Capítulo 18
¿Y si Cristo viniera hoy?
Después de responder las preguntas proféticas de sus discípulos en Mateo 24, Jesús no cerró con un diagrama. Cerró con tres parábolas, y las tres terminan en la misma palabra: prepárate.
Mateo 25 es la aplicación que el propio Jesús le puso a su discurso profético. Si quieres saber qué quería Él que hiciéramos con toda esta información, no tienes que adivinarlo: está en tres historias.
Las diez vírgenes: ¿estás preparado?
Diez jóvenes esperan al novio de una boda para salir a recibirlo con sus lámparas, según la costumbre de la época. Cinco llevan aceite de reserva; cinco no. El novio tarda, todas se duermen, y a la medianoche llega el grito: "¡Aquí viene el esposo; salid a recibirle!" (Mateo 25:6). Las cinco previsoras entran con él a la boda; las otras cinco, mientras corren a comprar aceite, encuentran la puerta cerrada y escuchan las palabras más terribles del capítulo: "De cierto os digo, que no os conozco" (25:12).
Nota los detalles que duelen. Las diez esperaban al novio. Las diez tenían lámpara. Las diez se durmieron. Por fuera eran indistinguibles: la diferencia estaba en el aceite, en lo interior, en lo que no se ve hasta que el novio llega. Hay una preparación que no se puede improvisar a última hora ni pedir prestada al vecino: nadie puede creer por ti, nadie puede haber nacido de nuevo por ti. Y la conclusión de Jesús: "Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del Hombre ha de venir" (Mateo 25:13).
Los talentos: ¿qué estás haciendo con lo que Dios te entregó?
Un señor se va de viaje y confía sus bienes a sus siervos: a uno cinco talentos, a otro dos, a otro uno (un talento era una suma enorme de dinero). Los dos primeros trabajan y duplican lo recibido; el tercero entierra el suyo. Cuando el señor vuelve, "después de mucho tiempo" (25:19), arregla cuentas. A los fieles les dice las palabras que todo creyente anhela oír: "Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor" (25:21). Al que enterró su talento, lo confronta: siervo malo y negligente.
La espera del Rey no es una sala de espera: es un encargo. Tu tiempo, tus dones, tus recursos, tus oportunidades, tu familia, tu testimonio: todo es capital del Reino puesto en tus manos. El siervo del talento enterrado no fue condenado por hacer el mal, sino por no hacer nada. Esperar a Cristo con los brazos cruzados es no haber entendido la espera.
Las ovejas y los cabritos: ¿tu fe está produciendo fruto?
La tercera escena es el Rey en su trono de gloria, separando a las naciones "como aparta el pastor las ovejas de los cabritos" (25:32). A los de su derecha les dice: "Venid, benditos de mi Padre... Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí" (25:34-36). Y ante la sorpresa de ellos, la frase inmortal: "en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis" (25:40).
No leas esta parábola como salvación por obras: toda la Escritura enseña que somos salvos por gracia mediante la fe (Efesios 2:8-9). Léela como Jesús la contó: el amor práctico es la evidencia de la fe real. Las ovejas no se salvaron por servir; sirvieron porque eran ovejas. La fe que no toca el hambre, la soledad ni el dolor del prójimo es la "apariencia de piedad" de la que ya hablamos, y en el día del Rey quedará al descubierto (Santiago 2:14-17; 1 Juan 3:17-18).
Al que dice "yo creo en Dios"
Permíteme ahora hablarte directamente, como si estuviéramos tú y yo sentados con un café. Quizás tú eres de los que me dirían: "Pastor, yo creo en Dios". Y yo te creo. Pero después de estas tres parábolas, la pregunta ya no puede ser si crees que Dios existe. La pregunta es otra: ¿tienes aceite en la lámpara, o solo lámpara? ¿Estás invirtiendo lo que Dios te dio, o lo tienes enterrado debajo de tu rutina? ¿Tu fe alimenta, visita, perdona, sirve... o solo opina?
¿Has nacido de nuevo? ¿Te has arrepentido de tus pecados? ¿Sigues a Cristo, o solo lo admiras de lejos? ¿Hay fruto en tu vida que no se explique sin Dios? ¿Amas al prójimo? ¿Perdonas? ¿Sirves? ¿Vives para Cristo o solamente para ti? Jesús resumió el costo y la gloria de seguirle en una sola frase:
La Escritura dice
"Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame."
Lucas 9:23, RVR1960
Seguir a Cristo no significa ser perfecto. Los discípulos que escucharon estas parábolas tropezaron, dudaron y fallaron, y Jesús los levantó una y otra vez. Significa algo más profundo que la perfección: que tu vida le pertenece. Que cuando caes, caes hacia Él y no lejos de Él. Que hay una cruz diaria, una dirección, un Señor.
Entonces, ¿cómo debemos vivir?
Pedro hizo exactamente esta pregunta después de describir el día del Señor, y la respondió sin rodeos: "Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir, esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios!" (2 Pedro 3:11-12). Y Pablo enseñó que la misma gracia que nos salva nos entrena para la espera: "renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo" (Tito 2:12-13).
¿Cómo debo vivir?
- Vive en santidad, no por miedo, sino porque esperas ver al Rey (2 Pedro 3:11,14; 1 Juan 3:2-3).
- Ama y perdona hoy: no dejes heridas abiertas para un mañana que quizás no llegue (Mateo 6:12; 24:12).
- Sirve con lo que recibiste: tus talentos son del Rey y habrá rendición de cuentas gozosa (Mateo 25:21).
- Habla de Cristo: el evangelio a todas las naciones es el motor del calendario de Dios (Mateo 24:14).
- Cuida tu casa: guía a tu familia hacia Cristo; el arca se construyó en familia (Génesis 7:1; Josué 24:15).
- Congrégate y anima a otros, "y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca" (Hebreos 10:24-25).
- Vela y sé sobrio: infórmate sin obsesionarte, discierne sin especular, ora sin cesar (1 Tesalonicenses 5:6,17).
- No ames al mundo ni entierres tu corazón en lo que va a pasar (1 Juan 2:15-17).
- No vivas con miedo: el temor del futuro no es de los hijos del Dueño del futuro (Lucas 21:28; 2 Timoteo 1:7).
- Haz el bien y ten compasión: cada "pequeño" que tocas, lo tocas a Él (Mateo 25:40; Gálatas 6:9-10).
- Permanece fiel hasta el final (Mateo 24:13; Apocalipsis 2:10).
- Espera a Cristo cada día, como quien espera a alguien que ama (Filipenses 3:20).
La respuesta bíblica a la profecía no es construir un búnker. Es vivir para Cristo. No es acumular provisiones: es dar fruto. No es esconderse del mundo: es alumbrarlo. El cristiano que espera bien no se nota porque hable todo el día del Anticristo: se nota porque ama, sirve y permanece cuando todos se enfrían.
Preguntas para meditar
- ¿Estoy esperando a Cristo o solamente estoy curioso acerca de las profecías?
- ¿Qué ocupa realmente el primer lugar en mi vida? Si Jesús examinara mis prioridades hoy, ¿qué encontraría?
- ¿Mi fe se manifiesta en una vida transformada, o solo en opiniones religiosas?
- ¿La maldad que veo a mi alrededor está enfriando mi amor?
- ¿Qué talento tengo enterrado, y cuál sería el primer paso para ponerlo a trabajar para el Reino?
- ¿Hay alguien a quien necesito hablarle del evangelio... y llevo tiempo postergándolo?
- Si Cristo viniera hoy, ¿estoy preparado para encontrarme con Él?