El clamor de un pastor por una Iglesia que ama, sirve y permanece
"No estoy llamando a nadie a ser fiel a un hombre. Nos estoy llamando a ser fieles a Cristo."
A mi familia, que comparte conmigo el costo invisible del ministerio y lo lleva con un amor que pocas personas llegan a ver.
A los hermanos que permanecen, los que llegan temprano, los que oran sin ser vistos, los que sirven cuando nadie aplaude y siguen creyendo que la obra de Dios vale la pena aunque el comienzo sea pequeño.
Y a cada pastor que está sembrando en una temporada difícil, con las manos cansadas y el corazón todavía encendido.
Que el Señor nos halle fieles a todos.
Antes de que leas la primera página de este libro, necesito decirte algunas cosas con total franqueza.
Este libro no fue escrito para señalar a ninguna persona. Si eres parte de la congregación que pastoreo y en algún capítulo sientes que hablo de ti, quiero que sepas que no es así. Escribí pensando en una realidad que se repite en muchas iglesias, en muchos países y en muchas generaciones, no en un rostro específico. Cualquier corrección que un pastor deba hacer a una persona concreta debe hacerse primero cara a cara, con amor y en privado, nunca a través de un libro.
Tampoco fue escrito para atacar a ninguna congregación, grande o pequeña. Amo a la Iglesia de Cristo en todas sus expresiones fieles, y este libro nace precisamente de ese amor.
Debo confesarte algo más: mientras escribía estas páginas, la Palabra me examinó a mí primero. Hay capítulos que me costaron, porque tuve que reconocer actitudes de mi propio corazón que también necesitan la gracia de Dios. No escribo desde una montaña, mirando hacia abajo. Escribo desde el camino, caminando contigo.
Si llegas a estas páginas con heridas causadas dentro de una iglesia, quiero que sepas desde ahora que serás tratado con respeto. No voy a minimizar tu dolor ni a usar versículos como anestesia barata. Si llegas con indiferencia, también te digo desde ahora que serás confrontado, pero con amor, porque la Palabra de Dios no fue dada para acariciar nuestra comodidad sino para transformarnos.
Una última aclaración: fidelidad no significa perfección. Este libro no te pide que nunca falles. Te invita a permanecer, a levantarte, a responder a la gracia que ya recibiste. Yo necesito esa misma gracia cada día.
Hay libros que nacen de una idea. Este nació de un dolor.
Quiero ser honesto contigo desde la primera línea, porque si no lo soy aquí, no tendría derecho a pedirte honestidad en el resto del libro. Estoy plantando una iglesia desde cero. No heredé un edificio lleno, ni una membresía establecida, ni un presupuesto que respalde los sueños. Empezamos como empiezan casi todas las obras que Dios levanta: con poco, con oración y con un puñado de personas que creyeron.
Hay domingos en los que llegan unas diez personas. Hay otros domingos en los que pueden llegar cuarenta. Y quiero decir algo antes de continuar, porque es importante que lo escuches en el tono correcto: doy gracias a Dios por cada una de esas personas. Diez personas no son diez sillas ocupadas. Son diez almas que Dios ha permitido que estén delante de nosotros, diez historias que el Señor está escribiendo, diez vidas por las que Cristo derramó su sangre. Nunca he considerado que un domingo de diez personas sea una derrota, y le pido a Dios que nunca llegue a pensarlo.
Pero también sería deshonesto si te dijera que no hay preguntas que me acompañan cuando se apagan las luces y quedo a solas con Dios. Me pregunto por las personas que conocieron la iglesia y desaparecieron. Por las que recibieron ayuda en su momento de crisis y nunca volvieron. Por las que escucharon la Palabra, lloraron, dijeron que sus vidas habían sido tocadas, y hoy están completamente desconectadas. Por los nombres que están escritos en una lista y no corresponden a ninguna vida compartida.
Y sé que no soy el único que se hace estas preguntas. He conocido casos de congregaciones con más de mil personas registradas en las que solamente una pequeña fracción participa activamente de la vida del cuerpo. No digo esto para acusar a nadie ni para presentar estadísticas que no me corresponden. Lo digo porque revela algo que atraviesa todo este libro: estar registrado no es lo mismo que ser discípulo. Aparecer en una base de datos no es lo mismo que formar parte viva del cuerpo de Cristo.
A todo esto se suma mi propia realidad. Trabajo para sostener a mi familia, porque la iglesia que estamos plantando todavía no tiene la capacidad de sostener a su pastor. Después del trabajo, y antes del trabajo, y en los espacios que la mayoría usa para descansar, preparo enseñanzas, atiendo personas, respondo llamadas, organizo, evangelizo, planifico. No cuento esto para que sientas lástima. Lo cuento porque este libro nació en medio de ese cansancio, y necesitas saberlo para entender su tono. Hay cosas que un pastor predica, y hay cargas que un pastor lleva en silencio. Este libro abre una parte de ese silencio, no para desahogarme, sino para llevarnos juntos a la Palabra.
Porque en medio del cansancio apareció una pregunta. Al principio sonaba como una queja: ¿dónde están los fieles? ¿Dónde están los que dijeron que estarían? ¿Dónde están los que un día sirvieron con fuego y hoy no responden un mensaje? ¿Dónde está la generación que ama la casa de Dios más que su comodidad?
Te confieso que durante un tiempo esa pregunta me estaba haciendo daño, porque la hacía con el dedo apuntando hacia afuera. Hasta que un día, orando, entendí que la pregunta estaba incompleta. La Escritura no me permite preguntarle a Dios dónde están los fieles sin permitir que Dios me pregunte a mí si yo soy uno de ellos.
Ahí cambió todo. Ahí nació este libro.
Por eso quiero decirte con claridad lo que este libro no es. Este libro no nace del enojo. No nace para atacar a nadie. No nace para pedir dinero. No nace para obligar a nadie a servir. No es una queja disfrazada de teología ni una indirecta envuelta en versículos. Nace del amor por Cristo y por su Iglesia. Nace de una pregunta que primero atraviesa mi propio corazón.
En estas páginas vamos a hablar de cosas incómodas: del compromiso, del servicio, del dinero, del tiempo, de las sillas vacías, de las heridas que algunas iglesias han causado, del cansancio de los que sirven y de la indiferencia de los que miran. Pero todo lo vamos a hablar bajo una misma luz: la gracia de Dios. Porque la fidelidad que este libro busca despertar no es una cuota que le pagamos a Dios para que nos acepte. Es la respuesta agradecida de una vida que ya fue alcanzada, perdonada y transformada por Cristo.
No servimos para que Dios nos ame. Servimos porque Dios nos amó primero. No nos congregamos para ganar la salvación. Nos congregamos porque Cristo nos hizo parte de su familia. No damos para comprar la bendición. Damos porque todo lo que somos y tenemos proviene de Dios.
Si eres un creyente fiel y cansado, este libro quiere honrarte y animarte. Si eres un creyente que se ha enfriado, este libro quiere confrontarte con ternura y con verdad. Si fuiste herido en una iglesia, este libro quiere escucharte antes de pedirte nada. Si eres pastor o líder, este libro también te va a examinar a ti, empezando por el que lo escribió. Y si todavía no has nacido de nuevo, no cierres estas páginas: puede que descubras que la pregunta más importante de tu vida no es dónde están los fieles, sino dónde estás tú delante de Dios.
La pregunta que abre este libro es: ¿dónde están los fieles?
La oración que lo cierra, y que espero que se convierta también en la tuya, es otra. Es más pequeña, más humilde y mucho más peligrosa, porque no señala a nadie más que a uno mismo:
Señor, hállame fiel.
Hay una escena que se repite en muchas iglesias cada domingo. El pastor está de pie, con la Biblia abierta, hablando con energía y convicción. La congregación lo mira y, sin darse cuenta, muchos llegan a una conclusión silenciosa: ese hombre está bien. Ese hombre es fuerte. Ese hombre no necesita lo que nosotros necesitamos.
Quiero comenzar este libro derribando esa idea, no para que sientas lástima por los pastores, sino porque la salud de una iglesia depende en gran parte de que sus miembros comprendan algo sencillo y bíblico: el pastor también es un ser humano. El pastor también se cansa. Y la obra de Dios nunca fue diseñada para descansar sobre los hombros de una sola persona.
Lo que la congregación ve del ministerio pastoral es apenas la superficie. Se ve la predicación del domingo, los cultos, la oración pública, la enseñanza, las actividades, las reuniones. Todo eso es real y todo eso cuesta, pero es la parte visible de un trabajo mucho más grande.
Lo que casi nadie ve son las horas de preparación detrás de cada mensaje. Las llamadas a media semana. Los mensajes que llegan a cualquier hora con una crisis, una duda, un matrimonio que se rompe, un joven que se aleja. Las consejerías que no se pueden contar a nadie. Las decisiones administrativas, los conflictos que hay que mediar, las preocupaciones que se acuestan con uno y se levantan con uno. Los gastos que a veces salen del bolsillo propio. La evangelización, la planificación, y encima de todo eso, la responsabilidad primera e irrenunciable de ser esposo y padre antes que pastor de otros.
En mi caso, como en el de tantos pastores que están plantando iglesias, a todo esto se suma un empleo con el cual sostengo a mi familia. No lo menciono como mérito. Lo menciono porque hay miles de siervos de Dios viviendo esta misma realidad, y muchos de ellos se sienten solos, como si su cansancio fuera una falla espiritual que deben esconder.
No lo es. El cansancio no es pecado. Hasta el apóstol Pablo, uno de los hombres más entregados que ha conocido la Iglesia, escribió con total franqueza sobre la presión que llevaba encima.
"Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros, que estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados."
2 Corintios 4:7-8, RVR1960Detengámonos en esa imagen. Pablo les escribe a los corintios sobre su propio ministerio, un ministerio lleno de frutos pero también de golpes, y elige una figura humilde: vasos de barro. No vasos de oro. No vasos de acero. Barro: material común, frágil, que se agrieta. El tesoro es el evangelio de la gloria de Cristo; el envase somos nosotros. Y Pablo dice que Dios lo diseñó así a propósito, para que la excelencia del poder sea de Dios y no nuestra.
Esto significa que la fragilidad del pastor no es un accidente que arruina el plan de Dios. Es parte del diseño. Cuando un pastor reconoce que se cansa, que no puede con todo, que necesita ayuda, no está fallando; está confirmando que el poder nunca fue suyo.
Unos versículos antes, Pablo había escrito algo que me sostiene en los días difíciles: "Por lo cual, teniendo nosotros este ministerio según la misericordia que hemos recibido, no desmayamos" (2 Corintios 4:1, RVR1960). Fíjate en el orden de esa frase. El ministerio se tiene "según la misericordia". Pablo no dice que no desmaya porque es fuerte, ni porque su iglesia lo trata bien, ni porque los resultados lo animan. No desmaya porque recuerda que estar en el ministerio ya es, en sí mismo, un acto de la misericordia de Dios. Cuando el pastor olvida eso, cualquier carga lo aplasta. Cuando lo recuerda, puede estar atribulado sin estar destruido.
Aquí hay una verdad que libera tanto a los pastores como a las congregaciones: el pastor no es Cristo.
El pastor no es omnipresente: no puede estar en el hospital, en el culto, en el trabajo y en la casa de cada hermano al mismo tiempo. No es omnisciente: no se entera de tu necesidad si nadie se la comunica. No es todopoderoso: no puede resolver cada problema, sanar cada herida ni sostener cada área de la obra. Y lo más importante: no fue llamado a intentarlo.
Un pastor que intenta hacerlo todo termina en uno de dos lugares: el agotamiento que lo saca del ministerio, o el orgullo de creerse indispensable. Los dos caminos terminan mal. El pastor necesita ayuda, necesita descanso, necesita hermanos, necesita rendir cuentas, y necesita también ser pastoreado, porque nadie puede dar indefinidamente sin recibir.
La Escritura nunca presenta el ministerio como el espectáculo de un hombre orquesta. La presenta como el trabajo de un cuerpo entero.
"Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo."
Efesios 4:11-12, RVR1960Lee ese texto despacio, porque cambia por completo la manera de entender la iglesia. ¿Para qué dio Cristo pastores y maestros a su Iglesia? Para perfeccionar a los santos, es decir, para equiparlos, prepararlos, capacitarlos. ¿Y quién hace entonces la obra del ministerio? Los santos. Todos los creyentes.
El modelo bíblico no es un pastor que ministra mientras la congregación observa. Es un pastor que equipa mientras toda la congregación ministra. Cuando ese diseño se invierte, cuando uno sirve y cien miran, no solamente se agota el que sirve: se atrofia el que mira. Porque el creyente que nunca ejercita los dones que Dios le dio se queda espiritualmente débil, igual que un músculo que nunca se usa.
Pablo continúa diciendo que el cuerpo crece "según la actividad propia de cada miembro" (Efesios 4:16). Cada miembro. No dice según la actividad del pastor. El crecimiento sano de una iglesia es el resultado de todo un cuerpo funcionando, no de un hombre corriendo.
Hay un versículo que debo mencionar en este capítulo, y quiero hacerlo con mucho cuidado: "Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta; para que lo hagan con alegría, y no quejándose, porque esto no os es provechoso" (Hebreos 13:17, RVR1960).
Este texto ha sido usado por algunos líderes como una herramienta de control, y ese abuso ha herido a muchas personas. Por eso necesito decir con claridad lo que este versículo no enseña. No enseña obediencia ciega. No enseña que el pastor está por encima de toda pregunta. No enseña que cuestionar a un líder sea rebelión contra Dios. El mismo pasaje pone sobre el pastor una carga enorme: velar por las almas como quien va a dar cuenta a Dios. La autoridad pastoral bíblica es una autoridad de siervo, delegada, limitada por la Escritura y ejercida bajo la mirada de Dios.
Pero una vez dicho eso, el texto también nos muestra algo hermoso: Dios se interesa en que los pastores puedan servir "con alegría, y no quejándose". A Dios le importa el estado del corazón de los que velan. Y añade algo que casi nunca notamos: que un pastor sirva quejándose, agotado y sin apoyo, "no os es provechoso". No le hace bien a la congregación. Una iglesia que desgasta a sus siervos se hace daño a sí misma.
Si eres miembro de una iglesia, quiero pedirte algo sencillo: ora por tu pastor. No cuando haya crisis; esta semana. Pregúntale cómo está, no solamente qué necesita el ministerio de ti. Y si hace tiempo que observas la obra desde la distancia, pregúntate si Dios no te estará llamando a poner el hombro en algo concreto. No por lástima hacia un hombre, sino por amor al cuerpo de Cristo.
Quiero cerrar este capítulo con la promesa que Dios usa una y otra vez para levantarme: "No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos" (Gálatas 6:9, RVR1960).
Este versículo reconoce dos cosas a la vez, y por eso me gusta tanto. Primero, reconoce que el cansancio es real: nadie le dice "no te canses" a quien no está cansado. Segundo, promete que hay una siega, una cosecha, un "a su tiempo" que está en las manos de Dios y no en nuestro calendario. La condición no es no cansarse nunca. La condición es no desmayar, no soltar, no abandonar el arado.
Y sobre los pastores en particular, Pedro escribió una promesa que ningún aplauso humano puede igualar: "Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria" (1 Pedro 5:4, RVR1960). El pastor de la iglesia local no es el pastor principal. Hay un Príncipe de los pastores, y se llama Jesús. Él ve lo que nadie ve, pesa lo que nadie pesa y recompensa lo que nadie recompensa.
El pastor se cansa. Pero el Pastor de pastores no se cansa jamás. Esa es la diferencia que nos sostiene.
Esta semana, comunícate con un pastor o líder de tu iglesia sin pedirle nada. Pregúntale cómo está, dile que oras por él, y si está en tus posibilidades, ofrece ayuda concreta en un área específica.
Señor, gracias porque tu obra no depende de la fuerza de un hombre sino de tu poder. Cuida a los que velan por nuestras almas. Enséñame a ser parte del cuerpo y no solamente espectador de él. Y cuando yo me canse de hacer el bien, recuérdame que a tu tiempo segaremos, si no desmayamos. En el nombre de Jesús, amén.
Todo pastor conoce la aritmética silenciosa del domingo. Uno saluda, sonríe, abraza, y mientras tanto, sin proponérselo, cuenta. Diez. Veinte. Cuarenta. Y esa cifra, si no la vigilamos, se convierte en un termómetro del alma: si vinieron muchos, el lunes amanece con esperanza; si vinieron pocos, la semana empieza con una nube encima.
Quiero hablar de esto sin máscaras, porque es una de las luchas más reales del ministerio, y porque también es una lucha que toca a cada creyente que ha servido en algo pequeño: la maestra con tres niños en su clase, el hermano que preparó un estudio al que llegaron dos personas, la familia que abrió su casa para un grupo que casi nadie visitó.
Empecemos poniendo las cosas en su lugar, porque este capítulo no es un ataque contra los números.
Es legítimo desear alcanzar a más personas. El cielo se goza por cada pecador que se arrepiente, y una iglesia que no anhela ver más personas rendidas a Cristo tiene un problema más grave que el tamaño. Cada número, cuando representa un alma, importa muchísimo. El crecimiento puede ser motivo de gratitud profunda, y llevar cuenta de las personas puede ayudarnos a administrar mejor, a dar seguimiento, a no perder de vista a nadie. En el libro de los Hechos, el Espíritu Santo mismo quiso que quedara registrado que un día se añadieron como tres mil personas.
Pero los números tienen un límite que debemos respetar: pueden medir la asistencia, no pueden medir la fidelidad. Pueden contar cuerpos en una sala, no pueden pesar corazones delante de Dios. Una iglesia grande no es automáticamente sana, y una iglesia pequeña no es automáticamente fiel. Hay multitudes reunidas alrededor de mensajes que no son el evangelio, y hay grupos pequeños marchitándose por frialdad, división o negligencia. El tamaño no sustituye la doctrina, ni el amor, ni la santidad, ni la misión, ni el discipulado. Ni lo grande es prueba de bendición, ni lo pequeño es prueba de pureza.
Por eso el pastor no puede permitir que la cifra del domingo defina su identidad. Y el creyente no puede permitir que el tamaño de su tarea defina el valor de su obediencia.
"Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento."
1 Corintios 3:6-7, RVR1960El contexto de estas palabras es una iglesia dividida por comparaciones. En Corinto, los creyentes se habían agrupado en bandos: unos se decían de Pablo, otros de Apolos, otros de Pedro. Estaban midiendo ministerios, comparando predicadores, convirtiendo a los siervos en celebridades. Y Pablo desarma todo el concurso con una imagen agrícola: nosotros somos labradores, Dios es el dueño de la vida. Yo planté, Apolos regó, pero ni la semilla germina por la fuerza del que siembra, ni la planta crece por el sudor del que riega. El crecimiento, esa chispa misteriosa de la vida, lo da Dios, y solamente Dios.
Esto libera al que trabaja de dos tiranías: la tiranía del orgullo cuando hay resultados, y la tiranía de la culpa cuando no los hay. Si la iglesia crece, no fue mi genialidad. Si la iglesia no crece al ritmo que esperaba, mi tarea sigue siendo la misma: plantar y regar con excelencia, y dejar el milagro en las manos del único que puede hacerlo.
Hay un pasaje del Antiguo Testamento que ha sido muy citado y poco explicado. Está en Zacarías 4:10, donde se habla de no menospreciar "el día de las pequeñeces". Vale la pena entender de dónde viene.
El pueblo de Israel había regresado del cautiverio en Babilonia con la tarea de reconstruir el templo. Pero la obra era lenta, los recursos eran pocos, la oposición era constante, y los ancianos que habían conocido el esplendor del templo de Salomón lloraban al comparar aquella gloria pasada con estos cimientos humildes. La obra nueva parecía poca cosa al lado del recuerdo. En ese contexto, Dios envía palabra por medio del profeta Zacarías para animar a Zorobabel, el gobernador que dirigía la reconstrucción: la obra no se terminaría por la fuerza ni por el poder humano, "sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos" (Zacarías 4:6, RVR1960). Y luego viene la pregunta de Dios sobre quiénes menospreciaron el día de las pequeñeces, mientras promete que verían la plomada, la herramienta del constructor, en la mano de Zorobabel: la señal de que la obra continuaba y sería completada.
Seamos honestos con el texto: esta no es una promesa automática de que todo ministerio pequeño llegará a ser grande. Es algo mejor. Es la revelación del corazón de Dios hacia las obras que el mundo considera insignificantes. Dios no despreció aquellos cimientos modestos; los miró con gozo, porque eran suyos y porque su Espíritu estaba en ellos. Lo que aquellos ancianos veían como decadencia, Dios lo veía como construcción en proceso.
Si estás sirviendo en algo pequeño, esa es la palabra que necesitas: Dios no menosprecia tu día de pequeñeces. No lo desprecies tú tampoco.
Hay una escena al final del evangelio de Juan que confronta directamente nuestra tendencia a comparar. Jesús acaba de restaurar a Pedro junto al mar, le ha anunciado incluso la clase de muerte con la que glorificaría a Dios, y Pedro, volviéndose, ve a Juan y pregunta: "Señor, ¿y qué de este?". La respuesta de Jesús es casi cortante: "Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué a ti? Sígueme tú" (Juan 21:21-22, RVR1960).
Qué fácil es reconocernos en Pedro. Señor, ¿y qué de aquella iglesia que creció tanto? ¿Y qué de aquel ministerio que empezó después que el mío y ya tiene el triple de gente? ¿Y qué del hermano que sirve menos y recibe más reconocimiento? La respuesta de Jesús sigue siendo la misma, personal e intransferible: ¿qué a ti? Sígueme tú.
Pablo lo diría después con otras palabras: los que se miden a sí mismos por sí mismos, y se comparan consigo mismos, no son juiciosos (2 Corintios 10:12). La comparación es una vara rota: nunca mide bien, y siempre hiere al que la usa. O nos infla de orgullo o nos hunde en la amargura, y las dos cosas nos apartan de la única mirada que importa.
Aquí tengo que abrir mi propio corazón. También tengo que preguntarme si deseo crecimiento para el Reino de Dios o para sentir que mi ministerio tiene valor. Es una pregunta incómoda, porque las dos motivaciones pueden vestirse con la misma ropa. Puedo orar por avivamiento y estar orando, en el fondo, por mi reputación. Puedo hablar de almas y estar pensando en cifras que me hagan sentir menos fracasado. Delante de Dios, esa mezcla tiene que ser confesada, no maquillada. Si eres pastor o líder y me estás leyendo, te invito a hacer la misma oración que yo he tenido que hacer: Señor, purifica mi deseo de crecer. Que quiera tu gloria y no mi validación.
De todo esto se desprende una de las verdades centrales de este libro: la fidelidad no se mide por los resultados visibles. Dios no le pidió a Jeremías que lograra el avivamiento de Judá; le pidió que hablara su Palabra, y Jeremías fue fiel en medio del rechazo. Dios no midió a los apóstoles por el aplauso que recibieron; muchos de ellos murieron a manos de las mismas ciudades a las que amaron.
Pero cuidado, porque esta verdad tiene una falsificación peligrosa: usar la soberanía de Dios como excusa para la negligencia. "El crecimiento lo da Dios" no significa que el labrador pueda dormirse sobre el arado. Pablo plantó de verdad: caminó, predicó, lloró, trabajó noche y día. Apolos regó de verdad: estudió, enseñó, refutó, edificó. La soberanía de Dios no elimina nuestra responsabilidad; la enmarca.
Por eso el pastor de una obra pequeña debe prepararse como si predicara ante miles, porque de hecho predica ante Alguien más grande que cualquier multitud. Debe orar, evangelizar, amar, administrar con orden, capacitar a otros, corregir lo que haga falta y perseverar. Diez personas merecen la misma entrega que cien, la misma preparación, el mismo respeto. Cristo sigue siendo digno cuando hay cuarenta personas, y sigue siendo digno cuando hay diez. La calidad de nuestra ofrenda no puede depender del tamaño de la audiencia, porque nuestra ofrenda nunca fue para la audiencia.
Hermano que sirves en una obra pequeña: tu domingo de diez personas no es invisible para Dios. Prepara tu mensaje con esmero, pon orden en lo poco, ama a cada rostro por su nombre. Pero suelta la cifra. Entrégala cada lunes en oración, como quien devuelve algo que nunca fue suyo. El Señor de la mies sabe contar mejor que nosotros, y su contabilidad incluye cosas que no aparecen en ninguna lista de asistencia.
Identifica una tarea pequeña y poco visible que Dios haya puesto en tus manos, en la iglesia, en tu casa o en tu trabajo, y hazla esta semana con la excelencia y el amor que le darías a una tarea grande. Hazla para el Señor, y no se lo cuentes a nadie.
Padre, líbrame de la tiranía de los números y de la trampa de las comparaciones. Enséñame a plantar y a regar con todas mis fuerzas, y a dejarte a ti el crecimiento. Gracias porque no menosprecias los comienzos pequeños. Hazme fiel en lo poco, y que mi corazón desee tu gloria más que mi reconocimiento. En el nombre de Jesús, amén.
Este es el capítulo más importante del libro. Si lo saltas, todo lo demás se puede malinterpretar. Si lo entiendes, todo lo demás encuentra su lugar.
Porque un libro que llama a la fidelidad, al compromiso, al servicio y a la generosidad corre un riesgo mortal: convertirse en una lista de deberes que aplasta a la gente bajo el peso de lo que le falta. Y eso no sería cristianismo. Eso sería religión sin evangelio, ley sin gracia, exigencia sin poder. Antes de hablar de lo que hacemos por Dios, tenemos que dejar grabado en piedra lo que Dios hizo por nosotros.
Empecemos por limpiar el terreno, porque en el corazón humano crece con facilidad la mala hierba de la confianza en nosotros mismos.
Congregarse no salva. Puedes asistir a cada culto durante cuarenta años y estar perdido. Servir no salva. Puedes cargar sillas, dirigir alabanzas y cocinar para toda la iglesia sin haber nacido de nuevo. Ofrendar no salva. Puedes dar con puntualidad matemática y tener el corazón lejos de Dios. Evangelizar no salva, tener un cargo no salva, ser hijo o hija de un pastor no salva, aparecer en la membresía de una iglesia no salva. Judas Iscariote estuvo en el grupo más cercano a Jesús, escuchó cada sermón, vio cada milagro, y se perdió.
Solamente Cristo salva. Esta es la línea que separa el evangelio de toda religión humana, y tiene que quedar clara antes de seguir.
Permíteme contarte la historia más importante del mundo, aunque la hayas oído antes. Especialmente si la has oído antes, porque lo conocido corre el riesgo de volverse invisible.
Todos hemos pecado. No es una teoría; es el diagnóstico de Dios y la experiencia de cada conciencia honesta: "por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios" (Romanos 3:23, RVR1960). Ese pecado nos separa de Dios, y su paga es muerte. No podemos repararlo con esfuerzo, porque el problema no es de conducta solamente, es de corazón.
Pero Dios, siendo rico en misericordia, hizo lo que nosotros no podíamos hacer. Cristo, el Hijo eterno, vivió la vida sin pecado que nosotros no vivimos. Murió en la cruz cargando el juicio que nosotros merecíamos: "Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros" (Romanos 5:8, RVR1960). Y al tercer día resucitó, venciendo a la muerte y garantizando que su sacrificio fue aceptado. Ahora llama a todos, en todas partes, al arrepentimiento y a la fe. Al que se vuelve de su pecado y confía en Cristo, Dios lo perdona por completo, lo declara justo, lo adopta como hijo y pone en él su Espíritu, que comienza una obra de transformación que durará toda la vida.
Todo eso es un regalo. No un salario, no un premio, no un reconocimiento a nuestro esfuerzo. Un regalo.
"Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas."
Efesios 2:8-10, RVR1960Mira con cuidado la arquitectura de este pasaje, porque en tres versículos está el equilibrio de toda la vida cristiana. Los versículos 8 y 9 cierran la puerta a la salvación por obras: por gracia, por medio de la fe, no de vosotros, don de Dios, no por obras, para que nadie se gloríe. Es imposible decirlo con más claridad. Pero el versículo 10 abre otra puerta que muchos no cruzan: somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras.
¿Lo ves? No somos salvos por obras, pero sí somos salvos para obras. Las buenas obras no son la raíz de la salvación; son su fruto. No son el fundamento del edificio; son las ventanas por donde entra la luz. Dios no solamente nos perdonó: nos rediseñó, nos hizo de nuevo, y en ese nuevo diseño ya venían preparadas obras en las cuales caminar. Un cristiano sin obras es una contradicción tan grande como un manzano sin manzanas: puede que el árbol esté enfermo, puede que esté recién plantado, pero si pasan los años y jamás aparece fruto alguno, es sensato preguntarse qué clase de árbol es.
Hay quienes piensan que hablar mucho de gracia produce cristianos flojos. La Biblia dice exactamente lo contrario:
"Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente."
Tito 2:11-12, RVR1960La gracia enseña. La palabra que Pablo usa evoca la formación de un niño: la gracia nos toma de la mano y nos educa, nos corrige, nos entrena. La gracia barata que solo perdona y nunca transforma no es la gracia de la Biblia. La gracia bíblica nos alcanza como somos y se niega a dejarnos como somos. Y el pasaje termina diciendo que Cristo se entregó para purificar para sí "un pueblo propio, celoso de buenas obras" (Tito 2:14). Celoso: apasionado, deseoso, entusiasta. La gracia no produce indiferentes; produce celosos del bien.
Por eso el amor de Cristo no nos deja quietos: "Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos" (2 Corintios 5:14-15, RVR1960). Nos constriñe: nos empuja, nos apremia, nos gobierna. El que ha entendido la cruz ya no puede vivir para sí mismo, no porque una regla se lo prohíba, sino porque el amor se lo impide.
La vida cristiana camina por una cresta angosta con un precipicio a cada lado.
El precipicio de la izquierda es el libertinaje: usar la gracia como excusa para la indiferencia. "Ya soy salvo, Dios me ama igual, no necesito congregarme, ni servir, ni cambiar." Pablo enfrentó esa distorsión de frente: "¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?" (Romanos 6:1-2, RVR1960). El que usa la gracia para justificar su frialdad demuestra que todavía no la ha probado de verdad.
El precipicio de la derecha es el legalismo: convertir el fruto en raíz, servir para ser aceptados, congregarse por miedo, dar para comprar bendición, medir la salvación propia y ajena con una regla de actividades. El legalismo produce dos tipos de personas, y las dos están enfermas: orgullosos que se creen mejores porque cumplen, y deprimidos que se sienten desechados porque no alcanzan.
El evangelio no es un punto medio tibio entre esos dos errores; es un camino completamente distinto. Santiago lo resume con una franqueza que incomoda: "Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma" (Santiago 2:17, RVR1960). Santiago no contradice a Pablo; lo complementa. Pablo combate la idea de que las obras salvan; Santiago combate la idea de que una fe sin obras sea fe. Los dos están diciendo lo mismo desde ángulos distintos: la fe verdadera es invisible en su raíz y visible en su fruto.
Jesús lo dijo de la manera más sencilla posible: "Si me amáis, guardad mis mandamientos" (Juan 14:15, RVR1960). No dice: guardad mis mandamientos para que yo os ame. El amor va primero; la obediencia responde. Y Juan, el discípulo amado, escribió la frase que resume este capítulo entero: "Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero" (1 Juan 4:19, RVR1960).
Quizás llevas años sirviendo con un motor equivocado: el miedo a no ser suficiente, la necesidad de ganarte un amor que ya era tuyo. Quiero decirte algo como pastor: puedes bajarte de esa rueda. El Padre no te ama por lo que cargas; te ama porque estás en Cristo. Y quizás otro lector lleva años en la orilla opuesta, descansando en una gracia que nunca le ha cambiado la vida. A ti también te hablo con amor: examínate. La gracia no es permiso para permanecer indiferentes. La obediencia no compra el amor de Dios; responde al amor de Dios. No trabajamos para convertirnos en hijos. Trabajamos porque hemos sido recibidos como hijos.
Termino con un pasaje que parece un misterio y es en realidad un descanso: "ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad" (Filipenses 2:12-13, RVR1960).
Ocúpate, dice Dios. Pero no te ocupas solo: el mismo Dios que te manda a querer está produciendo en ti el querer. El mismo Dios que te manda a hacer está produciendo en ti el hacer. La vida cristiana no es Dios mirando desde lejos a ver si lo logras. Es Dios obrando dentro de ti aquello mismo que te pide. Por eso el llamado a la fidelidad de este libro no es una carga imposible: es una invitación a cooperar con Aquel que ya está trabajando en tu interior.
Todo lo que leerás en los próximos capítulos, el llamado a congregarte, a servir, a dar, a perseverar, descansa sobre este fundamento. Nunca lo olvides mientras lees: primero la gracia, después la respuesta. Primero el amor de Dios, después nuestra fidelidad. Siempre en ese orden. Jamás al revés.
Toma un tiempo a solas esta semana y escribe en una hoja dos columnas: en la primera, lo que Cristo hizo por ti; en la segunda, lo que tú haces para él. Luego ora sobre la segunda columna preguntándote, punto por punto, desde qué motivación lo haces. Deja que la primera columna transforme a la segunda.
Señor Jesús, gracias porque la salvación es un regalo que no merecí ni podré pagar jamás. Perdóname por las veces que he servido por miedo y por las veces que he usado tu gracia como excusa para mi comodidad. Enséñame a obedecer por amor. Produce en mí el querer y el hacer por tu buena voluntad, y que mi vida entera sea la respuesta agradecida a tu cruz. Amén.
La pregunta que da título a este capítulo no la inventé yo. Está en la Biblia, y es más antigua que cualquiera de nuestras quejas modernas.
Hace unos tres mil años, David escribió: "Salva, oh Jehová, porque se acabaron los piadosos; porque han desaparecido los fieles de entre los hijos de los hombres" (Salmo 12:1, RVR1960). Y el sabio de Proverbios preguntó: "Muchos hombres proclaman cada uno su propia bondad; pero hombre de verdad, ¿quién lo hallará?" (Proverbios 20:6, RVR1960).
Me consuela y me inquieta a la vez que estas preguntas sean tan viejas. Me consuela, porque significa que la escasez de fieles no es un invento de los pastores de hoy ni una decadencia exclusiva de nuestra generación; David la sintió en su tiempo. Me inquieta, porque significa que la fidelidad siempre ha sido rara. Muchos proclaman su propia bondad, dice Proverbios; hablar de compromiso es fácil y gratis. Pero ¿quién lo hallará? El verbo es de búsqueda, como quien rastrea algo escaso.
Ahora bien, si vamos a buscar fieles, primero tenemos que saber qué estamos buscando. Y aquí es donde muchas veces nos equivocamos, porque manejamos definiciones de fidelidad que no vienen de la Biblia.
La fidelidad no es nunca fallar. Si así fuera, no existiría ni un solo fiel en la historia, porque "no hay hombre que no peque" (1 Reyes 8:46). Pedro falló públicamente y fue restaurado para apacentar las ovejas del Señor.
La fidelidad no es nunca cansarse. Elías se cansó hasta desear la muerte, y Dios no lo descartó; lo alimentó, lo dejó dormir y le renovó el llamado.
La fidelidad no es nunca dudar. Juan el Bautista, desde la cárcel, mandó a preguntarle a Jesús si él era el que había de venir, y Jesús no lo avergonzó; dijo de él que entre los nacidos de mujer no se había levantado otro mayor.
La fidelidad tampoco es estar en todas las actividades, ni ser reconocido, ni tener un título, ni ocupar una plataforma, ni hacer mucho ruido. Hay personas presentes en cada evento cuyo corazón está ausente, y hay siervos que nadie conoce cuyo nombre está grabado en el cielo. Y la fidelidad, definitivamente, no es la perfección. El fiel no es el que nunca se cae; es el que no se queda en el suelo.
"Ahora bien, se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel."
1 Corintios 4:2, RVR1960Este es el texto que atraviesa todo el libro, así que vamos a mirarlo de cerca. Pablo está explicando a los corintios cómo deben considerar a los ministros del evangelio: "como servidores de Cristo, y administradores de los misterios de Dios" (1 Corintios 4:1). La palabra administrador describe al mayordomo de una casa antigua: un siervo de confianza que gestionaba bienes que no eran suyos, por encargo de un señor al que un día rendiría cuentas.
De esa imagen brotan tres verdades que definen la fidelidad bíblica.
Primera: todo lo que tenemos es recibido. El mayordomo no es dueño de nada; administra lo del señor. Tu vida, tu tiempo, tus capacidades, tus recursos, tu familia, el evangelio mismo que conoces, todo te fue confiado. La fidelidad empieza cuando dejamos de decir "esto es mío y decido si comparto algo" y empezamos a decir "esto es de Dios y me fue entregado para administrarlo".
Segunda: lo que se requiere no es éxito, es fidelidad. Pablo no dice que se requiere de los administradores que sean brillantes, famosos ni espectaculares. Dice fieles. El estándar de Dios es alcanzable para el creyente más sencillo y desafiante para el más dotado, porque no depende del talento sino de la constancia del corazón.
Tercera: hay un día en que seremos hallados. La palabra "hallado" implica examen, revisión, un momento en que el Señor de la casa vuelve y mira. La fidelidad no se mide en las declaraciones sino en el hallazgo: no en lo que decimos ser, sino en lo que somos cuando se nos encuentra.
Con esa base, podemos describir al fiel. El fiel permanece: no es una visita en la vida de Dios, es un residente. El fiel cumple su palabra: su sí es sí, aunque cumplirlo cueste. El fiel es constante: no vive de arranques emocionales sino de perseverancia. El fiel administra lo recibido: no entierra su talento esperando tiempos mejores. El fiel se arrepiente cuando falla y vuelve a levantarse: su historia tiene caídas, pero ninguna caída tiene la última palabra. El fiel obedece cuando nadie mira y sirve sin aplauso, porque su audiencia es Dios. El fiel persevera en lo pequeño, guarda la fe y vive delante de Dios antes que delante de los hombres.
Jesús estableció un principio que deberíamos escribir en la puerta de nuestras casas: "El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel; y el que en lo muy poco es injusto, también en lo más es injusto" (Lucas 16:10, RVR1960).
Nos encanta soñar con lo mucho: la gran responsabilidad, el gran ministerio, la gran oportunidad. Pero Jesús enseña que la fidelidad no se estrena en lo grande; se forja en lo pequeño y se revela en lo secreto. El que no ora en privado no se convertirá en hombre de oración por subir a una plataforma. La que no sirve cuando nadie lo nota no se volverá sierva por recibir un título. Lo grande no transforma el carácter; lo expone.
La parábola de los talentos lleva este principio hasta el día del examen final (Mateo 25:14-30). Un señor entrega bienes a sus siervos, a cada uno conforme a su capacidad, y se va. Dos de ellos trabajan con lo recibido; uno entierra lo suyo, paralizado por una imagen distorsionada de su señor, al que describe como un hombre duro. Cuando el señor regresa, a los dos primeros les dice las mismas palabras exactas, aunque uno produjo cinco talentos y el otro dos: "Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor" (Mateo 25:21, RVR1960).
No conviertas esta parábola en un manual de productividad empresarial, porque no lo es. Su punto es más profundo: el siervo que conoce el corazón de su señor trabaja con gozo lo que le fue confiado; el que tiene un concepto torcido de su señor esconde, se excusa y se paraliza. Nota también que la recompensa del fiel no es jubilación sino más encargo y más gozo compartido: "sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor". Y nota, sobre todo, que el señor no le reprochó al de dos talentos no haber producido cinco. A cada uno según su capacidad. Dios no te pedirá cuentas de los dones que no te dio; te preguntará qué hiciste con los que sí.
Aquí necesito hacer una distinción pastoral que puede liberar a más de un lector: hay diferencia entre perfección y perseverancia, entre fracaso y abandono, entre tropezar y establecerse voluntariamente en la indiferencia.
Tropezar es parte del camino de todo creyente. El justo cae siete veces y vuelve a levantarse. Si en este tiempo has fallado, te has enfriado, has faltado, has dudado, eso no te descalifica como fiel; lo que definirá tu historia es lo que hagas ahora: quedarte en el suelo o tomar la mano de la gracia y levantarte.
Instalarse es otra cosa. Es convertir la caída en domicilio. Es acostumbrarse a la distancia con Dios y decorarla con excusas. Es dejar de luchar y llamarle a eso "mi realidad". Contra eso sí nos advierte la Escritura, no porque Dios esté ansioso por condenarnos, sino porque la indiferencia prolongada seca el alma.
Y a los que están peleando la batalla larga, el Señor resucitado les dejó una promesa que brilla como pocas: "Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida" (Apocalipsis 2:10, RVR1960). Se la dijo a la iglesia de Esmirna, una iglesia pobre y perseguida a la que no le corrigió nada. No le prometió que el sufrimiento pasaría pronto; le prometió una corona al final. La fidelidad bíblica no es un sprint de emociones; es una carrera de resistencia con la mirada puesta en el que espera en la meta.
Pablo llegó a esa meta y pudo escribir: "He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe" (2 Timoteo 4:7, RVR1960). Fíjate que no dijo: he ganado todas las batallas, he corrido más rápido que todos, nunca fallé. Dijo: peleé, acabé, guardé. Esa es la fidelidad que Dios busca cuando pregunta dónde están los fieles.
Si al leer este capítulo sientes el peso de tus caídas, escucha esto: la persona fiel también necesita gracia. Todos los días. La fidelidad de la que hablamos no es una escalera para subir hasta Dios; es el caminar, con tropiezos incluidos, de alguien a quien Dios ya sostiene de la mano. Su misericordia es nueva cada mañana, y eso te incluye a ti, hoy.
Escoge una sola cosa pequeña que sabes que Dios te ha confiado, un hábito de oración, una responsabilidad, una promesa que hiciste, y sé rigurosamente fiel en ella durante los próximos siete días. No añadas diez cosas. Una. La fidelidad se reconstruye por lo pequeño.
Señor, tú preguntas dónde están los fieles, y yo quiero dejar de responder señalando a otros. Examíname a mí. Muéstrame lo que me confiaste y enséñame a administrarlo. Gracias porque no me pides perfección sino perseverancia, y porque tu gracia me levanta cada vez que caigo. Hazme fiel en lo muy poco. Amén.
Si detuviéramos a cien personas a la salida de cualquier culto y les preguntáramos de quién es la iglesia, escucharíamos respuestas de todo tipo. Algunos dirían "del pastor", porque él la fundó. Otros, "de la familia tal", porque llevan tres generaciones sosteniéndola. Otros, "de la denominación", porque así consta en los papeles. Y otros, quizás los más sinceros, dirían "no sé, nunca lo había pensado".
Este capítulo existe para responder esa pregunta, porque de la respuesta depende casi todo lo demás: cómo tratamos a la iglesia, qué esperamos de ella, cómo servimos en ella y a quién le rendimos cuentas por ella.
"Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre."
Hechos 20:28, RVR1960Pablo pronuncia estas palabras en una despedida cargada de emoción, hablando a los ancianos de la iglesia de Éfeso a los que probablemente no volvería a ver. Y en una sola frase deja establecida la escritura de propiedad de la iglesia: es "la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre".
Piensa en lo que eso significa. Las cosas valen lo que se pagó por ellas. ¿Cuánto vale la Iglesia? La sangre del Hijo de Dios. Cristo no compró la Iglesia con oro ni plata, no la fundó con capital humano, no la heredó de nadie: la ganó muriendo por ella. "Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella" (Efesios 5:25, RVR1960). Por eso nadie más puede reclamar su propiedad.
La Iglesia no pertenece al pastor: el pastor es un empleado de la casa, no el dueño. No pertenece a una familia fundadora, por mucho que haya sacrificado. No pertenece a una junta ni a una denominación, por útiles que sean para el orden. La Iglesia pertenece a Cristo, y Cristo es su cabeza: "y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia" (Colosenses 1:18, RVR1960). En todo la preeminencia. En las decisiones, en la adoración, en el púlpito, en el presupuesto, en el calendario: el primer lugar es de Cristo o la iglesia está enferma.
¿Y el pastor, entonces? El pastor es mayordomo y subpastor. Pedro lo dijo con precisión: los ancianos apacientan "la grey de Dios", no la suya, y lo hacen bajo "el Príncipe de los pastores" (1 Pedro 5:2-4). Un subpastor cuida ovejas ajenas por amor al Dueño. En el momento en que empieza a tratarlas como propias, ha dejado de entender su trabajo.
Y los miembros son participantes del cuerpo, no clientes de una empresa. Esta distinción va a acompañarnos durante todo el libro.
No quiero convertir este capítulo en un tratado académico, así que vamos a lo esencial, como se lo explicaría a alguien que acaba de conocer a Cristo.
Cuando la Biblia habla de la Iglesia, habla en dos dimensiones. Existe la Iglesia universal: todos los verdaderos creyentes de todos los tiempos y lugares, ese pueblo enorme que solamente Dios conoce por completo y que un día estará reunido delante del trono. Y existe la iglesia local: la expresión visible y concreta de ese pueblo en un lugar, un grupo de creyentes que se reúnen, se conocen, se cuidan y caminan juntos. Tú no puedes asistir a la Iglesia universal los domingos; la vives a través de una iglesia local, con personas reales que tienen nombre, historia y defectos.
¿Y qué hace una iglesia local digna de ese nombre? La Escritura nos da el retrato de la primera de todas: "Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones" (Hechos 2:42, RVR1960). Ahí están los elementos esenciales: la Palabra predicada y enseñada; la comunión real entre hermanos; las ordenanzas que Cristo dejó, el bautismo que marca la entrada a la familia y la Cena del Señor que la alimenta y la une; la oración; y podríamos añadir, del resto del Nuevo Testamento, el liderazgo bíblico que sirve y rinde cuentas, la disciplina que restaura al que se desvía, la misión que lleva el evangelio afuera y el cuidado mutuo que se vive adentro.
Nota lo que no está en la lista: el tamaño, el edificio, el estilo musical, la fama del predicador. Todo eso puede variar; lo esencial no.
De todas las imágenes que el Nuevo Testamento usa para la Iglesia, ninguna es tan desarrollada como la del cuerpo: "Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular" (1 Corintios 12:27, RVR1960).
Pablo dedica un capítulo entero a esta imagen, y su argumento es casi cómico de tan gráfico: el pie no puede decir "como no soy mano, no soy del cuerpo", ni el ojo puede decirle a la mano "no te necesito". Un cuerpo donde cada miembro funciona es un organismo saludable; un cuerpo donde la mayoría de los miembros están inmóviles es un cuerpo enfermo, por muy grande que sea.
Aquí es donde la palabra "miembro" recupera su sentido original. En una época de membresías de gimnasio y clubes, "miembro" suena a alguien que paga una cuota y usa las instalaciones cuando quiere. En la Biblia, miembro es una parte viva de un organismo: un ojo, una mano, un pulmón. Un miembro de gimnasio puede faltar seis meses y no pasa nada. Un miembro del cuerpo que se desconecta seis meses es una emergencia médica.
Por eso hay un abismo entre dos frases que suenan parecidas: "voy a la iglesia" y "pertenezco a una iglesia local". Ir es un evento; pertenecer es una identidad. Ir describe lo que haces con una o dos horas de tu semana; pertenecer describe lo que eres el resto de ella. Una persona puede asistir a cultos durante años, sentarse, escuchar, salir, y seguir viviendo como espectadora: sin conocer ni ser conocida, sin cuidar ni ser cuidada, sin servir ni dejarse servir. Ha ido mil veces a la iglesia sin pertenecer nunca a una.
Hay otra imagen que necesitamos entender bien, porque de ella suelen salir confusiones: la del templo.
En el Antiguo Testamento, Dios manifestaba su presencia en un lugar físico: primero el tabernáculo, luego el templo de Jerusalén. Pero cuando llegamos al Nuevo Testamento, ocurre un cambio glorioso: Dios ya no habita en edificios, habita en su pueblo. "¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?" (1 Corintios 3:16, RVR1960). En su contexto, ese "vosotros" es plural y corporativo: Pablo les está diciendo a los creyentes de Corinto que ellos, juntos, como comunidad, son el santuario donde Dios mora. Más adelante aplicará la misma verdad a cada creyente individual: "¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo?" (1 Corintios 6:19). Las dos dimensiones son ciertas: el Espíritu habita en cada hijo de Dios, y habita en medio de su pueblo reunido.
Pedro completa el cuadro: "vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual" (1 Pedro 2:5, RVR1960). Y Pablo describe a la Iglesia como un edificio "juntamente edificado para morada de Dios en el Espíritu" (Efesios 2:22), cuya piedra angular es Jesucristo mismo.
¿Qué significa esto para el local donde tu iglesia se reúne? Significa que debemos ponerlo en su lugar correcto, ni más arriba ni más abajo. El edificio es un instrumento valioso: un lugar apartado para reunirse, que debe cuidarse, mantenerse y administrarse con excelencia, y que puede cargar recuerdos preciosos para una congregación. Ahí te bautizaste, ahí se casaron tus padres, ahí conociste a Cristo. Todo eso es legítimo. Pero el edificio no es la Iglesia, y no es el templo del Espíritu Santo en el sentido en que la Biblia usa esa palabra. Si mañana el local se perdiera, la iglesia no habría perdido su esencia, porque la Iglesia son las piedras vivas, no los bloques de cemento. Los primeros cristianos no tuvieron edificios propios durante mucho tiempo, y pusieron el mundo de cabeza.
Cuando olvidamos que la Iglesia pertenece a Cristo, aparecen deformaciones que la historia conoce bien: pastores que actúan como dueños, familias que actúan como accionistas, miembros que actúan como clientes, y congregaciones enteras girando alrededor de un hombre en lugar de girar alrededor del Cordero. Cada una de esas deformaciones se corrige con la misma verdad: él la ganó por su propia sangre. Nadie más tiene título de propiedad.
Yo también necesito este capítulo. El que planta una iglesia la ve nacer, la carga, la sostiene con sus manos, y precisamente por eso enfrenta una tentación sutil: empezar a sentirla suya. "Mi iglesia", decimos, y la expresión es inocente hasta que deja de serlo. Cada cierto tiempo tengo que arrodillarme y devolver las llaves: Señor, esta obra es tuya. Las personas son tuyas. Los resultados son tuyos. Yo soy solamente un mayordomo agradecido de que me hayas dejado servir en tu casa.
Esta semana, en lugar de evaluar tu iglesia como se evalúa un servicio ("qué me pareció, cómo me atendieron"), hazte la pregunta del miembro del cuerpo: ¿qué función estoy cumpliendo yo en este organismo? Escribe tu respuesta y llévala en oración.
Señor Jesús, gracias por amar a tu Iglesia hasta entregarte por ella. Perdóname por las veces que la he tratado como un evento, como un servicio o como una propiedad humana. Enséñame a verla como tú la ves: tu cuerpo, tu casa, tu pueblo comprado con sangre. Y dame mi lugar en ella, no como espectador, sino como piedra viva. Amén.
Si existe un versículo que los pastores citamos cuando hablamos de la asistencia a la iglesia, es Hebreos 10:25. Lo hemos citado tanto, y tantas veces solo, que muchos creyentes pueden recitarlo sin tener idea de lo que dicen los versículos que lo rodean. Y eso es una pérdida enorme, porque el versículo 25 es la punta de un iceberg glorioso. Hoy vamos a mirar el iceberg completo.
"Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca."
Hebreos 10:24-25, RVR1960La carta a los Hebreos fue escrita a cristianos cansados y presionados, tentados a volver atrás. Y el pasaje que nos ocupa no comienza con una orden, comienza con un anuncio: "Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo" (Hebreos 10:19, RVR1960).
Para un lector judío, esa frase era una revolución. Al Lugar Santísimo entraba solamente el sumo sacerdote, solamente una vez al año, solamente con sangre. Y ahora el autor dice que todos los creyentes tenemos libertad, confianza plena, para entrar hasta la misma presencia de Dios, por un camino nuevo y vivo que Jesús abrió con su carne. La cortina se rasgó. La puerta está abierta. Tenemos, además, "un gran sacerdote sobre la casa de Dios": Cristo mismo, que nos representa allí dentro para siempre.
Sobre ese fundamento, y solamente sobre ese fundamento, vienen tres exhortaciones encadenadas, tres "acerquémonos, mantengamos, considerémonos". Acerquémonos a Dios con corazón sincero, en plena certidumbre de fe. Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió. Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras.
¿Notas el orden? Primero hacia arriba: acércate a Dios. Luego hacia adentro: sostén tu esperanza. Luego hacia los lados: considera a tus hermanos. Y es dentro de ese tercer movimiento donde aparece la frase famosa: no dejando de congregarnos. La congregación no es una regla suelta; es la consecuencia natural de un evangelio que nos abrió el cielo y nos regaló una familia.
Fíjate en la lógica interna del texto. Considerarnos unos a otros significa pensar en los hermanos, observarlos con atención amorosa, conocer sus luchas. Estimularnos al amor y a las buenas obras significa provocarnos santamente, encendernos mutuamente. Y exhortarnos significa animarnos, llamarnos al lado del otro para sostenerlo.
Ahora la pregunta obvia: ¿cómo hago todo eso con alguien a quien nunca veo? No puedo considerar al hermano cuyo rostro no conozco. No puedo estimular a la hermana cuya situación ignoro. No puedo exhortar a quien no me deja acercarme. Los mandamientos de "unos a otros" que llenan el Nuevo Testamento, amaos unos a otros, sobrellevad las cargas los unos de los otros, confesaos vuestras ofensas unos a otros y orad unos por otros, animaos unos a otros, requieren un ingrediente que ninguna tecnología reemplaza del todo: presencia.
Por eso el texto dice "no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre". Ya en el primer siglo, sin redes sociales ni transmisiones en vivo, algunos se habían acostumbrado a la ausencia. El problema no era un conflicto de horarios; era una costumbre del corazón, un desacostumbrarse de los hermanos. Y el autor no los avergüenza: los llama de vuelta, porque el peligro era real. Los versículos siguientes advierten sobre el deterioro espiritual del que se aparta deliberadamente. Alejarse de la comunión casi nunca es el primer paso de una crisis espiritual; casi siempre es el síntoma de una que ya empezó.
Si la reunión de la iglesia fuera solamente escuchar una charla y cantar unas canciones, tendría sentido reemplazarla por un video. Pero mira todo lo que ocurre, o debería ocurrir, cuando el pueblo de Dios se reúne.
Nos congregamos para adorar juntos al Dios que nos salvó, porque hay una dimensión de la alabanza que solamente existe en el nosotros: "cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales" (Colosenses 3:16). Para escuchar la Palabra predicada y dejarnos corregir por ella. Para orar unos por otros y con otros. Para participar de la Cena del Señor, que por definición es una mesa compartida. Para ser animados y para animar: "Por lo cual, animaos unos a otros, y edificaos unos a otros, así como lo hacéis" (1 Tesalonicenses 5:11, RVR1960). Para cuidar y ser cuidados, para servir con nuestros dones, para rendir cuentas de nuestro caminar, para recordar el evangelio que el mundo nos hace olvidar entre semana, y para caminar acompañados en un mundo que camina solo.
La iglesia primitiva vivía esto con una intensidad que todavía nos predica: "Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones... y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón" (Hechos 2:42,46, RVR1960). No eran perfectos, pero eran de verdad un cuerpo: "así nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros" (Romanos 12:5, RVR1960).
Hay una ilustración antigua que vale la pena recordar, siempre que la usemos con honestidad. Cuando los carbones arden juntos, se conservan encendidos unos a otros; el calor compartido sostiene el fuego de todos. Pero saca un carbón y ponlo aparte: seguirá encendido un rato, incluso brillante, y poco a poco se irá apagando, no porque el fuego lo abandonó de golpe, sino porque perdió el calor de los demás.
Muchos hemos visto ese proceso en personas que amamos. Nadie se enfría en un día. Primero falta un domingo, luego un mes, luego se pierde la costumbre, luego se pierde el deseo, y un día la persona descubre que aquello que ardía en ella es apenas una brasa bajo cenizas.
Ahora, seamos precisos, porque una ilustración no es una doctrina: no es la congregación la que produce vida espiritual, como si el grupo tuviera poderes mágicos. Es Dios quien enciende y sostiene el fuego, por medio de su Palabra, su Espíritu y, también, la comunión de los santos. La iglesia local es uno de los medios ordinarios que Dios diseñó para animarnos, exhortarnos, corregirnos y fortalecernos. Despreciar ese medio es como despreciar el abrigo en invierno alegando que el calor viene del cuerpo.
Y aquí debo ser cuidadoso, porque en este tema los pastores a veces hemos dicho más de lo que la Biblia dice.
No existe un mandamiento que establezca que todo cristiano debe estar físicamente en una actividad de la iglesia un número exacto de veces por semana. Lo que la Escritura manda es no abandonar la congregación y perseverar en una comunión regular, intencional y constante. La frecuencia concreta puede variar según la realidad de cada iglesia y de cada persona, y no todas las actividades del calendario tienen el mismo peso: no es lo mismo la reunión donde el cuerpo adora y parte el pan que un evento social opcional. Nadie debe medir la espiritualidad ajena en eventos asistidos por mes, y una persona puede estar en todas las actividades y aun así estar descuidando a Cristo, a su familia o su propia salud, porque el activismo eclesiástico no es madurez.
También hay que decir con gratitud que los recursos en línea son una bendición real para el enfermo, para el anciano que no puede salir, para quien cuida a un familiar, para el que está lejos. Dios ve a esas personas y ellas no están abandonando nada. Pero digamos también la otra mitad: la pantalla no puede abrazarte, no puede notar que llegaste con los ojos hinchados, no puede compartir contigo el pan y la copa, no puede visitarte el martes porque el domingo te vio mal. Lo virtual puede complementar la vida del cuerpo; no puede sustituirla de manera permanente cuando existe la posibilidad real de estar.
Entonces la pregunta honesta no es "¿cuántas veces es obligatorio?". La pregunta honesta es otra, y cada uno debe responderla delante de Dios, sin compararse con nadie: ¿realmente no puedo congregarme, o la comunión de la Iglesia ha dejado de ser una prioridad? Hay una diferencia enorme entre no poder y no querer, y solamente tú y Dios saben de cuál lado estás. Al que no puede, el Señor le da paz. Al que no quiere, el Señor, con amor, le hace preguntas.
Si llevas tiempo desconectado y este capítulo te ha tocado, no lo conviertas en culpa paralizante; conviértelo en un regreso. No tienes que arreglar tu vida primero. Los carbones no se encienden solos antes de volver al fuego; vuelven al fuego para encenderse. Tu iglesia no necesita tu perfección, te necesita a ti. Y aunque no lo creas, tú también la necesitas a ella.
La próxima vez que te reúnas con tu iglesia, llega con una misión secreta: considerar a un hermano. Elige a alguien, pregúntale de verdad cómo está, escúchalo y ora por él en la semana. Convierte la reunión de algo que recibes en algo que das.
Padre, gracias porque por la sangre de Jesús tengo entrada libre a tu presencia, y gracias porque no me salvaste para caminar solo. Perdona las veces que he tratado a tu familia como algo opcional. Renueva en mí el amor por la comunión de los santos. Hazme un carbón que encienda a otros, y trae de regreso a los que se han enfriado lejos del fuego. En el nombre de Jesús, amén.
En la mesa de una familia numerosa, una silla vacía nunca pasa desapercibida. La madre la ve antes de servir el primer plato. Puede haber ocho hijos presentes, riendo y conversando, y sin embargo los ojos de la madre vuelven una y otra vez al lugar del que falta. No porque ame menos a los que están, sino porque el amor tiene memoria, y la memoria tiene forma de silla vacía.
Algo parecido ocurre en el corazón de un pastor, y en el corazón de cualquier creyente que ame de verdad a su iglesia. Uno aprende a dar gracias por los presentes y, al mismo tiempo, a preguntarse por los ausentes. El problema es qué hacemos con esa pregunta. Podemos convertirla en juicio: "no vino porque no le importa". Podemos convertirla en amargura: "después de todo lo que se hizo por ella". O podemos convertirla en lo que este capítulo propone: compasión que busca.
Porque una silla vacía no debe producir solamente frustración. También debe producir oración, compasión y el deseo de buscar a la persona que está detrás de ella.
"¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla?"
Lucas 15:4, RVR1960Jesús contó esta parábola en un contexto que no debemos olvidar: los fariseos murmuraban porque él recibía a los pecadores y comía con ellos. Los expertos religiosos miraban a los alejados con desprecio; Jesús los miraba con búsqueda. Y en su parábola, la oveja perdida no es un número que se resta del inventario: es una criatura por la que el pastor sale, camina, se cansa, y a la que, cuando la encuentra, no la arrastra a golpes, sino que la pone sobre sus hombros, gozoso.
Esa es la lógica del cielo: "habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento" (Lucas 15:7, RVR1960). Si el cielo hace fiesta por el que vuelve, la iglesia no puede hacer tribunal por el que falta.
Aquí necesitamos humildad para admitir algo: casi nunca sabemos por qué alguien se alejó. Vemos la ausencia; no vemos la historia. Y detrás de las sillas vacías hay historias muy distintas.
Hay ausencias por heridas: personas que fueron maltratadas, juzgadas, avergonzadas o utilizadas dentro de una congregación, y a las que volver les cuesta más de lo que imaginamos. Hay ausencias por vergüenza: el que cayó en un pecado y supone que ya no tiene cara para volver; la que atraviesa un divorcio y teme las miradas; el joven que duda y cree que sus preguntas no son bienvenidas. Hay ausencias por enfermedad, visible o invisible: cuerpos que no pueden y mentes que tampoco, porque la depresión y la ansiedad también vacían sillas, y lo hacen en silencio. Hay ausencias por agotamiento: madres y padres que no pueden más, cuidadores de enfermos, personas con dos empleos y turnos rotativos, gente para la que el domingo es el único día en que el cuerpo se les rinde. Hay ausencias por crisis familiares, por falta de transporte, por duelo, por desilusión con líderes que fallaron, por falta de discipulado, porque nadie les enseñó jamás lo que significa pertenecer al cuerpo, y hay ausencias, sí, por indiferencia y comodidad, porque también existen, y negarlo sería tan deshonesto como suponer que todas lo son.
¿Qué hacemos con esta variedad? Lo primero: no asumir. La suposición es el atajo del perezoso espiritual; la pregunta amorosa es el camino del hermano. Lo segundo: recordar que nuestra tarea no es clasificar a los ausentes sino amarlos, y que el diagnóstico, si hace falta, vendrá de la cercanía y no de la distancia.
Antes de decirle nada a los que faltan, la Escritura tiene algo que decirnos a los pastores y líderes. En Ezequiel 34, Dios pronuncia una de las denuncias más severas de toda la Biblia, y no la pronuncia contra las ovejas: la pronuncia contra los pastores de Israel. Los acusa de apacentarse a sí mismos en lugar de apacentar el rebaño, y luego detalla: "No fortalecisteis las débiles, ni curasteis la enferma; no vendasteis la perniquebrada, no volvisteis al redil la descarriada, ni buscasteis la perdida" (Ezequiel 34:4, RVR1960).
Léelo despacio, porque es un espejo. Dios no les reclama a las ovejas descarriadas no haber vuelto solas; les reclama a los pastores no haberlas buscado. Antes de preguntar con frustración dónde están los que se fueron, los que lideramos tenemos que responder otra pregunta: ¿quién fue a buscarlos? ¿Cuántas de nuestras sillas vacías recibieron una llamada, una visita, una oración con nombre y apellido? La crítica es barata; la búsqueda cuesta. Y Dios está del lado de la búsqueda: "He aquí yo, yo mismo iré a buscar mis ovejas, y las reconoceré" (Ezequiel 34:11).
La iglesia entera, no solamente el pastor, está llamada a esta tarea: "Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado. Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo" (Gálatas 6:1-2, RVR1960).
Mansedumbre. Considerándote a ti mismo. Ese es el tono. Con ese espíritu, buscar al ausente se parece a esto: llamar sin reproche, preguntar y luego escuchar de verdad, sin interrumpir con sermones; visitar cuando sea apropiado y bienvenido; orar por la persona con constancia; ayudar en lo práctico si la ausencia tiene causas materiales; no divulgar lo que nos confíen, porque la confianza traicionada cierra puertas para siempre; invitar sin acosar, porque hay una diferencia entre la puerta abierta y la persecución; corregir con mansedumbre cuando hay pecado, recordando Santiago 5:19-20, que quien hace volver al pecador del error de su camino salvará de muerte un alma; dar espacio y tiempo para sanar, porque los procesos de Dios no siempre llevan nuestra prisa; y tratar a la persona como persona, no como un proyecto de reincorporación ni como una cifra que queremos recuperar para la lista. De los que dudan, dice Judas con una ternura sorprendente: "A algunos que dudan, convencedlos. A otros salvad, arrebatándolos del fuego; y de otros tened misericordia" (Judas 22-23, RVR1960). No hay una sola receta; hay un solo amor con formas distintas.
Y los fuertes tienen una responsabilidad extra: "Así que, los que somos fuertes debemos soportar las flaquezas de los débiles, y no agradarnos a nosotros mismos" (Romanos 15:1, RVR1960). El que está firme no recibió su firmeza para presumirla sino para prestarla.
Ahora quiero hablarte a ti, si tu silla está vacía por causa de una herida. Primero: lo siento. Siento lo que te hicieron en un lugar donde debiste estar seguro. No voy a excusarlo ni a pedirte que lo minimices. Segundo: quiero que sepas que la fidelidad a Cristo no te exige permanecer dentro de una congregación que encubre abuso, predica otro evangelio o practica control espiritual. Salir de un lugar así no es rebelión; a veces es obediencia y supervivencia. Pero tercero, y te lo digo con todo el cuidado del mundo: no dejes que los que te hirieron te roben también la familia de Dios. Una mala iglesia no anula a la Iglesia, igual que una mala familia no anula el amor. Tu sanidad probablemente no ocurrirá en el aislamiento permanente; el aislamiento protege un tiempo y luego encarcela. Parte de tu restauración puede ser, a tu ritmo, con sabiduría y quizás con ayuda, buscar una comunidad sana, transparente y centrada en el evangelio, donde puedas volver a confiar poco a poco. No porque le debas nada a ninguna institución, sino porque Cristo tiene hermanos para ti que todavía no conoces.
Esta semana, contacta a una persona que se haya alejado de la comunión. Sin reproches, sin agenda, sin sermón. Una sola pregunta sincera: ¿cómo estás? Y luego escucha. Si te abre una puerta, entra con mansedumbre. Si no, ora y mantén la puerta de tu amor abierta.
Señor Jesús, tú eres el Pastor que deja las noventa y nueve y sale a buscar a la que se perdió. Dame tu mirada para los ausentes: líbrame de juzgar historias que no conozco. Enséñame a buscar con mansedumbre, a escuchar sin condenar y a amar sin agenda. Sana a los que fueron heridos en tu propia casa, y úsame, si quieres, como parte de esa sanidad. Amén.
Un libro que pregunta dónde están los fieles cometería una injusticia imperdonable si no se detuviera a decir algo igual de importante: hay fieles. Existen. Están más cerca de lo que creemos, y casi nunca hacen ruido.
Este capítulo es para ellos. Si tú eres uno de ellos, quiero que lo leas como una carta de honra. Y si no lo eres todavía, quiero que lo leas como una ventana: así se ve la fidelidad cuando nadie la aplaude.
"Porque Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor que habéis mostrado hacia su nombre, habiendo servido a los santos y sirviéndoles aún."
Hebreos 6:10, RVR1960Hay algo conmovedor en la manera en que está redactado este versículo. No dice simplemente que Dios recuerda; dice que Dios no es injusto para olvidar. Es decir: olvidar el trabajo de amor de sus hijos sería una injusticia, y Dios no comete injusticias. Tu servicio escondido está guardado en la memoria de un Dios que no pierde registros.
Fíjate también en la expresión "trabajo de amor". No dice actividades, ni funciones, ni tareas. Trabajo de amor: esfuerzo real, con sudor real, cuyo combustible no es la obligación sino el afecto, y cuya dirección final no son ni siquiera las personas sino el nombre de Dios: "que habéis mostrado hacia su nombre, habiendo servido a los santos". Cuando sirves a los santos por amor, le estás sirviendo a él.
Déjame describirlos, no con nombres, porque no me corresponde inventar personas, sino con gestos que cualquiera que haya vivido la iglesia por dentro reconocerá.
Son los que llegan temprano, cuando las luces todavía están apagadas, y acomodan lo que haga falta sin que nadie se lo pida. Son los que oran sin ser vistos: nadie publica sus vigilias, pero las batallas que la iglesia gana se pelearon primero en sus rodillas. Son los que limpian cuando todos se han ido, los que preparan el lugar, los que cargan, los que ordenan. Son las que enseñan a los niños domingo tras domingo, sembrando en tierra que dará fruto dentro de veinte años, sin más público que una fila de sillas pequeñas. Son los que llaman al enfermo el martes, cuando ya nadie se acuerda del anuncio del domingo. Son los que dan con discreción, a veces de su escasez, sin placa conmemorativa ni mención pública. Son los que invitan, los que llevan a alguien en su carro, los que abren su casa. Son los que perseveran cuando la obra es pequeña y no se avergüenzan de ella, los que sostienen a otros cuando ellos mismos están cansados, los que sirven sin plataforma y nunca la pidieron, los que se quedaron en los días fáciles y también en los difíciles.
El Nuevo Testamento está lleno de gente así, y Pablo se negaba a dejarlos en el anonimato. Lee alguna vez Romanos 16 completo: es una lista de nombres que casi nadie predica, Febe, Priscila y Aquila, Trifena y Trifosa, "que trabajan en el Señor", la amada Pérsida, "la cual ha trabajado mucho en el Señor", Rufo y su madre, "que también es mía". Pablo, el apóstol de las naciones, conocía por nombre a los que servían, y consideró que esos nombres merecían quedar en la Palabra eterna de Dios. O piensa en Dorcas, de quien la Escritura dice que "abundaba en buenas obras y en limosnas que hacía" (Hechos 9:36): cuando murió, las viudas mostraban llorando las túnicas que ella les había cosido. Su ministerio era una aguja y un hilo, y el cielo lo consideró digno de un milagro de resurrección.
Así de en serio se toma Dios a los que nosotros llamamos "gente sencilla".
Alguien podría objetar: ¿no es peligroso honrar a las personas? ¿No se supone que toda la gloria es para Dios? La respuesta es que la Escritura misma nos enseña a distinguir entre honra y adulación.
Pablo les escribía a los filipenses: "Doy gracias a mi Dios siempre que me acuerdo de vosotros... por vuestra comunión en el evangelio, desde el primer día hasta ahora" (Filipenses 1:3-5, RVR1960). Y a los tesalonicenses: "Damos siempre gracias a Dios por todos vosotros... acordándonos sin cesar delante del Dios y Padre nuestro de la obra de vuestra fe, del trabajo de vuestro amor y de vuestra constancia en la esperanza en nuestro Señor Jesucristo" (1 Tesalonicenses 1:2-3, RVR1960). Fíjate en la estructura: Pablo honra a las personas dando gracias a Dios por ellas. Esa es la fórmula. La adulación exalta al hombre y termina en el hombre; la honra bíblica reconoce al hombre y termina en Dios, porque sabe que todo lo bueno que hay en un siervo es gracia obrando.
Una iglesia que nunca honra a sus fieles comete dos errores: desanima a los que sirven, que aunque no sirvan por reconocimiento son humanos y se marchitan en la invisibilidad total, y les enseña a todos que el servicio no importa. Honrar no es mundano; es justo. Lo mundano es el favoritismo, el aplauso comprado y la fabricación de celebridades.
Permíteme hacer aquí lo que estoy predicando. Quiero dar gracias a Dios por mi familia, que comparte conmigo el peso de esta obra y paga un costo que nadie ve. Por los hermanos fieles que han creído en lo que Dios está haciendo, aunque todavía sea pequeño a los ojos humanos. Por los que sirven sin que nadie los mencione, los que llegan, los que oran, los que dan, los que preguntan en qué pueden ayudar. Por los que han permanecido en los días buenos y en los días duros. No escribo sus nombres porque no hace falta: Dios los sabe todos, y su memoria es mejor que la mía. Pero quiero que quede escrito en este libro que su trabajo de amor no es invisible, ni para Dios ni para su pastor. Gracias. Y que toda la gloria sea para el Señor que los sostiene.
Quizás eres de los que permanecen y llegaste a este capítulo con el tanque casi vacío. Sirves, y a veces te preguntas si sirve de algo. Ves las sillas vacías y te desanimas. Has pensado en soltar.
Para ti hay una palabra directa de la Escritura: "Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano" (1 Corintios 15:58, RVR1960). Ese versículo es la conclusión del gran capítulo de la resurrección. Después de cincuenta y siete versículos sobre la victoria de Cristo sobre la muerte, Pablo aterriza todo en esta aplicación: por lo tanto, tu trabajo no es en vano. La resurrección garantiza que nada de lo que haces en el Señor se pierde. Ninguna clase de niños, ninguna visita, ninguna oración de madrugada, ninguna silla acomodada. En un mundo donde casi todo se olvida, lo hecho para Cristo es lo único con garantía eterna.
Así que no sueltes. Descansa si hace falta, pide ayuda si hace falta, pero no sueltes. El Dios que no es injusto para olvidar está guardando lo que nadie más vio.
Escoge a dos personas de tu iglesia que sirvan fielmente sin reconocimiento y hónralas esta semana de manera concreta: una llamada, una nota escrita, un agradecimiento específico que mencione lo que hacen y termine dando gracias a Dios por ellas.
Padre, gracias por los fieles que sostienen tu obra en silencio. Tú no eres injusto para olvidar su trabajo de amor; enséñame a no ser injusto yo tampoco. Dame ojos para ver a los invisibles, palabras para honrarlos y un corazón que aprenda de su ejemplo. Y cuando yo sea el que está cansado, recuérdame que mi trabajo en ti no es en vano. Amén.
Vivimos en la civilización del consumidor. Nos formaron para evaluar todo lo que recibimos: le ponemos estrellas al restaurante, calificamos al conductor, escribimos reseñas del hotel. No está mal en el comercio; para eso existe. El problema es que ese instinto no se queda en el estacionamiento cuando llegamos a la iglesia. Entra con nosotros, se sienta en nuestra silla y evalúa.
¿Me gustó la música? ¿Me atendieron bien? ¿La predicación me entretuvo o se hizo larga? ¿El horario me conviene? ¿Qué tiene esta iglesia para mí y para mis hijos?
Escucha bien lo que voy a decir, porque no quiero ser malinterpretado: algunas de esas preguntas tienen su lugar. Un discípulo también puede evaluar sanamente una congregación; de hecho debe hacerlo en lo que importa: ¿se predica aquí la Palabra con fidelidad? ¿Se vive el evangelio? ¿Hay amor y verdad? El problema no es evaluar. El problema es cuando toda nuestra relación con la iglesia se reduce a la lógica del cliente: yo pago con mi asistencia, ustedes me sirven, y si no me satisface, me llevo mi consumo a otra parte.
Porque un cliente pregunta qué puede recibir. Un discípulo pregunta cómo puede amar y servir.
"Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos."
Marcos 10:45, RVR1960El contexto de esta frase es casi vergonzoso, y por eso es tan útil. Jacobo y Juan acababan de pedirle a Jesús los dos mejores asientos de su reino, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los otros diez se enojaron, probablemente porque querían lo mismo. Y Jesús reúne a todos y les voltea el organigrama del mundo: los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, les dice, "pero no será así entre vosotros, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor" (Marcos 10:43). Y entonces se pone a sí mismo como el argumento final: el Hijo del Hombre, el Rey del universo, no vino para ser servido.
La noche antes de morir lo demostró de la manera más gráfica posible. Juan cuenta que Jesús, "sabiendo que el Padre le había dado todas las cosas en las manos", se levantó de la cena, se quitó su manto, tomó una toalla, echó agua en un lebrillo y comenzó a lavar los pies de sus discípulos (Juan 13:3-5). El trabajo del esclavo más bajo de la casa, hecho por las manos que sostienen el universo. Y al terminar les dijo: "Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado" (Juan 13:14-15, RVR1960).
En el reino de Jesús no hay lugar de honor sin toalla. El que quiera parecerse al Rey tendrá que arrodillarse como él.
Ahora viene la pregunta práctica: ¿servir cómo? ¿Servir en qué? Y aquí el Nuevo Testamento nos da una noticia que muchos creyentes jamás han asimilado: tú tienes dones. No es una posibilidad; es una declaración.
"Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios."
1 Pedro 4:10, RVR1960Cada uno. No dice "algunos privilegiados" ni "los que estudiaron" ni "los de la plataforma". Cada creyente ha recibido del Espíritu algo para el bien de los demás: "Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho" (1 Corintios 12:7, RVR1960). Pablo enumera dones diversos en Romanos 12 y en 1 Corintios 12: servir, enseñar, exhortar, repartir con liberalidad, presidir, hacer misericordia con alegría, y deja claro que la diversidad es diseño, no defecto: "Porque así como en un cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos los miembros tienen la misma función" (Romanos 12:4, RVR1960).
Esto desmonta varias mentiras que paralizan a los creyentes. La mentira de que servir es cosa de los que están al frente: no todos predican, no todos cantan, no todos dirigen, y el cuerpo necesita mucho más riñones que rostros. La mentira de que lo que tú haces no cuenta: el que visita, el que cocina, el que arregla lo que se rompe, el que administra, el que escucha, está ministrando gracia de Dios en una de sus multiformes variedades. La mentira de que el servicio verdadero ocurre solamente dentro del programa de la iglesia: servir a tu familia también es servicio, cuidar a un padre anciano también, trabajar con honestidad también glorifica a Dios, criar hijos en el Señor es una obra gigante. Y la mentira competitiva de que los dones son un ranking: los dones existen "para provecho" común, no para gloria personal, y el líder que monopoliza en lugar de capacitar está robándole funcionamiento al cuerpo.
Nota también la palabra que usa Pedro: administradores. Es la misma familia de palabras de 1 Corintios 4:2, el versículo de este libro. Tu don no es tuyo; es de Dios, puesto en tus manos para otros. No usarlo no es humildad; es mala administración.
Antes de seguir, tengo que proteger este capítulo de un abuso posible. Hay personas que en este momento de su vida necesitan sobre todo recibir: el recién convertido que apenas está aprendiendo a caminar, la persona en crisis, el enfermo, el que llegó destrozado. Si tú estás ahí, este capítulo no es un látigo para ti. Todos necesitamos ser ministrados, y hay temporadas en las que recibir es lo único que podemos hacer. La iglesia existe también para eso, y nadie debe avergonzarse de su invierno.
El problema no es recibir. El problema es instalarse en el consumo como estilo de vida permanente: pasar años, décadas, recibiendo sin que jamás nazca la pregunta "¿y yo qué puedo dar?". El bebé que no crece deja de ser tierno y se vuelve motivo de preocupación. La meta de todo el que recibe es, a su tiempo, convertirse en alguien que también da.
Hay una pregunta que puede cambiar tu manera de ver tu lugar en la iglesia. Es sencilla y no tiene escapatoria:
Si todos los miembros vivieran su compromiso con Cristo exactamente como yo, ¿qué clase de iglesia tendríamos?
Si todos oraran lo que yo oro, ¿sería una iglesia que ora? Si todos sirvieran lo que yo sirvo, ¿habría quién enseñe a los niños, quién abra las puertas, quién visite a los enfermos? Si todos dieran lo que yo doy, ¿podría la obra sostenerse? Si todos evangelizaran lo que yo evangelizo, ¿cuántos conocerían a Cristo este año?
No hago esta pregunta para condenarte; la hago porque yo también tengo que hacérmela, y porque es la manera más honesta de salir del anonimato estadístico. En una congregación siempre parece que "alguien más" lo hará. La pregunta del espejo elimina al "alguien más" y nos deja a solas con nuestra propia mayordomía.
Pablo nos da la actitud exacta con la que responderla: "Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús" (Filipenses 2:3-5, RVR1960).
Si no sabes cuál es tu don, no te quedes esperando una revelación mística. Los dones suelen descubrirse sirviendo, no teorizando. Empieza por la necesidad que tienes delante: ¿dónde hace falta ayuda en tu congregación? Sirve ahí un tiempo con fidelidad. En el camino descubrirás qué te llena de gozo, qué confirman los hermanos y dónde Dios pone fruto. El don se revela en el movimiento, como la dirección de un barco: es más fácil dirigir un barco que ya navega que uno anclado en el puerto.
Antes de que termine el mes, comprométete con un área concreta de servicio, dentro o fuera del programa de la iglesia: un ministerio, una persona a la que acompañar, una necesidad que cubrir. Habla con un líder, di "cuenta conmigo para esto" y cúmplelo por lo menos durante una temporada completa.
Señor Jesús, tú te ceñiste la toalla y lavaste pies que horas después huirían de ti. Perdóname por las veces que me he sentado a evaluar tu iglesia en lugar de servirla. Muéstrame el don que pusiste en mis manos y dame el gozo de administrarlo para otros. Hazme pasar, de una vez, de la silla del espectador al lebrillo del siervo. Amén.
Hay una fantasía que muchos creyentes tenemos sin habernos dado cuenta de que la tenemos. Es más o menos así: la iglesia crecerá cuando el pastor predique mejor, cuando la alabanza suene mejor, cuando el local sea más cómodo, cuando se haga más publicidad. Es decir: la iglesia crecerá cuando otros hagan mejor su parte.
Es una fantasía cómoda, porque en ella el crecimiento siempre es responsabilidad de alguien más. Pero tiene un problema: no aparece en la Biblia.
"Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo."
Mateo 28:19-20, RVR1960Llamamos a este pasaje la Gran Comisión, y con razón: es el encargo del Señor resucitado a su Iglesia, respaldado por toda la autoridad del cielo y de la tierra y acompañado de la mejor promesa posible, su presencia hasta el fin. Pero fíjate a quién fue dada. No a un gremio de profesionales. Fue dada a los discípulos, y a través de ellos a todos los que creeríamos por su palabra. Cuando Jesús dijo en Hechos 1:8 "me seréis testigos", no estaba fundando una agencia de especialistas; estaba describiendo la identidad de todo su pueblo.
La historia del libro de los Hechos lo confirma de una manera que casi nadie nota. Cuando se desató la gran persecución en Jerusalén, dice el texto que todos fueron esparcidos, "salvo los apóstoles". ¿Y quiénes predicaron entonces? "Pero los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio" (Hechos 8:4, RVR1960). Los creyentes comunes. Los que no eran apóstoles. El evangelio saltó las fronteras de Judea y Samaria en los labios de gente sin título, comerciantes, familias, refugiados que no podían callar lo que habían visto.
Así crece la iglesia desde el principio: no por un hombre que hace mucho, sino por un pueblo que no se calla.
Ya establecimos en el capítulo 2 que el crecimiento lo da Dios. Ahora hay que decir la otra mitad: Dios lo da a través de medios, y esos medios involucran a todo el cuerpo.
El crecimiento ocurre cuando se predica el evangelio, porque "la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios" (Romanos 10:17). Pablo encadena la lógica con preguntas: "¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?" (Romanos 10:14, RVR1960). Ocurre cuando los creyentes comparten su testimonio y están "siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros" (1 Pedro 3:15, RVR1960). Ocurre cuando se invita, cuando se ora por los perdidos con nombre propio, cuando se enseña la verdad con paciencia, cuando las familias discipulan en el hogar y los niños respiran el evangelio antes de entenderlo. Ocurre cuando se forman nuevos servidores en la cadena que Pablo le describió a Timoteo: "Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros" (2 Timoteo 2:2, RVR1960). Cuatro generaciones en un versículo: Pablo, Timoteo, hombres fieles, otros. Una iglesia que no forma sucesores es una iglesia con fecha de vencimiento.
Y ocurre, de manera silenciosa pero poderosa, cuando los creyentes viven con coherencia y el amor de la iglesia se hace visible. "En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros" (Juan 13:35). La primera apologética de la iglesia siempre ha sido su vida compartida.
Aquí conviene deshacer una confusión frecuente. Para muchos creyentes, evangelizar significa invitar a alguien a una actividad de la iglesia. Y que quede claro: invitar es bueno, es un primer paso valioso, y Dios lo usa. Pero no es todavía evangelizar.
Evangelizar es comunicar el evangelio: la noticia de quién es Cristo, lo que hizo en la cruz y la resurrección, y el llamado al arrepentimiento y la fe. Una persona puede asistir a diez actividades y no haber escuchado nunca, con claridad, esa noticia. Si toda nuestra estrategia es traer gente al local para que el pastor les hable, hemos convertido la Gran Comisión en un servicio de transporte. La meta no es que la gente conozca mi iglesia; es que conozca a mi Salvador. Lo primero puede ser camino hacia lo segundo, pero jamás su sustituto.
Y aquí una liberación importante: no todos evangelizan igual, porque no todos somos iguales. Hay quien conversa con desconocidos con una facilidad asombrosa, y hay quien necesita la confianza de una amistad larga. Hay quien explica, hay quien testifica, hay quien sirve primero y habla después, hay quien escribe, hay quien abre su mesa. La personalidad no es excusa para el silencio, pero tampoco existe un único molde. Todos podemos aprender a hablar de Cristo a nuestra manera, con nuestras palabras, en nuestros espacios. Lo que no podemos es delegar el testimonio para siempre.
Dos advertencias protegen esta tarea. Primera: el fruto pertenece a Dios, así que no manipulamos decisiones, no presionamos oraciones repetidas para inflar cifras, no fabricamos conversiones. Sembramos y regamos; Dios da el crecimiento. Segunda: llenar sillas no es la meta; hacer discípulos sí. El crecimiento numérico es valioso porque cada número es una persona, pero una multitud sin discipulado es una multitud, no una iglesia. Jesús no dijo "haced asistentes"; dijo "haced discípulos... enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado".
Déjame compartirte una visión que me acompaña. Imagino lo que Dios podría hacer si cada creyente de una congregación, no la mayoría, ni los más dotados, sino cada uno, asumiera con amor la responsabilidad de acompañar a una persona, orar por ella con constancia y buscarle el momento de compartirle el evangelio. No lo digo como fórmula matemática, porque el crecimiento no es una ecuación y el fruto está en las manos de Dios. Lo digo como lo que es: una visión de iglesia en la que la misión dejó de ser el pasatiempo de algunos y volvió a ser la respiración de todos. Así fue en Hechos. No veo en la Escritura ninguna razón por la que no pueda volver a ser así.
Vuelvo una vez más a la imagen del campo, porque este capítulo debe terminar donde empezó el libro: "Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios... Porque nosotros somos colaboradores de Dios" (1 Corintios 3:6,9, RVR1960).
Colaboradores de Dios. Que esa frase te quite el peso equivocado y te ponga el correcto. El peso equivocado es creer que los resultados dependen de ti: no dependen, y por eso puedes sembrar en paz. El peso correcto es saber que Dios ha querido usar tus manos: por eso no puedes quedarte mirando el campo con los brazos cruzados. La iglesia no crece sola. Crece cuando Dios bendice el trabajo de todo un cuerpo que planta y riega junto.
Escribe los nombres de tres personas de tu entorno que no conocen a Cristo. Comprométete a orar por ellas cada día durante un mes, a acercarte con amor genuino y a buscar, dentro de ese mes, al menos una conversación donde el evangelio sea dicho con claridad y respeto.
Señor de la mies, gracias por hacerme colaborador tuyo. Perdona mis silencios y mis excusas. Pon en mi corazón nombres concretos, y pon en mi boca tu evangelio con mansedumbre y valentía. Que nuestra iglesia no espere el crecimiento de brazos cruzados, sino que siembre y riegue confiando en ti. Y danos el gozo de ver el fruto que solamente tú puedes dar. Amén.
Si yo pudiera ver dos documentos tuyos, sabría más de tu vida espiritual que escuchando una hora de tus palabras. Esos dos documentos son tu agenda y tu estado de cuenta. Donde van tus horas y tu dinero, ahí está tu corazón, con una precisión que da miedo.
De dinero hablaremos en el próximo capítulo. Este es sobre el tiempo, y quiero caminarlo con mucho cuidado, porque es un terreno donde es fácil herir a quien no lo merece y fácil también dejar tranquilo a quien necesita despertar.
Antes de cualquier confrontación, quiero reconocer una realidad: vivimos exprimidos. Este capítulo lo leerán padres y madres que se levantan de madrugada y se acuestan resolviendo cosas de otros. Trabajadores con turnos que cambian cada semana y jefes que no preguntan. Personas con dos empleos porque uno no alcanza. Cuidadores de enfermos que no tienen relevo. Estudiantes que trabajan. Enfermos crónicos para los que un día normal cuesta el doble. Gente atravesando temporadas extraordinarias, una mudanza, un duelo, un recién nacido, donde toda la vida se desordena.
Si ese es tu caso, quiero que escuches esto de parte de un pastor: Dios lo sabe. Dios no está en el cielo con un cronómetro, indignado porque no llegaste al culto de oración después de tu tercer turno de la semana. El Dios de la Biblia es el que mandó a descansar, el que hizo dormir a Elías antes de hablarle, el que dijo a sus discípulos agotados: "Venid vosotros aparte a un lugar desierto, y descansad un poco" (Marcos 6:31, RVR1960). El descanso no es una debilidad que Dios tolera; es parte de cómo nos diseñó. Somos criaturas, no máquinas, y actuar como máquinas no es espiritualidad, es soberbia.
Digamos también algo que los líderes necesitamos oír: no todo "no" es infidelidad, y no todo "sí" es obediencia. Hay hermanos que dicen que sí a todo por incapacidad de poner límites, y terminan sirviendo en cinco ministerios mientras su matrimonio se enfría y su salud se quiebra. Ese activismo no es madurez. Dios no quiere destruir tu familia para sostener una agenda eclesiástica. Una iglesia saludable no explota a los mismos voluntarios hasta fundirlos; forma nuevos equipos, reparte cargas y aprende a decirle a un siervo cansado: descansa, nosotros cubrimos. La fidelidad incluye saber servir y saber descansar.
Pero una vez dicho todo eso, con todo el peso que tiene, queda una pregunta en pie. Y es esta: ¿de verdad no tengo tiempo, o no tengo prioridad?
Porque hay un fenómeno curioso que todos conocemos por dentro. El mismo yo que no encuentra veinte minutos para orar encuentra dos horas para series. La misma familia que no puede congregarse "porque el domingo es el único día" encuentra domingos completos para otros planes cuando el plan le gusta. El mismo pulgar cansado que no responde el mensaje del grupo de la iglesia lleva ciento veinte minutos diarios recorriendo redes sociales. No lo digo con burla; lo digo con el dolor de reconocerme también en la foto.
La verdad incómoda es esta: casi nunca decimos "no tengo tiempo" en sentido literal. Lo que decimos, sin decirlo, es "eso no está entre mis prioridades". El tiempo es la moneda más democrática que existe: todos recibimos veinticuatro horas exactas cada día. En qué las gastamos no revela nuestro horario; revela nuestro corazón.
"Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos."
Efesios 5:15-16, RVR1960"Aprovechando bien el tiempo" traduce una expresión que significa literalmente comprar el tiempo, rescatarlo, como quien compra una oportunidad antes de que se la lleven. Pablo asume que el tiempo, dejado a su suerte, se pierde: los días son malos, la corriente arrastra, lo urgente devora lo importante. Vivir sabiamente no es tener más horas; es rescatarlas con intención. Y el versículo siguiente conecta esto con algo más profundo que la productividad: "Por tanto, no seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor" (Efesios 5:17). Administrar el tiempo, para el cristiano, no es una técnica de eficiencia; es una manera de entender y hacer la voluntad de Dios.
Moisés hizo de esto una oración que deberíamos repetir: "Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría" (Salmo 90:12, RVR1960). Contar los días: saber que son limitados, que la vida no es un buffet infinito, que cada "después lo hago" apuesta a un futuro que no nos pertenece. El que cuenta sus días ordena sus prioridades; el que se cree eterno las posterga todas.
Hay una escena del evangelio que ilumina este tema, aunque debemos manejarla con justicia. Jesús visita la casa de Marta y María. Marta se afana en los preparativos, algo bueno y necesario, alguien tenía que servir la mesa, mientras María se sienta a los pies de Jesús a oír su palabra. Marta protesta, y Jesús le responde: "Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero solo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada" (Lucas 10:41-42, RVR1960).
Seamos justos con Marta: Jesús no condenó su servicio; corrigió su afán. El problema no era la cocina; era el corazón "turbado con muchas cosas" que había desplazado a la única necesaria. Esta escena no enseña que servir esté mal ni que la contemplación sea superior al trabajo. Enseña algo más quirúrgico: que incluso las buenas ocupaciones pueden robarnos la mejor, y que sentarse a los pies de Jesús no es lo que hacemos cuando sobra tiempo, sino la parte que ordena todas las demás.
"Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas" (Mateo 6:33, RVR1960). Primeramente. La palabra no describe cantidad de horas sino orden de importancia. Buscar primero el reino no significa pasar más horas en el templo que en el trabajo; significa que el reino gobierna el calendario en lugar de mendigarle las sobras.
Con esta base, ya podemos nombrar el problema real, que no es la ocupación sino la postergación permanente. Hay una diferencia entre la temporada difícil y la excusa instalada. La temporada difícil dice: "este mes no puedo, y me duele". La excusa instalada dice desde hace siete años: "cuando pase esta etapa me acerco a Dios", y la etapa nunca pasa porque siempre la reemplaza otra.
Para todo hay tiempo, escribió el sabio: "Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora" (Eclesiastés 3:1, RVR1960). El punto es filoso: encontramos hora para todo lo que de verdad queremos. La vida sin prioridades no existe; lo que existe es gente que no ha examinado cuáles son las suyas. El entretenimiento sin freno, las pantallas que se comen las noches, el desorden que convierte cada semana en una emergencia: nada de eso es neutral. Cada hora dada a algo es una hora negada a otra cosa.
Y aquí vuelve la pregunta del capítulo, ahora con nombre y apellido: ¿qué revela tu semana real, no la que planeas, la que vives, sobre el lugar de Dios y de su pueblo en tu corazón?
Haz una auditoría honesta de tu semana: anota durante siete días en qué se van tus horas libres. Al final, compárala con lo que dices que es prioritario. Elige un solo cambio, recortar algo específico para abrirle espacio a Dios, a su pueblo o a tu familia, y sostenlo un mes.
Señor, enséñame a contar mis días para traer al corazón sabiduría. Tú conoces mi cansancio real y mis excusas reales; dame honestidad para distinguirlos. Rescata mis horas de lo que no edifica, guarda mi descanso de la culpa falsa y mi servicio del activismo vacío. Que mi semana entera, trabajo, familia, iglesia y descanso, se ordene alrededor de ti. Amén.
Sé exactamente lo que puede pasar cuando un lector llega a un capítulo sobre dinero escrito por un pastor. Una parte de ti se pone en guardia. Piensas: aquí viene, todo el libro era para esto.
No te culpo. Al contrario: quiero empezar dándote la razón en lo que la tienes.
Muchas personas desconfían del dinero en la iglesia porque han visto cosas que no debieron pasar. Han visto líderes enriquecerse mientras sus congregaciones se empobrecen. Han escuchado promesas de prosperidad que convierten a Dios en una máquina expendedora: mete tu ofrenda, saca tu milagro. Han presenciado presión emocional, colectas interminables, ofrendas "profetizadas", números de cuenta al final de cada palabra de aliento. Han preguntado cómo se usan los fondos y han recibido evasivas o acusaciones de rebeldía. Han visto escándalos, secretismo, uso indebido de lo que se dio con sacrificio.
No voy a minimizar nada de eso. Es pecado, ha herido a miles y ha manchado el testimonio del evangelio. Jesús mismo denunció a los religiosos "que devoran las casas de las viudas, y por pretexto hacen largas oraciones" (Lucas 20:47, RVR1960). Si te ha tocado ver algo así, tu indignación no es carnal; se parece a la de Cristo.
Y precisamente porque el abuso es real, este capítulo no puede faltar en el libro. Porque la reacción correcta ante la enseñanza torcida no es el silencio; es la enseñanza recta. Los abusos de algunos no pueden eliminar lo que la Biblia dice sobre la generosidad, igual que los malos médicos no eliminan la medicina.
Una aclaración antes de seguir, porque este libro se juega su integridad en ella: este capítulo no es una petición indirecta de fondos para nadie, y menos para el autor. Es enseñanza bíblica sobre adoración, mayordomía, confianza, generosidad, transparencia y responsabilidad. Si en algún párrafo te parece otra cosa, reléelo, y si la impresión persiste, deséchalo. Prefiero perder un párrafo que tu confianza.
La enseñanza bíblica sobre el dinero no empieza con cuánto dar; empieza con de quién es todo. David lo entendió en uno de los momentos más hermosos del Antiguo Testamento, cuando el pueblo ofrendó con alegría para el futuro templo: "Porque ¿quién soy yo, y quién es mi pueblo, para que pudiésemos ofrecer voluntariamente cosas semejantes? Pues todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos" (1 Crónicas 29:14, RVR1960).
Ahí está toda la teología de la ofrenda en una frase. No le damos a Dios de lo nuestro; le devolvemos de lo suyo. El dador no es un benefactor de Dios; es un mayordomo asombrado de que se le permita participar. Por eso la ofrenda, antes que financiamiento, es adoración: una declaración práctica de que Dios es dueño y nosotros administradores, hecha con la parte de nuestra vida que más nos cuesta soltar.
El pasaje más completo del Nuevo Testamento sobre la generosidad ocupa dos capítulos, 2 Corintios 8 y 9, y vale la pena destilar su enseñanza, porque desmonta a la vez la manipulación y la tacañería.
La generosidad nace de la gracia, no de la presión. Pablo pone de ejemplo a las iglesias de Macedonia, que "en grande prueba de tribulación, la abundancia de su gozo y su profunda pobreza abundaron en riquezas de su generosidad" (2 Corintios 8:2, RVR1960), y aclara que dieron "por su propia voluntad", rogando incluso participar. Luego ancla todo en el evangelio: "Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos" (2 Corintios 8:9, RVR1960). El argumento cristiano para dar no es la culpa ni la promesa de hacerse rico; es la cruz.
Es voluntaria y alegre: "Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre" (2 Corintios 9:7, RVR1960). "Como propuso en su corazón": deliberada, pensada, decidida delante de Dios y no bajo la presión del momento. Es planificada y regular: "Cada primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado" (1 Corintios 16:2, RVR1960). Es proporcional: "según haya prosperado", conforme a lo que se tiene, no conforme a lo que no se tiene, porque Dios no exige lo que no dio (2 Corintios 8:12). Y puede ser sacrificial, como la de los macedonios, cuando el amor decide ir más allá de lo cómodo, siempre desde la libertad y nunca desde la coacción.
¿Para qué se da? El Nuevo Testamento muestra los destinos: el sostenimiento del ministerio y la enseñanza (Gálatas 6:6), la ayuda a los hermanos necesitados, como la gran colecta para Jerusalén, la misión y el avance del evangelio, como el apoyo de los filipenses a Pablo, del cual él escribió que no buscaba la dádiva sino "fruto que abunde en vuestra cuenta" (Filipenses 4:17, RVR1960), y el cuidado de los pobres, que la iglesia primitiva practicó hasta el punto de que "no había entre ellos ningún necesitado" (Hechos 4:34). Dar sostiene ministerio, misión, enseñanza y misericordia. Eso es lo que tu generosidad construye.
Pocas palabras generan tanta tensión, así que tratémosla con precisión bíblica, sin miedo y sin manipulación.
En el Antiguo Testamento, Israel tenía un sistema de diezmos ligado al pacto mosaico: sostenía a los levitas que no tenían herencia de tierra, financiaba las festividades y cuidaba al huérfano, la viuda y el extranjero. Era parte de la ley de una nación en pacto con Dios, con sus bendiciones y sus maldiciones correspondientes.
¿Y el cristiano? Aquí hay que decir varias cosas con el mismo cuidado. Primero: los creyentes en Cristo no están bajo las maldiciones del pacto mosaico, porque "Cristo nos redimió de la maldición de la ley" (Gálatas 3:13). Por lo tanto, Malaquías 3 no debe usarse como instrumento de terror para amenazar a los hijos de Dios con maldiciones si no entregan una cifra exacta. Quien usa ese texto como látigo financiero lo está sacando de su pacto y de su contexto. Segundo: el Nuevo Testamento no impone el diezmo como ley para la iglesia; enfatiza, como acabamos de ver, una generosidad voluntaria, planificada, regular, proporcional, alegre y, según decida el amor, sacrificial. Tercero: dicho esto, muchos creyentes usan el diez por ciento como punto de partida práctico, una referencia honrosa con raíces que preceden a la ley, y hacen bien si lo hacen con libertad y gozo. Lo que no puede hacerse es convertir ese número en fórmula de salvación ni en vara para medir el valor espiritual de nadie: dar menos del diez por ciento no demuestra que alguien no sea salvo, y dar más no convierte a nadie en cristiano de primera clase.
Dios mira el corazón. Pero no nos engañemos con esa frase: el corazón también se manifiesta en la manera en que administramos los recursos, porque "donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón" (Mateo 6:21). Un corazón transformado y una billetera intacta rara vez viven juntos mucho tiempo.
Y una palabra de protección: la persona en pobreza no debe ser jamás humillada ni presionada. La iglesia que exprime a los pobres ha olvidado a su Señor; la iglesia bíblica también existe para ayudarlos. Nadie debe dar el pan de sus hijos por presión humana. Cuando la viuda del evangelio dio sus dos blancas, Jesús honró su fe, pero recordemos el contexto: unas líneas antes había denunciado a los líderes que devoraban las casas de las viudas. Ese pasaje honra a la dadora; no autoriza al que exprime.
Parte de la desconfianza nace del misterio: la gente da y no sabe qué pasa después. Así que abramos la caja con ejemplos sencillos. Una congregación típica, no todas son iguales, sostiene cosas como estas: el alquiler o la hipoteca del lugar de reunión, la electricidad, el agua, el seguro, los equipos de sonido y su mantenimiento, los materiales de enseñanza y del ministerio infantil, el apoyo a misiones, la ayuda social a familias en crisis, la tecnología, las licencias, las impresiones, y donde es posible, el sostenimiento de quienes sirven a tiempo completo. Nada de eso es escandaloso; es lo que cuesta que exista un lugar donde tu familia escucha el evangelio cada semana.
Y aquí está el principio que lo protege todo: la transparencia. En la iglesia que sirvo mantenemos libros abiertos, y cualquier persona puede preguntar cómo se administran los recursos. No lo cuento como mérito sino como convicción: creo que así debe ser. Transparencia significa presupuestos claros, registros y recibos, más de una persona participando en las decisiones financieras, informes periódicos, cuidado con los conflictos de interés y libertad real para hacer preguntas respetuosas. Hasta Pablo tomó precauciones: al administrar la colecta para Jerusalén, hizo que la acompañaran hermanos designados por las iglesias, "evitando que nadie nos censure... procurando hacer las cosas honradamente, no solo delante del Señor sino también delante de los hombres" (2 Corintios 8:20-21, RVR1960). Si el apóstol se cuidó así, ninguna tesorería moderna está por encima de esa prudencia.
La transparencia no debilita la autoridad pastoral. Protege la confianza, honra a Dios y cuida a toda la congregación.
No pidas confianza mientras escondes información que puede compartirse responsablemente. La confianza que se exige sin transparencia es la definición misma del terreno fértil para el abuso. Rinde cuentas con gusto, invita las preguntas, celebra que tu gente piense. No toda pregunta es rebelión; muchas veces es la señal de un miembro que se toma en serio su mayordomía.
Y tú, hermano, recuerda la otra cara: no toda sospecha es justa. No permitas que los pecados de otros líderes se conviertan en acusación automática contra todo pastor. El líder fiel no debe ser tratado como sospechoso perpetuo por crímenes que no cometió. Pregunta con respeto, discierne con la Palabra, y cuando encuentres transparencia, honra la confianza que ella hace posible.
Para que no quede duda, digamos también lo que la Escritura no enseña. No enseña que dar garantiza riqueza, ni que ofrendar obliga a Dios a multiplicar dinero, ni que quien no da cierta cantidad está bajo maldición, ni que todo problema económico se debe a no diezmar, ni que la ofrenda compra milagros, ni que el pastor puede usar los fondos sin supervisión. Cualquier enseñanza así, venga de donde venga, no es el evangelio de Jesucristo.
Esta semana, siéntate a solas o con tu cónyuge y propón en tu corazón, con oración y números reales, cómo vas a dar: cuánto, con qué regularidad y para qué. Decide en la calma, no en la emoción de un momento. Y si tienes preguntas sobre la administración de tu iglesia, hazlas esta semana, con respeto y de frente.
Señor, todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos. Sana las heridas que este tema carga en tantos corazones, incluido el mío. Líbrame de la avaricia y de la sospecha injusta, del dar por presión y del no dar por amor al dinero. Hazme un dador alegre y un administrador transparente, y que mi manera de manejar los recursos predique el evangelio tan claro como mis palabras. Amén.
Este capítulo me cuesta escribirlo más que ningún otro, y creo que es justo que sepas por qué. Actualmente trabajo para sostener a mi familia mientras sirvo a la iglesia. No digo esto para ser admirado. Es simplemente la temporada que Dios me ha permitido vivir. Y precisamente por eso puedo escribir sobre el sostenimiento pastoral sin que sea mi propia causa: nada de lo que diga aquí cambia mi situación, y así debe ser, porque este capítulo no es sobre mí. Es sobre lo que la Biblia enseña, y sobre miles de pastores e iglesias que necesitan pensar este tema sin extremos.
Porque hay dos extremos, y los dos hacen daño. Uno dice: el pastor que cobra es un mercenario; el verdadero siervo de Dios trabaja gratis. El otro dice: el pastor merece opulencia; cuestionarle el nivel de vida es tocar al ungido. La Escritura no está en ninguno de los dos.
"Los ancianos que gobiernan bien, sean tenidos por dignos de doble honor, mayormente los que trabajan en predicar y enseñar. Pues la Escritura dice: No pondrás bozal al buey que trilla; y: Digno es el obrero de su salario."
1 Timoteo 5:17-18, RVR1960Detente en la manera en que Pablo argumenta. Para defender el sostenimiento de los que enseñan, cita dos textos como Escritura: uno de Deuteronomio, la ley del buey que trilla, y otro que son palabras de Jesús mismo al enviar a sus discípulos: "el obrero es digno de su salario" (Lucas 10:7, RVR1960). El honor del que habla incluye sustento material; el contexto inmediato, que trata sobre el sostenimiento de las viudas, no deja duda.
Y en 1 Corintios 9, Pablo dedica el argumento más largo del Nuevo Testamento a este tema. Encadena razones: el soldado no va a la guerra por cuenta propia, el que planta la viña come de su fruto, el que apacienta el rebaño toma de la leche; la ley de Moisés enseña lo mismo; los que servían en el templo comían del templo. Y concluye: "Así también ordenó el Señor a los que anuncian el evangelio, que vivan del evangelio" (1 Corintios 9:14, RVR1960). Ordenó. No es una concesión vergonzosa; es una ordenanza del Señor. Añádele Gálatas 6:6: "El que es enseñado en la palabra, haga partícipe de toda cosa buena al que lo instruye" (RVR1960).
Entonces, que quede establecido sin rodeos: recibir salario no vuelve carnal a un pastor. Una iglesia no debe avergonzarse de sostener responsablemente a sus ministros cuando tiene la capacidad; al contrario, al hacerlo obedece a su Señor y libera a sus pastores para el trabajo de la Palabra y la oración.
Pero la historia tiene una segunda parte fascinante: el mismo Pablo que defendió ese derecho renunció a él muchas veces. En Corinto trabajó haciendo tiendas con Aquila y Priscila (Hechos 18:1-3). A los ancianos de Éfeso les pudo decir: "Ni plata ni oro ni vestido de nadie he codiciado. Antes vosotros sabéis que para lo que me ha sido necesario a mí y a los que están conmigo, estas manos me han servido" (Hechos 20:33-34, RVR1960). A los tesalonicenses les recordó su "trabajo y fatiga... de noche y de día, para no ser gravosos a ninguno" (1 Tesalonicenses 2:9, RVR1960), y les explicó que lo hizo no porque no tuviera derecho al sostén, sino "por daros nosotros mismos un ejemplo" (2 Tesalonicenses 3:9).
¿Por qué renunció Pablo a veces a su derecho? Por estrategia del evangelio: para que nadie pudiera acusarlo de predicar por dinero en ciudades donde los charlatanes religiosos abundaban. Y aquí está el equilibrio precioso: renunciar voluntariamente a un derecho no elimina ese derecho. Pablo bivocacional y Pablo sostenido por las iglesias son el mismo Pablo fiel. La temporada cambia; la fidelidad no.
Esto significa que no existe una categoría espiritualmente superior. El pastor sostenido a tiempo completo no es más profesional ni menos consagrado. El pastor bivocacional no es más santo ni más humilde por definición. Trabajar fuera de la iglesia no vuelve mejor a un pastor, y recibir salario tampoco lo vuelve peor. Cada iglesia y cada temporada tienen su realidad: algunas congregaciones sencillamente no tienen capacidad económica, como la nuestra en esta etapa, y su pastor trabaja; otras sí pueden, y deben hacerlo con generosidad y orden. Las dos pueden estar honrando a Dios.
Ya que vivo esta temporada, déjame describirla con honestidad, por los miles que la viven conmigo. El ministerio bivocacional es una gracia y una carga a la vez. Es la dignidad del trabajo: el empleo no es un estorbo del ministerio, es provisión de Dios y testimonio ante colegas que jamás pisarían un templo. Pero es también el cansancio doble, la agenda imposible, el sermón preparado en las horas que otros usan para dormir, la tensión constante entre familia, empleo y congregación, la sensación de nunca llegar completo a ningún lado.
Por eso el pastor bivocacional necesita, más que nadie, tres cosas: delegar y formar equipos, porque no puede ni debe hacerlo todo; una congregación comprensiva que no le exija la disponibilidad de un pastor a tiempo completo con el tiempo de un voluntario; y vigilancia sobre su propia salud y su casa, porque nadie puede vivir permanentemente al borde del colapso y llamarlo fidelidad. Ya lo dijimos en otro capítulo y lo repetiremos: el agotamiento crónico no es una medalla.
Aquí debo escribir una de las frases más importantes del libro: mi familia no es un estorbo para el ministerio. Es una responsabilidad sagrada que Dios me confió.
La Escritura es tajante: "porque si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo" (1 Timoteo 5:8, RVR1960). Y entre los requisitos del obispo está "que gobierne bien su casa... pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?" (1 Timoteo 3:4-5, RVR1960). El hogar del pastor no es el rival de su ministerio; es su primera parroquia y su credencial. Un hombre que gana una congregación y pierde a sus hijos no ha hecho un buen negocio en el reino.
Esto ordena las prioridades con claridad: Cristo ocupa el primer lugar; el cuidado de la esposa y de los hijos es parte de la fidelidad pastoral, no su competencia; y la obra se sirve desde esa base, no contra ella. La iglesia pertenece a Cristo, no al pastor, y por eso mismo el pastor puede descansar: no es el salvador de la obra, es un mayordomo bajo el Príncipe de los pastores.
Falta la última pieza del equilibrio. Así como el sostenimiento es bíblico, también lo son sus límites. El salario pastoral debe ser razonable, transparente y acorde con la capacidad real de la congregación. Debe existir rendición de cuentas: el pastor no debe establecer unilateralmente sus propios beneficios, ni manejar solo el dinero, ni vivir por encima del escrutinio amoroso de su iglesia. Los mismos textos que dicen "no pondrás bozal al buey" nunca dicen "entrégale al buey el granero entero". Pedro advirtió a los ancianos: apacentad "no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto" (1 Pedro 5:2, RVR1960). El ministerio es un llamado que a veces incluye salario; el que lo convierte en un negocio ha cambiado de oficio, aunque conserve el título.
Y a la congregación que sí puede sostener a sus ministros y no lo hace por tacañería o por costumbre, la Palabra también la examina: la iglesia debe cuidar a quienes trabajan fielmente en ella. El doble honor no es un lujo; es justicia del reino.
Si eres un pastor bivocacional leyendo esto de madrugada, entre el empleo de mañana y el estudio a medio preparar, quiero que recibas esta palabra: tu Señor conoce tu doble jornada. Él contó las tiendas que cosió Pablo y cuenta tus horas también. No estás en una categoría inferior del ministerio; estás en una temporada que Dios conoce, con gracia suficiente para ella. Y si algún día tu iglesia puede sostenerte, recíbelo sin culpa, como recibió Pablo la ayuda de Filipos: con gratitud y con las cuentas claras.
Si eres miembro: pregunta esta semana, con respeto, cómo puedes contribuir a que la carga de tus líderes sea más llevadera, en oración, en servicio o en sostén. Si eres pastor: revisa tu semana y asegúrate de que tu esposa y tus hijos tengan en tu agenda un lugar protegido que ningún compromiso ministerial pueda invadir.
Señor, gracias porque tú ordenaste que los que anuncian el evangelio vivan del evangelio, y gracias también por las manos de Pablo que cosieron tiendas. Da a las iglesias generosidad para honrar a sus obreros, y a los obreros integridad para servir sin codicia. Guarda a las familias pastorales, provee para los que sirven en temporadas de escasez, y recuérdanos a todos que la obra es tuya y tú no abandonas a tus siervos. Amén.
Hay una versión del cristianismo que se vende muy bien porque no cuesta nada. Promete todos los beneficios de Cristo, paz, propósito, bendición, cielo, sin tocar nada de la vida: ni la agenda, ni el dinero, ni el orgullo, ni los planes. Es un cristianismo de solo ventajas, un contrato donde Dios pone todo y nosotros ponemos la asistencia ocasional.
El único problema es que Jesús jamás predicó ese cristianismo.
"Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, este la salvará."
Lucas 9:23-24, RVR1960Estas palabras no fueron dichas en una reunión privada de líderes avanzados. Jesús "decía a todos". Y las repitió en Cesarea de Filipo, justo después de anunciar por primera vez su propia cruz (Mateo 16:24-26). El orden importa muchísimo: primero Jesús anuncia que él va a sufrir y morir, y después llama a sus discípulos a tomar su cruz. El costo del discipulado nunca es la entrada que pagamos para que Cristo nos acepte; es el camino de los que ya lo siguen porque él pagó todo primero.
Negarse a sí mismo no es odiarse ni anularse; es destronarse. Es bajar del centro de la propia vida y entregarle el timón a otro. Tomar la cruz cada día no es aguantar molestias, en el primer siglo la cruz solo significaba una cosa: morir. Jesús está diciendo que seguirlo implica una muerte diaria del yo que quiere mandar. Y la paradoja final es el secreto mejor guardado de la existencia: el que se aferra a su vida la pierde, y el que la suelta por Cristo la encuentra.
En otra ocasión, Jesús fue todavía más lejos. Viéndose rodeado de grandes multitudes, en lugar de celebrarlas, se volvió y les habló de calcular el costo, como quien construye una torre o va a la guerra, y concluyó: "cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo" (Lucas 14:33, RVR1960). Jesús espantaba multitudes que hoy nos morimos por atraer. No porque no las amara, sino porque las amaba demasiado para engañarlas con un evangelio sin señorío.
Bajemos esto a la vida real. ¿Qué cuesta seguir a Cristo hoy, aquí, donde no nos arrojan a los leones?
Cuesta tiempo: las horas dadas a la oración, al servicio, a la comunión, a discipular a otro, salen de algún lado. Cuesta comodidad: la cama del domingo, el anonimato del que no se compromete, la libertad de no deberle nada a nadie. Cuesta dinero, como vimos en el capítulo 12, porque la generosidad real se nota en algún renglón del presupuesto. Cuesta orgullo: pedir perdón primero, servir en lo que nadie aplaude, ser corregido, admitir que estaba equivocado. Cuesta planes personales: hay caminos que el discípulo no toma porque el Señor dijo otra cosa. Cuesta perdón, que es de los precios más altos que un corazón puede pagar. Cuesta perseverancia cuando servir ya no emociona, y cuesta decisiones impopulares: la honestidad que frena un ascenso, la pureza que termina una relación, la verdad que incomoda una mesa familiar.
David lo entendió con una claridad que nos avergüenza. Cuando quiso ofrecer sacrificio en la era de Arauna, el dueño se lo ofreció todo gratis: los bueyes, la madera, el lugar. La respuesta de David quedó para siempre: "No, sino por precio te lo compraré; porque no ofreceré a Jehová mi Dios holocaustos que no me cuesten nada" (2 Samuel 24:24, RVR1960). Aquel rey acababa de ver las consecuencias de su propio pecado, y entendió que una adoración sin costo es una contradicción. Lo que no nos cuesta nada suele valernos exactamente eso.
Pablo lo trasladó a la vida entera del creyente: "Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional" (Romanos 12:1, RVR1960). Nota el fundamento: "por las misericordias de Dios". Once capítulos de evangelio preceden a esa petición. El sacrificio vivo no compra las misericordias; responde a ellas.
Y ahora, con la misma energía, hay que proteger esta enseñanza de sus falsificaciones, porque el lenguaje del sacrificio ha sido usado para justificar verdaderos atropellos.
El costo del discipulado no es la falta de descanso crónica: Dios mandó descansar, y el agotamiento perpetuo no es una ofrenda, es una desobediencia con buena prensa. No es el abuso espiritual: cuando un líder usa la palabra "sacrificio" para exigir lo que la Biblia no exige, eso no es discipulado, es manipulación. No es la negligencia familiar: el que "sirve a Dios" abandonando a su cónyuge y a sus hijos está sacrificando en un altar que Dios nunca pidió. No son las deudas irresponsables ni dar el dinero que debía alimentar a los hijos porque alguien presionó: Dios ama al dador alegre, no al dador exprimido. No es permanecer en peligro real, ni servir bajo manipulación, ni destruir la salud para demostrar compromiso.
¿Cómo distinguir el sacrificio bíblico de su imitación tóxica? Por su origen y su fruto. El sacrificio bíblico nace del amor y la obediencia a Dios; la imitación nace del miedo, la culpa o la presión de hombres. El sacrificio bíblico produce gozo aun con dolor, como los macedonios, cuya pobreza abundó "en riquezas de su generosidad" desde "la abundancia de su gozo"; la imitación produce amargura, agotamiento y resentimiento. El sacrificio bíblico te acerca a Cristo; la imitación te acerca al colapso.
Termino este capítulo con una advertencia para mí mismo y para todos: nunca hablemos de nuestros sacrificios como si fueran equivalentes a la cruz.
El evangelio fue gratuito para nosotros, pero no fue barato: Cristo entregó su vida. "Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual... se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo... y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz" (Filipenses 2:5-8, RVR1960). Del trono al pesebre, del pesebre a la cruz. Ningún madrugón nuestro, ninguna ofrenda nuestra, ninguna incomodidad nuestra se compara con ese descenso. Servir a Cristo cuesta, pero nunca podremos decir que nuestro sacrificio se compara con la cruz.
Y por eso mismo el autor de Hebreos nos da la estrategia para perseverar: "puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio... Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar" (Hebreos 12:2-3, RVR1960). Cuando el costo pese, no mires el costo: míralo a él. El discípulo no carga su cruz haciendo fuerza con los dientes apretados; la carga mirando al que cargó la suya por amor a nosotros.
Si alguien usó el lenguaje del sacrificio para explotarte, para quitarte lo que no debía o para mantenerte en un lugar que te dañaba, quiero decirte sin ambigüedad: eso no era la cruz de Cristo; era la carga de un hombre. Jesús dijo: "mi yugo es fácil, y ligera mi carga" (Mateo 11:30). Su señorío cuesta, pero no tritura. Aprende a distinguir la voz del Pastor, que llama a dar por amor, de la voz del explotador, que exige por interés. No son la misma voz, y tu historia con Dios no tiene por qué quedarse secuestrada por la segunda.
Identifica una cosa concreta que sabes que Dios te está pidiendo y que has evitado porque cuesta: una conversación, una renuncia, un perdón, un compromiso. Ponle fecha esta semana y hazla mirando a Jesús, no al precio.
Señor Jesús, tú te despojaste a ti mismo y fuiste obediente hasta la muerte de cruz por mí. Perdóname por querer un discipulado sin costo. Enséñame a negarme a mí mismo por amor y no por miedo, a dar lo que cuesta con gozo y a distinguir tu yugo ligero de las cargas que los hombres inventan. Y cuando el camino pese, fija mis ojos en ti, autor y consumador de mi fe. Amén.
Haz este ejercicio mental conmigo. Es domingo por la mañana. Te levantas, te arreglas con calma, tomas tu Biblia, la llevas visible bajo el brazo, subes al carro, manejas por calles públicas hasta un lugar de reunión conocido por todos, con un letrero en la puerta. Adentro se canta a voz plena, se ora, se predica, se bautiza, se comparte la Cena del Señor. Al salir, comentas el mensaje en voz alta en la acera. Nadie te siguió. Nadie anotó tu nombre. Nadie perdió su empleo por estar allí.
Ahora la pregunta: ¿cuántas veces has dado gracias por eso? No por el mensaje ni por la música: por la libertad misma. Si eres como yo, la respuesta es incómoda. Casi nunca agradecemos el aire hasta que falta.
El Nuevo Testamento no fue escrito por gente con nuestras libertades. Fue escrito, en buena parte, desde la persecución, y sus páginas nos muestran cómo perseveraba la iglesia cuando reunirse costaba caro.
Mira a Pedro y a Juan ante el concilio de Jerusalén. Las autoridades "les intimaron que en ninguna manera hablasen ni enseñasen en el nombre de Jesús". La respuesta de los apóstoles define para siempre la postura cristiana ante la prohibición injusta: "Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios; porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído" (Hechos 4:19-20, RVR1960). Y nota lo que hizo la iglesia al recibir la noticia de la amenaza: no organizó una protesta ni se disolvió por miedo; alzó unánime la voz a Dios, y pidió, no protección, sino valentía: "Señor... concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra" (Hechos 4:29). El lugar tembló, y todos fueron llenos del Espíritu Santo.
Poco después los azotaron. Escucha el registro: "Y ellos salieron de la presencia del concilio, gozosos de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del Nombre. Y todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y predicar a Jesucristo" (Hechos 5:41-42, RVR1960). Gozosos. No cesaban. Con la espalda abierta.
Cuando la persecución mayor se desató y los creyentes fueron esparcidos, ya lo vimos: "iban por todas partes anunciando el evangelio" (Hechos 8:4). La presión que debía apagar la llama la regó por el mundo.
Y a los hebreos, el autor les recuerda su propia historia: "Traed a la memoria los días pasados, en los cuales, después de haber sido iluminados, sostuvisteis gran combate de padecimientos... porque de mis prisiones también os compadecisteis, y el despojo de vuestros bienes sufristeis con gozo, sabiendo que tenéis en vosotros una mejor y perdurable herencia en los cielos" (Hebreos 10:32,34, RVR1960). Les confiscaron los bienes por ser cristianos, y lo sufrieron con gozo, porque sabían contabilidad eterna. El capítulo siguiente completa la galería: los que "experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles... de los cuales el mundo no era digno" (Hebreos 11:36,38).
Aquí quiero detenerme para no cometer una injusticia con estos hermanos: no eran superhombres sin emociones. Sentían miedo de verdad. Por eso pedían denuedo: nadie pide valentía si no siente temor. Pablo confesó haber estado en Corinto "con debilidad, y mucho temor y temblor" (1 Corintios 2:3). El valor cristiano no es la ausencia de miedo; es la presencia de Dios sosteniendo a gente con miedo. Pedro escribió a creyentes sufrientes: "Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido... sino gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo... Si sois vituperados por el nombre de Cristo, sois bienaventurados, porque el glorioso Espíritu de Dios reposa sobre vosotros" (1 Pedro 4:12-14, RVR1960).
Y a la iglesia de Esmirna, pobre y a punto de ser probada, el Señor resucitado no le prometió que la cárcel no llegaría. Le dijo: "No temas en nada lo que vas a padecer... Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida" (Apocalipsis 2:10, RVR1960).
Esta realidad no es solamente historia antigua. A lo largo de los siglos, y también hoy, existen creyentes en distintos lugares del mundo que enfrentan un costo real por seguir a Cristo y por congregarse. No necesito inventar relatos dramáticos ni citar estadísticas que no puedo verificar; me basta con lo que la Escritura ya nos enseñó a esperar: "Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución" (2 Timoteo 3:12, RVR1960). La iglesia perseguida no es una leyenda del pasado; es una parte del cuerpo de Cristo que sufre mientras nosotros elegimos horario.
Ahora, la pregunta delicada: ¿qué hacemos nosotros, los libres, con la memoria de los perseguidos? Porque hay un uso incorrecto que debo cerrar de inmediato: usarla como látigo. Sería una vileza tomar el sufrimiento de la iglesia perseguida para humillar a una madre agotada, a un enfermo o a alguien con una limitación legítima: "los cristianos perseguidos caminan kilómetros y tú no puedes manejar diez minutos". Ese uso convierte la sangre de los santos en un instrumento de culpa, y este libro ya estableció que la culpa no es el motor del evangelio.
El uso correcto es otro, y tiene varios nombres. Gratitud: cada reunión libre es un regalo que millones no tienen; agradécelo como se agradece el pan. Intercesión: "Acordaos de los presos, como si estuvierais presos juntamente con ellos; y de los maltratados, como que también vosotros mismos estáis en el cuerpo" (Hebreos 13:3, RVR1960). Ora por la iglesia perseguida; es tu mismo cuerpo. Solidaridad y amor por los hermanos que sufren. Sobriedad: entender que la libertad de reunión no es una ley de la naturaleza; es una circunstancia histórica que no debe darse por sentada. Y valor: dejar que su ejemplo nos enseñe el precio real, y el valor real, de lo que nosotros tratamos con tanta ligereza.
No voy a hacer predicciones sobre el futuro, porque no me corresponde y porque el miedo no es una herramienta pastoral legítima. Pero sí puedo decir esto, que no es profecía sino sentido común bíblico: no sabemos qué condiciones enfrentaremos mañana. Por eso no debemos despreciar las oportunidades de comunión, servicio y testimonio que Dios nos ha dado hoy. El mejor homenaje a los que se reúnen bajo riesgo es no bostezar sobre lo que a ellos les cuesta sangre.
A veces imagino qué pensaría un creyente de los que "no cesaban de enseñar y predicar" con la espalda azotada, si pudiera visitarnos un domingo cualquiera. Vería templos abiertos, Biblias en cada teléfono, cantos a todo volumen, y también vería nuestras sillas vacías por motivos que a él le costaría entender. No lo imagino condenándonos; los santos no son condenadores. Lo imagino asombrado, preguntando con lágrimas: hermanos, ¿saben lo que tienen? Esa pregunta, hecha con amor, es la que este capítulo quiere dejarte.
Esta semana, dedica un tiempo de oración exclusivamente a la iglesia perseguida: hermanos que no conoces, en lugares que quizás no puedas nombrar, cuyo Señor es el tuyo. Y el próximo domingo, antes de entrar a la reunión, detente un momento en la puerta y da gracias por poder cruzarla.
Padre, gracias por la libertad de buscarte a plena luz, una libertad que no merecí y que millones de mis hermanos no tienen. Perdona mi indiferencia hacia lo que a otros les cuesta todo. Sostén a la iglesia perseguida, dale el denuedo que dio a los apóstoles, y dame a mí gratitud, intercesión y sobriedad. Que nunca desprecie por común lo que tú me diste por gracia. Amén.
Si este libro terminara sin este capítulo, sería un libro injusto. Habríamos examinado al miembro pasivo, al consumidor religioso, al que no da, al que no sirve, al que no llega. Y el pastor habría quedado cómodamente instalado en el asiento del examinador, como si la Palabra fuera un instrumento que él aplica a otros y nunca a sí mismo.
No. La misma Palabra que examina a la congregación examina al púlpito. Y déjame decirte, como el que escribe: este capítulo no lo redacté mirando a otros pastores. Lo redacté mirándome al espejo.
El ministerio tiene sus propias tentaciones, tan peligrosas como las de cualquier otra vida, pero mejor disfrazadas, porque suelen vestirse de celo espiritual. Nombrémoslas sin anestesia.
Está el resentimiento: la cuenta silenciosa de todo lo que hice por personas que no respondieron. Está la comparación y su hermana la envidia ministerial: la iglesia de al lado crece, el predicador de internet llena estadios, y algo dentro de mí se retuerce en lugar de alegrarse. Está la obsesión con los números, que ya confesé en el capítulo 2, y el sentimiento de fracaso que la acompaña como sombra. Está la necesidad de aprobación: predicar para el aplauso, medir el domingo por los comentarios de la salida. Está el complejo de salvador: creer que la iglesia se sostiene porque yo la sostengo, que si me detengo todo se cae. Están el control y la manipulación, que son el complejo de salvador convertido en sistema: no delegar porque nadie lo hará como yo, usar la culpa para mover a la gente, confundir mi voluntad con la de Dios. Están la dureza y el cinismo, esa coraza que se forma después de muchas decepciones, cuando el pastor deja de esperar algo bueno de la gente y empieza a pastorear a la defensiva. Está el desprecio disimulado hacia la propia congregación, "esta gente nunca va a cambiar". Está el aislamiento, porque el pastor escucha a todos y no es escuchado por nadie. Está la negligencia familiar santificada con lenguaje ministerial. Está el agotamiento crónico usado como credencial. Y está el orgullo disfrazado de celo, el más elegante de todos, que convierte hasta el sacrificio en un monumento a uno mismo.
¿Te parece una lista dura? Es mi lista de chequeo personal. Y cada elemento de esa lista tiene algo en común: todos nacen de olvidar quién es el dueño de la obra.
Hay una escena del evangelio que le pone rostro al dolor pastoral como ninguna otra. Jesús, camino a Jerusalén, sana a diez leprosos. Diez hombres excluidos, pudriéndose en vida, que gritaron desde lejos pidiendo misericordia y la recibieron completa. Uno de ellos, al verse sano, volvió, "glorificando a Dios a gran voz, y se postró rostro en tierra a sus pies, dándole gracias". Uno. Y entonces Jesús pronuncia una de las preguntas más melancólicas de toda la Escritura:
"Respondiendo Jesús, dijo: ¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están?"
Lucas 17:17, RVR1960Y los nueve, ¿dónde están? Si eres pastor, esa pregunta te suena. Es la pregunta de las sillas vacías, de los matrimonios que restauraste y no volvieron, de los jóvenes que discipulaste y se fueron sin despedirse, de las familias que recibieron todo en su crisis y desaparecieron al pasar la tormenta. Jesús conoce ese dolor. El Hijo de Dios sanó a diez y le agradeció uno; ninguna estadística ministerial nuestra será peor que esa.
Pero mira lo que Jesús hizo con ese dolor, porque ahí está la lección que me sostiene: no persiguió a los nueve para reclamarles, no se amargó, no dejó de sanar leprosos, no endureció el corazón. Bendijo al que volvió, "tu fe te ha salvado", y siguió su camino a Jerusalén, siguió obedeciendo al Padre, siguió poniendo su rostro hacia la cruz donde moriría también por los nueve que no volvieron. El dolor por la ingratitud es legítimo; lo que hagamos con ese dolor define nuestro ministerio. Puede convertirse en amargura que envenena, o puede convertirse en comunión con Cristo, que conoce exactamente esa herida y nunca dejó de amar.
Aquí va mi confesión, la más difícil del libro: puedo comenzar sirviendo porque amo a las personas y terminar resentido porque no respondieron como esperaba. Ese deslizamiento es tan silencioso que uno no lo nota hasta que está lejos. Empiezo amando y termino contando. Empiezo sembrando y termino cobrando. Y el resentimiento del siervo es especialmente feo porque se disfraza de justicia: "es que tengo razón, es que dieron poco, es que no valoran". Puede que todo eso sea cierto. Y aun así, ese resentimiento también debe morir en la cruz. Porque yo tampoco he respondido a Dios como él merece, y él no me pastorea con resentimiento sino con gracia. El pastor que olvida cuánto le fue perdonado empieza a cobrarle a la gente lo que solamente Dios podría cobrar, y Dios decidió no cobrarlo.
Pedro, que falló, fue restaurado y pastoreó hasta la muerte, dejó a los ancianos el retrato del corazón pastoral sano:
"Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey. Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria."
1 Pedro 5:2-4, RVR1960Tres pares que son tres exámenes. No por fuerza sino voluntariamente: ¿sirvo por amor o por inercia, por llamado o por no saber salir? No por ganancia deshonesta sino con ánimo pronto: ¿qué estoy sacando de esto, y qué estaría dispuesto a perder? No como teniendo señorío sino siendo ejemplos: ¿mando o modelo? ¿La gente me sigue porque me teme, porque me debe o porque ve a Cristo en mí? Y la corona no la entrega la congregación, ni la denominación, ni las redes: la entrega el Príncipe de los pastores cuando aparezca. Pastorear con los ojos en esa aparición cura casi todas las enfermedades de la lista.
A ese examen, Pedro añadiría el recuerdo de su propia restauración. Junto al mar, Jesús no le preguntó a Pedro por sus resultados ni por su estrategia; le preguntó tres veces: "¿me amas?" (Juan 21:15-17). Y después de recomisionarlo, cuando Pedro se distrajo preguntando por el destino de Juan, recibió la respuesta que ya citamos y que todo pastor necesita tatuada: "¿qué a ti? Sígueme tú" (Juan 21:22). El ministerio se sostiene sobre dos preguntas: ¿amas a Jesús? y ¿lo estás siguiendo tú? Todo lo demás es administración.
Permíteme aterrizar en lo concreto, porque el corazón no se cuida con buenas intenciones sino con hábitos.
El pastor debe seguir amando y enseñando, pero también debe delegar y equipar, como los apóstoles en Hechos 6, que ante la crisis de las viudas no lo resolvieron todo ellos mismos sino que levantaron a siete hombres llenos del Espíritu, para no dejar la Palabra y la oración. Debe descansar sin culpa, porque "Venid vosotros aparte... y descansad un poco" (Marcos 6:31) también es palabra de Jesús para los que sirven. Debe rendir cuentas a alguien: un pastor sin nadie que pueda hacerle preguntas incómodas es un accidente esperando fecha. Debe cuidar su matrimonio y sus hijos como primera parroquia, como establecimos en el capítulo 13. Debe reconocer sus límites y pedir ayuda, incluso ayuda profesional cuando el alma o la mente lo necesiten, sin vergüenza, porque la depresión pastoral existe y no se cura con más trabajo. Debe negarse a compararse, "no son juiciosos" los que se miden entre sí (2 Corintios 10:12). Debe predicarse el evangelio a sí mismo cada día, porque "no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús" (2 Corintios 4:5, RVR1960). Y debe dejar los resultados donde siempre estuvieron: en las manos de Dios, que da el crecimiento.
Vaso de barro, decía Pablo. El tesoro es de Dios; el barro necesita cuidado, no adoración ni maltrato. Cuidar el vaso también es cuidar el tesoro que lleva.
Hermano, hazte estas dos preguntas a solas, sin público: ¿seguirías siendo fiel si tu congregación nunca llegara a ser grande? ¿Amas a las personas, o amas la idea de tener un ministerio exitoso? No las respondas rápido. Déjalas doler un poco. De las respuestas honestas a esas dos preguntas depende que tu ministerio sea un altar o una vitrina.
Si lideras en cualquier nivel: busca esta semana a una persona de confianza espiritual y dale permiso explícito y permanente para hacerte preguntas difíciles sobre tu corazón, tu familia y tu descanso. Y agenda, en serio, con fecha, un tiempo de descanso real en el próximo mes.
Señor Jesús, Príncipe de los pastores, tú sanaste a diez sabiendo que volvería uno, y seguiste camino a la cruz. Guarda mi corazón del resentimiento, de la comparación, del control y del orgullo vestido de celo. Que te ame a ti más que al ministerio, y a las personas más que a los resultados. Hazme ejemplo y no señor, siervo y no salvador. Y cuando aparezcas, hállame apacentando con alegría lo que es tuyo. Amén.
Después de dieciséis capítulos mirando de frente realidades duras, sillas vacías, corazones fríos, siervos cansados, dinero, heridas, este libro necesita levantar la vista. Porque si lo único que vemos es lo que falta, terminaremos o amargados o rendidos. Y ninguna de las dos cosas es fe.
Así que este capítulo existe para recordarnos la promesa más sólida que se haya pronunciado sobre la Iglesia. No la dijo un pastor optimista ni un estratega de crecimiento. La dijo el Señor:
"Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella."
Mateo 16:18, RVR1960Tres palabras de esa frase deberían estar colgadas en la pared de cada pastor y de cada creyente desanimado.
"Edificaré": el verbo es de Jesús. Él es el constructor. No dijo "edificarás", ni "edificaremos a medias", ni "intentaré edificar si las condiciones ayudan". Dijo: edificaré. La obra tiene un responsable final, y no somos nosotros.
"Mi iglesia": el posesivo es de Jesús. Ya lo establecimos en el capítulo 5 y aquí vuelve como consuelo: la Iglesia es suya, comprada con su sangre. El dueño no abandona lo que le costó la vida.
"No prevalecerán": la garantía es de Jesús. Las puertas del Hades, la muerte misma, todo el poder del infierno organizado, no prevalecerán contra ella. La Iglesia ha sido perseguida por imperios que ya no existen, traicionada desde adentro, enterrada en obituarios de cada generación, y aquí está, cantando en todos los idiomas de la tierra. No porque sus miembros fueran fuertes, sino porque su Constructor no pierde obras.
"Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican" (Salmo 127:1, RVR1960). Esa es la otra cara: todo nuestro esfuerzo sin él es vanidad. Pero con él, ninguna parte del esfuerzo se pierde.
Ahora, con la misma honestidad de todo el libro, evitemos que esta promesa se deforme en almohada.
"Cristo edificará su Iglesia" no elimina nuestra responsabilidad; la enmarca. El mismo Jesús que dijo "edificaré" dijo también "id y haced discípulos". El mismo Pablo que escribió "Dios da el crecimiento" plantó con sudor y lágrimas iglesias por medio mundo, y volvía a cada ciudad "confirmando los ánimos de los discípulos, exhortándoles a que permaneciesen en la fe", y designaba ancianos en cada iglesia, con ayuno y oración (Hechos 14:21-23). A Tito lo dejó en Creta precisamente "para que corrigieses lo deficiente, y establecieses ancianos en cada ciudad" (Tito 1:5, RVR1960). La soberanía de Dios en la historia siempre ha trabajado a través de siervos que maduran, organizan, corrigen y perseveran.
Por eso hay que decir dos frases y sostenerlas juntas, aunque parezcan tirar en direcciones opuestas. Primera: no conviertas "Cristo edificará su Iglesia" en excusa para la desorganización, la pereza o la mediocridad; la oración importa, la predicación importa, la organización importa, la excelencia importa, la capacitación importa, la evangelización importa. Segunda: no conviertas la organización en sustituto del Espíritu Santo; puedes tener procesos impecables, calendario perfecto y estructura de manual, y estar edificando un club religioso sin poder. "No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos" (Zacarías 4:6, RVR1960). Trabajamos como si todo dependiera del trabajo, y oramos sabiendo que todo depende de Dios. Las dos cosas. Siempre las dos.
En la práctica, edificar con Cristo se parece a esto: formar líderes en lugar de acumular funciones; descentralizar tareas y levantar equipos; cuidar la doctrina como se cuida un manantial, porque agua contaminada enferma a todo el pueblo; establecer procesos que sirvan a las personas y no al revés; practicar la disciplina bíblica que restaura; mantener la transparencia que protege la confianza; hacer discípulos que hagan discípulos; y perseverar en oración, que no es el trámite previo al trabajo sino el trabajo más real de todos.
Dentro de esta promesa hay una liberación específica para los que lideran, y quiero dársela por escrito a cada uno.
El pastor no produce conversiones. Puede predicar con fidelidad, pero abrir un corazón es cirugía exclusiva del Espíritu. El pastor no puede fabricar madurez: puede enseñar, modelar y acompañar, pero no puede crecer por nadie, igual que un padre no puede comer por su hijo. La iglesia no depende, en última instancia, del carisma de un hombre: gracias a Dios, porque los carismas se acaban, se enferman y se mueren, y la Iglesia sigue. El pastor planta. Otros riegan. Dios da el crecimiento. Esa frase, que ya visitamos dos veces, es la ecología completa del reino: cada uno tiene su parte, y la parte del milagro no es la nuestra.
¿Ves por qué es buena noticia que no puedas? Porque lo que no puedes hacer tampoco tienes que cargarlo. El insomnio del pastor suele venir de intentar cargar el "edificaré" que Jesús nunca le transfirió. Nuestra parte, plantar, regar, cuidar, enseñar, ya es suficientemente grande para llenar una vida. La parte de dar vida, esa duerme tranquila en manos del que resucitó.
Quiero cerrar hablándole al plantador de iglesias, al líder de la obra pequeña, al creyente que lleva años sembrando en un terreno que parece no responder. A ti, que cuentas diez y sueñas cuarenta. A ti, que enseñas a tres niños. A ti, que oras por un pueblo que no se conmueve.
Quizás hoy estás sembrando algo cuyo fruto completo no llegarás a ver. Eso no es un fracaso; es la manera normal en que Dios construye a través de las generaciones. Moisés no entró a la tierra. David no construyó el templo. Los profetas anunciaron a un Mesías que sus ojos no vieron. Y ninguna de esas vidas fue en vano. La fidelidad sigue teniendo valor delante de Dios aunque la cosecha tenga otra fecha y otras manos.
Tu garantía no es tu talento ni el momento cultural ni el crecimiento del sector. Tu garantía es esta: "estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo" (Filipenses 1:6, RVR1960). El Dios que comienza obras las termina. Lo que él empezó en tu congregación, en tu familia, en las personas que amas y en ti, no quedará a medio construir. El día de Jesucristo lo verá completo.
Y entonces descubriremos algo que sospecho desde hace tiempo: que la obra era mucho más grande de lo que veíamos los domingos, y que ninguna semilla regada con fidelidad se perdió jamás en el campo del Señor.
Hay noches en que repaso los rostros de nuestra pequeña congregación y me sorprendo haciendo la cuenta equivocada, la de lo que falta. Estoy aprendiendo, despacio, a hacer la otra cuenta: la de lo que Dios ya hizo. Personas que no se conocían y hoy se llaman hermanos. Oraciones respondidas que nadie más registró. Palabra sembrada que está germinando bajo tierra, donde no se ve. Cristo está edificando. No siempre al ritmo que pido, nunca exactamente como lo imagino, pero está edificando. Y su historial de obras terminadas es perfecto.
Haz la "otra cuenta": escribe una lista de lo que Dios ya ha hecho en tu iglesia y en tu vida durante el último año, aunque sean cosas pequeñas. Compártela con alguien de tu congregación y den gracias juntos. La gratitud es el mejor fertilizante de la perseverancia.
Señor Jesús, tú dijiste: edificaré mi iglesia, y las puertas del Hades no han podido desmentirte. Perdóname por cargar lo que es tuyo y por descuidar lo que es mío. Enséñame a plantar y regar con excelencia y a dormir tranquilo sabiendo que el crecimiento es tuyo. Completa la buena obra que comenzaste en nosotros, y dame fe para sembrar aunque la cosecha tenga otra fecha. Amén.
Hemos llegado al final del camino, y es hora de volver al principio.
Este libro empezó con una pregunta que dolía: ¿dónde están los fieles? La hice como la hacen muchos pastores, mirando las sillas, los mensajes sin responder, los compromisos que se evaporaron. Y capítulo tras capítulo, la Palabra fue haciendo con esa pregunta lo que hace con todas nuestras preguntas: no la contestó como yo esperaba; la convirtió en otra.
Porque "¿dónde están los fieles?" es una pregunta que se hace con el dedo extendido. Y la Escritura tiene la costumbre santa de doblar ese dedo hasta que apunta al propio pecho. La pregunta final de este libro no es dónde están los fieles. Es esta: Señor, ¿estoy siendo fiel yo?
Quizás la pregunta correcta nunca fue dónde están los fieles, sino si yo estoy dispuesto a ser uno de ellos.
Déjame hacerla en voz baja, a cada lector que ha caminado hasta aquí. No como acusación, a estas alturas ya sabes que no es el espíritu de este libro, sino como la pregunta de un hermano que se la hace primero a sí mismo.
Al miembro pasivo: has recibido durante años, la Palabra, el cuidado, la familia de Dios. ¿Qué pasaría si esta semana preguntaras, por primera vez o de nuevo, "¿en qué puedo servir?"? No para pagar nada, eso ya quedó claro, sino porque la gracia que recibiste quiere fluir a través de ti.
Al servidor agotado: tu pregunta no es si sirves, sino desde dónde. ¿Estás sirviendo desde el amor o desde una obligación que se quedó sin gozo? ¿Necesitas descansar, pedir ayuda, soltar algo? Ser hallado fiel también incluye ser hallado sano.
Al creyente herido: nadie puede exigirte que finjas que no pasó. Pero la pregunta te alcanza con ternura: ¿vas a dejar que los que fallaron tengan la última palabra sobre tu lugar en la familia de Dios? Tu fidelidad no se la debes a los que te hirieron; se la debes al que murió por ti y no te ha herido jamás.
Al pastor frustrado: la pregunta de Jesús a Pedro sigue en pie: ¿me amas? No: ¿cuántos tienes?, ¿cuánto creciste?, ¿qué dicen de ti? ¿Me amas? Apacienta mis ovejas. Las que hay. Las que son.
Al líder sin rendición de cuentas: tu pregunta es urgente: ¿a quién puede acudir tu gente si tú te desvías? ¿Quién puede hacerte preguntas incómodas? La fidelidad sin transparencia es una fachada esperando el viento.
Al creyente generoso: gracias por sostener la obra con alegría. Tu pregunta es de protección: ¿sigue tu ofrenda naciendo del gozo, o alguien la ha convertido en carga? Cuida que tu dar siga siendo adoración.
Al que nunca ha compartido el evangelio: tienes en las manos la única noticia que salva, y a tu alrededor hay personas que no la han oído de nadie que las ame. ¿Quién será el primero?
Al que aparece en una lista pero no vive como discípulo: la pregunta más amorosa que puedo hacerte es la más directa: ¿de qué te sirve el registro si no hay vida? No te conformes con estar contado. Sé de verdad del cuerpo.
Y a la persona que todavía no ha nacido de nuevo: tu pregunta viene antes que todas las demás, y la encontrarás unas páginas más adelante, en el llamado final. No cierres el libro sin leerla.
Cuando pienso en cómo quiero terminar, no encuentro mejores palabras que las del anciano Pablo, encadenado en Roma, dictando su última carta, con la muerte a la vista:
"Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que aman su venida."
2 Timoteo 4:6-8, RVR1960Mira lo que Pablo no dice. No dice: he construido la organización más grande, he llenado los estadios, he sido comprendido por todos. Su resumen final tiene tres verbos al alcance de cualquier creyente: peleé, acabé, guardé. Y mira la última línea, porque es para nosotros: la corona no es solo para Pablo, sino "también a todos los que aman su venida". La misma recompensa del apóstol está disponible para la hermana que enseñó niños cuarenta años y para el hombre que llegó a Cristo el mes pasado y perseveró hasta el final. La fidelidad no tiene categorías VIP.
"Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano" (1 Corintios 15:58, RVR1960). "Corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús" (Hebreos 12:1-2). "Prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús" (Filipenses 3:14, RVR1960). Todo el Nuevo Testamento apunta en la misma dirección: no a la perfección, sino a la perseverancia; no al aplauso del camino, sino al encuentro de la meta.
Y en esa meta, para los que perseveraron por gracia, esperan las palabras más deseables que un oído pueda escuchar: "Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor" (Mateo 25:21, RVR1960).
Aclaremos por última vez, porque este libro se comprometió a no soltar nunca el evangelio: esas palabras no son un salario que compra la salvación. El siervo no entra al gozo porque sus obras lo pagaron; entra porque pertenece al Señor, y su fidelidad fue la prueba de esa pertenencia, sostenida de principio a fin por la gracia. Los salvados por gracia perseveran por su poder, y el Señor, que obró en ellos el querer y el hacer, corona al final su propia obra. Toda la gloria, hasta la de nuestra fidelidad, es de él.
Termino con la lección más personal que me deja este libro. Empecé preguntando por los demás, y el Señor me trajo hasta aquí: no puedo controlar la fidelidad de los demás. Puedo predicarla, modelarla, animarla, celebrarla. Pero no puedo producirla en nadie. Lo único que puedo ofrecerle a Cristo es la mía, dependiendo diariamente de su gracia.
Y descubrí que eso no es una derrota. Es la libertad que me faltaba. Porque mientras mi paz dependía de la respuesta de otros, era rehén de cada silla vacía. Ahora mi oración cambió de dirección: ya no es solamente "Señor, tráelos", aunque la sigo orando con todo el corazón. Ahora es primero: "Señor, hállame".
Esta es la oración con la que quiero cerrar, y te invito a hacerla tuya, en voz alta, con tu nombre dentro:
Señor, hállame fiel.
Hállame fiel cuando haya muchos, y hállame fiel cuando haya pocos. Hállame fiel cuando me reconozcan, y hállame fiel cuando nadie vea. Hállame fiel con mi familia, en mi casa, donde nadie aplaude y todo se sabe. Hállame fiel con tu Iglesia, amándola como tú la amas, con sus heridas y su gloria. Hállame fiel en mi trabajo, para que mi lunes predique lo que mi domingo canta. Hállame fiel con mis recursos, porque todo es tuyo y de lo recibido de tu mano te doy. Hállame fiel con el evangelio, para que no me lo quede, para que lo diga con amor y sin vergüenza.
Hállame fiel cuando esté fuerte, y sostenme cuando esté cansado. Líbrame de la amargura, que endurece lo que tú ablandaste. Líbrame del orgullo, que convierte tu obra en mi monumento. Líbrame de usar a las personas, tú moriste por ellas. Enséñame a amar a tu Iglesia más que a mis planes para ella. Hazme recordar, cada día, que todo pertenece a Cristo: la obra, los frutos, los tiempos, y yo.
Y cuando llegue al final de mi carrera, no te pido una obra grande que lleve mi nombre. Te pido llegar diciendo: peleé, acabé, guardé. Y escuchar de tu boca, por pura gracia, las palabras que valen más que todas las coronas: bien, buen siervo y fiel; entra en el gozo de tu señor.
Amén.
Copia la oración "Señor, hállame fiel" a mano, con tu letra, y ponla donde la veas cada día durante un mes: tu Biblia, tu espejo, tu escritorio. Órala despacio cada mañana, y deja que vaya reordenando tus días.
Antes de la conclusión, quiero regalarte un espacio distinto. No es un test. No hay puntuación, no hay calificación espiritual, no hay aprobados ni reprobados. Son preguntas para hacer lo que David pidió: "Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos" (Salmo 139:23, RVR1960).
Te sugiero no leerlas de corrido. Tómalas de a pocas, en oración, con tiempo. Algunas no te dirán nada hoy y te hablarán fuerte dentro de un año. Vuelve a ellas.
Termina este examen como deben terminar todos los exámenes del creyente: no en la condenación, porque "ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús" (Romanos 8:1), sino en el arrepentimiento concreto y la gracia abundante. El examen no es para hundirte; es para volver a casa.
Un libro como este no debe terminar en sentimientos; debe terminar en pasos. Pero antes de escribirlos, lee esto despacio: estos pasos no compran el favor de Dios. Son respuestas prácticas a la gracia que ya hemos recibido en Cristo. No es un juramento legalista ni una lista para ganarte nada. Es tu respuesta, personal y libre, delante del Dios que te amó primero.
Te invito a completar, por escrito, las líneas que el Espíritu te señale. No todas te corresponden hoy. Elige con honestidad las que sí.
Una actitud de la que necesito arrepentirme:
Una persona con la que necesito reconciliarme, o a la que debo pedir perdón:
La iglesia local saludable con la que voy a comprometerme de verdad:
Un área de servicio que voy a asumir, y con quién voy a hablar para empezar:
Una conversación pendiente con un pastor o líder:
Una decisión concreta de generosidad, propuesta en mi corazón:
Una persona por quien comenzaré a orar cada día:
Una persona con quien compartiré el evangelio, y cuándo:
Un cambio específico en mi agenda para buscar primero el reino:
Una herida que necesito procesar, y la ayuda que voy a buscar:
Un límite saludable que necesito establecer:
Una forma concreta de cuidar y apoyar a mi familia:
Una práctica espiritual que voy a recuperar:
Fecha en que hago esta respuesta delante de Dios:
"Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él." (Colosenses 3:17, RVR1960)
Empezamos con una pregunta y terminamos con una oración. Ese recorrido, de "¿dónde están los fieles?" a "Señor, hállame fiel", es todo lo que este libro quiso lograr.
Si el libro hizo su trabajo, a estas alturas ya no piensas primero en los que faltan. Piensas en el Señor que permanece. Piensas en la gracia que te alcanzó cuando tú eras el que faltaba. Piensas en el cuerpo del que eres miembro, en los dones que llevas en las manos, en las personas que esperan, sin saberlo, lo que Dios quiere darles a través de ti.
No quiero que termines estas páginas diciendo "el pastor necesita más ayuda", aunque probablemente sea cierto en tu congregación como en la mía. Quiero que termines diciendo algo mucho más grande: Cristo me ha amado. Cristo me hizo parte de su pueblo. ¿Cómo debo responder a su gracia?
Y quiero que las respuestas se parezcan a estas, que son las que este libro ha ido sembrando: No quiero servir para ser visto. No quiero congregarme solamente por costumbre. No quiero dar por presión. No quiero buscar una iglesia solamente para que me atienda. Quiero amar a Cristo. Quiero formar parte de su cuerpo. Quiero ser hallado fiel.
La Iglesia de Jesucristo no está en su mejor momento en muchos lugares, es verdad. Pero sigue siendo suya, sigue comprada con su sangre, y él sigue edificándola con materiales que nadie más usaría: pescadores impulsivos, perseguidores convertidos, madres cansadas, jóvenes con dudas, pastores bivocacionales, servidores anónimos, tú y yo. Las puertas del Hades no han prevalecido, y no van a empezar a prevalecer ahora.
Un día, más pronto de lo que vivimos, cada administrador comparecerá ante el Señor de la casa. Ese día no se preguntará cuántos éramos, sino qué hicimos con lo que se nos confió. Que ese día nos encuentre como quiere encontrarnos la Palabra que abrió este libro:
"Ahora bien, se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel." (1 Corintios 4:2, RVR1960)
Señor, por tu gracia, hállame fiel. Y hállanos fieles juntos, como tu Iglesia, hasta que vengas.
He guardado estas últimas páginas para la persona más importante que pueda estar leyéndolas: la que ha llegado hasta aquí y sabe, en el fondo, que todavía no ha nacido de nuevo.
Quizás creciste en la iglesia. Quizás tu nombre está en una membresía, sirves en un ministerio, das tu ofrenda, conoces los cantos. Y sin embargo, algo dentro de ti sabe que todo eso es ropa sobre un corazón que nunca fue cambiado. Este libro habló mucho de fidelidad, y quiero que escuches esto con total claridad: nada de eso te salva. Ser miembro de una iglesia no salva. Haber sido criado en el cristianismo no salva. Servir en un ministerio no salva. Dar dinero no salva. Ser buena persona no salva. Jesús se lo dijo a Nicodemo, un hombre religioso, moral y respetado: "De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios" (Juan 3:3, RVR1960).
La verdad sobre todos nosotros es esta: "por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios" (Romanos 3:23, RVR1960). Y la consecuencia es seria: "Porque la paga del pecado es muerte" (Romanos 6:23). Pero ese mismo versículo tiene una segunda mitad que es la mejor noticia del universo: "mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro".
Dios te amó cuando no lo buscabas: "Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros" (Romanos 5:8, RVR1960). Jesús vivió la vida que tú no has vivido, murió en la cruz cargando el castigo que tus pecados merecían, y al tercer día resucitó. Y ahora te llama, como llamó desde el principio: "El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio" (Marcos 1:15, RVR1960).
¿Qué debes hacer? Arrepentirte, dar la vuelta, reconocer tu pecado delante de Dios sin excusas, y creer, confiar por completo en Jesucristo, no en tus obras, para tu salvación: "que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo" (Romanos 10:9, RVR1960). La salvación es "por gracia... por medio de la fe... no por obras, para que nadie se gloríe" (Efesios 2:8-9). El que viene así a Cristo recibe perdón total, vida nueva y el Espíritu Santo, como en el primer sermón de la iglesia: "Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo" (Hechos 2:38, RVR1960).
Si Dios está llamándote, puedes responderle ahora mismo, con tus palabras o con estas:
Señor Jesús, reconozco que soy pecador y que no puedo salvarme a mí mismo. Me arrepiento de mi pecado. Creo que moriste en la cruz por mí y que resucitaste. Te recibo como mi Señor y Salvador. Hazme nacer de nuevo. Desde hoy te pertenezco. Amén.
Quiero ser honesto contigo hasta el final, porque este libro te lo prometió: una oración no salva por su formulación, como si las palabras fueran una fórmula mágica. Cristo salva a quien se arrepiente y cree de corazón. La oración es la manera de decirle lo que ya está ocurriendo dentro de ti. Si la hiciste con verdad, hoy empezó la vida para la que fuiste creado.
Y ahora, tres pasos de recién nacido: cuéntaselo a alguien, busca una iglesia local que predique fielmente la Palabra y pide ser bautizado, y comienza a leer la Biblia cada día, el evangelio de Juan es un buen lugar para empezar. Si quieres entender con calma lo que acaba de suceder en ti, te recomiendo mi eBook "Nacer de Nuevo", disponible en la biblioteca de recursos de franciscobonnet.com. Fue escrito exactamente para este momento de tu vida.
Bienvenido a la familia. Ahora la oración de este libro también es tuya: Señor, hállame fiel.
Esta guía convierte el libro en un recorrido de ocho encuentros para grupos en hogares, discipulados, equipos de servicio, reuniones de líderes o estudios de jóvenes adultos. No requiere materiales adicionales: solamente el libro, la Biblia y corazones dispuestos. Cada reunión puede durar entre sesenta y noventa minutos. Sugerencia para el facilitador: tu tarea no es predicar sino preguntar, escuchar y cuidar que nadie se sienta juzgado. Abran y cierren orando.
Introducción, capítulos 3 y 4.
Pasaje bíblico principalEfesios 2:8-10.
Pregunta inicial¿Qué palabra usarías para describir tu relación actual con la iglesia: hogar, visita, recuerdo, herida, rutina u otra?
Preguntas de conversación1. ¿Por qué es peligroso hablar de fidelidad sin hablar primero de gracia?
2. ¿Qué diferencia hay entre la raíz de la salvación y el fruto de la salvación? Den ejemplos.
3. ¿Cuál de las falsas definiciones de fidelidad (nunca fallar, estar en todo, ser reconocido) te ha pesado más?
4. Según Lucas 16:10, ¿por qué lo "muy poco" es tan importante para Dios?
5. ¿Qué significa que la obediencia responde al amor de Dios en lugar de comprarlo?
Práctica para la semanaelige un área "muy pequeña" y sé deliberadamente fiel en ella cada día.
Motivo de oraciónque cada miembro del grupo descanse en la gracia y responda a ella, sin culpa y sin indiferencia.
Capítulo 5.
Pasaje bíblico principal1 Corintios 12:12-27.
Pregunta inicial¿Qué diferencia hay entre "voy a la iglesia" y "pertenezco a una iglesia"? ¿Cuál frase te describe?
Preguntas de conversación1. ¿Qué cambia en la práctica cuando entendemos que la Iglesia pertenece a Cristo y no a personas?
2. ¿Por qué la imagen del cuerpo hace imposible el cristianismo de espectador?
3. ¿En qué sentido los creyentes son el templo del Espíritu, y qué lugar ocupa entonces el edificio?
4. ¿Qué miembro del cuerpo has sido últimamente: uno activo, uno dormido, uno desconectado?
5. ¿Qué le dirías a alguien que dice amar a Cristo pero no querer saber nada de la iglesia?
Práctica para la semanahaz una lista de las personas de tu congregación por las que orarás por nombre, y ora cada día por tres de ellas.
Motivo de oraciónque el grupo pase de la asistencia a la pertenencia.
Capítulos 6 y 7.
Pasaje bíblico principalHebreos 10:19-25.
Pregunta inicial¿Qué es lo que más te ha sostenido en la vida cristiana: un contenido que aprendiste o una persona que estuvo?
Preguntas de conversación1. ¿Qué descubrieron al leer Hebreos 10:25 dentro de su contexto completo?
2. ¿Cuál es la diferencia entre no poder congregarse y no querer comprometerse? ¿Por qué solo cada uno puede responderla?
3. ¿Qué historias pueden esconderse detrás de una silla vacía? ¿Cómo cambia eso nuestra actitud?
4. ¿Qué enseña Ezequiel 34 a los líderes sobre los que se alejan?
5. ¿Cómo se busca a un ausente sin tratarlo como proyecto ni presionarlo?
Práctica para la semanacada miembro contacta con amor a una persona alejada, solo para preguntar cómo está y escuchar.
Motivo de oraciónpor nombres concretos de personas desconectadas, y por los heridos que necesitan una comunidad segura.
Capítulos 8 y 9.
Pasaje bíblico principal1 Pedro 4:10-11.
Pregunta inicial¿Quién es la persona más servicial que has conocido? ¿Qué la distinguía?
Preguntas de conversación1. ¿Qué diferencia al consumidor del discípulo en su manera de relacionarse con la iglesia?
2. ¿Por qué el ejemplo de Jesús lavando pies redefine la grandeza?
3. ¿Qué dones o capacidades ves en los demás miembros del grupo? Díganselo unos a otros.
4. ¿Qué fieles "invisibles" sostienen tu congregación? ¿Cómo pueden honrarlos?
5. Si todos vivieran su compromiso como tú, ¿qué clase de iglesia habría? ¿Qué te mostró esa pregunta?
Práctica para la semanacada miembro da un paso concreto de servicio (comprometerse con un área, ayudar a alguien, honrar a un siervo anónimo).
Motivo de oraciónque cada uno descubra y ponga en uso el don que recibió.
Capítulo 10.
Pasaje bíblico principalMateo 28:18-20.
Pregunta inicial¿Quién te habló a ti del evangelio por primera vez? ¿Cómo lo hizo?
Preguntas de conversación1. ¿Por qué la Gran Comisión es de todos y no solo de los pastores?
2. ¿Qué diferencia hay entre invitar a la iglesia y evangelizar? ¿Por qué ambas importan?
3. ¿Cuál es tu manera natural de acercarte a las personas, y cómo puede servir al evangelio?
4. ¿Qué nos frena más para hablar de Cristo: miedo, falta de preparación, falta de amor? ¿Qué haría la diferencia?
5. ¿Qué significa hacer discípulos y no solo asistentes?
Práctica para la semanacada miembro escribe tres nombres de personas sin Cristo y ora por ellas a diario; busquen al menos una conversación espiritual.
Motivo de oraciónpor los tres nombres de cada miembro del grupo, en voz alta.
Capítulos 12 y 13.
Pasaje bíblico principal2 Corintios 9:6-8.
Pregunta inicial¿Cuál fue tu primera impresión al ver que este libro tenía capítulos sobre dinero? ¿Cambió algo al leerlos?
Preguntas de conversación1. ¿Por qué el punto de partida bíblico es "todo es tuyo" y no "cuánto debo dar"?
2. ¿Cómo describe 2 Corintios 8 y 9 la generosidad del creyente? Mencionen las características.
3. ¿Cómo debe tratarse el diezmo sin caer ni en el legalismo ni en la excusa?
4. ¿Por qué la transparencia protege a todos: a la congregación, al pastor y al testimonio?
5. ¿Qué enseña la Biblia sobre el sostenimiento pastoral, y cómo se evita tanto la sospecha injusta como el abuso?
Práctica para la semanacada miembro (o matrimonio) propone en su corazón, con números y oración, su manera de dar.
Motivo de oraciónpor corazones generosos y administraciones transparentes; por sanidad para quienes fueron manipulados.
Capítulos 11, 14 y 16.
Pasaje bíblico principalLucas 9:23-24.
Pregunta inicial¿Qué es lo más valioso que has entregado por seguir a Cristo?
Preguntas de conversación1. ¿Qué revela tu agenda real sobre tus prioridades reales? ¿Qué te mostró la auditoría del tiempo?
2. ¿Qué cuesta seguir a Cristo en tu etapa de vida actual?
3. ¿Cómo se distingue el sacrificio bíblico de la imitación tóxica (agotamiento, presión, negligencia familiar)?
4. ¿Por qué la familia no debe sacrificarse en el altar del ministerio? ¿Han visto ese error? ¿Cómo se previene?
5. ¿Qué límite saludable necesita establecer cada uno: en el servicio, en el trabajo, en las pantallas?
Práctica para la semanacada miembro hace un cambio concreto de agenda que proteja lo primero (Dios, familia, descanso) y suelta o delega algo si está sobrecargado.
Motivo de oraciónpor matrimonios, hijos y hogares del grupo; por los sobrecargados y por los que necesitan comprometerse más.
Capítulos 15, 17 y 18, y la conclusión.
Pasaje bíblico principal2 Timoteo 4:6-8.
Pregunta inicial¿Cómo quisieras que te recordaran las personas que caminaron contigo en la fe?
Preguntas de conversación1. ¿Qué produce en ti la memoria de la iglesia perseguida: culpa o gratitud? ¿Cuál es el uso correcto?
2. ¿Qué promesa de "Cristo edificará su Iglesia" necesitas más en esta temporada?
3. ¿Cómo pasó este libro de "¿dónde están los fieles?" a "Señor, hállame fiel"? ¿Qué significó ese giro para ti?
4. De la sección "Mi respuesta delante de Dios", ¿qué paso escribiste y quieres compartir con el grupo?
5. ¿Cómo puede este grupo ayudarse mutuamente a perseverar después de terminar el libro?
Práctica para la semanacada miembro escribe su oración personal "Señor, hállame fiel" y la coloca donde la vea a diario. Consideren como grupo un compromiso conjunto de servicio.
Motivo de oraciónoren unos por otros por nombre, pidiendo que el Señor halle fiel a cada uno hasta el final.
Una guía rápida para el estudio personal. Busca cada referencia en tu Biblia; el contexto siempre enseña más que el versículo suelto.
Si este libro despertó algo en ti, no dejes que se enfríe. Estos otros eBooks, disponibles gratuitamente en franciscobonnet.com, profundizan temas que aquí solamente pudimos tocar.
¿Realmente Vive El Espíritu Santo En Ti? Complementa el capítulo 5: la realidad del Espíritu habitando en el creyente y sus evidencias.
¿Por qué sigo luchando? Para el que persevera cansado: la batalla cristiana explicada con esperanza.
¿Todavía me ama Dios? Para el que ha caído y duda de su lugar en la familia: la respuesta del evangelio a la vergüenza.
Hállame fiel cuando haya muchos.
Hállame fiel cuando haya pocos.
No puedo controlar la fidelidad de los demás. Lo único que puedo ofrecerte es la mía, dependiendo cada día de tu gracia. Hazme recordar que todo pertenece a Cristo.
Si este libro te animó a permanecer, compártelo. Hay siervos cansados, creyentes heridos y pastores desanimados que necesitan recordar que su trabajo en el Señor no es en vano.
Este contenido es gratuito y siempre lo será. Si Dios usó este libro en tu vida, puedes sembrar para que siga alcanzando a otros.