores, papas, reyes, dictadores, presidentes, secretarios de organismos internacionales. Cada generación tuvo su candidato, y cada candidato murió sin serlo. La Escritura dice que el inicuo será manifestado "a su debido tiempo" (2 Tesalonicenses 2:6), no al tiempo de nuestra curiosidad. Señalar hoy a un político o a un líder religioso como "el Anticristo" no es discernimiento: es exactamente el tipo de especulación que la Biblia no autoriza.

No confundamos

Identificar al Anticristo no es tarea de la Iglesia. La Iglesia espera a Cristo, no al Anticristo. Y hay algo liberador en el orden de 2 Tesalonicenses 2:8: "entonces se manifestará aquel inicuo, a quien el Señor matará con el espíritu de su boca, y destruirá con el resplandor de su venida". El personaje más temido de la profecía es derrotado con el aliento de la boca del Señor. No hay batalla reñida. No hay suspenso. El Anticristo no es el rival de Cristo: es una criatura rebelde con fecha de vencimiento.

Y no olvides la advertencia de Juan, que es la aplicación más práctica de este capítulo: el espíritu del anticristo "ahora ya está en el mundo". No necesitas esperar al personaje final para encontrarte con su espíritu. Cada vez que una voz, una filosofía o un placer intenta destronar a Jesús en tu vida, esa es la batalla del anticristo en tu propia casa. El mayor peligro de estudiar al Anticristo sería terminar conociendo mucho acerca de la bestia y poco acerca del Cordero.

Piénsalo

¿Quién ocupa, en la práctica, el trono de tu vida? No respondas con lo que crees: responde con tu calendario, tu dinero y tus pensamientos de cada día.

Capítulo 12

La bestia, el 666 y la marca

Pocos textos de la Biblia han generado más miedo, más teorías y más malentendidos que Apocalipsis 13. Leámoslo con calma, porque su mensaje central no es tecnológico: es una pregunta sobre adoración.

Contexto bíblico

Juan, el último apóstol vivo, está desterrado en la isla de Patmos "por causa de la palabra de Dios" (Apocalipsis 1:9), bajo un imperio romano que exigía a sus súbditos honrar al emperador como a un dios. Allí recibe la revelación de Jesucristo. En el capítulo 12 ve a Satanás, el dragón, furioso y vencido, haciendo guerra contra el pueblo de Dios. El capítulo 13 muestra sus instrumentos: dos bestias. Los primeros lectores, cristianos perseguidos por negarse a adorar al césar, entendían perfectamente de qué se trataba: un poder político que exige adoración y castiga a quien no se somete.

La primera bestia sube del mar: un poder político y militar de alcance mundial, que recibe del dragón "su poder y su trono, y grande autoridad" (Apocalipsis 13:2). Habla blasfemias, hace guerra contra los santos y la vence, y ejerce autoridad "sobre toda tribu, pueblo, lengua y nación" durante cuarenta y dos meses (13:5-7): otra vez la media semana de Daniel. Es la figura que en el capítulo anterior conectamos con el hombre de pecado. Y el versículo 8 dice lo más escalofriante: la adoraron todos los moradores de la tierra cuyos nombres no estaban escritos en el libro de la vida del Cordero. La línea divisoria del mundo no será económica ni cultural: será la adoración.

La segunda bestia sube de la tierra, tiene cuernos "semejantes a los de un cordero" pero habla "como dragón" (13:11): apariencia mansa, voz satánica. Apocalipsis la llama después "el falso profeta" (16:13; 19:20). Su función es religiosa: hace grandes señales, engaña a los moradores de la tierra, ordena hacer una imagen de la primera bestia y consigue que la imagen sea adorada, bajo pena de muerte (13:12-15). Es la parodia final: así como el Espíritu Santo glorifica a Cristo, el falso profeta glorifica a la bestia. Satanás no inventa: falsifica.

La marca

La Escritura dice
"Y hacía que a todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, se les pusiese una marca en la mano derecha, o en la frente; y que ninguno pudiese comprar ni vender, sino el que tuviese la marca o el nombre de la bestia, o el número de su nombre."
Apocalipsis 13:16-17, RVR1960

Lee el contexto completo y notarás algo decisivo: la marca no es un accidente técnico que alguien recibe sin darse cuenta. Está al final de una cadena que empieza mucho antes: adorar al dragón (13:4), adorar a la bestia (13:4,8), adorar su imagen (13:15) y, entonces, recibir su marca (13:16). La marca es el sello visible de una lealtad: identifica a quien se ha sometido y adora a la bestia. Por eso Apocalipsis 14:9-11 pronuncia juicio sobre quien adora a la bestia y a su imagen "y recibe la marca": las tres cosas van juntas. Y por eso el contraste: los redimidos llevan "el nombre de él y el de su Padre escrito en la frente" (Apocalipsis 14:1). Dos sellos, dos pertenencias, dos adoraciones. Al final, todo el mundo llevará una marca: la pregunta es de quién.

El número

La Escritura dice
"Aquí hay sabiduría. El que tiene entendimiento, cuente el número de la bestia, pues es número de hombre. Y su número es seiscientos sesenta y seis."
Apocalipsis 13:18, RVR1960

Sobre el 666 se ha escrito de todo. El texto da tres pistas sobrias: requiere sabiduría, es "número de hombre" y es seiscientos sesenta y seis. Muchos intérpretes, desde la antigüedad, señalan el simbolismo: si el siete expresa en Apocalipsis lo completo y perfecto, el seis repetido tres veces sería la firma de lo humano que intenta ser Dios y se queda siempre corto. Falsa trinidad (dragón, bestia, falso profeta), falsa perfección, seis, seis, seis. Otros esperan que, en su momento, el número permita a los creyentes de entonces identificar al personaje. Lo que el texto no autoriza es el pasatiempo de convertir nombres modernos en 666 mediante cuentas creativas: ese juego se ha hecho con emperadores, papas, presidentes y empresarios de cada siglo, y ha fallado siempre.

No confundamos

Ni las vacunas, ni los celulares, ni los chips, ni los códigos QR, ni la inteligencia artificial, ni las monedas digitales son la marca de la bestia. La marca del texto bíblico está inseparablemente unida a la adoración consciente de la bestia bajo el falso profeta, en un tiempo específico, con un ultimátum público: adora o no compras. Nadie recibe la marca por accidente, por vacunarse o por usar tecnología. Ahora bien, seamos igual de honestos en la otra dirección: la infraestructura tecnológica moderna demuestra que un sistema mundial de control económico resulta hoy más imaginable que nunca. Eso debe llamarnos la atención y mantenernos velando. Pero posibilidad no es cumplimiento, y ningún invento actual es, por sí mismo, la marca profetizada.

Termino con la nota pastoral que este capítulo necesita. El propósito de Apocalipsis 13 nunca fue que los creyentes vivieran escaneando la tecnología con pánico. Fue advertir a cada generación de algo mucho más cercano: los sistemas de este mundo siempre intentarán comprar tu adoración, poniéndole precio a tu fidelidad. A los primeros lectores les costaba el mercado, el oficio o la vida no adorar al césar. A los creyentes del tiempo final les costará comprar y vender. ¿Y a ti? Quizás hoy le cuesta a alguien su ascenso, su reputación o su comodidad no doblar la rodilla ante lo que todos aplauden. La marca final todavía no existe. La presión por vender la lealtad a Cristo existe desde siempre.

Piénsalo

¿Qué precio ha intentado ponerle el mundo a tu fidelidad? ¿Y a qué precio la has vendido alguna vez?

Capítulo 13

La Gran Tribulación y los juicios de Apocalipsis

Jesús no usó palabras suaves para describir el tiempo final. Pero incluso en el capítulo más oscuro de la profecía, hay una verdad que sostiene todo: el trono de Dios nunca está vacío.

La Escritura dice
"...porque habrá entonces gran tribulación, cual no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá."
Mateo 24:21, RVR1960

Jesús habla de una angustia sin precedente y sin repetición: única en la historia. Está citando casi literalmente a Daniel: "será tiempo de angustia, cual nunca fue desde que hubo gente hasta entonces; pero en aquel tiempo será libertado tu pueblo, todos los que se hallen escritos en el libro" (Daniel 12:1). Nota que ya en Daniel el tiempo de angustia viene con promesa de liberación adosada. Dios nunca anuncia juicio sin anunciar rescate.

El libro que despliega ese tiempo es Apocalipsis. Y antes de mirar sus juicios, tienes que saber dónde comienza la visión, porque ahí está la clave para leerla sin desesperar: comienza en el capítulo 4, con Juan mirando "una puerta abierta en el cielo" y viendo lo primero que Dios quiso que viera: "un trono establecido en el cielo, y en el trono, uno sentado" (Apocalipsis 4:2). Antes de los sellos, antes de las trompetas, antes de las copas: el trono, ocupado. Y en el capítulo 5, el único digno de tomar el libro de los juicios y abrirlo resulta ser "el León de la tribu de Judá" que Juan ve como "un Cordero como inmolado" (Apocalipsis 5:5-6). El que administra la historia final es el mismo que murió por los pecadores. Eso cambia el tono de todo lo que sigue.

Sellos, trompetas y copas

Apocalipsis organiza los juicios en tres series de siete, que avanzan en intensidad, como los dolores de parto que Jesús anunció:

Los siete sellos (Apocalipsis 6): al abrirse el libro, se desatan sobre la tierra conquista, guerra, hambre y muerte (los famosos cuatro jinetes), el clamor de los mártires bajo el altar pidiendo justicia, y una conmoción cósmica que arranca al mundo su falsa seguridad. Los poderosos de la tierra, escondidos en las cuevas, pronuncian el diagnóstico exacto del momento: "porque el gran día de su ira ha llegado; ¿y quién podrá sostenerse en pie?" (Apocalipsis 6:17). El mundo que decía "paz y seguridad" descubre de quién es la ira.

Las siete trompetas (Apocalipsis 8-9): juicios que golpean la creación (tierra, mar, aguas, cielos) en proporciones parciales, como advertencias que todavía llaman al arrepentimiento, y luego juicios de dimensión espiritual y demoníaca que atormentan a la humanidad rebelde. El dato más triste de toda la serie es cómo responde el hombre: "los otros hombres que no fueron muertos con estas plagas, ni aun así se arrepintieron" (Apocalipsis 9:20). El problema del ser humano nunca fue falta de evidencia. Es dureza de corazón.

Las siete copas (Apocalipsis 15-16): el derramamiento final y completo de "la ira de Dios", ya sin proporciones parciales, sobre el imperio de la bestia y sobre una humanidad que, en lugar de arrepentirse, blasfema (16:9,11,21). La serie desemboca en la reunión de los reyes de la tierra "en el lugar que en hebreo se llama Armagedón" (16:16), el escenario del choque final con el Rey que viene.

En medio de estas series, Apocalipsis intercala visiones del otro bando: los redimidos sellados y protegidos por Dios (capítulo 7), dos testigos que profetizan con poder (capítulo 11), la mujer y el dragón (capítulo 12), los mártires vencedores (capítulos 12 y 14), y la caída de "Babilonia la grande" (capítulos 17-18): el sistema mundial de seducción, riqueza e idolatría, la ramera que cabalga sobre la bestia, juzgada en una sola hora mientras el cielo celebra. El mensaje del conjunto es inconfundible: los juicios no son el caos ganando: son el trono actuando. Aunque el mundo parezca fuera de control, nunca lo está.

Una aclaración importante

Los intérpretes debaten con sinceridad si los sellos, las trompetas y las copas son estrictamente consecutivos, o si en parte se superponen mirando los mismos acontecimientos desde ángulos distintos. Este libro no necesita resolver ese debate, y tú tampoco: la progresión general (juicios que se intensifican hasta el regreso de Cristo) es clara en cualquiera de las lecturas serias. Cuidado con quien te venda su diagrama como si fuera el texto inspirado.

Una posible cronología

Con todas las piezas que hemos estudiado, este es el orden de los acontecimientos según la interpretación futurista pretribulacional que este libro presenta:

Queda una pregunta enorme flotando sobre este capítulo. Si la Iglesia es arrebatada antes de este período... ¿quiénes son entonces los redimidos que Apocalipsis muestra durante la tribulación? ¿Todavía habrá salvación en el tiempo más oscuro de la historia? Esa pregunta merece su propio capítulo.

Capítulo 14

¿Puede alguien ser salvo durante la tribulación?

En el capítulo más duro de la historia humana, Apocalipsis muestra una multitud que nadie puede contar, vestida de blanco. La gracia de Dios no se apaga ni en la hora más oscura.

La Escritura dice
"Después de esto miré, y he aquí una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas, y con palmas en las manos; y clamaban a gran voz, diciendo: La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero."
Apocalipsis 7:9-10, RVR1960

Cuando a Juan le preguntan quiénes son, la respuesta es directa: "Estos son los que han salido de la gran tribulación, y han lavado sus ropas, y las han emblanquecido en la sangre del Cordero" (Apocalipsis 7:14). Ahí está la respuesta a la pregunta del capítulo: sí, Apocalipsis muestra personas que pertenecen a Dios durante ese período, una multitud incontable de todas las naciones. El período de la ira será también, asombrosamente, un período de cosecha.

Dentro de la postura pretribulacional, esto se entiende así: tras el arrebatamiento de la Iglesia, habrá personas que despertarán a la verdad y creerán en Jesucristo durante la tribulación. Apocalipsis menciona el evangelio proclamado incluso por un ángel "a los moradores de la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo" (14:6), a los dos testigos profetizando (capítulo 11), y a un remanente de Israel sellado por Dios (7:1-8). Digo con honestidad que esto es interpretación del conjunto, no un versículo que lo declare con todas las letras; pero la multitud vestida de blanco está en el texto, y de algún modo llegó ahí.

Lo que esto no significa

Una aclaración importante

Nadie se salva por morir mártir. La muerte, ni siquiera la muerte por causa de Cristo, compra la salvación de nadie: si el martirio salvara, la cruz de Cristo habría sido innecesaria. Fíjate cómo lo dice el propio texto: la multitud no emblanqueció sus ropas con su sangre, sino "en la sangre del Cordero" (Apocalipsis 7:14). Y de los mártires se dice que vencieron "por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos" (Apocalipsis 12:11): primero la sangre del Cordero, después el testimonio. En la tribulación, como hoy, como siempre, la salvación es por gracia, mediante la fe en Jesucristo. No existe una segunda forma de salvación. Nunca existió.

Los que crean en aquel tiempo pagarán su fe caro: la bestia hará "guerra contra los santos" (13:7), muchos serán muertos por negarse a adorarla (13:15; 20:4), y perseverar exigirá todo: "Aquí está la paciencia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús" (Apocalipsis 14:12). Pero Apocalipsis insiste en mostrar el otro lado del martirio: almas bajo el altar vestidas de blanco (6:9-11), vencedores de pie sobre un mar de vidrio cantando el cántico del Cordero (15:2-3), y una bienaventuranza pronunciada desde el cielo: "Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor" (14:13). Lo que la bestia llama derrota, el cielo lo llama victoria.

La advertencia que sí es para hoy

Ahora déjame hablarte con franqueza de pastor, porque conozco el razonamiento que algunos hacen en silencio: "Entonces, si quedo fuera en el arrebatamiento, todavía tendré una segunda oportunidad durante la tribulación. Ya me decidiré entonces."

Escúchame bien: ese cálculo es una trampa mortal. Primero, porque nadie tiene garantizado el mañana, ni siquiera el de esta noche (Santiago 4:13-14; Lucas 12:20): tu oportunidad de reconciliarte con Dios es esta, la que tienes ahora mismo. Segundo, porque la Escritura describe aquel tiempo como el reino del engaño, cuando Dios permitirá que los que "no recibieron el amor de la verdad" crean la mentira (2 Tesalonicenses 2:10-12): quien endurece hoy su corazón contra la verdad no tiene ninguna garantía de ablandarlo mañana bajo presión. Y tercero, porque creer en aquel tiempo costará lo que hoy no cuesta: la cabeza. Nadie que posterga a Cristo por comodidad debería apostar a que lo elegirá cuando elegirlo cueste la vida.

La Escritura dice
"He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación."
2 Corintios 6:2, RVR1960
Piénsalo

Si sabes que un día tendrás que decidirte por Cristo, ¿qué razón real tienes para no decidirte hoy, cuando la puerta está abierta de par en par?

La buena noticia es que toda esta oscuridad tiene fecha de terminación. Los juicios no son el final de la historia. El final de la historia entra montado en un caballo blanco.

Capítulo 15

Entonces aparecerá el Rey

Hemos hablado del Anticristo, de bestias, de juicios y de tribulación. Ahora todo eso pasa a segundo plano, porque el cielo se abre. Este es el capítulo hacia el que caminaba todo el libro.

La Escritura dice
"Entonces vi el cielo abierto; y he aquí un caballo blanco, y el que lo montaba se llamaba Fiel y Verdadero, y con justicia juzga y pelea. Sus ojos eran como llama de fuego, y había en su cabeza muchas diademas... Estaba vestido de una ropa teñida en sangre; y su nombre es: EL VERBO DE DIOS... Y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES."
Apocalipsis 19:11-13,16, RVR1960

Quédate un momento en los nombres, porque en la Biblia los nombres revelan a la persona. Fiel y Verdadero: en un mundo que se hundió por creer la mentira, aparece por fin alguien que es la verdad misma y que cumple todo lo que prometió. El Verbo de Dios: el mismo que en el principio era con Dios y era Dios, el que se hizo carne y habitó entre nosotros (Juan 1:1,14). Rey de reyes y Señor de señores: ninguna autoridad de la historia, humana o infernal, queda por encima de Él ni al nivel de Él.

Y nota quién es. No es un Cristo distinto ni un personaje nuevo. Es Jesús de Nazaret, el mismo. Los ángeles lo prometieron el día que ascendió al cielo, mientras los discípulos miraban hacia arriba con la boca abierta:

La Escritura dice
"Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo."
Hechos 1:11, RVR1960

Este mismo Jesús. El que abrazó leprosos y cargó la cruz. Pero ya no viene como vino la primera vez. La primera vez vino en humildad, envuelto en pañales, a ser rechazado y a morir por los pecadores. Esta vez viene en gloria, y no habrá un solo ojo que se lo pierda: "Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria" (Mateo 24:30). No será un rumor, ni un evento secreto, ni algo que haya que verificar en las noticias: "He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá" (Apocalipsis 1:7). Zacarías añade el detalle que cierra el círculo de la historia: sus pies se afirmarán "en aquel día sobre el monte de los Olivos" (Zacarías 14:4), el mismo monte desde donde ascendió y donde pronunció el discurso con el que empezó este libro.

El desenlace más desigual de la historia

¿Y la gran batalla final? Aquí Apocalipsis nos da una de las sorpresas más elocuentes de toda la Escritura: no hay batalla que contar. La bestia y los reyes de la tierra se reúnen "para guerrear contra el que montaba el caballo" (19:19), y el versículo siguiente ya los muestra derrotados: la bestia y el falso profeta, apresados y lanzados al lago de fuego, y los demás muertos "con la espada que salía de la boca del que montaba el caballo" (19:20-21). La espada sale de su boca: es su palabra. El universo fue creado por la palabra de Cristo, y la rebelión final será desarmada por la misma palabra. Pablo lo había dicho: el Señor lo matará "con el espíritu de su boca" y lo destruirá "con el resplandor de su venida" (2 Tesalonicenses 2:8).

Para el pueblo de Dios, ese mismo día es exactamente lo contrario: alivio, justicia y gloria. "Porque es justo delante de Dios pagar con tribulación a los que os atribulan, y a vosotros que sois atribulados, daros reposo con nosotros, cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo", escribe Pablo, el día en que venga "para ser glorificado en sus santos y ser admirado en todos los que creyeron" (2 Tesalonicenses 1:6-7,10). Toda injusticia no resuelta, toda sangre de mártir, toda burla contra la fe, encuentra su respuesta ese día.

Piénsalo

La historia no termina con el Anticristo. La historia termina bajo el gobierno de Cristo. La única pregunta abierta es de qué lado de ese día estarás tú.

No confundamos

El regreso visible de Cristo no es una metáfora de la muerte de cada persona, ni un símbolo del progreso de la humanidad, ni un mito para consolar. Es el acontecimiento central pendiente de la historia, prometido por Jesús, confirmado por los ángeles y esperado por la Iglesia desde hace veinte siglos. Los cristianos podemos discutir el orden de los detalles; sobre el hecho no hay discusión posible: Él viene.

¿Y después? Apocalipsis 20 responde con uno de los pasajes más debatidos y más esperanzadores de la Biblia: mil años, el fin de Satanás y un trono blanco.

Capítulo 16

El milenio, Satanás y el juicio final

Después del regreso del Rey, Apocalipsis 20 describe mil años de reinado, la derrota definitiva de Satanás y el juicio ante el gran trono blanco. Es el capítulo donde la justicia de Dios firma las cuentas de la historia.

El capítulo comienza con una escena que la humanidad espera desde Génesis 3: un ángel desciende del cielo, prende al dragón, "la serpiente antigua, que es el diablo y Satanás", lo ata por mil años y lo encierra en el abismo "para que no engañase más a las naciones" (Apocalipsis 20:1-3). Después, Juan ve tronos, y a los santos, incluidos los mártires de la tribulación, que "vivieron y reinaron con Cristo mil años" (20:4). El texto llama a esto "la primera resurrección" y pronuncia una bienaventuranza sobre quienes tienen parte en ella: sobre ellos "la segunda muerte no tiene potestad" (20:5-6).

Diferentes interpretaciones

¿Cómo entender esos mil años (en latín, el "milenio")? Los cristianos ortodoxos han sostenido históricamente tres lecturas principales. Premilenialismo: Cristo regresa antes del milenio, y los mil años son un reinado real y futuro de Cristo sobre la tierra, tras su venida. Amilenialismo: los mil años simbolizan la era presente entre las dos venidas, en la que Cristo reina desde el cielo y Satanás está limitado para no impedir el avance del evangelio. Postmilenialismo: el evangelio triunfará de tal manera en la historia que producirá una larga era de paz y justicia, tras la cual Cristo regresará. Este libro se inclina por la lectura premilenial futurista, porque el orden natural de Apocalipsis 19-20 coloca el reinado después del regreso, y porque promesas proféticas de un reino de justicia y paz sobre esta tierra (Isaías 2:2-4; 11:1-10; Zacarías 14:9) encajan con ese período. Pero digámoslo con la humildad debida: creyentes fieles y sabios de todos los siglos han sostenido las otras dos posturas, y ninguna de las tres es herejía. Lo que ningún cristiano puede negar es lo que las tres afirman juntas: Cristo reina, Satanás pierde y la historia termina en el trono de Dios.

El final de Satanás

Al terminar los mil años, Satanás es soltado "por un poco de tiempo" y hace lo único que sabe hacer: engañar y reunir a las naciones contra Dios (20:7-9). El episodio, breve y trágico, demuestra por última vez que el problema del ser humano nunca fue el ambiente: ni siquiera mil años de justicia visible cambian un corazón que no ha nacido de nuevo. El desenlace es fulminante: fuego del cielo, y entonces, el versículo que el pueblo de Dios espera desde el Edén:

La Escritura dice
"Y el diablo que los engañaba fue lanzado en el lago de fuego y azufre, donde estaban la bestia y el falso profeta; y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos."
Apocalipsis 20:10, RVR1960

Fíjate en lo que este versículo hace con el miedo. Satanás no es el rival eterno de Dios, ni el rey del infierno, ni una fuerza equivalente del mal en un universo dividido. Es una criatura rebelde, juzgada y sentenciada. Su condena no es un combate: es una ejecución de sentencia. El acusador de los hermanos no acusará nunca más.

El gran trono blanco

La Escritura dice
"Y vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él... Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras... Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego."
Apocalipsis 20:11-12,15, RVR1960

Esta es la escena más solemne de toda la Biblia. La resurrección alcanza a todos: "el mar entregó los muertos que había en él; y la muerte y el Hades entregaron los muertos" (20:13). Nadie falta: grandes y pequeños, célebres y olvidados. Y hay dos clases de libros. Los libros, plural: el registro de las obras, donde la justicia de Dios no pierde detalle. Y el libro de la vida: el registro de los que pertenecen al Cordero (Apocalipsis 13:8; 21:27). El veredicto final no se decide por balance de obras, como si las buenas taparan las malas: se decide por la inscripción en el libro de la vida. Las obras evidencian; el libro define. Quien está en el libro fue salvado por la sangre del Cordero; quien no está, es juzgado estrictamente por lo que hizo, y ningún ser humano sobrevive a ese estándar (Romanos 3:23).

Aquí también muere el último enemigo: "la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego" (20:14). La muerte misma muere. A esto lo llama el texto "la muerte segunda": la separación final y definitiva de Dios. Jesús habló de ella con más seriedad que nadie, y por amor: advirtió del fuego eterno no para deleitarse en el terror, sino para que nadie llegara allá (Mateo 25:41,46; Juan 3:16-18).

Piénsalo

En el gran trono blanco no habrá abogados, excusas ni segundas versiones. Solo una pregunta importará: ¿está tu nombre en el libro de la vida del Cordero? Esa pregunta no se responde aquel día. Se responde hoy.

Y entonces, cuando el pecado, Satanás y la muerte ya no existen, Dios hace lo que había prometido desde los profetas: lo hace todo nuevo. El penúltimo capítulo de este libro es el más hermoso, porque es el destino de todos los que son de Cristo.

Capítulo 17

He aquí, yo hago nuevas todas las cosas

Si alguna vez pensaste que la Biblia termina con el mundo destruido, prepárate para la sorpresa más hermosa de todas: la Biblia no termina en cenizas. Termina en una boda.

La Escritura dice
"Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron... Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios."
Apocalipsis 21:1-3, RVR1960

Detente en la dirección del movimiento, porque corrige la idea que casi todos tenemos del cielo. La ciudad santa desciende. No somos nosotros los que subimos a un cielo de nubes a flotar para siempre: es Dios quien baja a habitar con su pueblo, en una creación renovada. La historia humana empezó con Dios caminando con el hombre en un huerto (Génesis 3:8), y termina con Dios morando con los hombres en una ciudad. Todo lo que el pecado interrumpió en Génesis, Dios lo restaura y lo supera en Apocalipsis.

Y entonces viene el versículo que ha secado más lágrimas que ningún otro:

La Escritura dice
"Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron. Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas."
Apocalipsis 21:4-5, RVR1960

Léelo despacio, con tu propia vida delante. Ya no habrá muerte: ningún funeral más, nunca. Ni llanto: ninguna noche llorando en la almohada. Ni clamor: ningún grito de auxilio, ninguna sirena, ninguna guerra. Ni dolor: ni el del cuerpo ni el del alma. Y quien lo promete no es un poeta soñando: es "el que estaba sentado en el trono", el mismo trono que gobernó cada página de este libro. Por si acaso dudamos, añade: "Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas" (21:5).

Juan describe la nueva Jerusalén con las imágenes más preciosas que su lenguaje alcanza: muros de jaspe, calles de oro transparente, puertas de perla, fundamentos con los nombres de los apóstoles (21:10-21). Pero lo más notable es lo que la ciudad no tiene. No tiene templo, "porque el Señor Dios Todopoderoso es el templo de ella, y el Cordero" (21:22): ya no hay un edificio para encontrarse con Dios, porque Dios mismo está en todas partes con los suyos. No tiene sol ni luna, "porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera" (21:23). No tiene noche (21:25; 22:5). Y no tiene maldición:

La Escritura dice
"Y no habrá más maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán, y verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes."
Apocalipsis 22:3-4, RVR1960

Verán su rostro. Cuatro palabras que son el destino de toda la fe. Lo que Moisés pidió y no pudo recibir (Éxodo 33:20), lo que los salmistas anhelaron, lo que ahora vemos "por espejo, oscuramente" (1 Corintios 13:12), será la experiencia diaria y eterna de los redimidos: ver el rostro de Dios y vivir. Eso es el cielo. No las calles de oro: el rostro.

Una aclaración importante

Apocalipsis no termina con destrucción. Termina con restauración. El fuego y el juicio no son la última palabra de Dios: son la limpieza previa a la renovación de todas las cosas. Quien lee la profecía y solo ve catástrofes se detuvo dos capítulos antes del final. El libro más temido de la Biblia desemboca en el paraíso recuperado, con el árbol de la vida y las hojas "para la sanidad de las naciones" (22:2). Apocalipsis no termina con la bestia. Termina con el Cordero.

Una sola cosa ensombrece el pasaje, y la Escritura la deja escrita por amor: no todos entran. "El que venciere heredará todas las cosas... pero los cobardes e incrédulos... tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre" (21:7-8). "No entrará en ella ninguna cosa inmunda... solamente los que están inscritos en el libro de la vida del Cordero" (21:27). La puerta de esa ciudad se atraviesa por gracia, mediante la fe en Jesucristo, y se decide de este lado de la eternidad.

Piénsalo

Dios enjugará toda lágrima. ¿Estarás tú allí para que enjugue las tuyas?

Nos queda una última pregunta, la más práctica de todas. Si todo esto es verdad, si el Rey viene, si la eternidad espera... ¿cómo se vive un lunes por la mañana? Jesús respondió esa pregunta con tres historias.

Capítulo 18

¿Y si Cristo viniera hoy?

Después de responder las preguntas proféticas de sus discípulos en Mateo 24, Jesús no cerró con un diagrama. Cerró con tres parábolas, y las tres terminan en la misma palabra: prepárate.

Mateo 25 es la aplicación que el propio Jesús le puso a su discurso profético. Si quieres saber qué quería Él que hiciéramos con toda esta información, no tienes que adivinarlo: está en tres historias.

Las diez vírgenes: ¿estás preparado?

Diez jóvenes esperan al novio de una boda para salir a recibirlo con sus lámparas, según la costumbre de la época. Cinco llevan aceite de reserva; cinco no. El novio tarda, todas se duermen, y a la medianoche llega el grito: "¡Aquí viene el esposo; salid a recibirle!" (Mateo 25:6). Las cinco previsoras entran con él a la boda; las otras cinco, mientras corren a comprar aceite, encuentran la puerta cerrada y escuchan las palabras más terribles del capítulo: "De cierto os digo, que no os conozco" (25:12).

Nota los detalles que duelen. Las diez esperaban al novio. Las diez tenían lámpara. Las diez se durmieron. Por fuera eran indistinguibles: la diferencia estaba en el aceite, en lo interior, en lo que no se ve hasta que el novio llega. Hay una preparación que no se puede improvisar a última hora ni pedir prestada al vecino: nadie puede creer por ti, nadie puede haber nacido de nuevo por ti. Y la conclusión de Jesús: "Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del Hombre ha de venir" (Mateo 25:13).

Los talentos: ¿qué estás haciendo con lo que Dios te entregó?

Un señor se va de viaje y confía sus bienes a sus siervos: a uno cinco talentos, a otro dos, a otro uno (un talento era una suma enorme de dinero). Los dos primeros trabajan y duplican lo recibido; el tercero entierra el suyo. Cuando el señor vuelve, "después de mucho tiempo" (25:19), arregla cuentas. A los fieles les dice las palabras que todo creyente anhela oír: "Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor" (25:21). Al que enterró su talento, lo confronta: siervo malo y negligente.

La espera del Rey no es una sala de espera: es un encargo. Tu tiempo, tus dones, tus recursos, tus oportunidades, tu familia, tu testimonio: todo es capital del Reino puesto en tus manos. El siervo del talento enterrado no fue condenado por hacer el mal, sino por no hacer nada. Esperar a Cristo con los brazos cruzados es no haber entendido la espera.

Las ovejas y los cabritos: ¿tu fe está produciendo fruto?

La tercera escena es el Rey en su trono de gloria, separando a las naciones "como aparta el pastor las ovejas de los cabritos" (25:32). A los de su derecha les dice: "Venid, benditos de mi Padre... Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí" (25:34-36). Y ante la sorpresa de ellos, la frase inmortal: "en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis" (25:40).

No leas esta parábola como salvación por obras: toda la Escritura enseña que somos salvos por gracia mediante la fe (Efesios 2:8-9). Léela como Jesús la contó: el amor práctico es la evidencia de la fe real. Las ovejas no se salvaron por servir; sirvieron porque eran ovejas. La fe que no toca el hambre, la soledad ni el dolor del prójimo es la "apariencia de piedad" de la que ya hablamos, y en el día del Rey quedará al descubierto (Santiago 2:14-17; 1 Juan 3:17-18).

Al que dice "yo creo en Dios"

Permíteme ahora hablarte directamente, como si estuviéramos tú y yo sentados con un café. Quizás tú eres de los que me dirían: "Pastor, yo creo en Dios". Y yo te creo. Pero después de estas tres parábolas, la pregunta ya no puede ser si crees que Dios existe. La pregunta es otra: ¿tienes aceite en la lámpara, o solo lámpara? ¿Estás invirtiendo lo que Dios te dio, o lo tienes enterrado debajo de tu rutina? ¿Tu fe alimenta, visita, perdona, sirve... o solo opina?

¿Has nacido de nuevo? ¿Te has arrepentido de tus pecados? ¿Sigues a Cristo, o solo lo admiras de lejos? ¿Hay fruto en tu vida que no se explique sin Dios? ¿Amas al prójimo? ¿Perdonas? ¿Sirves? ¿Vives para Cristo o solamente para ti? Jesús resumió el costo y la gloria de seguirle en una sola frase:

La Escritura dice
"Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame."
Lucas 9:23, RVR1960

Seguir a Cristo no significa ser perfecto. Los discípulos que escucharon estas parábolas tropezaron, dudaron y fallaron, y Jesús los levantó una y otra vez. Significa algo más profundo que la perfección: que tu vida le pertenece. Que cuando caes, caes hacia Él y no lejos de Él. Que hay una cruz diaria, una dirección, un Señor.

Entonces, ¿cómo debemos vivir?

Pedro hizo exactamente esta pregunta después de describir el día del Señor, y la respondió sin rodeos: "Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir, esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios!" (2 Pedro 3:11-12). Y Pablo enseñó que la misma gracia que nos salva nos entrena para la espera: "renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo" (Tito 2:12-13).

¿Cómo debo vivir?
  • Vive en santidad, no por miedo, sino porque esperas ver al Rey (2 Pedro 3:11,14; 1 Juan 3:2-3).
  • Ama y perdona hoy: no dejes heridas abiertas para un mañana que quizás no llegue (Mateo 6:12; 24:12).
  • Sirve con lo que recibiste: tus talentos son del Rey y habrá rendición de cuentas gozosa (Mateo 25:21).
  • Habla de Cristo: el evangelio a todas las naciones es el motor del calendario de Dios (Mateo 24:14).
  • Cuida tu casa: guía a tu familia hacia Cristo; el arca se construyó en familia (Génesis 7:1; Josué 24:15).
  • Congrégate y anima a otros, "y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca" (Hebreos 10:24-25).
  • Vela y sé sobrio: infórmate sin obsesionarte, discierne sin especular, ora sin cesar (1 Tesalonicenses 5:6,17).
  • No ames al mundo ni entierres tu corazón en lo que va a pasar (1 Juan 2:15-17).
  • No vivas con miedo: el temor del futuro no es de los hijos del Dueño del futuro (Lucas 21:28; 2 Timoteo 1:7).
  • Haz el bien y ten compasión: cada "pequeño" que tocas, lo tocas a Él (Mateo 25:40; Gálatas 6:9-10).
  • Permanece fiel hasta el final (Mateo 24:13; Apocalipsis 2:10).
  • Espera a Cristo cada día, como quien espera a alguien que ama (Filipenses 3:20).

La respuesta bíblica a la profecía no es construir un búnker. Es vivir para Cristo. No es acumular provisiones: es dar fruto. No es esconderse del mundo: es alumbrarlo. El cristiano que espera bien no se nota porque hable todo el día del Anticristo: se nota porque ama, sirve y permanece cuando todos se enfrían.

Preguntas para meditar
  1. ¿Estoy esperando a Cristo o solamente estoy curioso acerca de las profecías?
  2. ¿Qué ocupa realmente el primer lugar en mi vida? Si Jesús examinara mis prioridades hoy, ¿qué encontraría?
  3. ¿Mi fe se manifiesta en una vida transformada, o solo en opiniones religiosas?
  4. ¿La maldad que veo a mi alrededor está enfriando mi amor?
  5. ¿Qué talento tengo enterrado, y cuál sería el primer paso para ponerlo a trabajar para el Reino?
  6. ¿Hay alguien a quien necesito hablarle del evangelio... y llevo tiempo postergándolo?
  7. Si Cristo viniera hoy, ¿estoy preparado para encontrarme con Él?
Conclusión

No tengas miedo. Prepárate

Hemos recorrido señales, semanas proféticas, bestias, juicios, tronos y una ciudad que desciende del cielo. Antes de despedirnos, deja que te hable de corazón a corazón. Y déjame hacerlo mirando a tres personas distintas, porque una de ellas eres tú.

A ti, que no conoces a Cristo

Quizás llegaste a este libro por curiosidad sobre el fin del mundo. Gracias por llegar hasta aquí. Ahora déjame decirte con todo el amor del mundo: no necesitas ver una profecía más para tomar tu decisión. No necesitas conocer la identidad del Anticristo, ni presenciar el arrebatamiento, ni ver aparecer la marca para saber que Dios es real. La evidencia decisiva ya ocurrió hace dos mil años: Cristo murió por los pecadores, y resucitó. Eso no es una predicción: es historia. El evangelio ya está delante de ti, completo, terminado, ofrecido. Si esperas una señal para volverte a Dios, esta página es tu señal. Arrepiéntete y cree. El próximo apartado, "Todavía hay tiempo", es para ti.

A ti, que dices ser cristiano pero vives lejos de Cristo

Tú tienes la lámpara. Conoces los cantos, las frases, quizás los versículos. Y sin embargo, si fuiste honesto durante este libro, algo se removió por dentro, porque sabes que "yo creo en Dios" no es lo mismo que pertenecerle. No descanses en una creencia que no cambia tu vida: los demonios también creen, y tiemblan (Santiago 2:19). Examina tu vida, como pide la Escritura: "Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe" (2 Corintios 13:5). No preguntes si eres perfecto: nadie lo es. Pregunta si realmente estás siguiendo a Jesús: si hay arrepentimiento, si hay hambre de Dios, si hay fruto, si hay dirección. Y si la respuesta honesta es no, no te defiendas: vuelve. El Padre del hijo pródigo sigue corriendo al encuentro de los que vuelven (Lucas 15:20). Volver hoy es infinitamente mejor que llorar ante una puerta cerrada.

A ti, creyente fiel que tienes temor

Conozco tu caso también, porque lo veo en la iglesia: amas a Cristo, y aun así estos temas te producen ansiedad. Cada noticia te aprieta el pecho. Te preguntas si sobrevivirás a lo que viene, si tus hijos sufrirán, si serás capaz de permanecer. Escucha: tu esperanza no está en comprender cada símbolo de Apocalipsis, ni en adivinar el orden exacto de los acontecimientos. Tu esperanza está en una Persona que ya venció a la muerte y que te llama por tu nombre. Ningún capítulo de este libro te fue dado para el pánico: ni uno. El mismo Jesús que anunció las señales te dejó dicho lo que debes hacer cuando las veas:

La Escritura dice
"Cuando estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención está cerca."
Lucas 21:28, RVR1960

No dice "escondeos". No dice "temed". Dice: levanten la cabeza. Lo que para el mundo es amenaza, para ti es redención acercándose. El trono nunca está vacío, la historia no se le está escapando a Dios de las manos, y el que prometió "estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo" (Mateo 28:20) no ha renunciado a su promesa. Vive sobrio, vive velando, vive sirviendo. Y duerme en paz: tu mañana le pertenece a tu Padre.

La profecía bíblica no fue dada para que vivamos obsesionados intentando descubrir la fecha del fin. Fue dada para que vivamos preparados para encontrarnos con el Rey. Esa fue la primera frase de este libro, y quiero que sea también la última que recuerdes de esta conclusión: Cristo viene. Vuelve a Dios.

Llamado final

Todavía hay tiempo

Si este libro fuera un sermón, este sería el momento en que dejo las notas a un lado, bajo del púlpito y te hablo a ti.

Quiero explicarte el evangelio con la sencillez con que se lo explicaría a un amigo, porque es la noticia de la que depende todo lo demás.

Dios es santo. No es una fuerza ni un abuelo indulgente: es el Creador, perfecto en justicia, demasiado limpio como para mirar el mal y encogerse de hombros (Habacuc 1:13). Todo este libro lo ha mostrado: el pecado se juzga, siempre.

Nosotros hemos pecado. Todos. "Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios" (Romanos 3:23). No solo los criminales: tú y yo, en pensamientos, palabras, hechos y omisiones. Y nuestros pecados nos separan de Dios (Isaías 59:2): esa separación es la raíz de toda la ruina que este libro describió, y su paga final es muerte (Romanos 6:23).

No podemos salvarnos a nosotros mismos. Ni la religión, ni las buenas obras, ni la sinceridad alcanzan: ante el trono blanco, ningún historial humano sobrevive. Si la salvación dependiera de nosotros, este libro solo podría terminar en miedo.

Pero Dios nos amó primero. Jesucristo, el Hijo de Dios, se hizo hombre y murió en la cruz por nuestros pecados: el justo por los injustos, para llevarnos a Dios (1 Pedro 3:18). En esa cruz, la ira que nuestro pecado merecía cayó sobre Él. Y al tercer día resucitó, venciendo a la muerte: el mismo Jesús que viene en las nubes es el que ya salió de una tumba.

Y ahora ofrece perdón y vida eterna. No en venta: de regalo. "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna" (Juan 3:16). La condición no es merecerlo, porque nadie lo merece. La condición es arrepentirse y creer: volverse de espaldas al pecado y de frente a Cristo, y confiarle a Él la vida entera (Marcos 1:15; Romanos 10:9).

Quiero ser honesto contigo, como lo he sido en todo el libro: seguir a Cristo no es repetir una oración mágica y seguir viviendo igual. Es entregarle tu vida al Señor que te compró con su sangre. Habrá arrepentimiento, habrá cruz de cada día, habrá cambios que dolerán. Y habrá también lo que ninguna otra cosa en el universo puede darte: perdón real, paz con Dios, propósito, su presencia en la prueba y una eternidad con Él.

Si hoy quieres volverte a Dios, díselo. No necesitas palabras perfectas: necesitas un corazón sincero. Puedes orar algo como esto, no como fórmula, sino como el clamor de tu propia alma:

Una oración de entrega

Señor Jesucristo: reconozco que soy pecador y que no puedo salvarme a mí mismo. Creo que tú moriste en la cruz por mis pecados y que resucitaste. Hoy me arrepiento: me aparto de mi pecado y te entrego mi vida entera. Perdóname, hazme nacer de nuevo, y enséñame a seguirte cada día hasta que te vea cara a cara.

En tu nombre, amén.

Si has hecho esta oración de verdad, no te quedes solo: cuéntaselo a un creyente, busca una iglesia donde se predique la Biblia, empieza a leer el Evangelio de Juan, y aprende a orar como quien habla con su Padre. Y da el siguiente paso en tu crecimiento:

Tu siguiente paso: el eBook "Nacer de Nuevo" te lleva por Juan 3 y el nuevo nacimiento, y "Primeros Pasos con Cristo" te acompaña en tus primeras semanas de fe: la oración, la Biblia, la iglesia y el Espíritu Santo. Ambos son gratuitos, como todo lo demás.

"El que da testimonio de estas cosas dice: Ciertamente vengo en breve."

Apocalipsis 22:20, RVR1960

"Amén; sí, ven, Señor Jesús."

Después de conocer acerca del arrebatamiento, las señales, la tribulación, el Anticristo, la bestia, el juicio y la eternidad, mi oración no es que termines este libro creyendo que ahora conoces todos los secretos de la profecía. Mi oración es mucho más sencilla: que conozcas a Jesucristo, que vivas para Él, y que estés preparado para encontrarte con tu Rey.

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Pastor Francisco Bonnet · franciscobonnet.com

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